“Este es mi Hijo amado, escuchadlo” Lectio Divina II Domingo de Cuaresma – Ciclo B (Mc 9,2-10)

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Mc 9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a contemplar la experiencia que tienen algunos de los discípulos de Jesús, concretamente Pedro, Santiago y Juan, en el acontecimiento de la Transfiguración. Vamos a intentar comprender mejor este hecho.

«Seis días después». Esta expresión, sin duda, hay que entenderla en sentido cronológico, pero desde la perspectiva de la Pascua. Marcos relee este suceso a la luz de la resurrección. Seis después de la entrada triunfal en Jerusalén, consumada la pasión y muerte de Jesús, tiene lugar la resurrección. Desde aquí hemos de leer este relato, pues no deja de ser un anticipo de la consumación de la gloria de Jesús. En aquel momento, Jesús toma consigo a tres de sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Hemos de tener en cuenta que estos discípulos son, de alguna manera, los que abiertamente no han comprendido el significado de la pasión y muerte de Jesús. En el capítulo anterior, hemos podido comprobar cómo Pedro se ha enfrentado con Jesús, queriéndole disuadir del cumplimiento de su misión (8,33); en el capítulo posterior, veremos cómo Santiago y Juan pedirán a Jesús el puesto a su derecha y el puesto a su izquierda, es decir, los lugares de máximo honor y poder (10,35-40). Tampoco ellos comprenden verdaderamente el significado de la pasión y muerte de Jesús.

Los lleva a un monte alto. El monte es el lugar de encuentro con la divinidad, recordemos el encuentro de Moisés con Yahveh (Éx 24,15-16) o el de Elías en la misma montaña (1Re 19,8-9). En la montaña Dios entra en relación con el hombre. En aquel monte alto, Jesús se transfigura delante de ellos. El evangelista nos está mostrando el aspecto glorioso que adquiere la persona de Jesús, el cual les acaba de presentar el hecho ineludible de la cruz. Sus vestiduras se volvieron de un blanco resplandeciente. Tan blanco que ningún tintorero del mundo sería capaz de blanquear, con lo cual Marcos nos está indicando un resplandor indescriptible, un color que apunta hacia las realidades celestiales, hacia la luz de Dios.

Se aparecen Elías y Moisés y comienzan a hablar con Jesús, los dos entran en diálogo con él, el cual hace las veces de Yahveh; el primero representa a la profecía, es quien debía de aparecer en el tiempo escatológico para anunciar la llegada inminente del Mesías; el segundo representa a la Ley, es a quien Yahveh le entregó las Tablas de la Ley. Los Profetas y la Ley dan testimonio de Jesús. Ambos encuentran su cumplimiento y su plenitud en Cristo.

Los discípulos presentes en el lugar no saben cómo reaccionar, estaban atemorizados, de alguna forma lo antiguo está dando testimonio de lo nuevo y ceden, de alguna manera, su «puesto» a Jesús; aunque, eso sí, allí se debía estar bien, de tal manera que Pedro quiere parar el tiempo, quiere permanecer en un lugar que no le traiga problemas, no quiere que aquel instante de gloria concluya.

De repente, se ven envueltos en una nube (Éx 24,16). Se hace presente la persona del Espíritu Santo y se oye la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado». El Padre se complace en Jesús, el Padre afirma la filiación de Jesús, lo presenta como su Hijo único. El término «amado» acentúa más si cabe la relación afectuosa, amorosa, filial de Jesús con el Padre.

Por último, la voz del Padre les impone escuchar a Jesús; el cual es el único interprete del Padre, el único que nos puede presentar el verdadero rostro de Padre, nuestro único Maestro. Jesús es la voz del Padre.

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CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Cómo vives tu séptimo día, momento de la manifestación de la gloria de Jesús, sobre todo en este tiempo de Cuaresma, que es preparación para el gran acontecimiento pascual?

• Imagínate, que Jesús te toma consigo, te lleva a un monte alto y te muestra de alguna manera su gloria… ¿Qué sientes en este momento? ¿Cuál es tu diálogo con Jesús? ¿Qué conclusión sacas de ello?

• ¿Qué significado puede tener para ti la presencia de Elías y Moisés? ¿Cuáles son tus profetas y tus leyes, que debe acercarte a Jesús para que Él les de su pleno cumplimiento, les de su plenitud? ¿Qué debes ir cambiando en tu vida en este tiempo de Cuaresma?

• ¿Cómo reaccionas ante el imperativo del Padre de escuchar a Jesús? ¿Verdaderamente, te acercas a la Palabra con actitud de escucha?

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VIDA – ORACIÓN

• Adora al Padre y glorifícalo por el misterio de la Santísima Trinidad y por hacerte experimentar su grandeza y plenitud y a la vez su cercanía.

• Da gracias a Jesús por hacerse presente en tu vida y mostrarse como la presencia amorosa del Padre.

• Pide la luz y la sabiduría del Espíritu Santo para poder escuchar la Palabra de Jesús, comprenderla y llevarla a la práctica en tu vida cotidiana.

• Tómate como compromiso de esta Cuaresma esforzarte por acercarte a la Palabra con actitud de escucha y acogida.

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Adéntrate en tu propio desierto. Lectio Divina Domingo I de Cuaresma (Mc 1,12-15)

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VERDAD – LECTURA

Evangelio (Mc 1, 12-15)

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio».

Hoy la liturgia nos ofrece, para orar, un breve pero sustancioso texto. En él se nos relata el comienzo del ministerio público de Jesús. Dicho comienzo es una síntesis de lo que sería su misión evangelizadora.

Para una mejor comprensión del texto, vamos a dividirlo en dos partes.

1.- Jesús llevado por el Espíritu al desierto (12-13)

Marcos sitúa este pasaje a continuación del bautismo de Jesús. Después de este hecho el Espíritu conduce a Jesús hacia el desierto; de la misma manera, que condujo a su pueblo o a parte de su pueblo en la tradición veterotestamentaria.

El desierto, podemos decir, que no es únicamente, un lugar físico; El desierto está dentro de cada uno de nosotros. Es lugar de soledad, tentación, prueba… pero también es lugar de encuentro con el Dios protector que camina junto a su pueblo. Recordemos algunos de estos casos: Agar e Ismael, a ellos les envía a una misión nueva (Gén 16,7; 21,14), la experiencia del éxodo (Éx 15,22-ss.), Elías se encuentra con Dios (1Re 19). Por tanto, Marcos nos está advirtiendo acerca de las dificultades que Jesús tendrá en su misión, pero también de cómo el Padre nunca le abandonará: vivía entre las fieras, los ángeles le servían (Mc 1,13).

2.- La predicación de Jesús

Después de que Juan sea entregado, Jesús comienza su nuevo ministerio, su misión: el tiempo se ha cumplido (Mc 1,15). El inicio de su misión tendrá lugar en Galilea, un lugar un poco extraño, allí conviven judío y paganos. A ambos se dirigirá Jesús, ya no habrá distinciones. Y lo que les anunciará será la Buena Noticia de Dios, la buena noticia de la bondad de Dios, la buena noticia del amor de Dios.

El Reino de Dios ya se ha hecho presente entre nosotros, Dios ya ha comenzado a reinar. Nosotros hemos de acoger este Reino y adherirnos al mensaje que Jesús nos trae. Pero para ello es indispensable que nos convirtamos. Este proceso de conversión, de cambio de mentalidad y de corazón, es un camino que hemos de recorrer a medida que vamos conociendo e identificándonos más con Jesús.

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CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué versículo, frase o palabra ha llamado especialmente tu atención? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• En el desierto no tienes que hacer nada, simplemente estar, simplemente acompañar a Jesús; esto significa encontrarte con la soledad, encontrarte con tu propio yo y con tus miserias, con tu debilidad, con tus carencias y con todo aquello que no te gusta, con tu no saber qué hacer… Es encontrarte con todo aquello que quieres cambiar en tu vida y que tanto te cuesta; es salir de tu «zona de confort». Hazte consciente de ello, presentáselo a Dios y comienza a trabajar para cambiar todo aquello que en tu vida es un obstáculo para cumplir la voluntad de Dios.

• En un momento dado de la travesía del desierto te darás cuenta que los ángeles te sirven, te darás cuenta que la luz se hace presente, te darás cuenta del camino nuevo que debes emprender… Acoge este nuevo camino y ponte en marcha.

• Todo comenzó en Galilea. Seguramente, tienes tu propia galilea, esos lugares en los que de alguna u otra manera cada te has encontrado con Jesús, has hecho experiencia de Él. Nombra esos lugares. Saca las consecuencias necesarias de estas experiencias para integrarlas dentro de ese nuevo camino que quieres emprender.

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VIDA – ORACIÓN

• Adora a Dios en el desierto de tu propia vida por haberte conducido allí, para purificarte y encaminarte a cambiar tu estilo de vida.

• Da gracias porque en el desierto de tu vida, Dios envía a sus «ángeles» para que te acompañen y te sirvan.

• Ofrécele tu propio desierto y tu galilea para que Él transforme tu manera de estar en el mundo y te ayude a integrar las experiencias vividas.

• Pídele al Espíritu Santo que te ayude a conocer mejor a Jesús y adherirte a su manera de ver la vida desde el punto de vista del Evangelio.

Acogiendo e incluyendo. Lectio Divina Domingo VI del T.O. (Mc 1,40-45)

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VERDAD – LECTURA

Evangelio (Mc 1, 40-45)

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres,puedes limpiarme». Sintiendo compasión de él, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con gran alegría, a todo el mundo; de tal manera que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

 

El evangelio de hoy nos habla de inclusión, de cercanía, de acogida… Esa es la actitud de Jesús ante las necesidades del ser humano. Una actitud que en muchas ocasiones es incomprensible porque no entraba, ni entra dentro de lo que nosotros llamamos lo «políticamente correcto»; no entraba, ni entra dentro de los parámetros en los que debe moverse una persona de bien, una persona decente; no entraba, ni entra dentro de lo que cabría esperar de un hombre religioso y mucho menos de aquel que se autoproclamaba Hijo de Dios. Así era en aquel tiempo y así es ahora.

Ciñéndonos a la época de Jesús, y más en concreto al Evangelio con el que hoy vamos a orar, nos encontramos con que Marcos nos relata la curación de un leproso; por cierto, relato único en este Evangelio.

Jesús ha ido recorriendo toda Galilea, tal y como se nos ha dicho anteriormente (Mc 1,39), probablemente ha llegado al desierto. Allí, moraban una serie de personas que debían vivir al margen de la sociedad, porque no eran considerados «dignos» de vivir con los demás; entre otros, los leprosos.

Antes que nada, hay que aclarar que el concepto de lepra en la época de Jesús era sinónimo de infinidad de enfermedades de la piel, y no específicamente lo que hoy conocemos como enfermedad de Hansen, o lepra.

En aquel entonces, según la Ley, los leprosos debían vivir apartados de las demás personas, al margen total de la sociedad, no tenían ningún derecho y no debían acercarse a nadie; es más, cuando estuvieran cerca de una persona debían gritar: «¡Impuro, impuro!» para advertir de su presencia (Lev 13,45-46); no debían contaminar a los demás (Núm 5,2-3). Pero, el leproso no sólo era rechazado por la sociedad, se creía que, además, era una persona rechazada por Dios, puesto que desde el punto de vista cultual era impura. Para poder retomar su relación con Dios, y por tanto poder asistir a las celebraciones del Templo o la sinagoga, no bastaba con que dicha persona quedara curada de su enfermedad, sino que el sacerdote debía certificar que había sido purificado.

Jesús rompe con todas las reglas habidas y por haber, porque aunque quien se acerca a él es el leproso y le suplica ser curado, Jesús extendió su mano y le tocó, con este acercamiento se convertía también en un impuro (Núm 19,22; Lev 22,6).

leproso14Todo eso a Jesús no le importaba, lo verdaderamente importante para él era la persona: «Sí, quiero. Queda limpio» (Mc 1,41). No le importa haber incumplido la Ley, porque él ha venido para sanarnos de todas nuestras enfermedades, de todas nuestras limitaciones, de todos nuestros traumas y todas nuestras heridas y nuestras miserias. Jesús se compadece de la persona humana, sobre todo de aquel que más necesitado está de la misericordia de Dios y del amor del Padre. Jesús quiere que sepamos y sintamos que nadie en la sociedad puede ser un marginado, sino que toda persona, por el solo hecho de serlo, es digna de la bondad, del amor y de la cercanía de los demás seres humanos y, por supuesto, es merecedora del amor, de la misericordia y de la cercanía de Dios.

A continuación, le impone silencio: «No se lo digas a nadie» (Mc 1,44). Y aunque lo envía al sacerdote, no es para que le cuente quién le ha curado o cómo se ha producido el hecho, si no para que conste como testimonio, para que pueda volver a reinsertarse oficialmente en el entramado social y cultual de su pueblo. Lo cual no sirvió de nada, pues el leproso en lugar de dirigirse al templo, se retiró y se puso a anunciar con entusiasmo y a divulgar a voces la noticia (Mc 1,45). Se convirtió en predicador y anunciador de la Buena Nueva, del Evangelio. Lo cual provocó que Jesús ya no podía entrar libremente en ninguna ciudad, se queda en lugares solitarios, en el desierto, y hasta allí acudían a él de todas partes. Para Jesús los lugares de marginación y de exclusión no existen.

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CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?

  • ¿Quiénes son para ti los leprosos de hoy (excluidos de la sociedad, pobres, parados, personas sin hogar…)?

  • ¿Cómo te comportas tú con los leprosos contemporáneos, los acoges como Jesús o por el contrario los rechazas y excluyes de la sociedad y de tu vida?

  • ¿Te atreves, incluso, a transgredir las leyes injustas de pureza «de tu grupo», «de tu comunidad», «tu asociación»… para acercarte a los leprosos con los que te encuentras en tu vida diaria?

  • ¿Qué acciones emprendes o podrías emprender para reintegrar a los leprosos contemporáneos en la sociedad, en la Iglesia, en tu comunidad?

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VIDA – ORACIÓN

Querido, Padre nuestro:

Seguramente, ninguno de los que estamos participando de esta oración,

somos «leprosos excluidos» de nuestra sociedad;

es por ello que queremos encomendártelos a tu corazón misericordioso.

¡Ayúdales en el camino de la vida!

A todos los excluidos de nuestra sociedad los ponemos hoy en tus manos misericordiosas.

Ellos son hijos e hijas tuyos que no pueden llevar una vida normalizada,

dentro de la sociedad de consumo.

Tú conoces mejor que nadie la historia de cada uno,

tú sabes, mejor que nadie, las circunstancias que les han llevado a su situación actual;

muchas veces, motivada por las estructuras injustas que nos hemos montado,

en el que unos tenemos de todo y a otros les falta también todo.

Su presencia en el mundo nos recuerda el rostro de tu Hijo.

Te damos gracias, Padre, porque tú nunca los abandonas,

te damos gracias por las personas que pones a su lado para ayudarlas.

Danos fuerza a todos nosotros para que sepamos mirar con tu mirada,

para que acariciemos con tus manos

y los acojamos con la misma misericordia con la que Jesús acogió al leproso del evangelio.

Que al encontrarme con ellos sea consciente del amor que tú les tienes

y se convierta en un encuentro entre dos hijos tuyos que, en el camino de la vida,

nos dignificamos mutuamente

y estamos dispuestos a caminar juntos.

“Conviérte y sígueme”. Lectio Divina Domingo III del T.O. Ciclo B (Mc 1,14-20)

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Mc 1, 14-20)

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía:«Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertios y creed en el Evangelio». Pasando junto al lado de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Nos encontramos hoy, con el relato que nos narra el inicio de la misión de Jesús; ésta comienza a a desarrollarse en Galilea. La mayoría de los habitantes de esta región son paganos, de formación helenística, y una minoría campesina de origen judío que hablaba arameo. Desde el punto de vista temporal, nos situamos después del arresto de Juan, el Bautista. Es entonces, cuando Jesús comienza a predicar la Buena Nueva de la llegada del Reino.

Se ha cumplido el tiempo. El tiempo de la plenitud se ha hecho presente. ¿En quién? En Jesús. En él están integradas todas las promesas y las profecías, con él todas ellas se han cumplido. La historia ha llegado a su culmen. El momento de la salvación está ya presente. El Reino de Dios ya está aquí. ¿El Reino de Dios? Sí. Un Reino que no es de este mundo y que debemos acoger abriéndonos totalmente a Dios. Dios ya está presente en este mundo y podemos vivirlo en la medida en que nos vayamos dejando hacer por el Espíritu para conformarnos a Jesús. Es decir, para que tengamos los mismos pensamientos de Jesús, actuemos como actúo Jesús y amemos como amaba Jesús. Allí donde se encuentren personas dispuestas a dejarse transformar por la acción del Espíritu en otros cristos, allí está presente el Reino de los Cielos, que comenzó con la predicación de Jesús en Galilea.

1102003033_univ_sqr_xlAhora bien, para que podamos acoger y vivir el Reino de Dios, y para podernos dejar configurar con Cristo, es necesario que nos convirtamos, es necesario que cambiemos nuestro punto de vista, nuestra mentalidad, nuestro modo de ver y de vivir. Es necesario que nos preguntemos, ¿qué debo cambiar en mi vida para poder acoger y vivir el Reino de Dios? Hemos de volvernos hacia Dios con todo nuestro ser, con toda nuestra existencia, a partir de ahora él debe ser quien oriente nuestra vida. “¿Qué haría Jesús si estuviese en mi lugar?” (El Papa Francisco a los jóvenes en el Santuario de Maipú – Chile, parafraseando a san Alberto Hurtado).

Pero además, hemos de creer en el Evangelio. El evangelio, que es el mismo Jesús, que es Dios mismo; que es revelación del Padre, el cual nos ama incondicionalmente y sin esperar nada a cambio; Jesús es quien nos conduce hacia el Padre.

Todo esto, en el relato que nos ocupa, se hace más explícito en la llamada a los primeros discípulos. Dicha llamada, tiene lugar en el mar de Galilea. Allí se encuentra con dos pescadores que están lanzando las redes al mar. Se dirige a ellos y les ordena: «¡Venid conmigo!». La iniciativa parte de Jesús, al contrario de lo que ocurre con el resto de los maestros, que son elegidos por sus discípulos. A partir de ese momento los discípulos comenzarán a ir detrás del maestro y comenzarán a aprender de Jesús sobre todo con su forma de vivir, no solo con su enseñanza. El Maestro será quien marque el itinerario a seguir, el ritmo, la meta.

El objetivo que Jesús tiene con sus discípulos es hacerlos pescadores de hombres. Continuarán con su profesión, con lo que saben hacer; sin embargo, los destinatarios de su pesca serán otro tipo de peces, serán otros seres humanos. Le llama a ser salvadores, por medio de Él, de todas aquellas personas que escuchen y acojan el mensaje del evangelio.

Aquellos primeros discípulos aceptan de inmediato. Al instante abandonan su vida anterior y se disponen a seguir al Maestro. La ruptura con su pasado es radical, no se llevan nada, van con lo puesto, ni siquiera se paran a despedirse de su familia. Desde este momento, ya no se separarán de Jesús, estarán siempre con él.

Comienza el camino de seguimiento y aprendizaje de los discípulos. Comienzan a vivir una nueva vida y un nuevo estilo de vivir, cuyo mandamiento principal es el amor.

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CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué versículo, frase, palabra ha llamado especialmente tu atención?¿Qué sentimientos despierta en ti?¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• El Reino de Dios continúa estando presente en nuestro mundo y en nuestras vida, ¿estas dispuesto/a a acogerlo?¿De qué manera lo acoges?

• ¿Qué significa para ti convertirte?¿Qué debes cambiar en tu vida para conseguirlo?

• Hoy, Jesús sigue llamando. ¿Estás atento/a a su llamada?¿Estás dispuesto/a a aceptarla?

• Jesús llama a sus discípulos en Galilea. ¿Dónde has recibido tú la llamada?¿Dónde la sigues recibiendo cada día?

• Ellos, inmediatamente, lo dejaron todo y le siguieron. ¿Qué debes dejar tú para seguirle por el camino?¿Cómo puedes contribuir a tu configuración diaria con Cristo?

VIDA – ORACIÓN

• Alaba a Dios por el don de la Encarnación de Jesús.

• Da gracias a Jesús por haberte llamado a su seguimiento y a hacerte pescador de hombres.

• Ofrécele tu vida para que el Espíritu Santo pueda transformarla y configurarla con la de Cristo.

• Pídele fuerzas para seguir a Jesús, cada día, por el camino del discipulado y convertirte en pescador de hombres.

“Buscando la felicidad” Lectio Divina del II Domingo del T. O. (Ciclo B)

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VERDAD – LECTURA

Evangelio (Jn 1, 35-42)

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, les dijo: «Este es el Cordero de Dios.» Los dos discípulos que oyeron sus palabras siguieron a Jesús. Él se volvió y, al ver que lo seguían, les preguntó:«¿Qué buscáis?» Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». Él les dijo: «Venid y lo veréis.»

Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; serían las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús.

Después, encontró a su hermano Simón y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)».

En cualquier período de la historia, en ambientes diversos, en múltiples circunstancias, hombres y mujeres de cualquier raza, condición social o nacionalidad, han reflexionado acerca de sí mismos y se han preguntado: ¿Quién soy?¿De dónde vengo?¿A dónde voy? Estas son las preguntas, que de alguna manera, dan sentido a nuestra vida. La persona humana en el transcurso de su existencia se encuentra en una continua búsqueda. Pero, ¿qué busca el hombre? ¿que buscas amigo lector? ¿Para qué te levantas cada mañana? El ser humano no busca otra cosa mas que la felicidad.

Ahora bien, creo que es importante que, aunque sea de manera breve, aclaremos que significa felicidad. Porque… la felicidad no significa euforia, gritos, saltos, risas… Como bien dice, mi amigo el P. Rafael Navarrete, sj: “la felicidad no se puede definir. […] La felicidad es una experiencia de plenitud.” (El aprendizaje de la serenidad). Así es, la felicidad es un estado de plenitud, de armonía, de compromiso, de estar a gusto con uno mismo, con los demás, con nuestro entorno. Felicidad es haber encontrado sentido a lo que hago; es actuar coherentemente con lo que pienso y siento. El Creador, precisamente, nos creó para esto: para ser felices; y para encontrar la felicidad junto a Él. Por eso, el hombre está en continua búsqueda de la felicidad y de Dios. Ya lo decía san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti».JesusEnviaASusDiscipulos

En la época de Jesús, también había hombres y mujeres que buscaban la felicidad. Dos de estos buscadores eran aquellos discípulos de Juan que viven una experiencia de encuentro con la Felicidad (así con mayúsculas). Así es, un día cualquiera de la vida de aquellos primeros discípulos, al día siguiente, nos refiere el evangelista Juan. Ese día, alguien, Juan el Bautista, les indica dónde pueden saciar ese deseo de felicidad que toda persona humana lleva dentro. Jesús pasa junto a ellos, lo mismo que pasa junto a ti y junto a mí. Lo ven y Juan les dice: «Este es el Cordero de Dios». Ahí va quien puede colmaros de felicidad. Y aquellos discípulos le siguen. Ha sido el testimonio de Juan, el que ha impulsado a aquellos dos discípulos a seguir a aquel desconocido, que pasaba por allí.

Me parece interesante que nos detengamos, por un instante, en esta expresión: «le siguieron». Seguir a alguien, implica mucho más que, simplemente caminar a su lado o pasear. Seguir a alguien quiere decir, que uno se involucra con la persona a la que sigue; que, de alguna manera, comparte sus mismos sueños, objetivos, metas; cuando seguimos a alguien, en cierta medida, es el otro el que marca la dirección y el ritmo durante el camino; es abandonarse confiadamente en esa persona e ir tras ella. Así es, Juan y Andrés van detrás de Jesús porque quieren vivir la vida a tope. Pero una actitud que poseían aquellos dos discípulos es que estaban abiertos, atentos, en búsqueda… por eso son capaces de acoger la invitación de Juan para seguir a Jesús.

Al darse cuenta Jesús de que le siguen, se vuelve y les interroga: «¿Qué buscáis?». Es la síntesis de los interrogantes anteriores, que nos hacíamos al principio de esta página. ¿Qué buscas? Una pregunta que nos podemos hacer cada uno de nosotros personalmente, y que podemos hacer a cualquiera de nuestro alrededor; nos daremos cuenta de que todos buscamos lo mismo, aunque le llamemos de distinta manera: la felicidad.

HaMAESTRO DONDE VIVES1n percibido que aquel hombre, Jesús, puede colmar su sed de felicidad, que quieren permanecer con él: ¿Dónde vives? Queremos permanecer contigo, queremos vivir contigo, queremos estar junto a ti, queremos vivir tu modo de vivir.

Jesús accede inmediatamente a su petición, pero no les da una dirección concreta. No. Jesús los invita a experimentar su vida: «Venid y lo veréis». Jesús no es información, no es lectura acerca de su vida y milagros, no es lo que han dicho o dicen otros de él, Jesús es experiencia de vida y si quiero conocerlo, lo más acertado es experimentar su propia vida. No importa la información que tenga, lo que haya oído, lo que me hayan dicho, lo importante es experimentar con Jesús. «Solo te conocía de oídas; pero ahora, en cambio, te han visto mis ojos» (Job 42,5).

«Y se quedaron con él aquel día». Comienzan a hacer comunidad. Jesús, seguramente va dialogando con ellos, les va aclarando cosas, les va dando respuestas, les va contando sus deseos, sus ilusiones, sus sentimientos… ellos le escuchan, le interrogan, le hablan de sus anhelos, sus esperanzas, sus inquietudes, sus sueños… Van compartiendo vida entre ellos. Y aquí es donde está el verdadero quid de la cuestión. Compartir la vida, comunicar la vida, experimentar al vida… en definitiva, hacer comunidad.

Un encuentro de tal calibre, una experiencia como la vivida por los dos discípulos, no puede guardarse para una mismo. Ha de comunicarse, ha de compartirse, no se la puede uno guardar para sí mismo. Por eso, Andrés siente la necesidad de contarle a su hermano Simón lo que había acontecido aquel día, tenía que contar lo que había experimentado, sentido, acogido y entregado junto a Jesús. Hemos de contar gozosos, llenos de dicha desbordante, con una alegría inusual, nuestra experiencia de Jesucristo, nuestro encuentro con el Maestro: «Hemos encontrado al Mesías». Fijaos bien, que el evangelista nos dice «Hemos», no dice «he». Y esto, sencillamente, porque la experiencia de Jesús es siempre comunitaria, aunque uno la viva de manera personal, pero siempre media la comunidad.2tob

Al principio, no somos conscientes de la importancia, ni de la trascendencia de este encuentro. Puede parecernos un encuentro más de los muchos que se producen en nuestra vida. Pero cuando nos damos cuenta del proceso de crecimiento que hemos experimentado en él, no podemos menos que manifestarlo, comunicarlo, testimoniarlo a los demás: «Hemos encontrado al Mesías». No hemos encontrado a una persona cualquiera, no hemos encontrado siquiera a una persona excepcional, no hemos encontrado al número uno en tal o cual materia. Nos hemos encontrado con el Mesías, nos hemos encontrado con el Dios vivo, nos hemos encontrado con Dios hecho hombre. Y Él ha colmado nuestros anhelos de libertad, de felicidad, de amar.

Andrés da testimonio, narra, transmite su propia experiencia, pero lo hace con convicción, lo hace con atractivo, lo hace con ganas de contagiar. El papa Pablo VI (hoy ya santo) decía que «hoy día, más que maestros necesitamos testigos», personas que nos transmitan su experiencia de encuentro con Jesús. Eso es lo que debemos hacer nosotros, debemos seguir el mismo itinerario que siguieron estos primeros discípulos: Estar atentos a los signos del paso de Dios por nuestra vida, ¿qué buscáis?, ¿dónde vives?, venid y lo veréis, fueron, vieron y lo contaron a otros.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón?¿Qué sentimientos despierta en ti?¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?

• ¿Estoy atento/a a las señales o a los signos que me indican el camino para encontrarme con el Mesías?

• ¿Soy consciente de la llamada de Dios?¿de todo lo que supone poder encontrarme con Jesús en mi vida cotidiana?¿De la transformación que puede producir en mi mismo, en mi misma dicho encuentro?

• ¿Dónde estás buscando la felicidad? ¿Qué acciones estás emprendiendo en tu vida para encontrar la felicidad? ¿Qué tendrías que cambiar en tu vida para encontrarte con Jesús y de esa manera halla, también, la Felicidad?

VIDA – ORACIÓN

• Alaba a Dios por ser Él, el primero en salir a tu encuentro.

• Dale gracias por las personas que a diario pone en tu camino y te señalan a Jesús como Aquel que puede colmar tu vida de felicidad.

• Ofrécele tu vida para que Él pueda transformarla y convertirte en verdadero testigo de Jesús resucitado que va derrochando por cualquier lugar felicidad.

• Pide que te ayude a ser testigo de las maravillas que continuamente está realizando en la vida de tantas y tantas personas con las que te encuentras a diario.

LECTIO DIVINA DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA (Ciclo B)

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 2, 22-40)

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.

Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Ya ti, una espada te traspasará el alma.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

El relato evangélico con el que hoy oramos nos narra el viaje de la Sagrada Familia a Jerusalén con motivo de la presentación del Niño Jesús en el Templo y la purificación de María después de dar a luz. Ambos acontecimientos fueron llevados a cabo por los padres de Jesús para cumplir la Ley de Moisés. El libro del Levítico ordenaba que a los cuarenta días del alumbramiento, si la criatura era niño, debía de realizarse el rito de purificación de la mujer en el templo, el mismo rito se debía cumplir a los ochenta días si era niña (Lev 12,1-8). Para dicho rito había que ofrecer un cordero, pero a los pobres les estaba permitido ofrecer dos tórtolas o dos pichones; uno de ellos era ofrecido como holocausto y el otro como sacrificio por el pecado. Pero además, el libro del Éxodo ordenaba que todo primogénito del pueblo de Israel debía ser consagrado a Dios (13,2.11-16; 34,20), aunque podía ser rescatado pagando cinco ciclos de plata (Núm 18,15; 1Sam 1,24-28).B5rdoNNIgAAnFic

El evangelista Lucas, con la narración de estos dos hechos quiere destacar la fidelidad de los padres de Jesús a la Ley. Dichos acontecimientos tendrán lugar en Jerusalén, en el Templo de Dios. La ciudad santa es el lugar central del plan divino de salvación, aunque haya muchos que quieran impedirlo. En Jerusalén murió Jesús, allí resucitó, de allí partió la proclamación del evangelio a todos los confines del mundo.

El relato continúa con el testimonio de Simeón. A él se refiere el evangelista como un hombre justo, piadoso, que esperaba al Mesías y que el Espíritu Santo estaba con él. Justo y piadoso, en el lenguaje bíblico, significa que era una persona íntegra sobre todo en el campo religioso. La expresión «que esperaba al Mesías» significa que era un hombre de fe que esperaba la salvación prometida por Dios a Israel mediante los profetas. Y que el Espíritu Santo estaba con él quiere decir, que según la tradición bíblica, era profeta (cf. Is 11,2).

Simeón había recibido la revelación de Dios de que no moriría sin haber visto al Salvador; por lo que, impulsado por el Espíritu, va al Templo y allí toma al niño en sus brazos y bendice a Dios por haberle dado este regalo. Los padres de Jesús están admirados por las palabras de Simeón. A ellos les refiere que Jesús será signo de contradicción, unos le acogerán y otros lo rechazarán; y a María una espada le atravesará el alma. María participará de la pasión, muerte y resurrección de Jesús por lo que se convertirá en corredentora de la humanidad.

Por otro lado, a continuación, nos encontramos con el testimonio de Ana; el cual sirve para completar la imagen de los profetas, hombres y mujeres que han sido enviados por Dios para ser testigos de la venida del Mesías. Ana estaba totalmente consagrada a Dios, por lo que no se apartaba en ningún momento del Templo, dedicándose al ayuno y la oración. De ella, se nos ofrecen dos notas características: estuvo casada siete años, número que indica la perfección, y al quedar viuda, hasta los ochenta y cuatro años no se apartaba del Templo, que es siete veces doce. También ella esperaba la venida del Mesías.

Después de esto, la familia de Jesús regresa a Nazaret, en la región de Galilea. Allí, «Jesús crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él» (Lc 2,40), con lo cual se iba desarrollando como ser humano; la sabiduría de la que está lleno no es la sabiduría de los hombres, sino la sabiduría de Dios, pues la gracia, el amor de Dios estaba con él.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimiento, emociones, inquietudes… despierta en ti?

• ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• ¿Cómo acoges en tu vida a aquellos que dan testimonio del evangelio?

• También tú has sido llamado/a para ser testigo de la presencia de Jesús en el mundo, ¿estás dispuesto/a a serlo, al igual que Simeón y Ana?

• ¿Qué sientes al saber que Jesús creció al igual que tú en una familia? ¿Qué características destacarías de la familia de Nazaret? ¿Qué pasos te está invitando Dios a dar para consolidar tu vida familiar, haciendo que se parezca cada vez más a la Sagrada Familia?

• ¿De qué manera estás preparando y aguardando la presencia del Salvador en tu vida?

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VIDA – ORACIÓN

Consagración a la Sagrada Familia

Señor Jesucristo, quien con María y José consagraste la vida doméstica con tus inefables virtudes, concede que nosotros, con la asistencia de los dos, podamos aprender con el ejemplo de la Sagrada Familia y podamos atender a su eterna fraternidad. Por quien vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

“HÁGASE…” LECTIO DIVINA DOMINGO IV DE ADVIENTO (Ciclo B)

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 1, 26-38)

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: Alégrate, llena de gracias, el Señor esta contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: No temas, María,porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Y María dijo al ángel: Cómo será eso, pues no conozco a varón? El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible. María contestó: Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y la dejó el ángel».

María es, sin duda, junto a Juan el Bautista, Isaías y otros, la gran protagonista del Adviento. Ella es la mujer de la espera, la Virgen de la Esperanza; la mujer de la escucha, la Madre del Hágase; la mujer que supo dejar a Dios actuar en su vida, Madre, Maestra y Reina de los Apóstoles y de todos aquellos que estemos dispuestos a acoger a Jesús en nosotros y ser testigos de su amor.

El texto que con el que hoy rezaremos nos narra el anuncio a María del nacimiento de Jesucristo. Para ponernos en contexto, podemos decir que en la época de Jesús, en el siglo I, muchas personas pertenecientes al pueblo de Israel, especialmente los pobres, esperaannonciationban anhelantes la venida del Mesías. También María, José, Isabel, Zacarías… esperaban esta venida.

Nuestro relato comienza haciendo referencia al relato anterior: «Al sexto mes» (1,26). Se está refiriendo al sexto mes después del anuncio del nacimiento de Juan a Zacarías (Lc 1,5-25). Se trata de un día concreto en la vida de María; un día concreto y a la vez cualquiera. A ella, Dios le envía al ángel Gabriel, a una ciudad determinada de Galilea, llamada Nazaret.

María estaba desposada con José, un hombre de la casa de David, es decir, estaba prometida. Los desposorios era un acto mediante el cual el padre y los hermanos de la esposa por un lado, y el padre del esposo por otro, delante de testigos, se comprometían, mediante contrato, no sólo a la celebración del matrimonio, sino respecto a todo lo relativo a los regalos que se habían de hacer a los hermanos de la esposa y la cantidad que se tenía que pagar al padre de la esposa, la dote. Habitualmente, este acto se celebraba una año antes de la boda. La pareja comprometida se consideraban ya marido y mujer y se esperaba que fueran mutuamente fieles. Ese compromiso sólo podía romperse mediante un divorcio formal.

El ángel Gabriel se hace presente en la vida de María, entra donde ella estaba, entra en ella. María siente la presencia de Gabriel, se encuentra con él y en su interior escucha el mensaje de gracia que él le trae. Ante aquel misterio, ante aquellas palabras, María queda desconcertada y se pregunta qué podría significar aquel saludo (1,29). ¿Qué significa esa atracción que siente hacia lo divino?¿aquella cercanía de Dios?¿aquel regalo de Dios? El Ángel le responde tranquilizándola: has hallado gracia delante de Dios (1,30); Dios se ha fijado en ti, para llevar a cabo su proyecto salvador, encarnándose en tu seno. Ella ha sido la elegida para ser la madre del Salvador, del esperado de los siglos, sobre todo por los pobres, los humildes, los pequeños.

Dios le revela su proyecto: concebir, dar a luz y ponerle a la criatura el nombre de Jesús. Un Jesús que es el Hijo del Altísimo, que reinará sobre la casa de David y cuyo Reino no tendrá fin (1,32s).

María no duda, pero no puede menos que preguntarse: ¿Cómo será posible eso?¿Cómo sucederá? Para Dios no hay nada imposible. María tendrá que acoger la obra de Dios en su ser y en su vida.

María responde no solo afirmativamente, sino que se abandona totalmente en las manos de Dios. Ella será instrumento en las manos de Dios para el cumplimiento de la promesa hecha a Israel y a toda la humanidad. Dios nunca abandona al ser humano; al contrario, quiere hacerse uno como nosotros, excepto en el pecado, para regalarnos la salvación.

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CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, frase, versículo o palabra… te toca especialmente el corazón?¿Qué quiere decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• ¿Cómo recibes los «mensajes» que Dios te envía cada día?¿Estás atento/a a su Palabra? ¿Cómo la acoges en tu corazón y en tu vida? ¿Estas dispuesto como María a dejar que la Palabra transforme tu vida?

• ¿Qué temores te embargan cuando Dios te pide alguna misión?

• ¿Sabes acoger en tu vida los regalos que Dios te hace cada día o pides explicaciones?

• ¿Acoges en tí la obra que el Espíritu Santo quiere realizar en tu vida?

• ¿Qué acciones deberías emprender en tu vida para vivir de una manera más radical este adviento y permitir que Jesús “nazca” en ti?

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VIDA – ORACIÓN

• Alaba a Dios Padre por todos los regalos y dones que cada día nos entrega.

• Da gracias porque ha querido que Jesús y su Palabra estén presentes en tu vida.

• Ofrece tu vida para que el Espíritu Santo te inunde con sus dones y encarnes a Jesús en tu vida.

• Pide a Dios fortaleza para poder convertirte en su humilde siervo/a.

“Preparad el camino al Señor” Lectio Divina Domingo III de Adviento (Ciclo B)

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VERDAD – LECTURA

Evangelio (Jn 1, 6-8.19-28)

Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venia como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «Tú quién eres?». El confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías». Le preguntaron: «¿Entonces, qué, eres tú Elías?». El dijo: «No lo soy». «¿Eres tú el Profeta?». Respondió: «No». Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?». Contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”, Como dijo el profeta Isaías». Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?». Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia». Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando».

Hoy, tercer domingo de Adviento, la liturgia nos presenta un texto evangélico en dos partes: el primero, la confirmación por parte de Juan de que él no era la luz (6-8); el segundo, la misión de éste (19-28).

Pero, antes de nada, creo que puede ser valioso referirnos, aunque sea brevemente al contexto del evangelio de Juan . Éste fue escrito a finales del siglo primero. Anteriormente, muchos judíos y también cristianos habían tenido contacto con Juan el Bautista o, probablemente, habían sido bautizados por él. A simple vista el movimiento de Juan y el de Jesús eran bastantes similares. Ambos anunciaban la llegada inminente del Reino y ambos exigían la conversión de los pecadores. Sin embargo, hay que dejar claro quién es Juan.

En los versículos 6-8, el autor del cuarto evangelio quiere dejarnos claro que el Bautista no es la luz, él únicamente es testigo de la luz. La luz verdadera es Jesús. Juan es el último de los profetas del Antiguo Testamento que abre paso al Nuevo Testamento, a la Buena Noticia.

El tes819320272timonio que Juan estaba dando era tan fuerte que algunos pensaban que él era el mesías. Pero, Juan no es el mesías, él es el enviado del Padre llamado a dar testimonio de la Luz. Él debe orientar a todos los hombres hacia la Luz. Algo que, el Bautista tiene claro; sin embargo, parece que no ocurre así con sus contemporáneos.

Los representantes de la institución judías se acercan a Juan para preguntarle: «¿Quién eres tú?» (1,19). Parece que éste contaba con una gran fama, por lo que la pregunta es obvia. Su respuesta es clara: «Soy la voz» (1,23). Una voz que únicamente prepara la venida de Jesucristo, por lo que abiertamente declara que él no es el Mesías. Juan es aquel que prepara el tiempo nuevo de Jesús. Juan quiere dejar claro que él no es ni Elías, ni el profeta. Los judíos pensaban que, para la inauguración de los tiempos mesiánicos, Elías debería regresar para restaurar la convivencia humana; y, el profeta estaba equiparado al Mesías. Estos títulos son rechazados por Juan.

El bautismo de Juan era precisamente signo de esa preparación. Él bautiza con agua, pero detrás viene Aquel que bautiza con Espíritu Santo. Juan proclama que con Jesús llegan los tiempos nuevos. Dicho bautismo representa el paso a través del agua, del mismo modo que en tiempos antiguos el pueblo pasó a través del mar Rojo y del Jordán para alcanzar la tierra prometida. Este bautismo pretende inaugurar un tiempo nuevo, el tiempo nuevo de Jesús. Por eso, el bautismo de Juan no es definitivo. No basta con bautizarse con agua, el verdadero bautismo es el de Jesús, Salvador de la humanidad.

Él ya está presente y Juan no puede usurparle el puesto: «No soy quien para desatarle la correa de las sandalias» (1,27). Esta imagen hace alusión a una costumbre matrimonial judía, la ley del levirato (Dt 25,5-10).

Todo esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, es decir fuera del territorio de Israel, lugar de encuentro de la nueva comunidad de Jesús, que rompe con todo lo que significan las instituciones judías.

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CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?

• Nosotros, de alguna manera, somos Juan el Bautista, ¿qué significa para ti ser testigo de la luz?

• Antes de testimoniar a Aquel que es la Luz, debo acogerla en nosotros mismos ¿qué estás dispuesto a hacer durante este adviento para ello?

• ¿De qué manera preparas la venida de Jesús? ¿Cómo te preparas durante este tiempo litúrgico para ser testigo de la Luz?

• ¿Qué testimonio crees que debes dar a los que te rodean para acercarles a la Luz verdadera que es Jesús?

VIDA – ORACIÓN

• Alaba a Dios por las gracias que continuamente derrama sobre ti y regalarte el don de la fe.

• Dale gracias por hacer posible tu encuentro con Aquel que es la Luz verdadera y puede iluminar toda tu vida.

• Ofrécele tu vida para que te convierta en un testigo de Jesucristo, Luz del mundo.

• Pídele que te ayude a ser testigo de la Luz entre todos aquellos que te rodean.

“Amarás a tu prójimo…” Lectio divina del Domingo XXX del Tiempo Ordinario (Mt 22,34-40)

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VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo cuando los fariseos oyeron que Jesús había tapado la boca a los saduceos, se reunieron, y uno de ellos, doctor en la ley, le preguntó para tentarlo: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?». Él le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Éste es el principal y primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se resume toda la ley y los profetas».

 

Volvemos a encontrarnos con un nuevo debate entre Jesús y los fariseos. Después de la polémica tenida con los saduceos a causa de la resurrección de los muertos. Los fariseos, de nuevo, se reúnen para deliberar y deciden ponerle una trampa a Jesús. En esta ocasión, por medio de uno de ellos, experto en la Ley, el cual le interpela acerca de cuál es el primer mandamiento de la Ley; un tema frecuentemente discutido entre los entendido en ella, los cuales intentaban averiguar si existía algún mandamiento que englobase a los demás, es decir, que observándolo se observara toda la Ley. Respuesta harto complicada, si tenemos en cuenta que, los escribas habían contabilizado 613 normas que debían cumplirse para ser un buen judío: 248 normas positivas, es decir, qué cosas se debían hacer, y 365 negativas, cosas que no se podían hacer. Ante tanta regla, era comprensible que se preocuparán por determinar cuáles tenían más importancia y cuáles menos.

Jesús ante dicha pregunta responde claramente con una cita totalmente conocida por cualquier judío piadoso, se trata del Shemá, que se recitaba por la mañana y por la tarde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Dt 6,5).

Pero, ¿qué significa amar a Dios? No es un simple sentimiento, no es una simple emoción, no es un simple quedar extasiado o embobado con Dios. Es un acto, es acción, es movimiento… Las tres facultades del hombre, «corazón, alma y mente», es decir su capacidad afectiva, su capacidad de relación con Dios y su capacidad intelectual deben ponerse en juego. En otras palabras, la persona entera es la que debe amar a Dios. Amar a Dios, significa dedicar toda nuestra vida a Él. Toda la Ley puede resumirse en este mandamiento.

Ahora bien, aunque no ha sido preguntado, Jesús da un paso más y les dice: «Y el jesus-1429689_640segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo». También aquí encontramos una cita de la Ley, concretamente Lev 19,18. Cita contenida dentro de una serie de preceptos que regula la relación con los demás. Pero, ¿quién es, en realidad, mi prójimo? Para los judíos, mi prójimo es únicamente el israelita. Aunque en otros ambientes, como el del judaísmo de origen griego, se da a este término un sentido más universal, será Jesús de Nazaret quien verdaderamente defenderá y fundamentará el ser cristiano en esto; ama a tu prójimo como te amas a ti mismo. Primero has de amarte a ti, y después derramar ese amor hacia tu prójimo. Hemos de lograr compaginar armoniosamente nuestros propios derechos con los derechos de los demás, aunque ese otro no nos caiga bien, o nos esté fastidiando. Esto sería yendo a la letra del mandamiento, si vamos al espíritu nos damos cuenta que amar al prójimo para el discípulo de Jesús significa incluso renunciar a mis derechos en favor del otro, aunque este sea mi «enemigo»; aunque el cristiano debería desechar esta palabra de su vocabularios, pues para nosotros todos los hombres son nuestros hermanos, también el que me hostiga, me mira mal o incluso me hace daño.

Nadie ha dicho que ser cristiano fuera fácil, lo más fácil es cumplir una serie de normas que regulen nuestra convivencia en la que se respeten los derechos de unos y de otros. Pero ser cristiano es algo más, es llegar a renunciar a la propia vida, incluso a favor de quien me incomoda o me hace daño. Eso solo sabe hacerlo, plenamente, un discípulo de Jesús de Nazaret. Aunque en este punto, la mayoría de las veces, también nosotros fallemos.

La combinación de estos dos mandamientos no se encuentra en ninguna otra fuente de la antigüedad que no sea el Nuevo Testamento, por eso podemos concluir que esta enseñanza propia de Jesús de Nazaret, de Jesucristo, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad, por tanto de Dios, que nos ha dejado a los cristianos como legado, para que lo acojamos, lo realicemos y mostremos con ella en qué consiste el Reino de Dios.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Respondo sinceramente, y sabiendo que estoy en la presencia de Dios, ¿cuál es para mí el mandamiento principal de la Ley? ¿Es verdaderamente el amor de Dios y a los hermanos?
  • ¿A quién o quienes, de verdad, considero mi prójimo?
  • ¿Cómo acojo en mi vida el mandamiento del amor? ¿Amo sinceramente a quien incluso me fastidia, me molesta, me hace daño?

 

VIDA – ORACIÓN

Señor, hazme un reflejo de tu bondad. Que en cada prójimo vea a un hermano.

Que su dolor sea el mío. Dame el don para suavizar sus penas y compartir su espíritu.

Que yo pueda infundirle valor y esperanza, llevándole un mensaje de amor y confianza en Ti.

Haz que todas mis tareas las emprenda con decisión, abnegación y perseverancia.

Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.

 

“Dar a Dios lo que es de Dios” Lectio Divina del domingo XXIX del Tiempo Ordinario (Mt 22,15-22)

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VERDAD – LECTURA

15Los fariseos se fueron a estudiar la manera de acusar a Jesús por algo que dijera. 16Así que le enviaron algunos de sus propios seguidores, junto con otros que pertenecían al partido de Herodes para que le dijeran: «Maestro, sabemos que eres sincero, que enseñas de verdad el camino de Dios y que no te importa nada el qué dirán, porque no tienes respetos humanos. 17Dinos tu parecer: «¿Es lícito pagar el impuesto al césar o no?». 18Jesús, conociendo su malicia, dijo: 19«Enseñadme la moneda del tributo». Ellos le presentaron un denario. 20Jesús les dijo: «¿De quién es la efigie y esta inscripción?». 21Respondieron: «Del césar». Él les dijo: «Pues dad al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios». 22Al oírlo se asombraron, lo dejaron y se fueron.

 

Han sido reiterados los enfrentamientos, que Jesús ha tenido con los fariseos en el transcurso del evangelio. A pesar de ello, cada vez tiene más seguidores, que van creyendo en su palabra y, que al menos, le consideran un profeta. Por supuesto, los fariseos y maestros de la ley no creen esto; es más, para ellos resulta ser una persona molesta, pues pone en evidencia la hipocresía con la que actúan muchos de los integrantes de estos grupos. Es necesario deshacerse de él. ¿Pero cómo? ¿De qué acusarlo? Para que sea juzgado y encontrado culpable es necesario tener algún motivo, pillarlo en un delito flagrante. Por eso, deben estudiar bien su plan de acción. Es necesario quitarlo de en medio. En esta ocasión, ponen toda la carne en el asador, se alían incluso con los herodianos, que nos es que fueran, por así decir, «santos de su devoción», ya que estos son los partidarios de Herodes Antipas, el cual era un verdadero colaboracionista con el poder romano.

Los fariseos no van ellos mismos a enfrentarse con Jesús; envían a sus discípulos (¿tanto miedo le tenían a Jesús?). Se acercan al Maestro, así lo reconocen ellos mismos, pero no con buenas intenciones. Su intención es hacerle caer en una trampa mediante una pregunta, no buscan dialogar, sino encontrar un motivo para acusarlo: «¿Es lícito pagar el impuesto al césar o no?»

La pregunta tiene su miga, pues todas las provincias del Imperio están obligadas a pagar el impuesto al emperador. Ahora bien, aceptar esto era reconocer la soberanía extranjera sobre la nación judía. Además incitar a no pagar el impuesto puede acarrearle a Jesús muchos problemas, pues le pueden acusar de sedicioso. Recordemos que, desde la revuelta de Judás el Galileo en el año 6 d.C., negarse a pagar el tributo o inducir a ello es un delito considerado grave. Por tanto, Jesús está entre la espada y la pared.denario__tiberio1

Sin embargo, Jesús no se arredra. Les devuelve la pelota. La respuesta la tienen ellos. Les dice: «Enseñadme la moneda del tributo». Dicha moneda era un denario romano. El hecho de que ellos tuvieran esa moneda en su poder es signo inequívoco de que pagan dicho tributo. ¿A qué viene, entonces, la pregunta si ellos tienen clara la respuesta? Pero, Jesús da un paso más, porque la cuestión no está en pagar o no el tributo. Jesús, jamás se opondrá a que cumplamos con nuestros deberes sociales, aunque a veces tengamos que hacer frente a leyes injustas, pero ese es otro capítulo, que aquí no nos ocupa. Hemos de ir más allá, del simple pagar el tributo o no. Jesús, les pregunta acerca de la esfinge y la leyenda de la moneda. El denario de Tiberio en aquella época, en la parte de la cara tenía representada la imagen del emperador y en el reverso podía leerse la inscripción: Tiberio César Augusto Hijo del Divino Augusto. La respuesta es clara: del césar. Pues si esa moneda lleva la esfinge del césar, lleva su nombre, está acuñada por él… devolvédsela al césar. Además si ya pagan el impuesto correspondiente, ¿a qué viene preguntarle a Jesús?

Lo verdaderamente importante del pasaje viene a continuación: «Dad a Dios lo que es de Dios». Dad a Dios lo que le pertenece. Pero… ¡si nadie ha preguntado a este respecto! Nadie, pero esto es lo verdaderamente importante. Dad a Dios lo que es suyo. Y a Dios pertenece todo el orbe y sus habitantes (Sal 24). La obediencia a Dios está por encima de cualquier otra ley. Hemos de ser fieles a la Alianza, hemos de hacer su voluntad, hemos de amarle con todo nuestro ser y hemos de acoger a su enviado Jesucristo.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • Los mismos fariseos y herodianos reconocen a Jesús como maestro, ¿Y yo le considero como el único Maestro de mi vida?
  • ¿Qué significa para mí hacer la voluntad de Dios? ¿Qué «deberes» conlleva? ¿Amo a Dios con todo mi ser y acojo a Jesús en mi persona y en mi vida?

 

VIDA – ORACIÓN

Oramos con el Beato Santiago Alberione:

Te amo, Jesús, mi vida,

mi alegría y fuente de todo bien.

Quiero amarte cada día más,

a ti y a los hombres redimidos con tu sangre.

 

Tú eres la vid y yo el sarmiento:

quiero estar siempre unido a ti

para dar fruto abundante.

 

Tú eres la fuente:

dame gracia cada vez más abundante

para mi santificación.

 

Tú eres la cabeza; yo uno de tus miembros:

comunícame tu Espíritu Santo

con todos sus dones.

 

Venga a nosotros tu reino por María.

Conforta y salva a mis hermanos los hombres.

Acoge en tu reino a los difuntos.

Multiplica y santifica

a los que has llamado a difundir la Buena Noticia.