“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados” LectioDivina del domingo XIV del tiempo ordinario (Mt 11,25-30)

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VERDAD – LECTURA

25 En aquel tiempo dijo Jesús: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se lo has manifestado a los sencillos. 26 Sí, Padre, porque así lo has querido. 27 Mi padre me ha confiado todas las cosas; nadie conoce perfectamente al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera manifestar. 28 Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. 29 Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy bondadoso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras vidas. 30 Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.”

 

 Enmarcando este texto dentro del capítulo 11, podemos apreciar que Jesús durante su ministerio público es rechazado, criticado, incomprendido por muchos de sus contemporáneos. A éstos se acaba de dirigir unos versículos más atrás (Mt 11,16-24). Pero no todos han actuado de ese modo; los pequeños, los sencillos, los ignorantes… sí que han acogido su Palabra, los que se encuentran agobiados y cansados por tener que llevar la carga de unas leyes injustas y que los esclavizan. Éstos le escuchan y acogen con alegría su enseñanza, se adhieren a él, quiere compartir su vida, se sienten liberados y, al mismo tiempo, acogidos por un Padre misericordioso, a quien el Hijo conoce bien. Ante este hecho, Jesús eleva espontáneamente una plegaria de alabaza y acción de gracias al Padre.

El texto para una mejor comprensión podemos dividirlo del siguiente modo:

  • Plegaria de alabanza y acción del gracias al Padre (Mt 11,25-26).
  • Jesús se presenta como el verdadero conocedor del Padre (Mt 11,27).
  • Invitación para que vengan a Jesús todos los que se encuentran cansados y agobiados (Mt 11,28-30).Jesus alaba al Padre

El Padre se da a conocer a los sencillos. Jesús se siente rechazado por los sabios y entendidos, aquellos que se creen en posesión de la verdad y que esclavizan al pueblo con leyes, que ni siquiera ellos mismo pueden cumplir. Una serie de leyes creadas por los hombres, sobre todo en torno a la pureza legal, que había que cumplir escrupulosamente, pero que estaban vacías de contenido y que, en ningún momento, mostraban la verdadera imagen de Dios. Para ellos, Dios era un ser vengativo, exigente en extremo, despreocupado del bien de la humanidad. Imagen que contrastaba abiertamente con la que había presentado Jesús del Padre: bondadoso, misericordioso, cercano, amoroso. Los humildes y sencillos son capaces de comprender qué significado tiene y qué consecuencias tiene creer en un Dios como el que nos presenta Jesús. Los pequeños, los humildes y sencillos no cumplen con los mandamientos de Dios por miedo, por conveniencia, por conseguir algo de Dios. No, quien acoge a Jesús y su Palabra, cumple con los mandamientos, con la alianza con Dios por amor, como agradecimiento por lo mucho que el Padre nos regala cada día, porque Dios ha querido hacerse cercano al hombre, es más ha querido hacerse ser humano para comprender plenamente al hombre y ofrecerle la salvación por medio de la pasión, muerte y resurrección de su Hijo. Todo esto, únicamente, puede ser acogido por aquel que se siente necesitado de la misericordia divina, por aquel que es consciente de que no lo sabe todo y necesita que alguien le muestre el camino, por aquel que es dócil a la enseñanza de Jesús, por aquel que es capaz de dejarse transformar por el Espíritu.

Y esta acogida por parte de los pequeños y los humildes hace que Jesús estalle en acción de gracias y alabanza al Padre.

agobiados 2Jesús es el único y verdadero conocedor del Padre. El Padre se ha revelado por medio de Jesús. Y Jesús muestra a un Padre que sólo quiere el bien de sus hijos. La enseñanza de Jesús (su yugo y su carga) es dulce y ligera, siempre que seamos capaces de vivirla como hijos que se sienten amados y que aman, siempre que seamos capaces de vivirla desde la bondad y la humildad. Para ello, es indispensable que hagamos experiencia de un Dios que es amor. Un Dios que conoce nuestra “pasta”, que conoce nuestras debilidades, que sabe de nuestras miserias, que nos sostiene en las dificultades y que nos abraza en nuestro sufrimiento y en nuestro dolor, que está siempre a nuestro lado y quiere levantarnos en nuestra caída, que quiere ofrecernos todo su amor. Y lo único que nos pide a nosotros es que actuemos en consecuencia con amor y desde el amor.

Jesús es el único que conoce verdaderamente al Padre, Jesús es quien le conoce en profundidad, el único que le conoce desde el amor pleno. Por eso, Jesús es el único que puede revelarnos al Padre, el único que puede mostrárnoslo tal cual es.

Jesús invita a ir hacia él a todo el que se sienta y reconozca necesitado de la misericordia de Dios. Los contemporáneos de Jesús se encontraban cansados y agobiados por la multitud de exigencias que los maestros de la ley les imponían; leyes, que en muchas ocasiones, carecían de sentido, leyes a las que Jesús quería dar su verdadero sentido. Jesús dará alivio a todos los cansados y agobiados porque el mandamiento, la tarea, la obligación que nace del amor es llevadera y ligera.

Pero no basta, únicamente con acoger la Palabra; Jesús, además, nos invita a vivir y practicar esa Palabra, nos invita a ser bondadosos, mansos, humildes. Jesús invita a adherirse a su mensaje y a hacerlo vida.

Jesús nos está esperando y nos invita a todos los que sufrimos bajo el peso de las dificultades, de los problemas, de las debilidades a acercarnos a Él. Ir hacia Jesús, emprender su seguimiento nos llena de paz, de sosiego, de seguridad, de vida. Dios quiere acogernos en Jesús con ternura, consolándonos, revitalizándonos, haciéndonos vivir de manera más plena.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Qué imagen tienes de Dios? ¿La de un Dios vengativo, lejano, que sólo se fija en tus fallos? ¿O la de un Dios bondadoso, misericordioso, Padre que nos ama, que está deseando que des el primer paso para acogerte?
  • Jesús alaba y da gracias al Padre, ¿Qué te motiva a ti, hoy, para dar gracias o alabar al Padre?
  • Conocer a Jesús es conocer al Padre, ¿qué acciones emprendes en tu vida diaria para conocer más a Jesús? ¿Lees, meditas e intentas llevar a la práctica su Palabra? ¿Participas asiduamente de los sacramentos? ¿De qué manera muestras a los demás el amor que Dios te tiene?
  • ¿Cuál es tu yugo pesado, que te es difícil de llevar? ¿Lo entregas a Jesús? ¿Lo pones bajo la mirada amorosa del Padre? ¿Acudes a Jesús para que haga ese yugo llevadero y ligero?
  • ¿Te reconoces como necesitado del amor y de la misericordia divina? ¿Acoges a Dios como Padre y a Jesús como revelador de su verdadero rostro?
  • ¿Acoges y practicas la enseñanza de Jesús desde el amor, desde la libertad, desde la entrega generosa?

 

VIDA – ORACIÓN

Padre, te adoro y te amo de todo corazón, porque me has creado y hecho hijo tuyo.

Te doy gracias, por todos los dones que cada día me regalas, por invitarme a seguir a Jesús y a hacer vida su Palabra.

Te ofrezco mi vida, todas mis acciones, mis alegrías y dificultades para tu mayor gloria, para mi propia santificación y la salvación de la humanidad.

Líbrame del pecado y de todo mal, dame fortaleza en las dificultades, ánimo ante los obstáculos; ayúdame a acoger el yugo de Jesús que es ligero y llevadero.

Concédeme el don de la humildad, la sencillez de corazón, la pobreza de espíritu. Derrama tu gracia sobre mí y sobre todas las personas que entren en contacto conmigo, para que seamos testigos de la misericordia divina y transmisores de la Buena Nueva de Jesús. Amén.

“A mi me recibe” Lectio Divina del Domingo XIII del Tiempo Ordinario (Mt 10,37-42)

VERDAD – LECTURA

37En aquel tiempo dio Jesús a sus apóstoles: “El que quiere al padre o a la madre por encima de mí, no es digno de mí; y el que quiere al hijo o a la hija por encima de mí, no es digno de mí; 38y el que no coge su cruz y sigue detrás de mí, no es digno de mí. 39El que encuentra su vida, la perderá; pero el que pierde su vida por mí, la encontrará.

40El que os recibe a vosotros, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió. 41El que recibe a un profeta a título de profeta, recibirá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo a título de justo, recibirá recompensa de justo. 42Y el que dé a beber, aunque sea sólo un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser mi discípulo, os digo de verdad, no perderá su recompensa.”

 

Enmarcamos el texto que hoy nos ofrece la liturgia dentro del llamado Discurso de la Misión (Mt 10,1-42). En el cual se describe la manera en que los discípulos deben anunciar el Reino y las dificultades que dicha misión conlleva. Nuestro texto recoge una serie de recomendaciones que el Maestro les ofrece para iluminar la difícil situación en la que se encuentran sus seguidores en la segunda mitad del siglo I. Dificultades que provienen sobre todo de sus hermanos judíos que no entienden la Buena Nueva. La situación proviene de una fuerte tensión entre la sinagoga y la Iglesia naciente. Jesús quiere animar a sus discípulos, precisamente a no desanimarse, a no caer en el desaliento, a no desmoralizarse, ni desanimarse a pesar de persecución.

Quienes acogen a Jesús y llevan a la práctica sus enseñanzas se encuentran, en más de una ocasión, con que deben abrazar una elección radical, que les lleva incluso a poner patas arriba su propia escala de valores. Quien no sea capaz de invertir su propia escala de valores, poniendo en primer lugar a Jesús y la misión de anunciar el Reino no es digno de llamarse discípulo de Jesús.

El texto podemos dividirlo en dos partes: una primera en la que Jesús parece invitarnos a renunciar a nuestros seres queridos y a nuestra vida y una segunda parte en la que Jesús nos ofrece unas palabras de consuelo, de aliento, de fortaleza para aquellos que anunciamos el Reino de Dios.peter-2199862_640

En la primera parte en la que hemos dividido el texto nos encontramos con dos afirmaciones de Jesús: “El que quiere al padre o a la madre por encima de mí, no es digno de mí, y el que quiere al hijo o a la hija por encima de mí, no es digno de mí.” Pueden parecernos dura, pueden parecernos que va en contra del mandamiento de honrar al padre y a la madre (Ex 20,12), nos pueden parecer que van en contra de la ley natural. Sin embargo, nada más lejos de la intención de Jesús. La intención de Jesús más bien es la de dar un sentido pleno a ese amor. ¿Cómo amamos a nuestro padre y a nuestra madre? ¿Cómo amamos a nuestros hijos? ¿Lo hacemos de manera egoísta? ¿Lo hacemos atendiendo a nuestros intereses? ¿Los ponemos de parapeto para no cumplir con nuestras obligaciones? ¿Los convertimos en escusas para no seguir a Jesús de manera plena, para no adherirnos totalmente a Él? ¿Los utilizamos para no comprometernos con nuestros prójimos? ¿Los transformamos en muros que nos ayuden a no dar la mano a aquellos que lo necesitan? ¿Los manejamos de tal manera que nos excusen para no comprometernos y abrirnos a la comunidad eclesial y universal? Si amamos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestra esposa, a nuestro esposo, a nuestros amigos en Cristo Jesús e invertimos la escala de valores desde el Reino, lograremos vivir en mayor plenitud nuestra entrega, donación, nuestra dedicación a nuestros padres, hijos, familiares y amigos. En el centro de nuestras relaciones hemos de poner a Jesús, de esa manera tendrán el verdadero sentido y la orientación justa. Jesús no nos pide renunciar a amar a nuestros seres queridos, sino a que los amemos con un amor similar al suyo, con un amor que se entrega, que se hace don, que se hace oblación.

Para llegar a alcanzar un amor de esas características hemos de estar dispuestos a dejarnos transformar por el Espíritu en otros cristos, hemos de acompañarlo y dejarnos acompañar por Él en el camino de nuestra vida cotidiana. Hemos de estar dispuesto como lo estuvo Jesús a entrega la vida por el Reino, a perder nuestra vida por los demás (Mt 10,38s). Es la única manera de vivir ésta en plenitud. Y viviendo la vida en plenitud no abandonamos, renunciamos o renegamos de nuestra familia, al contrario, la situamos en su verdadero lugar, porque la amamos desde Jesús y no desde nosotros mismos.

En la segunda parte del texto, como dijimos más arriba, nos encontramos con unas palabras de esperanza que Jesús dirige a todos aquellos que hemos escogido la senda de ser testigos de su amor.

pantokrator-1486277_640Jesús, el Padre, el Espíritu están siempre junto a aquel que anuncia la Buena Nueva. Podemos decir que son uno con él. De tal manera, que cuando son perseguidos, calumniados, señalados, no lo son ellos mismos, sino que los perseguidos, calumniados, señalados son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Además, en realidad, no son perseguidos por ellos mismos, son perseguidos por lo que son, son perseguidos por causa de Jesús, por causa del evangelio, son perseguidos porque aman de manera incondicional y desprendida. De la misma manera quien acoja a uno de ellos por el simple hecho de ser discípulo de Jesús, está acogiendo al mismo Jesús (Mt 10,40ss).

El seguidor de Jesús es profeta porque ayuda a los demás a vivir plenamente el evangelio, incluso denunciando lo que no está bien. El seguidor de Jesús es justo porque intenta vivir cada día la voluntad del Padre. El seguidor de Jesús es pequeño, porque es humilde, es dócil, se deja transformar, acompañar y ayudar.

Y no pensemos únicamente en nosotros mismos cuando nos acojan a nosotros por ser seguidores de Jesús; si no, también, en cómo acogemos nosotros a los demás.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Subraya las recomendaciones dadas por Jesús ¿Qué te dicen acerca de tu vida? Intenta vivirlas cada día.
  • ¿Cuál es mi escala de valores? ¿Qué valor es el que tengo puesto en primer lugar?
  • ¿Estás dispuesto/a a acoger la cruz, es decir la dificultad, el rechazo, la incomprensión por intentar vivir el Evangelio?
  • ¿De qué manera acojo a aquellos que anuncian el evangelio? ¿De qué manera acojo a los demás en mi vida?

 

VIDA – ORACIÓN

Salmo 45

2 Mi corazón rebosa de palabras bellas, voy a recitar mis versos en honor del rey, mi lengua es como la pluma de un escritor experto.

3 Eres el más hermoso de los hombres, la gracia corre por tus labios, porque Dios te ha bendecido para siempre.

4 Ciñe la espada al flanco, oh poderoso, ella es tu brillo y tu esplendor;

5 avanza victorioso para defender la verdad y la justicia, y hazañas gloriosas realice tu derecha.

6 Caen a tus pies los pueblos, tus flechas puntiagudas se clavan en el corazón de tus enemigos.

7 Tu trono, oh Dios, dura eternamente; el cetro de tu reino es cetro de justicia.

8 Amas la justicia y odias la iniquidad, por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con óleo de alegría con preferencia a tus compañeros.

9 Mirra, áloe y acacia rezuman tus vestidos, en el salón de los marfiles música de arpas te recrea.

10 Hijas de reyes hay entre tus elegidas; a tu derecha, una reina adornada con el oro más fino.

11 Escucha, hija mía, atiende, mira, olvida tu pueblo y tu familia:

12 el rey se ha enamorado de tu belleza, él es tu señor, ríndele pleitesía.

13 La hija de Tiro llega con presentes, los ricos del pueblo te rinden vasallaje.

14 Majestuosa está en el interior la hija del rey, engalanada con tejidos de oro;

15 vestida de brocados es llevada hacia el rey, sus damas de honor la siguen y acompañan;

16 en gozoso cortejo entran en la mansión del rey.

17 En lugar de tus padres tendrás hijos, a los que harás príncipes por toda la tierra.

18 Yo haré que tu nombre se recuerde por todas las edades y los pueblos te alaben por los siglos de los siglos.

“No tengáis miedo” Lectio Divina del Domingo XII del Tiempo Ordinario (Mt 10,26-33)

JESUS-TE-ABRAZA

VERDAD – LECTURA

26 En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: No tengáis miedo a los hombres, pues no hay nada encubierto que no se descubra, ni nada escondido que no llegue a saberse. 27Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz del día, y lo que escucháis al oído, pregonadlo desde las azoteas. 28No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden quitaros la vida; temed más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en el fuego. 29¿No se venden dos gorriones por un cuarto? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae al suelo sin que lo disponga así vuestro Padre. 30Y en cuanto a vosotros, hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. 31Por eso no tengáis miedo; vosotros valéis más que muchos gorriones.

32 Todo aquel que ante los hombres declare su adhesión a mí, también yo declararé mi adhesión a él ante mi Padre que está en los cielos; 33pero aquel que me niegue a mí ante los hombres, también yo lo negaré a él ante mi Padre que está en los cielos.

 

Una expresión que resuena, porque se repite tres veces, en el texto que hoy la liturgia nos ofrece para nuestra oración es: No tengáis miedo. Creo que es un hecho que no podemos pasar por alto. No únicamente para el tiempo de Jesús, sino también para nuestro tiempo. Dicha frase no aparece sólo en este pasaje; ya en Mt 6,25-34, aparecen estas palabra, u otras similares, siete veces.

Si tenemos fe y confianza absoluta en Jesús, ¿A qué podemos temer? ¿Tememos lo que puedan pensar de nosotros cuando proclamamos el evangelio? ¿Miedo a que nos maten por ser seguidores de Jesús? ¿A qué tenemos miedo, si Dios está con nosotros, si Dios no permitirá que nos ocurra ningún mal? Nosotros valemos más que los lirios del campo y los pájaros del cielo: somos hijos de Dios. ¿Miedo al sufrimiento, a la dificultad, a los problemas, a nuestras debilidades, a la muerte? Cristo padeció, sufrió, murió y resucitó por nosotros. Estamos salvados. Ahora, bien es verdad, que nosotros podemos rechazar esa salvación desde nelitefon.ru_31909uestra libertad.

Si estamos dispuestos a asumir y cumplir la misión que nos ha encomendado Dios, no tenemos motivo para el miedo; pues, si nosotros declaramos nuestra adhesión a Jesucristo ante los hombres, Él declarará nuestra adhesión a nosotros ante el Padre.

El miedo paraliza, nos inmoviliza, nos aísla, distorsiona la realidad. Por tanto, no tengamos miedo. Sí prudencia, sí cautela, sí moderación, sí discernimiento… pero nunca miedo. Nuestra única preocupación debe ser la de testimoniar a Jesús ante todos los hombres.

No tengamos miedo, siquiera de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden quitarnos la vida. Siguiendo a Mario Galizzi en su comentario al evangelio de Mateo, hemos traducido vida en lugar de alma. El cuerpo para un judío es el ser humano al completo, el ser que vive su materialidad aquí en la tierra, el ser visible que se relaciona con los demás. Esta realidad visible en su totalidad y en la medida en que manifiesta su relación con Aquel que es la fuente de la vida en hebreo se denomina nefesch, una palabra que en griego se dice psyché y que a nuestra lengua se traduce por alma o vida. Y esa vida que es relación con Dios no puede ser eliminada totalmente ni definitivamente.

Quien mantiene su relación con Dios, quien mantiene su adhesión a Jesús, quien se deja cada día transformar y configurar a Cristo por el Espíritu Santo, podrá morir materialmente, podrán arrebatarle su existencia, pero nadie podrá quitarle la vida, que es su relación con Dios, nadie podrá romper ese vínculo. Ese vínculo será roto únicamente por aquel que no quiera ser amigo de Dios, por aquel que no quiera relacionarse con Él, por aquel que niegue a Jesús ante los ddonde-encontrar-fotos-gratis-libres-de-derechos-de-autor-gratisemás.

Dios está siempre cerca de aquellos que lo invocan con sincero corazón, de aquellos que lo buscan, de aquellos que claman y lo llaman. Dios se preocupa por todos y cada uno de nosotros, sabe nuestras necesidades, conoce nuestras inquietudes, entiende nuestras dificultades. Nuestro padre siempre nos acompaña, siempre nos protege, siempre nos ayuda. Y si de algo hemos de tener miedo, no ha de ser a ser condenados (actitud del esclavo, que diría san Agustín), sino a ofender, a disgustar, a desagradar a nuestro Padre que únicamente nos ofrece amor. Ese es el verdadero temor de Dios. Miedo y temor a perder esa relación vital con Él, que nos amó primero desde toda la eternidad y nos seguirá amando durante toda la eternidad.

Si nosotros hemos reconocido a Jesús ante los demás, Él no reconocerá ante el Padre. Si nosotros hemos dado testimonio de Jesús delante de los hombres, Él dará testimonio de nosotros ante el Padre. Jesús quiere reconocernos como suyos ante el Padre, quiere salvarnos. Dios quiere nuestra salvación, Jesús nos busca para ofrecernos la salvación, el Espíritu Santo nos fortalece para que alcancemos la salvación.

Con esta certeza, en el corazón, en nuestra alma, en nuestro cuerpo incluso, en todo nuestro ser, estamos llamados a vivir nuestra existencia cotidiana; pero, teniendo en cuenta la importancia de ser testigos del amor de Dios, que se hace visible en Jesús, ante todos aquellos que se cruzan en nuestro camino, ante aquellos que conozcan o no a Dios, ante aquellos que acojan nuestras palabras o ante aquellos que las rechacen. Salgamos fuera y transmitamos a todo el mundo la alegría del evangelio.

 

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CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Cuáles son tus temores, tus miedos? ¿Qué es aquello que te turba, que te sobresalta, que te paraliza?
  • Reconoce ese temor, afróntalo, ¿Qué es lo peor que te puede pasar ante ese temor? Plántale cara, intenta poner en juego todas tus facultades para vencerlo. Ponlo todo en las manos amorosas de Dios, en el corazón de Jesús, a los pies de María su Madre, tu Madre y nuestra Madre. ¡Abandónate!
  • ¿Eres capaz de arriesgarte por Jesús? (Él se arriesga por ti). ¿Eres capaz de reconocer a Jesús ante los demás? (Él te reconoce ante el Padre) ¿Eres capaz de dar testimonio de Él? (Él da testimonio de ti).

 

 

VIDA – ORACIÓN

Acto de abandono

Padre, ignoro lo que hoy me va a ocurrir.
Pero sé que nada sucederá sin que tú lo hayas previsto y dispuesto,
desde toda la eternidad, para que redunde en bien mío.
Y esto me basta.

Adoro tus designios eternos e inescrutables;
por tu amor los acepto con todo el corazón;
en comunión con el sacrificio de Jesús, mi Salvador,
te ofrezco todo mi ser.

En su nombre y por sus méritos infinitos,
te pido firmeza en las contrariedades y aceptación sin reservas,
para que todo lo que dispongas o permitas,
sirva para tu mayor gloria y para mi santificación.
(Beato Santiago Alberione).

Como último recurso para que nos ayude a nuestra oración de hoy os dejo el enlace a un video estupendo de la Hna. Glenda: ¿Por qué tengo miedo?

Lectio Divina Solemnidad del Santísmo Cuerpo y Sangre de Cristo (Jn 6,51-58)

JESUS PAN Y VINO

VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

 

El texto con el que hoy vamos a orar es parte del llamado dicurso del pan de vida pronunciado por Jesús en Cafarnaum, acaba de realizar el signo de la multiplicacion de lo panes (Jn 6,1-15). La gente despùés de este acontecimiento pretende proclamarlo rey  (Jn 6,15). Pero un rey que no tenía nada que ver con el verdadero reinado de Dios, un rey que no tenía nada que ver con el Reino. Un Reino que no es de este mundo, pero que ya se comienza a vivir en él, y dónde lo que prima no es el poder sino el amor, donde no priman los puestos sino el servicio, un Reino en el que todo hombre es liberado del pecado y de la muerte.

Jesús es el pan vivo bajado del cielo. Pan vivo que se encuentra en contraposición con el maná y con la Ley. El primero no consiguió llevar al pueblo de Israel a la Tierra Prometida; el segundo, que no daba vida en plenitud a quien se adhería a ella. Es Jesús quien comunica la verdadera y plena vida. Pan que ha bajado del cielo, es decir que procede del Padre, el cual es fuente de la vida. Aquel que coma de este pan, el que lo haga suyo, tendrá el don de la Vida. Comer el pan de la vida, que es verdadera carne de Jesús, es asimilar el Espíritu manifestado en la realidad humana de Jesús. Comiendo de este pan el hombre llegará a adquirir la vida plena.

Para los judíos estas palabras de Jesús eran inconcebibles. No podían asimilar el hecho de la Encarnación de Dios. No podían asimilar que Dios quisiera entrar en comunión plena con el hombre. No entienden el significado de comer su carne.

Comer la carne de Jesús y beber su sangre es poder llegar a asimilarse con él, es hacer propio el amor incondicional y extremo de Jesús, el cual mediante su pasión muerte y resurrección nos libera definitivamente de la muerte y nos comunica la vida definitiva. Si el hombre no asimila totalmente a Jesús no puede alcanzar la vida plena y definitiva.

El discípulo de Jesús ha de ser capaz de identificarse con él, ha de dejarse modelar por el Espíritu para llegar a ser otro Jesús en sus actitudes vitales y amar a los demás como él ama.

El pan y el vino que en cada eucaristía se nos ofrece como alimento son Jesús mismo. Estas especies nos dan la fuerza necesaria para que las actitudes vitales de Jesús se conviertan en las nuestras y de este modo lograremos que nuestro modo de vivir cambie radicalmente. La asimilación del estilo de vida de Jesús y de su entrega acontece comiendo su carne y bebiendo su sangre.

Esta es la única manera de hacer propia la vida que Jesús nos propone. Es la única manera de entrar en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 

 CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Cómo acoges el don de la vida plena que Jesús te ofrece en cada eucaristía?
  • ¿Cómo vives en tu vida cotidiana la asimilación del cuerpo y la sangre de Jesucristo?
  • ¿Al asimilar el cuerpo y la sangre de Jesucristo eres consciente de que poco a poco se tiene que producir en tu vida un cambio radical?
  • En la celebración eucarística, te alimentas de la doble mesa de la Palabra y la Eucaristía, ¿Eres consciente de ello? ¿Son ambos importantes para ti? ¿Cómo vives estos momentos?
  • ¿Eres consciente de que comer la carne de Jesús y beber su sangre te deben llevar a un compromiso mayor en favor de tus hermanos? ¿Eres consciente de que estás siendo llamado a ser tu también transmisor de vida?

  

VIDA – ORACIÓN

 

Te doy gracias, Maestro y verdad,

por haberte dignado venir a mí,

ignorante y débil.

En unión con María te ofrezco al Padre:

contigo, por ti y en ti,

sea por siempre la alabanza,

la acción de gracias y la súplica

por la paz de los hombres.

Ilumina mi mente,

hazme discípulo fiel de la Iglesia;

que viva de fe;

que comprenda tu palabra;

que sea un auténtico apóstol.

Haz, Maestro divino,

que la luz de tu Evangelio llegue

hasta los últimos confines del mundo.

(Beato Santiago Alberione)

 

“Tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único” Lectio Divina Domingo de la Santísima Trinidad (Jn 3,16-18)

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VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: 16«tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único, para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17Pues Dios no envió a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18El que cree en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el hijo único de Dios. 

 

El texto que nos ofrece hoy la liturgia, hemos de enmarcarlo dentro de un contexto algo más amplio como es el llamado diálogo de Jesús con Nicodemo. Por lo que creo que puede ser interesante que presentemos, aunque sea de una manera somera a dicho personaje y el diálogo al que hemos aludido.

Nicodemo, según nos cuenta el evangelista Juan era un fariseo (Jn 3,1). Los fariseos eran un movimiento o corriente dentro de la religión judía que se caracterizaba por una práctica escrupulosa de la Ley y por defender y adherirse a las tradiciones orales vivas del judaísmo. Jesús se enfrentó en diversas ocasiones con ellos porque escudándose en lo legal aniquilaban, precisamente, la Ley de Dios con sus tradiciones de origen humano; no podían mezclarse con los pecadores o las personas consideradas impuras; todo ello los hacía caer en muchas ocasiones en hipocresía. Pues bien, Nicodemo era un hombre importante perteneciente a esta corriente del judaísmo.

Nicodemo va a ver a Jesús, posiblemente siente curiosidad por la nueva doctrina que el joven Maestro de Nazaret está predicando. De hecho, lo llama así: Maestro. Va a verlo de noche, quizás por miedo a que lo puedan vincular con Jesús. Aunque desde el punto de vista teológico podemos interpretarlo, como que no se encuentra en la Luz de Jesús. Reconoce a Jesús como enviado por Dios, porque nadie puede hacer los signos que hace Jesús, si Dios no está con él (Cf. Jn 3,3).Santísima-Trinidad-2

Para que puedan entender todo el diálogo que va a tener con él, Jesús le pide que debe nacer de nuevo. Esto nos sirve a nosotros también de clave para poder profundizar y entender mejor el texto que hoy nos ocupa. Nacer de nuevo requiere una conversión radical, requiere que nos acerquemos a ver el Reino desde una perspectiva nueva, sin prejuicios, sin nuestra propia escala de valores, sin nuestros propios convencionalismos, sin nuestros conceptos previamente aprendidos… Hemos de acercarnos al Reino como niños pequeños, abiertos a su novedad y dispuestos a acoger el anuncio de Jesús como un nuevo descubrimiento que nos abre la puerta hacia la vida eterna. Hemos de acoger y vivir el seguimiento de Jesús con una apertura total. Pero, teniendo en cuenta que ese nuevo nacimiento ha de ser engendrado en el agua y el Espíritu. El agua y el Espíritu son símbolos que con toda probabilidad Nicodemo conocía; el agua puede hacer alusión a las purificaciones que realizaban los judíos y el Espíritu a la nueva creación. Juntos nos pueden estar diciendo que partiendo de nuestras propias tradiciones, hemos de abrirnos a la novedad del evangelio, que representa la nueva creación. Entrar en comunión con Jesús va a suponer un nuevo nacimiento.

Creo que era necesaria esta introducción para comprender de una manera adecuada el texto que hoy la liturgia nos propone. Desde esta nueva perspectiva, podemos entender mejor el significado de las palabras de Jesús: “tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Jesús ha sido enviado y entregado por el Padre para que todo aquel que se una a su persona pueda alcanzar la vida plena. Una vida en la que reinará el amor de Dios, en la que reinará ese Dios que ama con locura al ser humano, que únicamente quiere su bien y su salvación; un amor que vence incluso a la muerte.

Dios no ha enviado a su Hijo para condenar al mundo, sino para que se salve, gracias a la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

En el texto no encontramos una alusión clara al Espíritu Santo; sí aparecen las otras dos Personas de la Santísima Trinidad: el Padre y el Hijo. Sin embargo, quien puede motivar y originar en nosotros la adhesión o unión con Jesús, si no el Espíritu, quien puede hacer nacer en nosotros la fe y mantenerla, si no el Espíritu. Quien puede hacer posible que nazcamos de nuevo y configurarnos con Jesús, si no el Espíritu. Es el Espíritu Santo quien nos modela según la forma de Jesús, y en el origen de todo esto está el Padre.Icono Trinidad 1

Estas tres Personas son un único Dios, son Trinidad. Y esta Trinidad tiene una característica que la constituye esencialmente, sustancialmente: el amor. Y eso es lo que vino a ofrecer Jesús al mundo enviado por el Padre; ahora bien, el hombre es libre de rechazar o acoger esa misericordia de Dios, esa ternura, esa bondad y ese amor de Dios. Por eso Dios no ha enviado a su Hijo para nuestra condena, sino para nuestra salvación. Ahora bien, en nuestras manos está acoger, creer y vivir la novedad de Jesús.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Cómo es tu vivencia de la Trinidad, aunque no llegues a comprender este misterio?
  • ¿Estás dispuesto/a a dejar actuar al Espíritu Santo en ti para poder llegar a «nacer de nuevo»?
  • ¿Acoges con todo tu ser el amor que Dios te ofrece y te regala incondicionalmente?
  • ¿Qué acciones podría yo emprender para mostrar el amor de Dios en mi propio ambiente?

 VIDA – ORACIÓN

Divina Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
presente y operante en la Iglesia y en lo más profundo de mi ser;
yo te adoro, te doy gracias y te amo.

Por medio de María, Reina de los Apóstoles,
me ofrezco entrego y consagro totalmente a ti
por toda la vida y para la eternidad.

A ti Padre del cielo, me ofrezco, entrego y consagro como hijo.
A ti, Jesús Maestro, me ofrezco, entrego y consagro como hermano y discípulo.
A ti Espíritu Santo, me ofrezco entrego y consagro como “templo vivo”,
para ser consagrado y santificado.

María, madre de la Iglesia y madre mía,
tú que vives en intimidad con la Trinidad Santísima,
enséñame a vivir, por medio de la liturgia y los sacramentos,
en comunión cada vez más profunda con las tres divinas Personas,
para que toda mi vida sea un “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”. Amén.
(Beato Santiago Alberione).

 

“Muchacho, levántate” Lectio Divina Domingo X del Tiempo Ordinario (Lc 7,11-17)

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VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo, Jesús, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, se dirigió a un pueblo llamado Naín. Cerca de la entrada de la ciudad, se encontró con una comitiva que llevaba a enterrar al hijo único de una mujer viuda. El Señor al verla se sintió profundamente conmovido y le dijo: “No llores”. A continuación, se acercó, tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron y Jesús exclamó: “Muchacho, yo te lo ordeno, levántate”. El muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. Todos los presentes se llenaron de temor y alababan a Dios diciendo: “Un gran profeta ha salido de entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”. La noticia de lo que acababa de hace Jesús, se difundió por toda Judea y las regiones de alrededor.

 

El evangelio con el que nos invita a orar la liturgia de este domingo, quiere revelarnos la llegada del Reino de Dios. Un Reino que es acogida, que da la vida, que es manifestación de la bondad, la ternura y la misericordia de Dios.

Jesús acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, se encuentra con una comitiva a las puertas del pueblo de Naín. La persona de Jesús es siempre lugar de encuentro, lugar de encuentro que salva, que acoge, que dignifica, que da vida.

Jesús al ver aquella comitiva, se siente profundamente conmovido. Compasión, sentir en mi corazón la pasión, los padecimientos, las dificultades del otro. Jesús es maestro de la compasión. El Dios de Jesús es un Dios compasivo y misericordioso. Un Dios capaz de sentir y compartir las miserias del ser humano. Pero la compasión no es sólo un sentimiento o una actitud. Compasión es acción, es salir de uno mismo y ponerse en el lugar del otro, es salir de uno mismo y tender una mano amiga, mirar con ternura, escuchar con amor… Compasión es ayudar al otro a salir de su situación adversa, salir de su situación de dolor, salir del pozo profundo en el que se encuentra. Es acercar Jesús a los demás para que les infunda la vida y una vida nueva. No basta con sentir, he de acercar a Jesús a mis hermanos para que él pueda resucitarlos, para que pueda regalarles una nueva vida, para que pueda decirles: “Levántate”.

Jesús no deja nunca de sorprendernos. Jesús no deja nunca de suscitar en nosotros admiración. Jesús no deja nunca de sobrecogernos. Y ante ese estupor, esa sorpresa, esa admiración, sólo nos queda la alabanza, el dar gracias y la adoración. Porque hay signos que nunca podremos entender con nuestra mente, pero que en lo más profundo de nuestro corazón sabemos guardar y meditar, lo mismo que hacia María. Admírate, da gracias, alaba y adora a Dios, nuestro Señor, por los milagros que cada día hace en tu vida y en la vida de todos aquellos que te rodean.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  •  ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Jesús es lugar de encuentro, ¿Y tú, propicias que los que están a tu alrededor puedan encontrarse con Él?
  • Jesús siente compasión, muestra misericordia ante el acontecimiento de la muerte del hijo de la viuda de Naín. ¿Te comportas con los demás con misericordia? ¿Eres compasivo?
  • ¿Intentas comprender y acoger las dificultades, los problemas, el dolor de los que te rodean?
  • ¿Te quedas únicamente en el sentimiento o tratas de pasar a la acción?

 

VIDA – ORACIÓN

  • Párate por unos instantes. Guarda silencio. Contempla la escena. Identifícate con ella y métete en la piel de los personajes.
  • Alaba, da gracias, adora y pide a Dios que te ayude a ser compasivo y misericordioso con los demás, y a tender tu mano para sacarlos de su situación de pobreza, dificultad y opresión.
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VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir e la sinagoga: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: “¿No es este el hijo de José?”. Y Jesús les dijo: “Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”. Y añadió: “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio”. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.
El texto que nos ofrece hoy la liturgia es continuación del pasaje evangélico del domingo pasado. En él hemos dejado a Jesús en la Sinagoga, después de anunciar un año de gracia del Señor.

Al concluir la lectura del Profeta Isaías, se sentó, devolvió el rollo al encargado de la sinagoga y se sentó para comentar la lectura. Es aquí donde arranca el relato con el que hoy oramos: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”. ¿De qué manera pronunciaría Jesús estas palabras? El evangelista nos dice que todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. ¿Cómo era posible, que el hijo de José hablara así? ¿Cómo es posible que alguien tan humilde, que conocemos de toda la vida, al que hemos visto crecer… hable de esa forma?
Sus paisanos comienzan a dudar. Ante aquello, Jesús sale al paso, citando un refrán, posiblemente conocido por todos ellos: “Médico cúrate a ti mismo”. A lo cual añade otro acerca del profetismo que no es acogido en su propia tierra, comentándolo y fundamentándolo con dos pasajes de los libros de los Reyes comparando Israel con otros pueblos; la historia del Profeta Elías (1Re 17-18) y la historia del Profeta Eliseo (2Re 5,1-14).
En la primera de estas historias se sitúa en el reinado del rey Ajab, el cual no era del agrado de Yahveh, durante su reinado hubo tres años de sequía y el pueblo de Israel sufrió hambre. Todo ello debido a la infidelidad del pueblo y al rechazo del Profeta. Esa era la causa por la que el Profeta no es enviado a ninguna persona de Israel, sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sión.
La segunda de estas historias narra el acontecimiento de la curación de Naamán, el sirio de su lepra. El cual cumplió lo que el Profeta Eliseo le ordenaba.
Jesús le estaba diciendo, en su propia cara, que allí no podrá realizar ningún milagro, debido precisamente a la dureza de sus corazones, a su falta de fe, a su predisposición a no cumplir con la voluntad de Dios, a su incapacidad voluntaria para cambiar… En lugar de abrir sus mentes y sus corazones ante ese mensaje de gracia de Jesús, lo que hacen es permanecer en sus prejuicios, convencionalismos y cerrazón. No tenían intención de cambiar. Por lo cual, el rechazo a todo aquello que estaba diciendo Jesús era lógico. Para evitar el cambio, era mejor considerar a Jesús un falso profeta. No puede estar diciendo la verdad. Es mejor, incluso, matarlo. Pero, la hora de Jesús aún no había llegado.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Jesús es rechazado por el mensaje que ha proclamado en el evangelio del domingo pasado. Sus paisanos, a pesar de la admiración, no son capaces de acoger y poner en práctica las palabras de Jesús. ¿Y tú estás dispuesto a acoger la palabra de Jesús y ponerla por obra?
  • ¿Estás atento/a a todo aquello que Jesús quiere decirte y transmitirte en tu vida diaria? ¿Dedicas algún tiempo del día para escuchar su Palabra? ¿Abres tu mente y tu corazón para que Jesús pueda transformar tu vida?
  • ¿Estás abierto/a a la novedad del Evangelio o por el contrario continúas anclado/a en tus propias creencias, convicciones, convencionalismos…?
  • ¿Estás dispuesto/a a realizar cambios en tu vida, aunque estos supongan dificultades, obstáculos, inconvenientes, compromisos…?

VIDA – ORACIÓN

  • Bendito y alabado seas, Padre, por habernos enviado a tu Hijo, Jesucristo, para acercarnos más a tí y ofrecernos un vida plena.
  • Gracias, Jesús, por presentarnos la novedad del Evangelio que nos transforma y nos conduce a la felicidad.
  • Ayúdanos, Espíritu Santo, a apropiarnos de las actitudes vitales de Jesús y hacerlas nuestras, para que de esta manera nuestra vida se transforme en vida plena.

“¿Qué significa esto?” Lectio Divina Domingo IV del Tiempo Ordinario (Lc 4,21-30)

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VERDAD – LECTURA

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Ilustre Teófilo: Puesto que muchos han intentado componer la narración de las cosas realizadas entre nosotros, según nos lo han enseñado los mismos que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, que he investigado cuidadosamente todo desde los orígenes, hacerte una narración ordenada, para que conozcas el fundamento de las enseñanzas que has recibido de palabra.

Jesús, impulsado por el Espíritu, regresó a Galilea, y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alaban.
Llegó a Nazaret, donde se había criado. El sábado entró, según su costumbre, en la sinagoga y se levantó a leer. Le entregaron el libro del profeta Isaías, desenrolló el volumen y encontró el pasaje en el que está escrito: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor. Enrolló el libro, se lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó; todos tenían sus ojos clavados en él; y él comenzó a decirles: “Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura”.
El texto con el que vamos a orar en este III domingo del tiempo ordinario, está dividido en dos partes: Por un lado, el llamado prólogo de Lucas; y, por otro, la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret.
En la primera parte del texto nos encontramos con que Lucas presenta las fuentes de las que ha “bebido” para elaborar su evangelio, las propias investigaciones llevadas a cabo por el autor y la finalidad de la obra.
Otros muchos antes de Lucas han intentado componer una narración acerca de la vida de Jesús, basada en lo que han enseñado los testigos oculares y ministros de la palabra. Además, el autor del evangelio ha realizado sus propias investigaciones y he decidido poner por orden dicha narración. Y, por último, con una finalidad concreta: que Teófilo conozca el fundamento de las enseñanzas que éste ha recibido de palabra.
Desconocemos quien es este personaje ilustre al que se dirige la obra. Etimológicamete, significa “amado por Dios”. La preocupación de Lucas es la de fundamentar su fe. Pero la intención del autor no es sólo escribir para Teófilo, sino para todo aquel que quiera conocer de “primera mano” la vida y obra de Jesús. Desde este punto de vista ese “amado por Dios”, querido lector podemos ser tú y yo que queremos conocer el fundamento de las enseñanzas que hemos recibido, o cualquier persona que quiera conocer a Jesús.
La segunda parte del texto nos ofrece el relato de la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret. Con ella, Lucas quiere ofrecernos una síntesis del ministerio de Jesús y de los grandes temas que caracterizan dicho evangelio.
Jesús impulsado por el Espíritu. Todo el ministerio de Jesús estará caracterizado por este hecho. Jesús en todo momento de su vida actúa impulsado por el Espíritu. Recorre la comarca de Galilea, enseñando en las sinagogas. Su fama se extiende por toda la comarca y todos los que escuchan sus enseñanzas las alaban.
Dentro de este contexto, un sábado llegó a Nazaret, el pueblo en el que se había criado, por lo que la gente lo conoce perfectamente. Según su costumbre entra en la sinagoga. Por lo que, Jesús acostumbraba a celebrar el sábado en la sinagoga.
Jesús se levanta a leer, concretamente, un pasaje del profeta Isaías (Is 61,1-2). Lucas omite el pasaje final amenazador acerca de la venganza de Dios. El autor quiere, sobre todo, subrayar que Jesús ha venido a salvar y a ofrecer la salvación del Padre.
A continuación Jesús se sienta para comentar el texto. Pero antes vamos a analizar, aunque sea brevemente el pasaje de Isaías leído por Jesús. El se atribuye a sí mismo aquellas palabras. Jesús es el ungido por Dios, está plenificado por el Espíritu, lleno de él. Y ha sido enviado por el Padre para “llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor”. Es el programa de la actividad, la vida y la obra de Jesús.
Jesús se sienta. La postura típica de aquel que enseña. Los ojos de todos están fijos en Jesús; están expectantes. Pero Jesús, lejos de hacer un comentario acerca del pasaje, lo que hace es actualizarlo: hoy se cumplen estas palabras.
Y en nuestro hoy estas palabras son de una aplastante actualidad. Hoy nosotros debemos hacer realidad estas palabras de Jesús. Hoy nosotros somos llamados “a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor”.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Al igual que Lucas, ¿tratas, también, de fundamentar tu fe, de investigar, de formarte… para crecer en tu vida como cristiano?
  • Jesús es impulsado en su acción por el Espíritu Santo, ¿cómo es tu relación con él? ¿le invocas frecuentemente para que él te ilumine, te guíe, te acompañe en tu vida cotidiana?
  • Jesús cumple con sus obligaciones como buen judío, lejos de lo que puede ser el cumplimiento, ¿intentas en tu vida ser coherente con tu condición de seguidor de Jesús?
  • Tú, también, eres enviado por Jesús para anunciar la buena nueva, para iluminar a otros, para curar las enfermedades de nuestro tiempo, para liberar a nuestros contemporáneos de sus opresiones, a proclamar la misericordia de Dios. ¿Eres consciente de ello? ¿Cómo lo vivencias en tu día a día?
  • “Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura”. ¿Cómo acoges y actualizas la Palabra en tu vida?

VIDA – ORACIÓN

  • Bendito y alabado seas, Señor, por regalarnos tu Palabra. Una Palabra llena de amor y misericordia.
  • Gracias, Jesús, por llamarnos a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor.
  • Desciende, Espíritu Santo, sobre todos nosotros para que seamos capaces de actualizar el mensaje de Jesús y ponerlo por obra.

“Enviado para…” Lectio Divina Domingo III del Tiempo Ordinario (Lc 1,1-4;4,14-21)

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VERDAD – LECTURA

15Como la gente estaba expectante y se preguntaban, en sus corazones, si no sería Juan el mesías, 16él declaró públicamente: “Yo os bautizo con agua, pero ya viene el que es más fuerte que yo, y a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”.
21 Aconteció que cuando Juan estaba bautizando al pueblo, también Jesús fue bautizado; y mientras éste estaba orando, se abrió el cielo, 22descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como una paloma, y se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi hijo amado, mi preferido”.
Este domingo la liturgia nos invita a orar con el relato del bautismo de Jesús contado por el evangelista Lucas. En primer lugar, éste nos pone en situación y nos enmarca el relato. El pueblo de Dios estaba expectante, es decir estaba deseoso, con esperanza, esperando la venida del Mesías, del Salvador. Tal era el profundo anhelo que el pueblo tenía, que en lo más íntimo de su ser, en su corazón, se preguntaban, si aquel extraño personaje que invitaba a un cambio de vida a orillas del Jordán, no sería el Mesías esperado, el Salvador, el Esperado de las naciones.
Pero, Juan no es el Mesías, él es la voz que grita en el desierto, el es el último profeta del Antiguo Testamento, el es quien prepara la venida de Jesús.
En el texto, podemos apreciar como existen dos declaraciones, la primera de Juan. La segunda proviene del cielo. Conviene que nos detengamos precisamente, en estas palabras.
Dentro del contexto apuntado más arriba, Juan declara públicamente: “Yo os bautizo con agua, pero ya viene el que es más fuerte que yo, y a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”.
“Yo os bautizo con agua”. Es decir, mi bautismo es un bautismo que invita a la conversión, al cambio de vida, ante la inmediata aparición de otro “que es más fuerte que yo”. Ese otro anunciado por los profetas del Antiguo Testamento. Juan está afirmando que él no es el Mesías. El Mesías está por venir y su llegada es inminente. Por eso es necesaria la conversión.
La fuerza, a la que se refiere el Bautista, es, precisamente, uno de los atributos de Yahveh y de su Mesías: “el Dios fuerte”. Ya Isaías lo anunció: “El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz […] Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; sobre sus hombros el imperio, y su nombre será: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz” (Is 9,1.5). La fuerza que Dios emplea en favor de la humanidad, precisamente para ofrecerles la paz, la prosperidad, la salvación.
Tal es la fuerza y el poder del Mesías, que Juan no es digno siquiera de desatarle la correa de sus sandalias. Desatar las correas de las sandalias era acción propia de los esclavos. Ante aquel, el Bautista se siente tan pequeño, tan humilde, tan indigno, que es incapaz incluso de realizar un gesto que únicamente realizan los esclavos. Con esta actitud hemos de acoger al Salvador. No como esclavos, pero si con disposición humilde y sabiéndonos indignos de tal regalo por parte de Dios.
El Mesías que viene, ya no trae un bautismo de conversión, su bautismo es un bautismo de Espíritu Santo y fuego. El bautismo de Jesús símbolo de una vida nueva, nos transformará porque nos dará la fuerza del Espíritu de Dios, sobre nosotros reposará su propia vida. Un bautismo de fuego, del fuego de Dios, que purifica, calienta, nos impulsa, nos anima, nos desarrolla y potencia.
Ahora detengámonos en las palabras procedentes del cielo: “Tú eres mi hijo amado, mi preferido”. Veamos un poco el entorno en el que se desarrolla la escena. Juan estaba bautizando al pueblo y Jesús, también, es bautizado. En aquel momento, mientras Jesús está orando, el cielo se abrió y “descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como una paloma”. La paloma es el símbolo del Espíritu de Dios y así nos lo apunta el texto, sobre él descendió, en forma corporal, como una paloma. El Espíritu desciende en plenitud sobre Jesús, tal y como había predicho Isaías (11,2). Jesús es consagrado para llevar a cabo la misión encomendada por el Padre: revelar a los hombres la misericordia de Dios.
“Tú eres mi hijo amado, mi preferido”. Estas palabras nos traen los ecos del Antiguo Testamento. El primer eco es del salmo 2: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Sal 2,7). El Mesías es Hijo del Padre, el mismo lo ha engendrado. Pero no es únicamente su hijo, es su hijo amado, su predilecto. Todo nosotros somo hijos de Dios en el Hijo. Jesús es su Hijo unigénito, su hijo único. Los demás somos hijos de Dios porque él nos ha creado y porque Jesús nos ha hecho hijos de Dios en plenitud, gracias a que nos ha dado la salvación. El segundo eco del Antiguo Testamento, evocado por estas palabras provienen del profeta Isaías: “Aquí está mi siervo, a quien protejo, mi elegido, en quien mi alma se complace. He puesto sobre él mi espíritu”. Sobre Jesús, el Padre ha puesto su Espíritu, es el elegido por él para la salvación definitiva, es su hijo amado, su preferido. Aquel por el que Dios se ha hecho visible para todos lo hombres, aquel que se ha hecho presente en la vida de la humanidad, para que la humanidad pueda acercarse a Dios y acoger la salvación.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • El pueblo estaba expectante, y tú ¿estás, también deseoso, a la espera, aguardando impaciente la llegada de Jesús a tu vida? ¿Quieres descubrirlo presente en la misma?
  • ¿Cómo te dispones para acoger a Jesús? ¿para descubrir su presencia en los acontecimientos cotidianos? ¿Estás dispuesto a cambiar de vida?
  • Al igual que Juan el Bautista, tú eres enviado por Dios para anunciar su presencia entre los demás, eres enviado para anunciar que Jesús vive entre nosotros. Juan es capaz de dar el primer puesto a Jesús y, con humildad, pasar a un segundo plano. Y tú, ¿estás dispuesto a ello?
  • ¿Quieres acoger el bautismo que Jesús nos trae? ¿Un bautismo que va más allá de un simple cambio de actuar? ¿Un bautismo que te transforma y te cambia totalmente? ¿Un bautismo que te da, además, la fuerza para ser testigo de la salvación de Dios?

VIDA – ORACIÓN

Él es Siervo de Dios, el Hijo amado,
Ungido del Espíritu, Mesías;
su bautismo, de muerte profecía,
ya sepulta en el agua los pecados.

Pero sale del agua transformado,
arco iris de paz y de alegría,
verdor de primavera, teofanía,
y un gran himno pascual recién cantado.

Ruiseñor que armoniza la victoria,
los campos, amapola y azucena,
y el árbol con los frutos de la gloria;

el Viento vivifica y oxigena,
el ungido es el centro de la historia,
y la muerte vencida con su pena.

(R. Priero Ramiro, en Jubileo en la tierra, júbilo en el cielo. Adviento y Navidad 1999, Caritas Española, Madrid 1999, pág. 202).

“Mi hijo amado, mi preferido”. Lectio Divina Bautismo del Señor (Lc 3,15-16.21-22)

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VERDAD – LECTURA

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En el principio existía aquel que es la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todo fue hecho por él y con él nada se hizo. Cuanto ha sido hecho en él es vida, y la vida es la luz de los hombres; la luz luce en las tinieblas y las tinieblas no la sofocaron. Hubo un hombre enviado por Dios, de nombre Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran e él. No era la luz, sino testigo de la luz. Existía la luz verdadera, que con su venida a este mundo ilumina a todo hombre. Estaba en el mundo; el mundo fue hecho por él, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. A todos los que lo reciben, a los que creen en su nombre, les da el ser hijos de Dios; él que no nació ni de sangre ni de carne, ni por des de hombre sino de Dios. Y aquel que es la Palabra se hizo carne y habitó ente nosotros, y nosotros vimos su gloria, gloria cual de unigénito venido del Padre, lleno de gracia y verdad. Juan daba testimonio de él y proclamaba: “Este es del que yo dije: El que viene detrás de mi ha sido antepuesto a mí, porque era antes que yo”. De su plenitud, en efecto, todos nosotros hemos recibido, y gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la fidelidad vinieron por Cristo Jesús. A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el Padre, nos lo ha dado a conocer.
Hoy la liturgia nos ofrece para nuestra consideración, el pasaje conocido como el prólogo del evangelio de Juan. Un pasaje muy rico en valor y profundidad teológica y, a la vez, de una gran riqueza literaria. Es el resumen o sumario de todo el evangelio de Juan. Con un exquisito lenguaje poético, el autor del cuarto evangelio nos transporta al mismo corazón de Dios y a la esencia de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. El cual, a pesar de ser Dios quiso hacerse uno de nosotros, en todo excepto en el pecado.
El evangelio de Juan comienza de la misma manera que el Antiguo Testamento: “En el principio”. En el principio Dios creo todo lo que existe, pero antes, incluso, en el principio existía la Palabra, estaba junto a Dios y es Dios. Todo lo creado fue hecho por él y todo lo que existe, es gracias a él.
Él es vida y es luz. Luz que alumbra en las tinieblas a todas las criaturas. Aquel que es la Luz esta presente en todos los acontecimientos de nuestra vida, en todos lo momentos, en todas las circunstancia. Él está con nosotros, viven entre nosotros, nos acompaña siempre. El ser humano ya nunca más caminará en tinieblas; porque aquel que es la Vida, es luz para los hombres. Y esa luz alumbra en las tinieblas, en las dificultades, en las oscuridades, en los obstáculos, en las contrariedades… Para ello hay que estar atentos para descubrir la luz, puesto que las tinieblas, la oscuridad, la noche, nunca podrá sofocarla.
Precisamente, Juan será enviado por Dios para ayudar a los seres humanos a descubrir la luz, a encontrarse con ella en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida. Él no era luz, sino el medio para vislumbrar la luz y testimoniarla. Era el testigo de la Luz. Una luz que vino para salvación de todos.
Pero el hombre no fue capaz de reconocer y acoger la luz, de descubrirla y recibirla. El ser humano no fue capaz de descubrir la luz que se manifestaba en su propia vida, en su propia historia, en su día a día. No hemos sido capaces de abrirnos y vaciarnos totalmente para acoger y llenarnos de la Luz. El mundo no lo reconoció.
Pero quienes lo reciben, quienes lo acogen, quienes creen en Él y se dejan transformar por Él son hijos de Dios. Pero no por sus méritos, no por sus muchos esfuerzos, sino por pura gratuidad de Dios, por pura gracia de Dios, por su infinita bondad y misericordia. Dios es quien verdaderamente acoge y nos transforma.
Y aquel que es la Palabra, aquel que es la Luz, aquel que existía desde el principio se hizo carne y habita entre nosotros. El Dios cristiano no es un Dios lejano, ausente, despreocupado. Dios se ha hecho uno de nosotros. Dios se hizo ser humano. Gracias a lo cual hemos visto su gloria, hemos visto quién es, hemos visto su esencia. Hemos descubierto el corazón y la misericordia de Dios. Y todo ello por pura gracia, por puro don, gratuitamente.
Ahí es donde reside la diferencia esencial con la Ley de Moisés. La salvación es pura gracia, puro don, es gratuita, es un regalo de Dios. La plenitud de la Ley es Jesucristo. La salvación nos viene precisamente por la fe en Jesús. Y esa fe es la que nos impulsa y nos lleva a actuar según la Ley de Dios y a llevar el amor y la misericordia de Dios todos los demás, nos lleva a comprometernos a dar a conocer la Luz y a llevar su alegría a todas las criaturas

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿De qué manera eres capaz de descubrir la Luz en tu vida cotidiana? ¿Cuándo aparece? ¿Cuáles son los signos de que está presente?
  • ¿De qué forma descubres la luz en las tinieblas de tu vida, en las dificultades, en tus obscuridades?
  • ¿Eres consciente de que las tinieblas nunca podrá apagar la Luz?
  • Juan era testigo de la Luz, ¿Y tú, además de intentar descubrir la Luz en tu vida, llevas la Luz a los demás, les ayudas a descubrirla?

VIDA – ORACIÓN

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio, enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro, pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes, siempre y cabalmente.

La Luz está entre nosotros.Lectio Divina Domingo II de Navidad (Jn 1,1-18)