¿Qué tenemos que hacer? Lectio Divina del Evangelio del tercer domingo de Adviento – Gaudete

VERDAD – LECTURA

Evangelio (Lc 3,10-18)

Lo primero que llama la atención, al menos a mí, respecto a la lectura del evangelio que hoy nos ofrece la liturgia es la pregunta con la que se inicia el pasaje: ¿Qué tenemos que hacer? Parece que no es una pregunta insignificante; en poquísimos versículos, el autor del evangelio la recoge por tres veces, como preocupación de distintos tipos de personas. Nos encontramos en primer lugar con la gente en general, después con unos recaudadores de impuestos y por último con unos soldados. Todos ellos están preocupados por lo que tienen que hacer para preparar la llegada del Mesías, que Juan ha anunciado versículos atrás (3,3-9).

Este fragmento de evangelio, como podemos apreciar consta de dos partes: la primera en la que se realizan las preguntas que hemos apuntado más arriba y una segunda en la que Juan quiere dejar claro que él no es el Mesías, sino únicamente aquel que le prepara el camino.

Es un evangelio muy rico y con el que nos podríamos extender todo lo que quisiéramos, pero me vais a permitir que, para nuestra oración de este domingo, me detenga únicamente en la primera parte del mismo; considero que será suficiente para poder realizar satisfactoriamente nuestra lectio divina.

¿Qué tenemos que hacer? Juan ha anunciado y practica un bautismo de conversión. La palabra griega que se utiliza en el texto de Lucas para aludir a la conversión es: metanoia. Dicha palabra en realidad lo que significa es cambiar la mentalidad, la forma de pensar y de actuar; en otras palabras, reorientar nuestra vida hacia Dios, dejarnos transformar por el Espíritu Santo para que nuestra forma de pensar y de actuar se parezca cada vez más a la forma de pensar y actuar de Jesús.

Pero, ¿cómo abrirnos a esa transformación? ¿cómo preparar nuestra vida para ese cambio? Juan nos hace descender y tocar tierra. La preparación, la conversión, el cambio en nuestra vida consiste, en la práctica, en mirar a nuestro alrededor, hacernos consciente de las necesidades que tienen las personas que nos rodean y atender a las mismas, empezado por lo más básico: el vestido y la comida.

Adviento es preparación para recibir a Jesús que nace. Un acontecimiento que ocurrió hace más de dos mil años. Pero que la Iglesia nos lo recuerda cada año. Recordar es volver a pasar por el corazón un acontecimiento. Cada año, la Iglesia nos ofrece un tiempo específico para que no nos olvidemos que Jesús está naciendo continuamente en la vida de los seres humanos y pasarlo por nuestro corazón. Como muchas veces lo olvidamos, pues al menos una vez al año, se nos invita a vivir con mayor intensidad esa preparación. Que mejor manera de preparar la venida del Mesías que, atendiendo a las necesidades de nuestros hermanos, de las personas que tenemos a nuestro alrededor.

La primera “obligación” respecto a atender las necesidades de los demás está más o menos clara: compartir. Pero no sólo debemos quedarnos ahí. El verdadero cambio implica también actuar con honestidad en nuestra vida cotidiana, que no exijamos a los otros más de lo que está dentro de sus posibilidades, que no les engañemos, que no les intimidemos, que nos conformemos con lo que tenemos, sin ser ambiciosos o avariciosos. Lo cual no quiere decir que si tenemos la posibilidad de mejorar en la vida no lo hagamos, sino que nuestra mejora no sea a costa de abusar de los demás.

Y todo esto realizado desde la alegría que es la gran invitación que se nos hace desde la liturgia en este domingo gaudete (domingo de la alegría). Porque si esa transformación la vamos a realizar a regañadientes, la vamos a realizar desde la tristeza, pensando que es únicamente una obligación. No será una verdadera reorientación, un verdadero cambio, una verdadera conversión. ¡Alégrate! Porque Dios está en medio de ti, se alegra y goza contigo, te renueva con su amor (cf. Sof 3,14-18). ¡Alégrate, porque el Señor está cerca! (Cf. Fil 4,4).

Al igual que la multitud mantengámonos expectantes; es decir, en una espera activa, para acoger la venida de Dios hecho niño. Y, al igual que Juan el Bautista anunciemos la Buena Noticia, anunciemos que Dios se hace hombre con nuestras palabras, nuestras actitudes y nuestras acciones.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra de este pasaje evangélico te ha tocado especialmente el corazón? ¿Qué sentimientos se despiertan en ti al leer este pasaje?
  • Delante de Jesús, presente en su Palabra, hazte la misma pregunta que se hacen los distintos personajes de este evangelio: ¿Qué tengo que hacer?
  • ¿Cómo estás viviendo este Adviento? ¿Cómo te estás preparando para la venida del Niño Jesús?
  • A partir de la respuesta que hayas sentido, prográmate alguna obra, tarea, actividad que puedas realizar durante este Adviento y te ayude a vivir más intensamente la Navidad.
  • Proponte, siempre que puedas, mantener la alegría durante este tiempo de Adviento.

VIDA – ORACIÓN

Hoy te invito a concluir nuestra lectio divina rezando el Salmo 95.

Venid, cantemos al Señor con alegría,

aclamemos a la roca que nos salva;

vayamos ante él a darle gracias

y a cantar himnos en su honor.

Porque el Señor es un Dios grande,

el rey grande sobre todos los dioses.

Tiene en sus manos las profundidades de la tierra

y suyas son las cumbres de los montes;

suyo es el mar porque él mismo lo hizo,

y la tierra firme, que formaron sus manos.

Venid a adorarlo, hinquemos las rodillas

Delante del Señor, nuestro creador.

Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo,

las ovejas que él guarda.

¡FELIZ AÑO NUEVO! Lectio Divina del Evangelio del  Domingo I de Adviento

VERDAD – LECTURA

Lc 21,25-28.34-36

¡Feliz año nuevo! Posiblemente a más de una persona os sorprenda este saludo; pero hay que tener en cuenta que hoy comenzamos un nuevo año litúrgico. Un año nuevo en el que continuar profundizando en la Palabra, continuar firmes en nuestro seguimiento de Cristo y continuar haciendo el bien entre todas aquellas personas con las que nos encontramos a diario.

Las lecturas que la liturgia nos ofrece para el día de hoy es probable que nos asombre a algunos por su carácter escatológico. Un género literario éste que no debe ser tomado al pie de la letra.

Más que nada, el texto, en el que se nos refieren los acontecimientos que ocurrirán en la segunda venida de Jesucristo, nos está invitando la vigilancia, a estar atentos a la presencia de Jesús entre nosotros.

Nos invita además a la esperanza en momentos de dificultad o prueba.

Todo ello lo hace por medio de una serie de símbolos, metáforas, visiones dramáticas, comparaciones, etc.; lo cual hay que interpretar de manera adecuada.

El texto comienza diciéndonos que Jesús le refiere a sus discípulos una serie de señales que aparecerán en el cielo, el día de su vuelta gloriosa.

El mensaje del texto es claramente de esperanza, en ningún momento debemos sentirnos abrumados o intranquilos, pues esas señales debe ser signo de alegría pues se acerca nuestra liberación de todas las ataduras que nos esclavizan, aunque en primer término nos parezcan señales catastróficas.

En un futuro, sin especificar, aparecerán una serie de signos cósmicos que nos estarán anunciando el inminente triunfo definitivo del Reino de Dios. Nosotros observaremos dichas señales de la naturaleza, las cuales no nos permiten saber el día, ni la hora. Pues, continuamente, están ocurriendo muchos de estos acontecimientos, por lo cual no podemos hacer cábalas acerca del momento en que la llegada del reinado de Dios se hará presente en nuestras vidas.

Lo importante no es el cuándo, lo verdaderamente importante es: ¿De qué modo estoy esperando yo el Reino de Dios? ¿Cuál es mi actitud diaria con respecto a la venida triunfal de Jesús? ¿Estoy esperando con angustia, agobio, intranquilidad o, por el contrario aguardo con esperanza los acontecimientos? Lo importante, es que el resplandor del Hijo de Dios será la visión más luminosa. El Hijo del hombre vendrá con gran poder y majestad, se manifestará toda su gloria, en una nube, signo de la presencia de Dios en la literatura bíblica.

Ante esta venida, no debemos tener miedo. Hemos de acogerla con esperanza, hemos de alzar nuestra cabeza, no escondernos, porque se acerca nuestra liberación. La persecución, los peligros, los agobios, la muerte, el pecado no tienen la última palabra, la última palabra es la del amor, la comprensión, la misericordia que nos trae Jesús y que serán definitivas en su segunda venida.

Eso sí, hemos de tener en cuenta que nuestra actitud no puede ser pasiva. Hemos de permanecer vigilantes y en oración para que, estos tiempos difíciles, en los que todavía el Reino no está totalmente presente en nuestras vida, se nos haga más fácil de vivir. Hemos de estar continuamente intentando transformar el mundo en el que vivimos; para que en él reine la justicia, el amor, la misericordia, la acogida de nuestros hermanos, la palabra amable, el consuelo… y en el que nosotros, también crezcamos, en autoestima, en valoración de nosotros mismo, en respeto, en ser mejores cada día, transformando lo que sea posible a nuestro alrededor, para que nuestro mundo sea cada vez más habitable.

La fuerza para podernos mantener en esta actitud sólo podemos encontrarla en la oración. De ahí la invitación de Jesús a la vigilancia y a la oración para permanecer de pie ante el Hijo del hombre, cuando venga en todo su honor y majestad.

Dios Padre siempre está a favor del ser humano e intenta que entremos en comunión con Él. Nosotros hemos de poner de nuestra parte y corresponder a este amor de Dios, intentando crear un mundo más humano y más cristiano, en el que la ley principal sea la del amor.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Eres consciente de la presencia de Jesús en los acontecimientos diarios de tu vida? ¿Intentas estar atento a dichos acontecimientos para descubrir su presencia entre nosotros?
  • ¿Cómo vives los momentos de dificultad, de prueba? ¿Con angustia, con desazón, intranquilidad, pesadumbre? ¿O por el contrario con esperanza, confianza, ilusión, optimismo?
  • ¿Cómo estás esperando la llegada del Reino de Dios? ¿Intentas transformar las estructuras de injusticia que aparecen a tu alrededor? ¿Intentas vivir acogiendo a los otros, intentando llevarles una palabra de aliento, una sonrisa, un gesto amable, consuelo? ¿Intentas, por medio de tus acciones, hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo?
  • Para poder llevar a cabo la transformación de nuestro mundo es necesaria la oración para que ella sea el motor que nos impulse. ¿Dedicas momentos concretos para encontrarte con Jesús en su Palabra, en la Eucaristía?

VIDA – ORACIÓN

  • Glorifica al Padre y alábale por su entrañable misericordia.
  • Da gracias a Jesús por hacerse presente en los acontecimientos diarios de tu vida.
  • Pide al Espíritu Santo que derrame sus dones sobre todas la personas comunicándoles el don de la esperanza.

«Preparad el camino». Lectio Divina del evangelio del IV Domingo de Adviento – Ciclo B

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VERDAD – LECTURA

Evangelio: Lc 1,26-38

Estamos ya en el último domingo de Adviento.  El nacimiento es inminente. Ese nacimiento que ya había anunciado el profeta Isaías: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel que significa “Dios-con-nosotros”» (Is 7,14), porque las promesas del Antiguo Testamento, se cumplen en el nuevo: «El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la Virgen era María».

Es importante, para el evangelista Lucas, contarnos que el Mesías es un hombre como nosotros: tiene  un padre, José, y una madre, María; pero también es divino, por eso, el mismo ángel Gabriel, es enviado por Dios y saluda a María, la virgen que anunciaba el profeta Isaías, con estas palabras: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Saludar así a María es reconocerla bendecida por Dios entre todas las mujeres pero ella, una joven sencilla, de Nazaret, no entendía a qué venía aquella visita y«se turbó grandemente», se alteró, estaba confundida, aturdida y«se preguntaba qué saludo era aquel». A fin de cuentas, es lo más natural, porque no todos los días el ángel Gabriel visitaba a las jóvenes de Nazaret y la tuvo que serenar diciendo:«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios». Encontrar «gracia ante Dios» es algo así como decirle: “El Señor te ha elegido”, se ha fijado en ti porque quiere poner en ti su morada. De ahí que el anuncio que le hace el ángel a la Virgen sea: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo». Esa será la primera morada que conozca el Hijo: el seno de su madre.

Y si bien, todos los padres eligen para su hijo el nombre que quieren, Dios ya ha pensado en el nombre: «le pondrás por nombre Jesús» porque «será grande, se llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios, le dará el trono de David, su padre». Porque José, es hijo de David, de su estirpe, esa estirpe que san Lucas remonta hasta Adán. Es el anuncio de que Jesús será hombre y Dios. He ahí el misterio. «Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». María no entiende cómo es posible. Por eso pregunta: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». Resulta imposible, para ella, pensar que será madre si no vive aún con José.

La respuesta del ángel fue: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios».  Así le explica Gabriel que el hijo que concebirá será Santo, Grande, Hijo de Dios; porque no es fruto del amor humano, sino del amor divino.

Es difícil entender para una joven nazarena y no sólo entender, también le es difícil creer, como nos resultaría difícil a nosotros en su circunstancia, a los trece o quince años. De ahí que el ángel le tenga que dar una “prueba”: «tu pariente Isabel ha concebido en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».

Ante la evidencia, María comprende que es la elegida de Dios, por eso, después de resistirse y presentarle al ángel sus dudas ha de responder: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». María se ha sentido escogida y ante tal elección se siente indigna. Pero el ángel, ya ha recibido su respuesta, la que Dios quería que ella diera. Por lo tanto, se acabó su misión de ser mediador entre Dios y la Virgen. Ahora es el momento de hacer lo que debe hacer y se retira.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?
  • ¿Qué pasaría por la mente y el corazón de María en ese momento?
  • ¿Qué pensaría el ángel cuando ve dudar a María?
  • ¿Qué pensarías si siendo sólo una joven de unos trece años recibieras una visita así?
  • ¿Qué sentirías si Dios te envía, a ti, a comunicar una noticia de este tipo?
  • ¿Has recibido alguna noticia de parte de Dios?
  • ¿Cómo has reaccionado?
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VIDA – ORACIÓN

Gracias, Señor, por elegir a María para ser tu madre. Gracias por querer hacerte hombre como nosotros. Gracias por llenarla de gracia, porque así nos demuestras que tu voluntad, desde los orígenes, es que los hombres estemos en gracia, que estemos llenos de Ti. Qué como María, también nosotros sepamos recibir a tus mensajeros, a quienes nos traen el mensaje de amor que tienes para cada uno de nosotros. Así sea.   

“Te daré una casa”. Lectio Divina de la 1ª lectura del domingo III de Adviento (Ciclo B)

Ya sabes, que puedes encontrar el audio de esta Lectio Divina en el muro de Facebook del Centro Bíblico San Pablo – España.

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VERDAD – LECTURA

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a,16

Cuando David se estableció en su palacio y el Señor le dio descanso librándolo de todos sus enemigos de alrededor, dijo al profeta Natán: “Mira yo estoy viviendo en una casa de cedro, mientras que el arca del Señor esta bajo una tienda”. Y Natán dijo al rey: “Haz lo que piensas, porque le Señor está contigo”. Pero aquella misma noche el Señor dijo a Natán: “Vete y di a mi siervo David: ¿Tú me vas a construir una casa para que habite en ella?

Yo te saqué del aprisco, de detrás de las ovejas, para que fueras jefe de mi pueblo. Israel. He estado contigo en todas tus empresas, he exterminado delante de ti a todos tus enemigos; haré que tu nombre sea como el de los grandes de la tierra. Asignaré un territorio a mi pueblo Israel y en él lo plantaré para que habite en él y no vuelva a ser perturbado, ni los malvados continúen oprimiéndolo como antes, en el tiempo en que yo constituí a los jueces sobre mi pueblo Israel; yo le daré paz librándolo de todos sus enemigos.

Te hago saber, además, que te daré una dinastía; pues cuando llegues al término de tus días y descanses con tus padres, haré surgir un descendiente tuyo, que saldrá de tus entrañas, y lo confirmaré en el reino. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Si hace mal, yo lo castigaré con varas de hombre y con castigos corrientes entre los hombres. Pero no le retiraré mi favor, como se lo retiré a Saúl, a quien rechacé de mi presencia. Tu casa y tu reino subsistirán por siempre ante mí, y tu trono se afirmará para siempre.

En el pasaje de la primera lectura, que hoy nos ofrece la liturgia de este cuarto domingo de adviento, nos encontramos con un rey David que está totalmente asentado en su trono, que ha vencido a los filisteos, que ha sido ungido como rey de Judá e Israel y que ha trasladado la capital de su reino a Jerusalén. Podríamos decir que es un momento de máximo esplendor para Israel y para su rey.

David, lejos de dormirse en los laureles, recuerda que ha sido Dios quien le ha acompañado a él y a su pueblo para conseguir la estabilidad.

Sumergidos en este ambiente creo que existe un hilo conductor en este fragmento del segundo libro de Samuel. Dicho hilo conductor es la palabra casa, que aparece repetida varias veces.

David vive en una casa de cedro, mientras que el arca del Señor está bajo una tienda (casa de tela) y, por tanto, David quiere construir una casa a Yahveh; sin embargo, será Dios quien de una casa a Israel (territorio) y quien conceda una casa a David (dinastía).

David tiene un deseo profundo, un anhelo intenso, una aspiración en su corazón que va más allá de él mismo: construirle a Dios, lo que él considera una digna morada.

Sin embargo, Dios tiene otro proyecto, otro plan para David. Será precisamente Yahveh quien construirá una casa a David: una estirpe, un linaje, una dinastía. Dios le otorgará a David una descendencia y le concederá estabilidad.

Pero la generosidad de Dios no se queda únicamente ahí. Si no que también a su Pueblo Israel hace la promesa de la salvación y la estabilidad definitiva: “Asignaré un territorio a mi pueblo Israel y en él lo plantaré para que habite en él y no vuelva a ser perturbado.”

También, a su Iglesia, por medio de Jesucristo, Dios Padre ha regalado la salvación y estabilidad absoluta y por siempre, no nos olvidemos nunca de darle gracias por ello.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Cuál es el deseo apasionado que albergas en tu corazón? ¿Has tomado en consideración a Dios? ¿Cuentas con él?
  • ¿Qué lugar ocupa Dios en tus sueños? ¿En tus metas y objetivos? ¿En tus proyectos?
  • Te has preguntado alguna vez, ¿cuál es el deseo ardiente que Dios tiene para ti? ¿Estarías dispuesto a que Dios trastocase tus planes?
  • ¿Dónde has fundamentado tu estabilidad?

VIDA – ORACIÓN

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Salmo 127

Si el Señor no construye la casa, en vano trabajan los que la construyen;

Si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigila el centinela.

De nada os sirve levantaros pronto, acostaros tarde y comer el pan ganado con sudores,

cuando Dios se lo da a sus amigos aunque duerman.

Los hijos son un regalo del Señor; el fruto de las entrañas, una recompensa.

Como flechas en manos del guerrero, así son los hijos de la juventud;

dichoso el que llenó de ellos su aljaba,

no será avergonzado cuando entre en pleito con sus enemigos en la plaza.

“Yo soy la voz” Lectio Divina del evangelio del Domingo III de Adviento “Gaudete” – Ciclo B

VERDAD – LECTURA

Evangelio:  Jn 1,6-8.19-28

            Hoy III Domingo de Adviento la liturgia nos presenta un texto evangélico en dos partes: el primero, la constatación de que Juan el Bautista no era la luz (6-8); el segundo, la misión de Juan (19-28).

            Pero, antes de adentrarnos en el comentario de este evangelio, pongámoslo en contexto. El Evangelio de Juan fue escrito al final del siglo primero. En aquel tiempo, muchos judíos y también los cristianos habían tenido contacto con Juan el Bautista o, probablemente, habían sido bautizados por él. A simple vista el movimiento de Juan y el de Jesús eran bastantes similares. Ambos anunciaban la llegada inminente del Reino y ambos exigían la conversión de los pecadores. Por eso era importante aclarar las cosas.

            En los versículos 6-8, el autor del cuarto evangelio quiere dejarnos claro que el Bautista no es la luz. Únicamente es testigo de la luz. La luz verdadera es Jesús. Juan es el último de los profetas del Antiguo Testamento que abre paso al Nuevo Testamento, a la Buena Noticia.

            El testimonio que Juan estaba dando era tan fuerte que algunos pensaban que él era el Cristo, el Mesías. Sin embargo, Juan es un enviado de Dios, que surge en un momento determinado de la historia, con la misión de dar testimonio de la Luz. Él debe orientar a todos los hombres hacia la Luz.

            Algo que el Bautista tiene claro. Aunque, parece ser que sus contemporáneos no. Los representantes de la institución judías se acercan a Juan para preguntarle: “¿Quién eres tú? (1,19). Parece que éste contaba con una gran fama, por lo que la pregunta es obvia. Su respuesta es clara y contundente: “soy la voz” (1,23). Una voz que únicamente prepara la venida de Jesucristo. De esta manera, declara abiertamente que no es el Mesías. Juan es quien prepara el tiempo nuevo de Jesús.

Juan, además, quiere dejar claro que él no es ni Elías, ni el Profeta. Los judíos pensaban que para la inauguración de los tiempos mesiánicos, Elías debía regresar para restaurar la convivencia humana; el profeta, por su parte, estaba equiparado al Mesías. Y estos dos títulos son rechazados por Juan.

            El bautismo de Juan era precisamente signo de esa preparación. Él bautiza con agua, pero detrás viene quien bautiza con Espíritu Santo.

Juan proclama que con Jesús llegan los tiempos nuevos. Quien viene detrás, ya está aquí, entre nosotros, y en realidad se ha colocado delante.

            El bautismo de Juan representa el paso a través del agua, del mismo modo que en tiempos antiguos el pueblo de Israel pasó a través del Mar Rojo y del Jordán para alcanzar la tierra prometida. Este bautismo pretende inaugurar un tiempo nuevo. El tiempo nuevo de Jesús. Por eso, el bautismo de Juan no es definitivo. No basta con bautizarse con agua, el verdadero bautismo es el de Jesús, Salvador de la humanidad.

            Él ya está presente y Juan no puede usurparle el puesto.

            Todo esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, es decir fuera del territorio de Israel. Lugar de encuentro de la nueva comunidad de Jesús, que rompe con todo lo que significan las instituciones judías.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • Nosotros, de alguna manera, somos Juan, el Bautista, ¿qué significa para ti ser testigo de la luz?
  • Antes de testimoniar a Aquel que es la Luz, es necesario acogerla ¿qué estás dispuesto a hacer durante este adviento para ello?
  • ¿De qué manera estás preparando la venida de Jesús? ¿Cómo te preparas durante este tiempo litúrgico para ser testigo de la Luz?
  • ¿Qué testimonio tienes que dar a los que te rodean para acercarles a la Luz verdadera que es Jesús?
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VIDA – ORACIÓN

  • Alaba a Dios por las gracias que continuamente derrama sobre ti y por regalarte el don de la fe.
  • Dale gracias por hacer posible tu encuentro con Aquel que es la Luz verdadera y puede iluminar toda tu vida.
  • Ofrécele tu vida para que te convierta en un testigo de aquel que es la Luz del mundo.
  • Le pido que me ayude a ser testigo de la Luz entre todos aquellos que me rodean.

“Enviado para dar buenas noticias”. Lectio Divina de la 1ª lectura del domingo III de Adviento “Gaudete” (Ciclo B)

VERDAD – LECTURA

Is. 61, 1-2a.10-11

El Espíritu del Señor, Dios, está en mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena noticia a los pobres, a curar los corazones desgarrados, a anunciar la libertad a los cautivos, y a los prisioneros la liberación; a proclamar un año de gracia del Señor. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto los vestidos de la salvación, y me ha envuelto en el manto de la justicia, como un recién casado se coloca la diadema, o una novia se adorna con sus joyas. Pues como la tierra echa sus brotes, como un huerto hace brotar lo sembrado, así el Señor Dios hará germinar la justicia y la alabanza ante todas las naciones.

En este pasaje que hoy acogemos y meditamos, Isaías nos anuncia el fin del destierro, fruto de la conversión del pueblo de Israel. El profeta nos da la buena noticia de la liberación plena, que será definitiva al final de los tiempos, pero que ya podemos comenzar a saborear en nuestros días.

Podemos constatar la fe y confianza sin límites del profeta: “como la tierra echa sus brotes, como un huerto hace brotar lo sembrado, así el Señor Dios hará germinar la justicia y la alabanza ante todas las naciones”.

Para Israel ha concluido el exilio. Dios en su infinita misericordia ha perdonado el alejamiento de su pueblo, ha perdonado su falta de amor y el haber roto la alianza. Dios que parecía guardar silencio, se manifiesta en todo su esplendor.

El profeta no puede ocultar su alegría, su felicidad, pues Yahveh le ha encomendado la misión de anunciar esta buena noticia: curar los corazones desgarrados, anunciar la libertad y proclamar un año de perdón y reconciliación con Dios. Es decir, el profeta es enviado a curar a aquellos que han perdido el sentido de la vida, su razón de vivir, la ilusión, las ganas de continuar adelante. Creo que es un mensaje muy adecuado para nuestra situación actual, porque también el Señor, nos llama a esto a los cristianos en nuestro tiempo. Estamos llamados a llevar la misericordia y el amor de Dios a todas aquellas personas que entren en contacto con nosotros, a los de cerca y a los de lejos. A todos hemos de llevar consuelo, cercanía, apoyo, soporte.

Israel no puede dejar de estallar en júbilo y alabanza, en acción de gracias por la bondad y generosidad de Yahveh al acompañar a su pueblo durante el exilio y al seguir acompañándolo, ahora, en el retorno a su Tierra;  no puede dejar de dar gracias por haberlo liberado.

Desbordemos también nosotros hoy de gozo por todos los beneficios, los regalos, las gracias que cada día Dios nos entrega de manera gratuita y sin esperar nada de nuestra parte.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Te sientes invitado a llevar buenas noticias a tu alrededor?
  • ¿De qué manera puedes tú, en tu día a día, curar los corazones desgarrados? ¿Llevar esperanza e ilusión a los que te rodean?
  • ¿Eres consciente de las señales de esperanza, de claridad, de optimismo que se hacen presente a tu alrededor a pesar de las dificultades, de los problemas, de los agobios que puedan aparecer?
  • ¿Das gracias a Dios e invitas a otros a hacerlo, por los beneficios que nos regala cada día?

VIDA – ORACIÓN

Salmo 92

Es bueno dar gracias al Señor y cantar a tu nombre, oh Dios altísimo;

publicar tu amor por la mañana y tu lealtad a lo largo de la noche,

con el laúd y con el arpa y al son de la cítara,

porque tú me alegras, Señor, con tus acciones, y ante la obra de tus manos yo grito de alegría.

¡Qué grandes son tus obras, Señor; qué insondables tus designios!

Esto no lo entiende el hombre estúpido, y el insensato no comprende nada.

Aunque broten como la hierba los malvados y florezcan los obradores de injusticia, serán destruidos para siempre.

Pero tú, allá en lo alto, eres el Señor eternamente.

Todos tus enemigos serán destruidos, y los obradores de injusticia serán exterminados.

Tú aumentas mi fuerza como la del toro y me unges con aceite nuevo.

Mis ojos observan a los que me espían y mi oído oye a los malvados que se alzan contra mí.

El justo florecerá como palmera, crecerá como cedro del Líbano;

plantado en la casa del Señor, florecerá en los atrios de nuestro Dios.

En la vejez aún llevarán fruto, se mantendrán lozanos y floridos,

proclamando que el Señor es justo, mi roca; en él no hay nada de injusticia.

Preparad el camino. Lectio Divina del evangelio II Domingo de Adviento – Ciclo B

Por Yolanda Muñoz, Cooperadora Paulina

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Mc 1,1-8

Este segundo domingo de Adviento, nos presenta la liturgia el evangelio más antiguo que conocemos: el de Marcos. Desde su primer capítulo, nos dice el evangelista que lo que nos va a contar es «el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios», la Buena noticia.

Con los profetas, el Antiguo Testamento ha dado paso al Nuevo. Isaías anunciaba la llegada de un mensajero. «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino». El paso del Antiguo al Nuevo Testamento, se produce con la aparición de un personaje «que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos”»: Juan.

El desierto es una extensión de tierra despoblada, deshabitada, precisamente por sus características climatológicas que hacen que el agua escasee. Por eso, da la sensación de que Juan está predicando a “nadie”. Pero también el desierto, indica la aridez de nuestra propia vida, de nuestro corazón, nuestra falta de “Agua”, de Vida. De ahí que Juan pregone, grite “en el desierto” y a los que estamos en “desierto”.

Él bautizaba a la gente y predicaba «un bautismo de conversión para el perdón de los pecados». No se trataba sólo de echar agua por encima. Se trata de reconciliarse con Dios. Por eso «acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén» al río Jordán «y confesaban sus pecados».

Gracias a la intervención de Juan, el Bautista, que vestía con «piel de camello» y «con una correa de cuero a la cintura» y «se alimentaba de saltamontes y miel silvestre», los judíos se preparan para lo que ha de venir, para la plenitud de los tiempos, para la llegada de alguien que, según sus propias palabras, «es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatar la correa de sus sandalias».

Este gesto de desatar la correa, era una labor que practicaban los siervos con sus señores. El Mesías que Juan anuncia, no es como los demás “señores”, es mucho más, por eso, él se siente indigno ante Él. Juan nos está anunciando la venida del Mesías esperado por los profetas, del Siervo de Yahveh que nos «bautizará con Espíritu Santo», que es el don que derramará sobre nosotros cuando entrega su aliento en la Cruz y que recibirán los Apóstoles, el día de Pentecostés.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?
  • ¿Eres consciente de haber vivido alguna vez en el “desierto”?
  • ¿Has sentido alguna vez la voz del precursor que te llama a un bautismo de conversión?
  • ¿Sabes cómo prepararte a recibir el bautismo de conversión, a confesarte?
  • ¿Hay en tu vida algún precursor?
  • ¿Quieres recibir el bautismo con Espíritu Santo?

VIDA – ORACIÓN

Gracias, Señor, por enviarnos a tu precursor. Gracias por los precursores que pones en mi vida y que me alientan a convertirme. Ayúdame, Señor, en este tiempo de Adviento a mantenerme esperanzado en la espera de tu venida, porque sé que tú me traerás el mejor de los regalos: el Espíritu Santo. Perdona mis faltas, mis caídas, mis dudas. Dame, Señor, la humildad para reconocer mis limitaciones y acudir a recibir tu perdón para prepararme a la llegada de tu Hijo. Así sea. 

“CONSOLAD, CONSOLAD A MI PUEBLO” LECTIO DIVINA DE LA PRIMERA LECTURA DEL SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO – CICLO B

VERDAD – LECTURA

Is 40,1-5.9-11

“Consolad, consolad a mi pueblo -dice vuestro Dios-, hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados”. Una voz grita: “En el desierto, preparadle el camino al Señor; allanad en la estepa la calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos juntos -ha hablado la boca del Señor-“. Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: “Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, su brazo lo somete todo. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Como un pastor apacienta su rebaño, en su brazo recoge a los corderos y los lleva en su regazo; él mismo cuida a las ovejas que crían”.

Nos adentramos con este pasaje, en la segunda parte del libro del profeta Isaías (40—55), llamado segundo Isaías, porque se considera que el autor de esta parte es distinto del de la primera, y conocido además como el libro de la consolación.

La actividad del segundo Isaías se desarrolla durante el destierro de Babilonia (s. VI a. C.).

La liturgia hoy nos ofrece un emotivo y apasionado poema de consolación y esperanza, en el que se anuncia la liberación de Israel por parte de un Dios, que le cuida de la misma forma en que el pastor cuida de su rebaño y de sus ovejas más débiles.

Me parecen muy importante las primeras palabras de esta primera lectura: Consolad, consolad a mi pueblo. Es decir, ofrecedle alivio, descanso de la pena, de la fatiga, del dolor, de la aflicción que le embarga. Animadlo, reconfortadlo, ofrecedle estímulo, sostenedlo. Porque todo ese dolor que ahora siente a causa del destierro no es permanente, no dura para siempre.

Hablad al corazón de mi pueblo y decidle que Dios ha perdonado su pecado. Que Dios lo ha mirado con entrañas de misericordia, que Dios quiere facilitarle la vida, que Dios quiere devolverles la felicidad, de la que él mismo se había apartado al alejarse de la bondad de Dios.

Yahveh liberará a su pueblo del dominio de Babilonia y le hará regresar a la Tierra Prometida. Aunque ese camino de regreso ha de prepararlo Israel. Puede ser un camino duro y escabroso, pero Dios estará al lado de su pueblo, le acompañará, caminará junto a él.

En el desierto, el pueblo de Israel volverá a encontrarse con Yahveh, lo mismo que ocurrió durante el Éxodo. Allí, de alguna manera, el pueblo ha de depurar su actitud, su manera de proceder, de comportarse; ha de volverse a Dios y mirar desde su mirada, desde la perspectiva de Dios, desde el amor de Dios.

Ese reencuentro con Yahveh y ese regreso a Jerusalén, no es para vanagloria del pueblo, si no para que se manifieste la gloria de Dios, la cual será visible a toda criatura.

Anuncia ese consuelo, esa esperanza, esa ilusión a mi pueblo. Esa es la misión que Dios le encomienda al profeta. Anuncia buenas noticias a mi pueblo. Ya bastantes malas noticias se le han anunciado, ya hay muchos pájaros de mal agüero que únicamente ven lo negativo que ocurre a su alrededor.

En medio de tanta oscuridad como muchas veces nos envuelve, existe un poco de luz, posiblemente tenue, débil, pero luz. Una luz que es la presencia de Dios en nuestras vidas. La presencia activa de Dios, que nos recoge, nos alimenta, nos abraza, nos lleva en su regazo y nos hace descansar y sentirnos protegidos y a salvo.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Eres capaz de percibir las luces, las señales de esperanza, la positividad que existe a tu alrededor? ¿Cuáles son esas señales?
  • ¿Qué actitudes deberías depurar en tu vida para darte cuenta de esas señales? ¿Dónde deberías poner tu “foco”?
  • ¿Eres anunciador de malas o de buenas noticias? Y sobre todo, ¿eres anunciador de la bondad de Dios?
  • ¿De qué manera puedes vivir este adviento con una mayor esperanza? ¿Cómo transmitir esa esperanza a las personas que están a tu alrededor?

VIDA – ORACIÓN

Os invitamos a orar con el Salmo 92.

Salmo 92

Es bueno dar gracias al Señor

y cantar a tu nombre, oh Dios altísimo;

proclamar tu amor por la mañanay tu fidelidad a lo largo de la noche.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo, las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.

Aunque germinen como hierba los malvados
y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.

“Tú eres, Señor, nuestro Padre” LECTIO DIVINA DE LA PRIMERA LECTURA DEL DOMINGO PRIMERO DE ADVIENTO (CICLO B)

VERDAD – LECTURA

Isaías 63,16b-17.19c;64,2b-7

Tú, Señor, eres nuestro padre, nuestro libertador es tu nombre desde antiguo. ¿Por qué nos dejas, Señor, que nos apartemos de tus caminos, y que se endurezca nuestro corazón para que no tema?

Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad.

¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas. “Descendiste, y las montañas se estremecieron”.

Jamás se oyó ni escuchó, ni ojo vio un Dios fuera de ti, que hiciera tanto por quien espera en él. Sales al encuentro de quien practica con alegría la justicia y, andando en tus caminos, se acuerda de ti.

Te has irritado, sí, porque pecamos; contra ti; desde antiguo, hemos sido rebeldes. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un vestido manchado; todos nos marchitábamos como hojas, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa.

Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano.

Nos adentramos hoy en el tiempo de Adviento. Un tiempo en el que se nos invita a la esperanza, a la espera gozosa de la próxima venida de Jesús, nos invita a prepararnos para volver a pasar por nuestro corazón (re-cordar) los acontecimientos que históricamente ocurrieron muchos años atrás cuando nuestro Salvador nació en aquel pesebre en la ciudad de Belén.

Esta invitación, se explicita de manera concreta en la primera lectura que la liturgia de la Palabra nos ofrece en la celebración eucarística de este domingo. Dicha lectura corresponde al Profeta Isaías, el cual se siente llamado por Dios para proclamar su palabra, siendo interprete de los “signos de los tiempos” que nos señalan la experiencia de la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Este anuncio lo realiza el profeta por medio de una oración, que es a la vez súplica y petición de perdón.

Comienza Isaías por reconocer a Dios como Padre y Salvador. Un Padre, que ama profundamente a su pueblo y que únicamente busca su felicidad y su salvación. A pesar de que éste se extravíe o abandone el camino que Dios le ofrece para alcanzar la plenitud en su vida.

Por eso, en esta oración se le pide a Yahveh que no abandone a su pueblo, que esté siempre presente en su vida a pesar de las infidelidades que éste haya podido cometer. Pues Dios siempre ha salido al encuentro y sale al encuentro de todo aquel que pone en Él su esperanza, de todo aquel que práctica la justicia, de todo aquel que se mantiene en su presencia.

Dios es nuestro Padre y por eso no abandonará nunca la obra (arcilla) de sus manos (alfarero). Al igual, que el Pueblo de Israel, en la espera gozosa y activa del Mesías, también nosotros nos fiamos plenamente de Dios y nos preparamos, vigilantes, atentos y en vela, para recibir a Jesús que está presente en nuestras vida, pero que en Navidad queremos recordar en el momento de su nacimiento en un pesebre.

Preparémonos, pues, para este grandioso acontecimiento, reconociendo nuestra infidelidad, nuestra incoherencia, nuestra contradicción como seguidores de Jesús, con la esperanza y la confianza puesta en Él que viene a ofrecernos la salvación, la vida en plenitud, la felicidad completa y dejándonos transformar en personas nuevas que transmiten el amor de Dios allá donde se encuentran.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • Dios sale a nuestro encuentro a diario, ¿de qué manera percibes la presencia de Dios en mi vida?
  • ¿Cómo o en que momentos concretos de tu vida rompes tu alianza con Dios? ¿En qué circunstancias no le eres fiel?
  • ¿Estás en espera atenta y gozosa de Jesús que viene a tu vida?
  • ¿De qué manera te estás preparando durante este adviento para celebrar dentro de unas semanas la navidad? ¿Te dejas modelar por Dios?
  • ¿Cómo ayudo a los demás a que puedan vivir también ellos con intensidad este tiempo de vigilancia y espera que es el adviento?

VIDA – ORACIÓN

  • Gracias, Padre, por tu mirada bondadosa y los signos de tu presencia que cada día me ofreces.
  • Te pido perdón, Señor, por las veces que no soy fiel a tu Palabra y a tu seguimiento.
  • Ayúdame, Espíritu Santo, a dejarme modelar para configurarme cada vez más a Cristo

“ESTAD ATENTOS” LECTIO DIVINA DEL EVANGELIO DEL DOMINGO I DE ADVIENTO (CICLO B)

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Mc 13,33-37

“¡Vigilad!” o en todo caso su sinónimo, velad, es la palabra clave de este corto fragmento del evangelio que meditamos hoy en el primer domingo de adviento. Vigilad y estad atentos porque no sabemos cuando vendrá el dueño de la casa. Y vigilar con esperanza, con la confianza puesta en Jesús que viene. A esto nos invita el adviento a velar en la espera gozosa de Jesús, pero con una esperanza activa.

Por medio de esta parábola Jesús nos invita a permanecer vigilante para descubrir la presencia de Dios en nuestras vidas, para detectar los signos del Reino, incluso en medio de la calamidad, de las dificultades, de las miserias. Vigilar y velad con la esperanza en que el dueño de la casa vendrá. Sí. Vendrá a tu corazón y al mío, vendrá a tu vida y a la mía. Está ya. Pero hemos de saber mirar y percibir la presencia de Jesús en medio de nosotros.

No sabemos cuándo. Pero estamos seguros de que vendrá y que ya está presente en nuestro mundo. Y sólo nos queda estar atentos a esos signos que puedan ayudarnos a acoger a la persona de Jesús, que en Navidad recordaremos y contemplaremos como un niño recién nacido, envuelto en pañales, pero que sale al encuentro del ser humano. Esos signos que nos ayuden a salir al encuentro del esposo.

La vigilancia nos ayuda a no desviarnos de nuestro verdadero camino que no es otro que el seguimiento de Jesús, el dejarnos configurar por el Espíritu para convertirnos en verdaderos discípulos del Maestro.

Necesitamos estar despiertos y atentos para recibir a Jesús que viene. A cada uno de nosotros nos ha dejado una tarea, un compromiso, una misión. Hemos de velar y estar atentos para llevar a cabo el encargo que el nos ha encomendado. Hemos de estar siempre en camino para que la Palabra de Dios se vaya difundiendo por todos los confines del mundo. Hemos de estar atentos para anunciar la Palabra a tiempo y a destiempo, para llevar a todos al amor de Dios y a la salvación que nos trajo y nos trae cada día Jesús.

Hemos de tener nuestra mirada puesta en el presente y en el futuro. Algo nuevo está por suceder. Algo nuevo está viniendo, algo nuevo está naciendo. Es la novedad del evangelio que nos trae Jesús y que nosotros hemos de presentar, ofrecer y entregar a todos nuestros contemporáneos.

Vigilar y estar en vela es dar testimonio de Jesús para que el evangelio llegue a todos los confines de la tierra; vigilar y estar en vela es hacer posible el mensaje de las bienaventuranzas en nuestro mundo, es llevar la alegría de la Palabra a toda raza, pueblo o nación. Nuestro objetivo está bien claro: “predicar el evangelio a toda criatura”; hacer posible el reinado de Dios en nuestro mundo. Mientras, Jesús llega en plenitud sólo nos queda estar vigilantes e invocar diciendo: ¡Ven, Señor, Jesús!

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Qué significado tiene para ti, estar atento y esperar?
  • ¿Cómo resuena en ti la invitación a la vigilancia?
  • ¿En qué ocasiones, crees tú que, te encuentras dormido?
  • ¿Cómo vives a la espera del Señor que viene?
  • ¿Cómo te dispones para vivir con intensidad este tiempo de Adviento?
  • ¿Qué acciones concretas llevas a cabo para hacer posible el Reino a tu alrededor?

VIDA – ORACIÓN

  • Alabamos a Dios Padre por habernos dado a Jesús y su Palabra.
  • Invocamos al Espíritu para derrame sobre nosotros su gracia y su fuerza para que podamos permanecer en vigilancia.
  • Damos gracias a Jesucristo por estar viniendo continuamente a nuestras vidas.