El Espíritu Santo, nuestro geolocalizador. Lectio Divina del Domingo de Pentecostés – Ciclo B

VERDAD – LECTURA  

Evangelio: Jn 20,19-23

“Miedo, tengo miedo, miedo de perderte”. Así decía la letra de aquella canción que,  compuso Rafael de León y, cantaba el dolor de un amante de perder a su amado.

Es la misma experiencia de los discípulos en el «anochecer de aquel día, el primero de la semana». Se encierran «en una casa», «por miedo a los judíos» Pero Jesús se pone en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros», porque la Buena Nueva del Reino, no es un mensaje de miedo, es un mensaje de paz, la paz que da saber que Jesús no ha muerto, sino que ha resucitado, venciendo así al mundo, por eso, para que los discípulos lo entiendan, y creyeran, «les enseñó las manos y el costado», cambiando su miedo en «alegría».

Esa alegría que como dice la canción de Leoni Torres: “Deja la tristeza, busca tu alegría y olvida las penas, que se te va la vida”. Y es que, el que vive en el miedo, se paraliza, no deja de vivir. Sin embargo, la alegría que les da Cristo Resucitado les hace responder a esa misión que les encomienda: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y «exhaló su aliento sobre ellos» diciéndoles: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Siempre entendemos lo íntimo, lo personal, como aquello que está dentro de nosotros y a lo que nadie puede tener acceso. El aliento es íntimo, por lo que Jesús les entrega a sus discípulos su mismo ser. Ese aliento que también exhaló en la Cruz y que ahora toma nombre: Espíritu Santo.

Esta experiencia que cuenta Juan, es la misma que nos relata el libro de los Hechos de los Apóstoles (2,1-11), «el día de Pentecostés», cuando «se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente». Y ante tal ruido, «acudió la multitud y quedaron desconcertados porque cada uno los oía hablar en su propio idioma».

 El Espíritu Santo, les ha descolocado a todos. Los discípulos temerosos y escondidos, han salido a las calles. La multitud, «partos, medos y elamitas y habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, tantos judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes», han acudido a donde estaban ellos y les oían «hablar de las grandezas de Dios» en su lengua. Todos estaban congregados en un punto, geolocalizados en torno al lugar donde se había producido el estruendo.

Ahora, con el Espíritu, todos podían decir que, Aquel a quien habían conocido, con quien habían compartido vida, de quien habían oído hablar, «Jesús es el Señor» y que es «un mismo Dios que obra todo en todos» y se les manifiesta «para el bien común».

Una invitación la que nos hace la liturgia de la Palabra de hoy, a acudir al mismo lugar, al Espíritu, para beber de Él y «formar un solo cuerpo» (1Cor 12,3b-7.12-13).

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?
  • ¿Has experimentado alguna vez el miedo?
  • ¿Qué es lo más íntimo para ti?
  • ¿Has percibido alguna vez “el estruendo”?
  • ¿Has acudido al lugar?
  • ¿Quién es el Espíritu Santo?
  • ¿Quién es para ti?
  • ¿Sientes que es el Espíritu Santo quien nos mueve y convoca?
  • ¿Qué necesitas cambiar en tu vida para que el Espíritu sea el centro?

VIDA – ORACIÓN

Bendice, alma mía, al Señor: ¡Dios mío, qué grande eres!. Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas. Les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo; envías tu espíritu, y los creas, y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre, goce el Señor con sus obras; que le sea agradable mi poema, y yo me alegraré con el Señor. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Sal 103,1ab.24ac.29bc.30.31.34).

«Dios no hace acepción de personas», nosotros sí. Lectio Divina del VI Domingo de Pascua – Ciclo B

VERDAD – LECTURA  

Evangelio: Jn 15,9-17

Es habitual entre las personas, que establezcamos relaciones en nuestro trato diario con aquellos que nos rodean. Unas veces, por motivos laborales, otras por vecindario, por parentesco, amistad, etc. Y nadie se sorprende cuando los lazos de afinidad se estrechan más con unas personas que con otras, porque es “lo normal” elegir a quiénes queremos tener por amigos o por pareja. Sin embargo, a la familia y a los compañeros de trabajo no los elegimos. Nos son dados.

Supone una experiencia, también común a todos, que el paso del tiempo nos hace cribar a quién sí y a quién no quiero seguir teniendo a mi lado. Y así, “vamos perdiendo amigos por el camino”; tal vez, nunca lo fueron. El problema es que no llegamos a emplear bien nuestro lenguaje y no distinguimos entre “amigos” y “conocidos”, entre “apreciar”, “querer”, “amar”, etc.

Jesús en el evangelio de este domingo, nos cuenta qué es amar. En primer lugar, podríamos afirmar que es lo que Jesús nos mandó, y así termina el evangelio de este domingo: «Esto os mando: que os améis unos a otros». Por tanto, parece que Jesús, no da lugar a hacer acepción de personas, sino que nos pide que permanezcamos en el amor, para que su alegría esté en nosotros, porque el que ama y se siente amado es feliz y sólo entiende de amor. «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo». Y es que «Dios es amor» (cf. IJn 4,8). Esta es la razón por la que el cristiano ha de permanecer en el amor del Hijo, guardando sus mandamientos. Que realmente sólo es uno: «que os améis unos a otros como yo os he amado».

Jesús nos enseña cómo se ama: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» y nos muestra quiénes son sus amigos: «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando», «porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer». Y hay una gran diferencia entre ser amigo de nuestros amigos y ser amigo de Jesús. A “nuestros amigos” los elegimos. En el caso de Jesús, es Él quien nos ha elegido y destinado a una misión: «para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca». Esa tarea, que en ocasiones nos resulta difícil, no es tal si seguimos el consejo de Jesús: «que pidáis al Padre en mi nombre» y el Padre nos lo dará.

Esto es el amor, no se trata de hacer acepción de personas. Se trata de dar la vida por los demás, ese es el fruto que Jesús espera de nosotros.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?
  • Piensa qué diferencia hay entre amigo y conocido.
  • ¿Qué diferencia hay entre amar y querer?
  • ¿Tienes amigos o conocidos?
  • ¿A quién amas?
  • ¿A quién quieres?
  • ¿Serías capaz de dar tu vida por esas personas?
  • ¿Eres capaz de dar tu vida por ti mismo?
  • ¿Eres capaz de dar tu vida por Cristo?
  • ¿Qué te lo impide?

VIDA – ORACIÓN

Señor que nos has amado hasta el extremo, enséñanos a querernos más a nosotros mismos y a sentir tu amor, porque sólo se puede dar lo que se tiene. Danos un corazón grande, generoso, capaz de amar a todos. Qué todos quepan en nuestro corazón, que nadie dejemos fuera, como Tú hiciste, que diste tu vida por todos. Haz que, alimentados con tu Palabra, seamos portadores de amor y felicidad para los que nos rodean y en tu nombre, vivamos siempre unidos. Así sea.

“PERMANECED UNIDOS A MÍ” – LECTIO DIVINA DEL EVANGELIO DEL DOMINGO V DE PASCUA (CICLO B)

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VERDAD – LECTURA

Evangelio: Jn 15,1-8

El V Domingo de Pascua, la liturgia nos ofrece para orar la parábola de la vid y los sarmientos.

Para aquellos de nosotros que no estemos familiarizados con el mundo campestre, es posible, que esta parábola no nos diga nada. Si embargo, hemos de saber que, para que el sarmiento pueda vivir es imprescindible que esté unido a la vid. El alimento, del cual se nutre el sarmiento, proviene de la vid. Y sin estar unido a ella, es imposible que produzca uvas.

Me llamó especialmente la atención las veces que se repite en tampoco versículos la expresión “permaneced unidos a mí” o similar. Creo que es la frase que nos debe dar la clave para comprender todo el pasaje.

Hemos de tener en cuenta, comentado este fragmento que, en la tradición de Israel, la vid o la viña es el símbolo del Pueblo de Dios. Un pueblo que ha sido cuidado con mimo por parte de Yahveh, de la misma manera que el viñador cuida de su viña. Sin embargo, Israel no ha sido fiel a la Alianza; es decir, no se ha dejado cuidar y, por lo tanto, no ha dado fruto.

Los discípulos de Jesús y también nosotros, al haber respondido a su llamada estamos limpios, gracias a la Palabra que ha pronunciado para cada uno de nosotros. Conforme vamos profundizando y acogiendo el mensaje de Jesús más nos purificamos. En la medida en que permanezcamos fieles a Jesús, el amor de Dios se nos manifestará y nosotros lo manifestaremos a los demás. Y aunque nosotros nos separemos de Dios, Él continuará siendo fiel, pero nosotros nos volveremos estériles.

Pocos versículos después, Jesús vuelve a repetir la afirmación del principio. Pero, en esta ocasión, refiriéndose a sí mismo y a los discípulos, no al Padre: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Es Jesús quien transmite la vida a todos sus discípulos, pero para ello es indispensable permanecer unidos a Él y de esa manera daremos mucho fruto. Pero, si no estamos unidos a él nos secaremos, es decir no tendremos vida.

Jesús se nos presenta como la “vid verdadera”. Aquel, en el que, Yahveh ha restablecido la Alianza. Y los sarmientos son el nuevo pueblo de Dios. El Padre es quien ha plantado la viña y los sarmientos. Jesús viene a decir que el verdadero Pueblo de Dios es aquel que está unido a él. Y, en la medida en que los sarmientos estén unidos a él darán fruto, podrán llevar a cabo su misión, que no es otra que la extensión del Reino.

Estar unidos a Jesús es dejarnos alimentar por él, es estar atentos a su voz, es escuchar su palabra, es intentar llevarla a cabo en nuestro día a día. Es vivir para él y con él, para poder vivir para y con los hermanos.

Cuando el sarmiento se seca, el Padre lo corta porque no pertenece ya a la vid. Cuando cualquiera de nosotros nos separamos de Jesús, nos secamos y somos incapaces de dar fruto. No somos capaces de transmitir el amor de Dios.

La gloria del Padre se manifiesta precisamente en la extensión del Reino por parte de los discípulos, pero para ello es indispensable estar unidos íntimamente a Jesús, asumir sus actitudes vitales y llevarlas a la práctica.

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CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué versículo, frase, palabra ha llamado especialmente tu atención? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• ¿Sientes que permaneces unido a Jesús? ¿De qué manera?

• ¿De qué forma crees que puedes incrementar ese permanecer unido a Jesús?

• ¿En qué ocasiones de tu vida cotidiana, ere incapaz de dar fruto porque no permaneces unido a Jesús?

• ¿Cómo puedes extender el Reino entre todos aquellos que te rodean, que entran en contacto contigo en tu día a día?

VIDA – ORACIÓN

• Alaba a Dios por ser el viñador que cuida de todos nosotros.

• Da gracias a Jesús porque nos alimenta cada día con su savia.

• Ofrece tu vida para ser insertado como el sarmiento en la vid y permanecer unido a Jesús.

• Pide a Dios Padre que envíe su Espíritu sobre todos los llamados a extender su Reino en el mundo.

• Comprométete a acoger la vida que Jesús nos ofrece y a entregarla a los demás.

El Buen Pastor. Lectio Divina del IV Domingo de Pascua – Ciclo B

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Jn 10,11-18

Todos conocemos el refrán español que dice: “Divide y vencerás”. Y es tan cierto, que en cualquier grupo social podemos demostrar que es así. Sólo hace falta generar discordias en el seno del grupo para que éste desaparezca. Y este era el temor de los judíos. Muchos seguían a Jesús y los Sumos Sacerdotes y los ancianos del Pueblo de Israel temían por la integridad de su pueblo. Ellos no habían entendido nada, aún después de la Resurrección y por eso intentan averiguar quién les da el poder a los discípulos para hacer las obras que hacen: «Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos» (cf. Hch 4,8-12).

Entre nosotros es común seleccionar objetos, hacer acepciones de personas,… Eso mismo hicieron los judíos. Desecharon a Jesús, porque les estorbaba. Sin embargo, «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Esto nos enseña, que es mejor «refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes» (Sal 117), porque el amor de Dios está por encima de todo y de todos; «seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es (cf. IJn 3,1-2).

Y es que Jesús es como el pastor que apacienta a sus ovejas. En más de una ocasión, los evangelios nos hablan de esta comparación. Esta semana, nos lo relata el evangelista san Juan. Jesús se define así: «Yo soy el buen Pastor», el que «da su vida por las ovejas». Y lo contrasta con el pastor asalariado que ante la dificultad, «abandona a las ovejas y huye», porque su interés no son las ovejas, sino el salario que percibe por cuidarlas.

Jesús no es asalariado, es el dueño del rebaño, el que les ha puesto nombre, el que las “ha comprado” con el precio de su Sangre. Por eso dice: «Yo doy mi vida por las ovejas». Porque para Él nada hay más importante. Pero las ovejas están divididas. San Juan nos cuenta que Jesús habla de «otras ovejas que no son de este redil» a las que también tiene que traer y escucharán su voz, para que así haya «un solo rebaño, un solo Pastor».

¿Quiénes son las ovejas de uno y otro redil? Las de «este redil», son aquellos que habían elegido seguir a Jesús, estar a su lado. Los del “otro redil” son el grupo de judíos, probablemente, hacía alusión a los fariseos, que no habían aceptado a Jesús, sino que le habían buscado hasta condenarlo, hasta entregar su vida. «Por esto me ama el Padre», dice Jesús, «porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente». Y es que Cristo tiene vida en sí mismo, nadie se la puede arrebatar, porque Él es Dios; el Padre y Él son uno, de ahí que pueda afirmar: «este mandato he recibido de mi Padre».

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?
  • ¿Te has planteado alguna vez cómo puede ser posible todo lo que narran los evangelios sobre Jesús de Nazaret?
  • ¿Has sentido, en tu interior, dudas sobre si creer o no en Él?
  • ¿Hay alguna persona o personas que en este momento te gustaría “hacer desaparecer de tu vista”?
  • ¿Quiénes son?
  • ¿Por qué?
  • ¿Crees que Jesús hizo acepción de personas?
  • Si todos hemos sido creados por Él, ¿por qué hay dos rediles en el Evangelio?
  • ¿A qué redil perteneces?
  • ¿Serías capaz de entregar tu vida, como Jesús lo hizo por aquellos que te han sido encomendados?
  • ¿Qué es lo que te obstaculiza?

VIDA – ORACIÓN

Dios Todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo, concédenos también la alegría eterna del reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor. Él que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

El Espíritu Santo es nuestra alegría y nuestro gozo para contar las hazañas del Señor. Lectio Divina del II Domingo de Pascua – Ciclo B

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Jn 20,19-31

Los judíos celebraban el día de Yahveh el sábado. Para ellos, el domingo daba inicio a la semana. Y de ese día, «el primero de la semana» nos habla el evangelista san Juan. Nos cuenta qué hacían los discípulos ese día: estar «en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos». Su Maestro acababa de morir, estaban asustados, por dos motivos: 1-El cuerpo de su Señor había desaparecido del sepulcro. Pensaban que lo habían robado; sin embargo, algunos decían que lo habían visto. 2-Por si los judíos les hacían correr la misma suerte que a su Señor. Ellos estaban en el ojo de mira del pueblo judío y, como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, los creyentes, «tenían un solo corazón y una sola alma», «pues lo poseían todo en común» (cf. Hch 4,32-35). El temor les paraliza, les hace perder la paz. De ahí que Jesús se ponga en medio de ellos y los salude así: «Paz a vosotros». Para serenarlos y que crean que es Él, «les enseñó las manos y el costado».

«Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor», pero Jesús no se conforma con verlos alegres y encerrados en una casa. Por eso les sigue diciendo: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». ¿Cómo quitarles a los discípulos el miedo para ser enviados? Enviados… ¿a dónde y para qué? «Sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”».

No estaban todos. Faltaba uno de los Doce cuando se apareció Jesús, Tomás, «llamado el Mellizo». Él no lo podía creer si no veía «la señal de los clavos» y metía «el dedo en el agujero de los clavos» y «la mano en su costado». Es el reflejo de cada uno de nosotros cuando no nos fiamos de aquello que se nos dice. Pedimos señales. De ahí que, «a los ocho días», Jesús se aparezca de nuevo en medio de ellos y les salude del mismo modo: «Paz a vosotros» y dirigiéndose a Tomás, le pida su mano para meterla en el costado. En ese momento, Tomás torna su incredulidad en fe y contesta: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

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CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?
  • ¿He sentido miedo alguna vez por creer en Jesús?
  • ¿Cuál es mi reacción ante el miedo?
  • ¿Pido “señales” al Señor?
  • ¿A qué me envía el Señor?, ¿cuál es mi misión en este mundo?
  • ¿Soy capaz de reconocer que es el Espíritu Santo quien me empuja e impulsa?
  • ¿Qué miedo he de abandonar de mi vida y que aún no he sido capaz?
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VIDA – ORACIÓN

Qué tu Espíritu Señor descienda sobre mí y aparte mis temores, que impulse a hacer aquello que Tú quieres que haga. Qué sea capaz de contar a todo el mundo que mi Señor ha muerto, pero ha resucitado y por eso estamos alegres. Así sea.

¿Qué es el Amor sino sentir el alma agitada al saber que ha llegado la hora? Lectio Divina del V Domingo de Cuaresma – Ciclo B

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Jn 12,20-33

En los evangelios de estos días, vemos cómo se acercan a Jesús los enfermos, endemoniados, fariseos, escribas, sumos sacerdotes, ancianos, etc. Pero esta noche son los griegos quienes se acercan a un amigo de Jesús: «Felipe, el de Betsaida de Galilea». Ellos habían llegado a celebrar la fiesta de la Pascua y querían ver a Jesús. «Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús».

Al enterarse Jesús les dice: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre». Se acerca su hora, la hora de la muerte. De ahí que se lo explique, como Él acostumbra, con ejemplos, con parábolas: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». Llega la hora de cumplir la voluntad del Padre e invita a Felipe y a Andrés a hacer lo mismo: «El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará», porque «el que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna».

Una invitación que cuesta, que hace que el alma de Jesús esté «agitada», sin embargo dice: «Por esto he venido, para esta hora: Padre, glorifica tu nombre». Ante la dificultad, Jesús no se achica, se acerca al Padre, le pide, ora. Y el Padre responde con «una voz del cielo: Lo he glorificado y volveré a glorificarlo», aludiendo a su Resurrección. Pero el Padre no le responde al Hijo, sino que habla a todos los presentes, a «la gente que estaba allí» y que no entendía, por eso, unos decían «que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel».

Jesús es quien tiene que interpretarles la palabra del Padre, porque los presentes no han entendido; y tomando la palabra dijo: «Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

El Hijo relata lo que va a ocurrir, anuncia «la muerte de que iba a morir» y el juicio al que será sometido el mundo, porque el «príncipe del mundo», el orgullo, la soberbia, la ira, el egoísmo, etc. «va a ser echado fuera». Con Jesús sólo existe el amor, por eso será «elevado sobre la tierra» y todos seremos atraídos hacia Él, porque el amor es quien mueve nuestros corazones. Existimos y nos movemos por el Amor. O… ¿no es cierto que el Amor nos hace sentir el alma agitada cuando sabemos que ha llegado la hora de encontrarnos con el Amado?

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?
  • ¿Qué entiendo yo por “la hora”?
  • Jesús compara su muerte con un grano de trigo. ¿Entiendo la muerte como “dar fruto”?
  • ¿Cuál es la voluntad de Dios para su Hijo?
  • ¿Cuál es la voluntad de Dios para mí?
  • ¿Qué es ser “servidor”?
  • ¿No es más cómodo que me sirvan que servir?
  • ¿Alguna vez he sentido mi alma agitada?
  • ¿Qué agita mi alma?
  • ¿Me dejo agitar por el Amor?
  • Este evangelio, ¿me hace cambiar mi vida en algo?

VIDA – ORACIÓN

Qué duro debe ser, humanamente hablando, ver que la muerte llama a mi puerta. Tú mismo sentías tu alma agitada. Sin embargo, tienes claro que lo que has de hacer es cumplir la voluntad del Padre. A mí, como a la gente que te oía aquel día, me cuesta entender la voz del Padre, saber qué quiere decir con sus palabras, porque muchas veces, lo único que oigo son ruidos y no me paro a escucharle. Ayúdame, Señor, a abrir mi corazón al Amor del Padre que me habla, que me pide sólo que le ame, que te ame, que ame a quien me rodea. Enséñame a amar como Tú nos amas. Así sea.

Hacia la luz – Lectio divina del evangelio del IV domingo de Cuaresma “Laetare” – Ciclo B

(Si queréis saber más acerca del domingo laetare, podéis consultar nuestra entrada sobre la Lectio Divina de la primera lectura de este domingo).

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Jn 3,14-21

Jesús está muy por encima de cualquier otro personaje del Antiguo Testamento, por muy destacado que haya sido su protagonismo en la vida del Pueblo de Israel. ¿Por qué? Sencillamente, porque Jesús es el único que ha bajado del cielo. Nadie ha tenido un trato íntimo con el Padre, nadie ha estado junto a Él, nadie ha contemplado su rostro; nadie excepto el Hijo del Hombre, excepto Jesús,.
A él no se le ha transmitido nada, todo lo que conoce acerca del Padre es por su experiencia propia.
Él es la Palabra Encarnada del Padre. Es aquél que preexistía desde el principio, que existía desde siempre, por el que fueron hechas todas las cosas y nada se hizo sin él.
Pue bien, este Dios es quien tiene que ser crucificado. El Dios de Israel, el Dios creador del cielo y de la tierra; el Dios de toda la humanidad ha de sufrir la pasión y la muerte en la persona de Jesús de Nazaret.
Una pasión y muerte, que según la ley de Moisés, tal como podemos leer en el libro del Deuteronomio, era una maldición: «si un condenado a muerte es ejecutado colgándolo de un árbol, su cadáver no podrá quedar allí durante la noche, sino que lo enterrarás el mismo día, pues el que muere colgado de un árbol es maldito de Dios, y tú no debes manchar la tierra que el Señor, tu Dios, te da en heredad.» (Dt 21,22s).
Este es el Dios cristiano, que «no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.» (Flp 2,6ss).
Dios entrega a su propio Hijo a la muerte. La elevación de la serpiente de bronce en el desierto por Moisés era un anticipo de la acción sanadora de la cruz, que nos librará incluso de la muerte, otorgándonos y regalándonos la vida eterna.
Todo esto era incomprensible, era imposible, era inaudito para la mentalidad de cualquier israelita. No, no podía ser. Para comprender todas estas cosas en su verdadera naturaleza, para entender la actuación amorosa de Dios, para poder asimilar mínimamente la acción salvadora del Hijo, es necesario nacer de nuevo.
Por eso, Nicodemo, prototipo, representante, símbolo del Pueblo judío, debe dejar atrás dicha mentalidad y nacer de nuevo. Debe aprender a mirar la vida con ojos nuevos, desde una perspectiva diferente, con una actitud totalmente nueva. Debe aprender a mirar con los «ojos de la Luz». Entonces se dará cuenta que Dios no es un juez, que Jesús no ha venido para hacer cumplir la Ley, sino para darle su sentido pleno. Que hemos de comenzar a amar la Luz, a hacernos uno con ella, a obrar la verdad para ir hacia la luz y. así se ponga de manifiesto que la obras que hacemos, están hechas según Dios.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado especialmente el corazón? ¿Qué sentimientos ha suscitado en ti? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Cómo sientes a Dios? ¿Es para ti un Dios alejado de la humanidad, cuya morada está en los cielos, y despreocupado de sus criaturas? ¿o por el contrario es un Dios cercano, que ha bajado del cielo, que se ha hecho hombre y que por librarnos del pecado y de la muerte se ha encarnado, ha sufrido, ha muerto y resucitado para que nosotros tengamos vida eterna?
  • ¿Sientes en lo más profundo de tu ser que Dios te ama? ¿Que Dios únicamente quiere lo mejor para ti? ¿Que está siempre a tu lado, sobre todo en los momentos de dolor, de sufrimiento, de desconcierto?
  • ¿Crees que Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgarlo, sino para salvarlo? ¿Lo crees de verdad?
  • En este camino de cuaresma, debes realizar un cambio en tu vida, sobre todo debes cambiar la perspectiva desde la que contemplas el mundo, debes cambiar el modo de percibir la realidad. Debes comenzar a obrar la verdad, para ir hacia la Luz y que se ponga de manifiesto que tus obras están hechas según Dios, ¿qué vas a comenzar a cambiar en tu vida para ello?

VERDAD – ORACIÓN

Dios nuestro,
tú nos has enviado a tu hijo para salvarnos a través de él.
¡Llena nuestra actividad diaria con el amor que libera!
¡Danos el coraje para transmitir ese amor
a todas las personas que entran en contacto con nosotros,
en nuestro trabajo, en la calle, en nuestra parroquia!
¡Haz, Señor, que amemos con la gratuidad
que hace sentir tu presencia en el mundo!
¡Enciende entre nosotros la llama de la fe que salva
y que nos da la esperanza de sentirnos queridos!
¡Abre las ventanas de nuestros corazones
para observar la realidad con unos ojos llenos de amor
para respirar el aire que alegra nuestro interior!
Buen Jesús,
a ti, que eres la luz del mundo y que has dado la vida por nosotros,
te damos gracias por tu mensaje, porque fortalece nuestra fe.
¡Ayúdanos a avanzar en este tiempo de Cuaresma
para llegar con gozo y madurez hasta la Pascua,
el momento en que los que creemos en ti
vemos reflejada, en tres días,
la victoria de la vida sobre la muerte,
del amor sobre el odio,
de la claridad sobre la oscuridad! Amén.
Ignasi Miranda, Oraciones de tú a tú, Claret, Barcelona 2011.

Te conozco. Lectio Divina del III Domingo de Cuaresma – Ciclo B

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Jn 2,13-25

«Se acercaba la Pascua de los judíos», la Pésaj. Era la gran fiesta del pueblo judío, en la que celebraban su liberación del pueblo egipcio, el paso de la esclavitud a la libertad. Y Jesús, como buen judío, se acercaba a Jerusalén a celebrar la fiesta.

Al llegar al Templo, encontró a «los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados». ¿Qué impresión nos causaría a nosotros si entramos en nuestras parroquias y vemos que dentro están vendiendo y cambiando animales? Jesús reaccionó como nosotros hubiéramos reaccionado: «los echó a todos del templo», porque habían convertido «en un mercado» la casa de su Padre. Al contemplar esa escena, «sus discípulos se acordaron de lo que está escrito» en el Sal 69,10: «El celo de tu casa me devora».

Los judíos no entendían nada y le preguntaron: «Qué signos nos muestras para obrar así?». La contestación de Jesús fue: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Se sorprendieron ante su respuesta. No podía ser que en tres días Jesús levantara el templo, porque había costado construirlo «cuarenta y seis años». La cuestión es que no hablaban del mismo “templo”. Jesús «hablaba del templo de su cuerpo», porque Él sabía que se acercaba su pasión.

Los discípulos tampoco entendían nada. Sin embargo, cuando el Maestro resucita «de entre los muertos», es cuando ellos recuerdan aquello que había dicho Jesús a los judíos y «creyeron a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús». Parece que a los discípulos les pasa lo que a nosotros. Es necesario que veamos, que experimentemos para que creamos, para que dejemos de ser incrédulos. Aunque para nosotros, debería mucho más fácil creer las Escrituras, porque nosotros conocemos la historia al completo, desde su Encarnación hasta su Resurrección. Sin embargo, ellos tienen que ir descubriendo todo poco a poco, paso a paso. Y el mismo evangelista nos dice que durante aquellas fiestas de Pascua, «muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía». Jesús no convence sólo por sus palabras. También por sus obras.

Por el contrario, Jesús «no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre», «porque los conocía a todos» y «sabía lo que hay dentro de cada hombre». Por eso, es imposible que podamos engañar a Jesús. Con la mentira me engaño yo.  

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?
  • ¿Has empleado alguna vez el “lugar sagrado”, tu parroquia, para algo que no sea encontrarse con Dios?
  • Cuando entras a la parroquia… ¿procuras guardar silencio para no molestar a los demás?
  • ¿Eres consciente de que Jesús sabe perfectamente lo que hay dentro de ti?
  • ¿Crees que puedes engañar a Jesús?
  • ¿Has pedido a Jesús alguna vez que te dé señales, como hicieron los judíos?
  • ¿Crees en la Escritura?
  • ¿Crees en la palabra de Jesús?

VIDA – ORACIÓN

Gracias, Señor, por tantas oportunidades como me das, por tanto tiempo que gastas conmigo. Me conoces perfectamente, sabes de mi fragilidad, de mis dudas. Muchas veces no termino de creerme todo lo que dices, ni lo que me dicen los demás sobre ti. Muchas veces, tengo miles de dudas y no sé qué hacer. En ocasiones, leo la Escritura y me cuesta entender algunos pasajes. Ayúdame, Señor, aumenta mi fe porque sólo tú me conoces. Tú sabes todo lo que siento, lo que digo, lo que hago. Nadie me conoce más que Tú.

¿DÓNDE VIVES? LECTIO DIVINA DEL EVANGELIO DEL DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Verdad – Lectura

En cualquier período de la historia, en ambientes diversos, hombres de todas las razas y nacionalidades se han planteado a sí mismos las siguientes preguntas: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Son las preguntas que, de alguna forma, dan sentido a nuestra vida. Una vida que está en continua búsqueda. La búsqueda de la felicidad, de la trascendencia, de lo infinito, la búsqueda, en definitiva de Dios. Ya lo decía san Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en Ti».

En un contexto muy parecido a éste, tiene lugar, la experiencia de encuentro con el Maestro de los primeros discípulos y que tan bellamente nos narra Juan en estos poco versículos. Así es; un día cualquiera de la vida de aquellos primeros discípulos, al día siguiente; ese día, alguien, Juan el Bautista, les indica dónde pueden colmar ese anhelo de felicidad que toda persona humana lleva dentro. Jesús pasa junto a ellos, lo mismo que pasa junto a ti y junto a mí. Lo ven y Juan les dice: «Este es el Cordero de Dios». Ahí va quien puede colmaros de felicidad. Y aquellos discípulos le siguen.

Ha sido el testimonio de Juan, el que ha impulsado a los dos discípulos a seguir a aquel desconocido. Es interesante detenernos por un instante en esta expresión: le siguieron. Es mucho más que caminar junto a alguien o pasear. Seguir quiere decir que uno se involucra con la persona seguida, de alguna manera comparte sus mismos sueños, objetivos, metas; es el otro quien marca la dirección y el ritmo durante el camino; de alguna manera, nos abandonamos a esa persona y vamos tras ella. Así es, Juan y Andrés van detrás de Jesús porque quieren vivir la vida a tope. Ahora bien, aquellos dos discípulos estaban abiertos, atentos, en búsqueda… por eso son capaces de acoger la invitación de Juan para seguir a Jesús.

Al darse cuenta Jesús de que le siguen, se vuelve y les interroga: «¿Qué buscáis?» Es la síntesis de los interrogantes anteriores que nos hacíamos al principio de esta página. ¿Qué buscas? Una pregunta que nos podemos hacer cada uno de nosotros personalmente y que podemos hacer a cualquiera de nuestro alrededor, y nos daremos cuenta de que todos buscamos lo mismo, aunque le llamemos de distinta manera: la felicidad.

Han percibido que aquel Hombre: Jesús, puede colmar su sed de felicidad que quieren permanecer con él: ¿Dónde vives? Queremos permanecer contigo, queremos vivir contigo, queremos estar junto a ti, queremos vivir tu modo de vivir.

Jesús accede inmediatamente a su petición, pero no les da una dirección concreta. No; les invita a experimentar su vida: «Venid y lo veréis». Jesús no es información, no es lectura acerca de su vida y milagros, no es lo que han dicho o me dicen de él, Jesús es experiencia de vida y si quiero conocerlo, lo más acertado es experimentar su propia vida. No importa la información que tenga, lo que haya oído, lo que me hayan dicho; lo importante es experimentar con Jesús. «Solo te conocía de oídas; pero ahora, en cambio, te han visto mis ojos» (Job 42,5).

«Y se quedaron con él aquel día». Comienzan a hacer comunidad. Jesús, seguramente va dialogando con ellos, les va aclarando cosas, les va dando respuestas, les va contando sus deseos, sus ilusiones, sus sentimientos… ellos le escuchan, le interrogan, le hablan de sus anhelos, sus esperanzas, sus inquietudes, sus sueños… Van compartiendo vida entre ellos. Y aquí es donde está el verdadero «quid» de la cuestión. Compartir la vida, comunicar la vida, experimentar al vida… en definitiva, hacer comunidad.

Un encuentro de tal calibre, una experiencia como la vivida por los dos discípulos, no puede guardarse para uno mismo. Ha de comunicarse, ha de compartirse, no se la puede uno guardar para sí mismo. Por eso, Andrés, siente la necesidad de contarle a su hermano Simón lo que había acontecido aquel día, tenía que contar lo que había experimentado, sentido, acogido y entregado junto a Jesús. Hemos de contar gozosos, llenos de dicha desbordante, con una alegría inusual, nuestra experiencia de Jesucristo, nuestro encuentro con el Maestro: «Hemos encontrado al Mesías». Fijaos bien, que el evangelista nos dice: «Hemos»; no dice, «he». Y esto, sencillamente, porque la experiencia de Jesús es siempre comunitaria, aunque uno la viva de manera personal, pero siempre media la comunidad.

Al principio, no somos conscientes de la importancia, ni de la trascendencia de este encuentro. Puede parecernos un encuentro más de los muchos que se producen en nuestra vida. Pero cuando nos damos cuenta del proceso de crecimiento que hemos experimentado en él, no podemos menos que manifestarlo, comunicarlo, testimoniarlo a los demás: «Hemos encontrado al Mesías». No hemos encontrado a una persona cualquiera, no hemos encontrado si quiera a una persona excepcional, no hemos encontrado al número uno en tal o cual materia… Nos hemos encontrado con el Mesías, nos hemos encontrado con el Dios Vivo, nos hemos encontrado con Dios hecho hombre. Y Él ha colmado nuestros anhelos de libertad, de felicidad, de amar.

Andrés da testimonio, narra, transmite su propia experiencia, pero lo hace con convicción, lo hace con atractivo, lo hace con ganas de contagiar. El Papa Pablo VI (hoy ya santo) decía que «hoy día, más que maestros necesitamos testigos», personas que nos transmitan su experiencia de encuentro con Jesús. Eso es lo que debemos hacer nosotros, debemos seguir el mismo itinerario que siguieron estos primeros discípulos: Estar atentos a los signos del paso de Dios por nuestra vida, ¿qué buscáis?, ¿dónde vives?, venid y lo veréis, fueron, vieron y lo contaron a otros.

Camino – Meditación

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Estás atento a las señales o a los signos que te indican el camino para encontrarte con el Mesías?
  • ¿Eres consciente de la llamada de Dios? ¿de todo lo que supone poder encontrarte con Jesús en tu vida cotidiana? ¿De la transformación que puede producir en ti mismo dicho encuentro?
  • ¿Estás dispuesto a permanecer con Él largo tiempo para escuchar su Palabra, acogerla, dejarla penetrar en ti y que transforme tu vida?
  • ¿Deseas y quieres, verdaderamente, ser testigo de Jesús? ¿Qué tendrías que cambiar en tu vida para ello?

Vida – Oración

  • Alaba a Dios por ser Él el primero en salir a tu encuentro.
  • Dale gracias por las personas que a diario pone en tu camino y te lo señalan como Aquel que puede colmar tu vida.
  • Ofrécele tu vida para que Él pueda transformarla y convertirte en verdadero testigo de Jesús Resucitado.
  • Pídele que te ayude a ser testigo de las maravillas que continuamente está realizando en la vida de tantas y tantas personas con las que te encuentras a diario.

“En el principio existía la Palabra”. Lectio Divina Domingo II de Navidad – Ciclo B (Jn 1,1-18)

VERDAD – LECTURA

            Hoy la liturgia nos ofrece para nuestra consideración, el pasaje conocido como el prólogo del evangelio de Juan. Un pasaje muy rico en valor y profundidad teológica y, a la vez, de una gran riqueza literaria. Podríamos decir que es el resumen o sumario de todo el evangelio de Juan.

Con un exquisito lenguaje poético, el autor del cuarto evangelio nos transporta al mismo corazón de Dios y a la esencia de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. El cual, a pesar de ser Dios quiso hacerse uno de nosotros en todo, excepto en el pecado.

            El evangelio de Juan comienza de la misma manera que el Antiguo Testamento: “En el principio”. En el principio Dios creo todo lo que existe. Pero antes, incluso que en el principio existía la Palabra, y ella estaba junto a Dios y es Dios. Todo lo creado fue hecho por él y todo lo que existe, es gracias a él.

            Él es vida y es luz. Luz que alumbra en las tinieblas a todas las criaturas. Aquel que es la Luz está presente en todos los acontecimientos de nuestra vida, en todos los momentos, en todas las circunstancia. Él está con nosotros, vive entre nosotros, nos acompaña siempre. El ser humano ya nunca más caminará en tinieblas; porque aquel que es la Vida, es luz para los hombres. Y esa luz alumbra en las tinieblas, en las dificultades, en las oscuridades, en los obstáculos, en las contrariedades… Eso sí, es muy importante que estemos atentos para poder descubrir la luz, pues las tinieblas, la oscuridad, la noche tratarán de ocultárnosla pero nunca podrán sofocarla.

            Precisamente, Juan será enviado por Dios para ayudar a los seres humanos a descubrir la luz, a encontrarse con ella en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida. Él no era luz, sino el medio para vislumbrar la luz y testimoniarla. Era el testigo de la Luz. Una luz que vino para salvación de todos.

            Sin embargo, el hombre no fue capaz de reconocer y acoger la luz, de descubrirla y recibirla. El ser humano no fue capaz de descubrir la luz que se manifestaba en su propia vida, en su propia historia, en su día a día. No hemos sido capaces de abrirnos y vaciarnos totalmente para acoger y llenarnos de la Luz.

El mundo no lo reconoció.

            Pero quienes lo reciben, quienes lo acogen, quienes creen en Él y se dejan transformar por Él son hijos de Dios. No por sus méritos, no por sus muchos esfuerzos, sino por pura gratuidad de Dios, por pura gracia de Dios, por su infinita bondad y misericordia. Dios es quien verdaderamente acoge y nos transforma.

            Y aquel que es la Palabra, aquel que es la Luz, aquel que existía desde el principio se hizo carne y habita entre nosotros. El Dios cristiano no es un Dios lejano, ausente, despreocupado. Dios se ha hecho uno de nosotros. Dios se hizo ser humano. Gracias a lo cual hemos visto su gloria, hemos visto quién es, hemos visto su esencia. Hemos descubierto el corazón y la misericordia de Dios. Y todo ello por pura gracia, por puro don, gratuitamente.

            Ahí es donde reside la diferencia esencial con la Ley de Moisés. La salvación es pura gracia, puro don, es gratuita, es un regalo de Dios. La plenitud de la Ley es Jesucristo. La salvación nos viene precisamente por la fe en Jesús. Y esa fe es la que nos impulsa y nos lleva a actuar según la Ley de Dios y a llevar el amor y la misericordia de Dios todos los demás; esa fe nos lleva a comprometernos con nuestros hermanos más necesitados, nos lleva a dar a conocer la Luz y a llevar su alegría a todas las criaturas.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿De qué manera eres capaz de descubrir la Luz en tu vida cotidiana? ¿Cuándo aparece? ¿Cuáles son los signos de que está presente?
  • ¿De qué forma descubres la luz en las tinieblas de tu vida, en las dificultades, en tus oscuridades?
  • ¿Eres consciente de que las tinieblas nunca podrá apagar la Luz?
  • Juan era testigo de la Luz, ¿Y tú, además de intentar descubrir la Luz en tu vida, llevas la Luz a los demás, les ayudas a descubrirla?

VIDA – ORACIÓN

Lámpara es tu palabra para mis pasos,

luz en mi sendero;

lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos;

¡estoy tan afligido!

Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio, enséñame tus mandatos;

mi vida está siempre en peligro, pero no olvido tu voluntad;

los malvados me tendieron un lazo, pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón;

inclino mi corazón a cumplir tus leyes, siempre y cabalmente.