“Vende lo que tienes, luego ven y sígueme”. Lectio Divina del Evangelio del domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Mc 10,17-30

Nos volvemos a encontrar a Jesús itinerante, en camino, según el contexto de los capítulos precedentes, hacia Jerusalén, donde Jesús sufrirá la pasión, se enfrentará a la muerte y, al tercer día, resucitará.

Entonces, alguien corre a su encuentro, se arrodilla ante él, reconociendo su dignidad y grandeza, y le pregunta: “¿qué haré para heredar la vida eterna?” Ante esta pregunta, podemos entrever como este hombre cree en la vida eterna; aunque, eso sí, por su propio esfuerzo personal: ¿Qué tengo que hacer?

Además, hay que tener en cuenta, que él cumple los mandamientos. Pero no. Eso no es suficiente. Jesús, mirándolo con amor, lo llama a un seguimiento muy especial y particular: sólo quien es capaz de darlo todo por los demás en el seguimiento de Jesús podrá entrar en el Reino. No quiere decir que entre los seguidores de Jesús no pueda haber personas que tienen riquezas, sino que quien tiene su corazón puesto en esas riquezas no puede ser seguidor de Jesús; las posesiones de cada uno de nosotros tienen que estar al servicio de los otros. Y no pensemos únicamente en la riqueza económica, aunque también; podemos estar apegados a muchos otros bienes: nuestro tiempo, nuestro estatus, nuestro puesto, nuestras relaciones, nuestra belleza, nuestro talento, nuestras habilidades…

Sin embargo, hay que tener en cuenta que la salvación es puro don, aunque requiera un cierto esfuerzo por nuestra parte. Ese esfuerzo pasa por el amor incondicional a los hermanos, pasa por hacernos pobres de manera voluntaria y entregarlo todo, incluso la vida, si es necesario, por los demás, al estilo de Jesús.

Aquel hombre tenía muchos bienes, y, al parecer éstos era algo imprescindible en su vida y a lo que no quería renunciar, por lo que opta por marcharse. De ahí la afirmación de Jesús: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!” Pues, únicamente, quien pone su confianza plenamente en Dios puede llegar a alcanzar el Reino, sólo aquel que pierde la vida por los hermanos, puede alcanzar el Reino. No obstante, la salvación no depende exclusivamente de nosotros mismos, ni de nuestros méritos. La salvación es un don gratuito de Dios y para él todo es posible.

Después de esto, Pedro en nombre de los demás discípulos, pregunta a Jesús qué va a ocurrir con ellos, que lo han dejado todo por seguirlo. Jesús, llamándoles hijos (término entrañable y cariñoso), les enseña que, a pesar de todas las dificultades, los obstáculos y persecuciones, que puedan encontrar en el camino del seguimiento, la recompensa será aún mayor. En el seguimiento de Jesús, encontrarán aún más riquezas, fruto de todo lo que se comparte, y una nueva familia, la Iglesia, la familia de los seguidores de Jesús. Y en el futuro, la vida eterna del Reino. Aquel que renuncie a todo por amor a Dios y a los hermanos, comenzará a experimentar el Reino aquí en la tierra. La renuncia se convertirá en plenitud. En la unión con Jesús y en el seguimiento del evangelio se experimentará el amor incondicional del Padre y de la comunidad: la Iglesia.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Te encuentras en camino hacia el seguimiento de Jesús y del evangelio?
  • ¿Te has preguntado alguna vez qué tienes que hacer para heredar la vida eterna? ¿Crees que ésta es puro don, aunque requiere también de tu esfuerzo? ¿Estás dispuesto a asumir ese esfuerzo?
  • ¿Cuál es tu reacción y cómo asumes las palabras de Jesús cuando te dice a ti, personalmente: “vende lo que tienes y da tu riqueza a los pobres? (Recordamos que la riqueza puede referirse no únicamente a lo económico)
  • ¿De qué manera comparto mis riquezas con los demás? ¿Estoy dispuesto a renunciar a todo por amor y confiar únicamente en Dios, sabiendo que en esa renuncia encontraré una riqueza aún mayor?
  • ¿Reconozco en la Iglesia a mi familia, la familia de los hijos de Dios?

VIDA – ORACIÓN

  • Adora al Padre y glorifícale por habernos regalado el Reino.
  • Da gracias a Jesús por regalarnos el don de poder gustar, aunque de un modo imperfecto, aquí en la tierra, los dones y las alegrías del Reino.
  • Pide al Espíritu, que te ayude a entregarlo todo a los hermanos por amor a ellos, a Dios y al seguimiento del Evangelio.
  • Pide perdón a Dios, por las ocasiones en las que tu corazón está apegado a tus riquezas y no eres capaz de compartirlas con los demás.

«LA SABIDURÍA ES UNA RIQUEZA INCALCULABLE»  LECTIO DIVINA DE LA PRIMERA LECTURA – DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO B)

VERDAD – LECTURA

Sabiduría 7,7-11

7Supliqué, y me fue concedida la prudencia; oré, y vino a mí el espíritu de sabiduría. 8La preferí a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. 9Ni la comparé a piedra inestimable, pues todo el oro en su presencia es un poco de arena, como lodo es reputada la plata ante ella. 10La amé más que a la salud y la belleza y preferí su posesión a la misma luz, porque su resplandor es inextinguible. 11Me vinieron con ella todos los bienes, pues ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

Hoy, la liturgia, en la primera lectura nos vuelve a ofrecer un pasaje del libro de la Sabiduría. Con el cual ya hemos rezado en alguna otra ocasión.

Recordemos que dicho libro se inscribe dentro de la llamada “literatura sapiencial”. La cual, tiene como objetivo ofrecer una guía práctica de hábitos para que la persona pueda desarrollarse satisfactoriamente en su vida cotidiana.

El libro de la Sabiduría quiere salir al paso del conflicto que existía entre la fe tradicional de Israel y la influencia que ejercía la pujante cultura helenista. En él se nos describe cómo la verdadera sabiduría es un don de Dios, que Él mismo comunica.

En el pasaje que hoy nos ocupa, vemos como el autor invoca y suplica a Dios el don de la sabiduría, siendo consciente, como hemos dicho anteriormente, que esta es un don de Dios, que uno no la  obtiene por méritos o esfuerzos propios. Lo cual no quiere decir, que nos tengamos que dormir en los laureles, esperando la intervención de Dios. Hemos de hacer nuestra elección y tener en cuenta nuestras prioridades.

El autor del texto ha preferido la sabiduría y la ha puesto por encima, en su escala de  valores; por encima de los cetros, los tronos, las riquezas, la piedra más inestimable, el oro, la plata, la salud, la belleza y la luz. La sabiduría, o si preferimos el conocimiento, la experiencia, la unión con Dios está por encima de cualquier otra riqueza.

Desde un punto de vista cristiano y teniendo en cuenta el evangelio de hoy podemos reflexionar sobre ¿dónde tenemos puesto nuestro corazón: en nuestras riquezas materiales, en nuestras capacidades o habilidades, en nuestros actos y nuestras propias fuerza…? O por el contrario, ¿nuestro bien más preciado es la verdadera Sabiduría: Jesús de Nazaret?

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Tienes en cuenta en tu vida cotidiana cual debe ser tu prioridad principal? ¿Cuál es? ¿Qué es lo que está por encima de cualquier otra cosa?
  • Salomón cuando iba a ser coronado rey, le pidió a Dios el don de la sabiduría, un corazón capaz de discernir, ¿haces tú lo mismo? ¿Eres consciente de que la sabiduría es un don de Dios?
  • ¿En tu vida cotidiana tienes presente las enseñanzas de Jesús y la experiencia que has hecho de Él? ¿Es Él la verdadera sabiduría de tu vida?
  • ¿Qué haces en tu día a día para que, de alguna forma, otros puedan descubrir la Sabiduría de Dios?

VIDA – ORACIÓN

Salmo 111

1¡Aleluya! Doy gracias al Señor de todo corazón en la reunión de los hombres justos y en la asamblea general.

2Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman.

3Su obra resplandece de esplendor y su justicia permanece para siempre.

4Él ha hecho memorables sus milagros, el Señor es misericordioso y lleno de ternura.

5Él da de comer a sus leales y recuerda siempre su alianza.

6Manifiesta a su pueblo el poder de sus obras, dándole la heredad de las naciones.

7Verdad y justicia son las obras de sus manos, todos sus preceptos son estables,

8inmutables por los siglos de los siglos, fundados en el derecho y la verdad.

9Envió a su pueblo la liberación y estableció para siempre la alianza: santo es su nombre y venerable.

10El temor del Señor es el principio de la sabiduría, los que la practican son gente lista: su alabanza permanece eternamente.

VEN AL BANQUETE DE BODAS – LECTIO DIVINA DEL DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Mt 22,1-14

El mensaje de la parábola es, aparentemente, bastante claro. Un rey envía a sus criados a llamar a los invitados a la boda de su hijo. Pero estos no quieren asistir a la misma.

Por segunda vez, vuelve a enviar a otros criados a insistir en la invitación. Y, nuevamente, no sólo no les hacen caso, sino que además algunos de ellos marchan a «sus asuntos» y otros maltratan y matan a los criados. El rey se irrita y envía a sus tropas a destruir la ciudad de estos «malvados».

A renglón seguido, viendo que esos invitados no eran dignos; pero, el banquete está preparado, vuelve a enviar a sus criados a buscar comensales. Los cuales salen a los caminos e invitan a todos los que encuentran. La sala del banquete se llena de invitados.

Sin embargo, al entrar el rey a saludarlos se fija que hay una persona que no llevaba el traje adecuado para la boda. Lo recrimina pero él no responde. Por lo cual, es expulsado del banquete.

Hasta aquí, si queremos, una lectura superficial o si queremos literal del relato. Pero, me gustaría profundizar algo más en el mismo; primeramente, desde una lectura del contexto en el que escribe Mateo y luego desde una lectura eclesial.

Recordemos, que Mateo escribe para una comunidad que, eminentemente, procede del judaísmo. Muchos de los lectores o «escuchadores» de esta parábola en la comunidad de Mateo conocen perfectamente la historia del Pueblo de Israel. Toda la historia de Israel ha sido una clara invitación al banquete de bodas mesiánica. Pero, ¿qué ocurre? Que los criados enviados para invitar a dicha boda han sido rechazados, es más han sido maltratados e, incluso, asesinados. No podemos menos, que ver aquí, una clara alusión a los profetas; es más, en tiempos de Jesús, incluso a Juan, el bautista.

¿Qué hace entonces el rey? Envía destruir la ciudad de los invitados, posible alusión a la destrucción de Jerusalén del año 70, y envía a más criados a que salgan a los caminos a invitar a todos los que encuentren, buenos y malos, porque el banquete está preparado. Me detengo un instante, en esta expresión buenos y malos. Traigamos a nuestra memoria la parábola del trigo y la cizaña; ambos crecen juntos hasta la siega. Todos están invitados al banquete, y ninguno de nosotros tiene porqué excluir a nadie; esta función le compete al dueño del campo, en este caso al rey. El cual, percibe como uno de los invitados no lleva puesto el traje adecuado, no lleva traje de boda. En las bodas, en época de Jesús, en ningún sitio estaba prescrito que uno debía vestir un traje especial; bastaba un vestido limpio, luego volveremos sobre ello. Este personaje es expulsado del banquete. Hasta aquí, si queremos, la lectura desde el contexto en el que escribe Mateo.

Profundicemos un poco más, desde una lectura eclesial o si preferimos desde una lectura cristiana actual del texto. Dios ha ido revelándose a la humanidad durante siglos y siglos. Ha ido invitando, en distintos momentos de la historia, al banquete de bodas de su hijo, el novio.

La Iglesia es a su vez, la novia y la invitada a la boda. Al igual que los invitados de la parábola podemos aceptar o rechazar la invitación, es más podemos, incluso, maltratar y matar a los enviados, a los criados, a aquellos que anuncian la Buena Nueva. Es cosa nuestra y nos atendremos a las consecuencias, no porque el rey así lo haya querido, sino porque nosotros lo hemos querido y provocado. Somos nosotros los que no queremos saber nada del rey, su banquete y su hijo, y nos vamos a nuestros asuntos; es más, cómo en muchos momentos de nuestra vida, la mayoría, estos criados-enviados son bastante pesados y nos molestan, optamos por quitarlos de en medio. Así es nuestra actuación en más de una ocasión. Y tenemos que asumir las consecuencias. No tiene porqué extrañarnos que el rey (Dios) envíe a sus mensajeros a invitar a otros que encuentre por los caminos (¿pecadores y prostitutas?).

Es posible, también, que cualquiera de nosotros seamos de los que hemos entrado en el banquete; a ello estamos llamados y además de una manera reiterada. Cuando estamos disfrutando de él o a punto de comenzar el mismo, entrará el rey (el Padre), saludará a cada uno de los comensales y reparará en uno que no lleva puesto el traje adecuado. Es decir, uno que no se ha convertido totalmente y con todo su ser al mensaje del Reino, uno que no ha querido cambiar de estilo de vida, uno que no ha querido asumir la actitudes vitales de Jesús y que además lo ha hecho de manera consciente e intencionada. Sí, quiere beneficiarse del banquete, pero sin arriesgar nada, sin poner nada de su parte; quiere banquetear en el Reino pero seguir llevando la misma vida que hasta ahora; quiere que Dios cumpla su parte del pacto pero él poderla incumplir siempre que le convenga; quiere ser beneficiario de los dones de Dios pero sin amar a Dios.

Desde este punto de vista, hemos de ver además y entender, la última frase de este pasaje: «son muchos los llamados, pero pocos los escogidos». Mas que en sentido cuantitativo, creo que esta expresión habría que leerla en sentido cualitativo, y me explico. Las llamadas por parte de Dios son infinitas, siempre está llamando a entrar en el banquete, y nos está llamando a toda la humanidad, sin distinción alguna, lo hace reiteradamente, en todo momento y cada lugar. Sin embargo, la elección está en nuestra manos, nosotros podemos voluntariamente participar o no en el banquete de bodas. Eso sí, debemos llevar el traje adecuado, debemos vivir como invitados a la boda, no podemos «nadar y guardar la ropa». Hemos de vivir en continua conversión, teniendo presente las actitudes vitales de Jesús y dejando que el Espíritu nos modele según el modelo que es el Hijo. Así seremos uno de esos comensales a los que el rey saludará, se sentará con él, comerán y conversarán como amigos durante el banquete. No es Dios el que escoge, Dios llama, la elección es cosa nuestra.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • Dios te está invitando continuamente a entrar en el banquete del Reino. ¿Cuál es tu repuesta ante esta invitación? ¿También tú tienes otros negocios que atender o incluso, de alguna manera matas a los criados que él te envía?
  • ¿Qué siente al ser invitado a la boda? ¿Está dispuesto a asistir al banquete?
  • Si estás dispuesto, tienes que llevar puesto el traje adecuado, ¿qué debes hacer para despojarte de tus viejos vestidos y vestir el traje nuevo? ¿De qué prendas debes despojarte y qué prendas debes adquirir? ¿A qué tienes que renunciar para entrar en el banquete?

VIDA – ORACIÓN

  • Da gracias a Dios por estar llamándote continuamente a participar en el banquete del Reino junto a todos nuestros hermanos.
  • Pide al Señor que te ayude a despojarte de tus viejos vestido y a vestirte con el traje nuevo de la boda del Reino.
  • Alaba a Dios por todos los beneficios que a diario te regala, todo proviene de Dios.

IMPORTANTE: Esta Lectio Divina puedes encontrarla, también, en audio, el próximo domingo en el muro del perfil de Facebook del Centro Bíblico San Pablo: https://www.facebook.com/centrobiblico.es

“Es de bien nacidos el ser agradecidos” Lectio Divina Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 17,11-19

Continuamos acompañando a Jesús y sus discípulos en su camino hacia Jerusalén. Nos encontramos en el camino que pasa entre Samaría y Galilea. Samaría nación de origen judío pero cuyos habitantes, durante la invasión y posterior exilio a Asiria se casaron con extranjeros, y fruto de esta mezcla resultó que conservaron muchas de sus costumbres extranjeras, por todo ello no eran bien vistos por los judíos. Y Galilea, región compuesta sobre todo por población de origen helenístico (griego) y que no compartían la religión judía, por eso eran considerados como paganos, no creyentes en el Dios de Isael.

Pues bien, en una aldea sin nombre, en ese camino entre Samaría y Galilea, nos sitúa el relato con el que hoy vamos a orar. Allí le salen al encuentro a Jesús diez leprosos. El leproso una persona que, a causa de su enfermedad es considerado impuro; es decir, excluido de la sociedad, de la relación con los demás y de la participación en el culto de su pueblo; una persona marginada, abandonada, apartada. Para hacernos una idea de ello, veamos que es lo que nos dice el libro del Levítico: “Aquel que se vea afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados, se cubrirá hasta la nariz e irá despeinado gritando: ¡Impuro! ¡Impuro! Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada” (Lev 13,45s).

Por eso, los leprosos salen al encuentro de Jesús, pero no se acercan a él, desde lejos le gritan: “Jesús Maestro, ten compasión de nosotros”. Llaman a Jesús por su nombre, ya le han acogido en su corazón por medio de la fe, ya le han reconocido en lo más profundo de su ser como el Mesías, el Salvador del mundo, el Hijo de Dios, que todo lo puede. Y le han acogido y reconocido, desde la humildad, desde la pequeñez, desde la indigencia, como Dios bondadoso, misericordioso, cercano, que quiere entrar en relación con el ser humano y se interesa por los problemas, las dificultades y las miserias de éste. Pero no solo eso, si no que además quiere ayudarlos a superar todo eso.

Los leprosos quieren ser curados para poder volver a comunicarse con los demás, para poder reinsertase en la sociedad, para poder relacionarse nuevamente con Dios, aunque este no se haya apartado en ningún momento de sus vidas.

A igual que ellos, tampoco Jesús se acerca. Desde lejos, les ordena que se presenten al sacerdote. Lo cual, les va a reintegrar a la vida social de su pueblo y a la vida de su comunidad religiosa (Lv 14, 1-32). Ellos tienen fe en la curación. Y, he aquí que cuando van de camino, son curados.

Sin embargo, en el relato se nos llama la atención acerca de que lo más importante no es cumplir ni con el rito, ni con lo prescrito, ni con la norma. Lo más importante es dar gracias por el regalo de la curación. Sí, porque es un regalo, ellos no han hecho nada para merecerla. Sin embargo, ninguno se vuelve para dar gracias a Jesús, aunque le hubieran reconocido en un principio como Mesías. Solamente, un samaritano, un excluido, no sólo por la lepra, sino por su condición étnica, por sus creencias religiosas, es quien se vuelve alabando a Dios y dando gracias a Jesús.

Jesús no tenía ninguna obligación de curarlos; Dios no tiene ninguna obligación de hacernos los regalos que a diario nos hace. ¡Cuántas y cuántas veces Dios sale a nuestro encuentro! ¡Cuántas y cuántas veces Dios responde a nuestras peticiones! ¡Cuántas y cuantas veces Dios nos apoya, nos sostiene, nos ayuda! Y todo sin esperar nada a cambio.

Dice el refranero español que es de bien nacidos el ser agradecidos. ¿Lo somos con Dios?

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Seguramente no tienes lepra, pero sí que tienes alguna enfermedad, alguna dificultad, algún problema, algún aprieto. Ponle hoy, en la oración, en las manos de Jesús, con la misma familiaridad y confianza como lo hicieron aquellos diez leprosos; grítale a Jesús si es necesario, si sientes la necesidad, pero hazlo con esperanza, con fe. Recuerda que Dios es misericordioso, bondadoso y Padre.
  • Para que Jesús cure tu “lepra” es imprescindible que sepas reconocerla, que la asumas y que quieras hacerle frente, ¿estas dispuesto a abandonarte en las manos de Jesús, a levantarte y a emprender el camino que te conduce a la salvación?
  • No sólo tienes que ser consciente de tus “lepras”, si no que tienes que estar atento a las dificultades, obstáculos, debilidades, problemas de los demás, sobre todo para no excluirlos, pero también para tenderles una mano amiga. ¿Estás dispuesto?
  • ¿Eres agradecido con Dios, con tu familia, con tus amigos, con los demás?

VIDA – ORACIÓN

Hoy, te invito simplemente, a que te hagas consciente de tus debilidades, de tus dificultades, de todo aquello que te pide avanzar para ser discípulo de Jesús. Preséntaselo y pídele que te ayude a superarlo. Y no te olvides de dar gracias a Dios por todos los regalos que a diario te hace, si que hagas nada por merecerlo.

“¿Qué tengo que hacer para alcanzar la felicidad?” Lectio Divina del domingo XXVIII del T. O.

joven rico

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Mc 10,17-30)

En aquel tiempo, al salir Jesús de camino, un hombre corrió a preguntarle, arrodillándose ante él: «Maestro bueno, ¿qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?». Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? El único bueno es Dios. Ya conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». Él dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús lo miró con amor y le dijo: «Te queda una cosa que hacer: Anda, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». Al oír esto, el joven se fue muy triste, porque tenía muchos bienes. Jesús miró alrededor y dijo a sus discípulos: «¡Qué difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas!». Los discípulos se quedaron asombrados ante estas palabras. Pero Jesús les repitió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios». Ellos, más asombrados todavía, se decían: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús los miró y les dijo: «Para los hombres esto es imposible; pero no para Dios, pues para Dios todo es posible». Entonces Pedro le dijo: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Os aseguro que nadie deja casa, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o tierras por mí o por el evangelio, que no reciba el ciento por uno ya en este mundo, en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, con persecuciones, y en el siglo venidero, la vida eterna.

 

Nos volvemos a encontrar a Jesús itinerante, en camino, según el contexto de los capítulos precedentes, hacia Jerusalén, donde Jesús sufrirá la pasión, se enfrentará a la muerte y, al tercer día, resucitará. Entonces, alguien corre a su encuentro, se arrodilla ante él, y le pregunta: «¿Qué haré para heredar la vida eterna?». Podríamos traducir esta pregunta también por: ¿Qué debo hacer para vivir la vida en plenitud, para desarrollarme totalmente como persona? ¿Qué tengo que hacer para alcanzar la felicidad?

Basta con cumplir simplemente una serie de preceptos, de normas… Basta con parecer que somos buenas personas, cumplidoras de nuestros deberes. Basta únicamente, con cumplir. O además de todo esto, hemos de ser proactivos. Y utilizo este término en el sentido de pasar a la acción, de no esperar pasivamente a que las cosas vayan aconteciendo. Jesús nos pide que no nos centremos únicamente en nosotros mismos; si no que ampliemos nuestra mirada y pongamos los ojos, también en los demás. Jesús nos pide que nos pongamos en marcha. Que nos pongamos en camino, que salgamos al encuentro del otro y desarrollemos todas las potencialidades que tenemos dentro de nosotros en favor de las personas que nos rodean. Jesús nos pide que compartamos nuestras riquezas: “Anda, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo.” Nos mira con amor y nos invita, nos llama a un seguimiento muy especial y particular: Anda, desapégate de todas tus riquezas, de todas tus capacidades, de tus talentos, de tus habilidades, de tus cualidades… No te las guardes únicamente para ti, ponlas al servicio de los demás. Regala a los que te rodean tu tiempo, tu sabiduría, tu experiencia, tus gestos, tu cariño… A veces, tu sola presencia, en la que se manifiesta la presencia de Dios y el amor que nos tiene como Padre. Entrégalo todo en las manos de Jesús y ponlo al servicio de las demás personas.

Pon tu confianza en Dios y en ti mismo, como seguidor de Jesús, no en las “cosas” que posees como aquel hombre que se marchó triste porque era muy rico.

mormon-jesus-christ-6Ante todo esto, Pedro en nombre de los demás discípulos, pregunta a Jesús qué va a ocurrir con ellos, que lo han dejado todo por seguirlo. Jesús, creo que mirando también a los discípulos con amor, les enseña que, a pesar de todas las dificultades, los obstáculos y persecuciones, que puedan encontrar en el camino del seguimiento, la recompensa será aún mayor. En el seguimiento de Jesús encontrarán aún más riquezas, fruto de todo lo que se comparte, y una nueva familia: la Iglesia, la familia de los seguidores de Jesús. Y en el futuro, la vida eterna del Reino. Aquel que renuncie a todo por amor a Dios y a los hermanos comenzará a experimentar el Reino aquí en la tierra. La renuncia se convertirá en plenitud. En la unión con Jesús y en el seguimiento del evangelio se experimentará el amor incondicional del Padre y de la comunidad, la Iglesia.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Te encuentras en camino hacia el seguimiento de Jesús y del evangelio?
  • ¿Te has preguntado alguna vez qué tienes que hacer para heredar la vida eterna, para vivir tu vida de una manera plena? Márcate algunas acciones a realizar para ello.
  • ¿Cuál es tu reacción y cómo asumes las palabras de Jesús cuando te dice a ti personalmente: «Vende lo que tienes y da tu riqueza a los pobres?» (Recordamos que la riqueza no se refiere únicamente a lo económico).
  • ¿De qué manera comparto mis riquezas con los demás? ¿Estoy dispuesto/a a renunciar a todo por amor y confiar únicamente en Dios, sabiendo que en esa renuncia encontraré una riqueza aún mayor?

 

VIDA – ORACIÓN

  • Adora al Padre y glorifícale por habernos regalado el Reino y poder comenzar al vivirlo, aunque de manera imperfecta en nuestra vida cotidiana.
  • Da gracias a Jesús por regalarnos el don de poder disfrutar los dones y las alegrías del Reino.
  • Pide al Espíritu que te ayude a entregarlo todo a los hermanos por amor a ellos, a Dios y al seguimiento del Evangelio.
  • Pide perdón a Dios por las ocasiones en las que tu corazón está apegado a tus riquezas y no eres capaz de compartirlas con los demás.
  • Asume algún compromiso en favor de las personas que te rodean.

Una cosa te falta. Lectio Divina Domingo XXVIII del T.O. (Mc 10,17-30)

VERDAD – LECTURA 1281976839778_f

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?”. Jesús le contestó: “¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”. Él replicó: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño”. Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!”. Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: “Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que aun rico entrar en el reino de Dios”. Ellos se espantaron y comentaban: “Entonces, ¡quién puede salvarse?”. Jesús se les quedó mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo”. Pedro se puso a decirle: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. Jesús dijo: “Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en edad futura, vida eterna”.

 

Nos volvemos a encontrar a Jesús itinerante, en camino, según el contexto de los capítulos precedentes, hacia Jerusalén, donde Jesús sufrirá la pasión, se enfrentará a la muerte y, al tercer día, resucitará. Entonces, alguien corre a su encuentro, se arrodilla ante él, reconociendo su dignidad y grandeza, y le pregunta: “¿qué haré para heredar la vida eterna?” Ante esta pregunta podemos entrever como este hombre cree en la vida eterna; aunque, eso sí, por propio esfuerzo personal; el cumple los mandamientos; pero no eso no es suficiente, el cumplimiento de los mandamientos no consiste únicamente en no hacer, sino en hacer: “ vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”. Jesús, mirándolo con amor, lo llama a un seguimiento muy especial y particular: sólo quien es capaz de darlo todo por los demás en el seguimiento de Jesús podrá entrar en el Reino. No quiere decir que entre los seguidores de Jesús no pueda haber personas que tienen riquezas, sino que quien tiene su corazón puesto en esas riquezas no puede ser seguidor de Jesús; las posesiones de cada uno de nosotros tienen que estar al servicio de los otros. Y no pensemos únicamente en la riqueza económica, aunque también; podemos estar apegados a muchos otros bienes: nuestro tiempo, nuestro estatus, nuestro puesto, nuestras relaciones, nuestra compasión… La salvación es puro don, pero requiere un esfuerzo por nuestra parte y ese esfuerzo pasa por el amor incondicional a los hermanos, pasa por hacernos pobres de manera voluntaria y entregarlo todo, incluso la vida, si es necesario, por los demás, al estilo de Jesús.
Sin embargo, aquel hombre tenía muchos bienes, un obstáculo para él prácticamente insalvable: se marchó. De ahí la afirmación de Jesús: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!” Sólo aquel que pone su confianza únicamente en Dios puede llegar a alcanzar el Reino, sólo aquel que pierde la vida por los hermanos, puede alcanzar el Reino. No obstante, la salvación no depende exclusivamente de nosotros mismos, ni de nuestros méritos. La salvación es un don gratuito de Dios, todo es posible para Él.
Ante todo esto, Pedro en nombre de los demás discípulos, pregunta a Jesús qué va a ocurrir con ellos, que lo han dejado todo por seguirlo. Jesús, llamándoles hijos (término entrañable y cariñoso), les enseña que, a pesar de todas las dificultades, los obstáculos y persecuciones, que puedan encontrar en el camino del seguimiento, la recompensa será aún mayor. En el seguimiento de Jesús encontrarán aún más riquezas, fruto de todo lo que se comparte, y una nueva familia, la Iglesia, la familia de los seguidores de Jesús. Y en el futuro, la vida eterna del Reino. Aquel que renuncie a todo por amor a Dios y a los hermanos comenzarán a experimentar el Reino aquí en la tierra. La renuncia se convertirá en plenitud. En la unión con Jesús y en el seguimiento del evangelio se experimentará el amor incondicional del Padre y de la comunidad, la Iglesia.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Te encuentras en camino hacia el seguimiento de Jesús y del evangelio?
  • ¿Te has preguntado alguna vez qué tienes que hacer para heredar la vida eterna? ¿Crees que ésta es puro don, aunque requiere también de tu esfuerzo? ¿Estas dispuesto/a asumir ese esfuerzo?
  • ¿Cuál es tu reacción y cómo asumes las palabras de Jesús cuando te dice a tí personalmente: “vende lo que tienes y da tu riqueza a los pobres? (Recordamos que la riqueza puede referirse no únicamente a lo económico)
    ¿De qué manera comparto mis riquezas con los demás? ¿Estoy dispuesto/a a renunciar a todo por amor y confiar únicamente en Dios, sabiendo que en esa renuncia encontraré una riqueza aún mayor?
  • ¿Reconozco en la Iglesia a mi familia, la familia de los hijos de Dios?

 

VIDA – ORACIÓN

  • Adora al Padre y glorifícale por habernos regalado el Reino.
  • Da gracias a Jesús por regalarnos el don de poder gustar, aunque de un modo imperfecto, aquí en la tierra los dones y las alegrías del Reino.
  • Pide al Espíritu que te ayude a entregarlo todo a los hermanos por amor a ellos, a Dios y al seguimiento del Evangelio.
  • Pide perdón a Dios por las ocasiones en las que tu corazón está apegado a tus riquezas y no eres capaz de compartirlas con los demás.
  • Asume algún compromiso en favor de las personas que te rodean.