“Yo soy la resurrección y la vida” Lectio Divina del V domingo de Cuaresma (Ciclo A)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO Jn 11,1-45

1.- Fíjate en los personajes que aparecen en este relato:

  • Lázaro: abreviatura de Eleazar, que significa “Dios ayuda”. Nombre frecuente en la época del NT. Eleazar aparece en el AT como tercer hijo de Aarón, hermano de Moisés (Núm 3,2); al que éste instituyó sacerdote (Lev 8).
  • Marta y María: hermanas de Lázaro, que aparecen también en la tradición sinóptica (Lc 10,38-42).
  • Los judíos: en diversos pasajes del evangelio de Juan aparecen como los adversarios de Jesús. Aunque aquí no parece que tengan una acepción peyorativa. Es más al final del pasaje se nos dice que muchos de ellos creyeron en Jesús.
  • Jesús: el Maestro, el Mesías, la resurrección y la vida.

2.-  Un breve apunte para distinguir resurrección de revivificación. Revivificar significa devolverle a alguien la vida, pero teniendo en cuenta que esa persona vuelve al mimo estadio previo a su muerte y que volverá a morir. Resucitar, por su parte, es volver a la vida para siempre. Jesús es el primer resucitado y todos nosotros resucitaremos con él.

3.- Entrando, un poco en el comentario del relato, con lo primero que nos encontramos es con la frase: “Aquel a quien tú amas está enfermo” (v. 3). Lázaro es una persona con la que Jesús tiene una fuerte amistad, un amigo entrañable. También los amigos de Jesús enferman. En Lázaro podemos personificar a todos los enfermos. La frase, no es una petición en sí, sino más bien una información.

Jesús se da por enterado. Sin embargo, la enfermedad no tiene porqué concluir con la muerte, puesto que la verdadera muerte es el cese de la vida que produce el pecado, aquel que cada día, se dejan transformar para configurarse con Jesús tienen vida y la tienen en abundancia (cf. Jn 10,10).

Marta, María y Lázaro, una comunidad de creyentes.

Dos días más permanece Jesús con sus discípulos allí donde se encontraba. Al tercer día regresó a Judea. Alusión clara a la resurrección de Jesús. Este signo es un preanuncio de la misma.

Al llegar a Betania, aldea cercana a Jerusalén, constata que Lázaro lleva cuatro días muerto. El número cuatro en la cultura judía significaba totalidad; por lo que el evangelista nos está diciendo que estaba bien muerto.

Marta al enterarse de que Jesús está allí, sale corriendo a su encuentro. Si Jesús hubiese estado allí, podría haber curado a su hermano. Pero, ha de ser consciente de que la muerte de su hermano no es definitiva. Sí, Marta, ya lo sabe; su hermano resucitará en el último día. Jesús le dice una frase, algo desconcertante: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (vv. 25ss.). Jesús no es un milagrero, Jesús no viene a prolongar la vida de manera indefinida, no viene a suprimir las leyes de la naturaleza, viene a darnos plenitud, viene a darnos y regalarnos su propia vida, una vida que es su presencia, su permanencia entre nosotros. La resurrección, la vida eterna, no es algo lejano; aquel que es la vida está presente aquí y ahora, por lo que podemos pregustar la vida eterna. Pero para ello, hemos de adherirnos a él, de la misma manera que una cinta de velcro se adhiere a una prenda de vestir. La muerte no existe es un paso hacia la vida eterna. Marta lo ha entendido por eso hace profesión de fe: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que tenía que venir al mundo” (v. 27). Jesús es la presencia del Padre entre nosotros.

Jesús se conmueve ante el dolor de sus amigos, Jesús se conmueve ante el dolor del género humano. Pero, no quiere permanecer ahí, no puede; Jesús ante el dolor pasa a la acción: “¿Dónde le habéis puesto?” “Ven a verlo” (v. 34).

Jesús, a pesar de todo, siente la ausencia del amigo. El dolor, el recuerdo, la nostalgia son inevitables. Pero, en la vida del cristiano, la esperanza ha de estar siempre presente. Jesús va al sepulcro, no a hacer duelo, sino precisamente a manifestar la gloria de Dios, la presencia y el amor que Dios siente por el ser humano.

Quitad la losa y despojaos de la falsa creencia de que la muerte es definitiva. Nuestra percepción de la realidad, sobre todo en momentos de dificultad, dolor, sufrimiento, puede ser errónea. Quedarnos mirando al árbol, puede impedirnos ver el bosque.

Jesús, entonces, ora al Padre. Pero no pide, da gracias. No necesita pedir, el Padre sabe lo que nos hace falta.

“Lázaro, sal fuera”. El creyente, aunque muera, sigue vivo. Sigue vivo a pesar de las vendas y el sudario. Hemos de despojarnos de la cultura de muerte, de todo lo que nos impide vivir la vida en plenitud. Jesús viene a darnos nueva vida.

Ante la magnitud del signo, ante el misterio de la vida plena, sólo nos queda creer y adorar. Sí, la muerte biológica está presente en nuestra existencia, la debilidad humana se constata a cada paso. Pero la muerte no tiene la última palabra. La última palabra la tiene la vida.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Con que personaje te identificas: Marta, María, Lázaro, los judíos…? ¿Por qué?
  • Seguramente, en algún periodo de tu vida has pasado por momentos de dificultad, de desesperación, de muerte… ¿Cuál ha sido tu actitud? ¿Qué ha sostenido tu fe?
  • ¿Qué creencias y actitudes has de eliminar de tu existencia para abrirte a la vida en plenitud?
  • ¿Qué acciones puede realizar para llevar la cultura de la vida a la gente que te rodea?

VIDA – ORACIÓN

  • Da gracias a Dios, como lo hace Jesús, por todos los beneficios que cada día te regala y sobre todo, por habernos dado vida y vida en abundancia.
  • Pide al Padre que te conceda las fuerzas necesarias para hacer frente a los momentos de dificultad, de dolor, de desesperación, de muerte.
  • Comprométete a ser anunciador y portados de esperanza y de vida entre las personas de tu entorno.

¡ESCUCHADLO! DOMINGO II DE CUARESMA – CICLO A

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VERDAD LECTURA

Evangelio: Mt 17,1-9

El acontecimiento que el evangelio de Mateo nos narra para orar este domingo está recogido por los otros dos sinópticos (Mc 9,2-13; Lc 9,28-36) y, además, por la 2Pe 1,16-18. Tengamos en cuenta que Pedro, según se nos relata en el evangelio, es uno de los testigos oculares de este hecho.

Aunque no lo leemos en la liturgia, la cual comienza con las palabras, en aquel tiempo, en realidad en el evangelio de Mateo, este pasaje comienza: “seis día después”; refiriéndose a lo que conocemos como la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo. Aunque también podemos encontrar resonancias con el día séptimo, lo cual nos remite al Génesis y a la creación; además, también aquí el protagonista es Dios, quien actúa es Dios.

Testigos privilegiados del acontecimiento: Pedro, Santiago y Juan, los cuales también estarán presentes en Getsemaní. Testigos, por tanto, de su gloria y de su dolor. Mateo nos está anticipando al Cristo glorioso. No hay miedo, más bien, gozo, alegría desbordante; el rostro de Jesús resplandece, se anuncia la gloria de Dios. Gloria que será patente en la Pascua. Junto a esta gloria de Dios anticipada, aparecen Moisés y Elías. ¡Qué bien se está aquí! No me extraña.

Pero a un cierto momento, si que les invade el miedo, cómo ocurrió en el Sinaí, cuando la nube «cubrió la montaña durante seis días» (Ex 24,16s). A la luz de este texto del Antiguo Testamento podríamos también leer nuestro evangelio de hoy. Al igual que Moisés, ellos también caen rostro en tierra y escuchan la voz del Padre: «Este es mi hijo amado, a quien he elegido». A lo que sigue, un imperativo: «Escuchadlo». Por tanto, para cumplir la voluntad del Padre, hemos de escuchar a su Hijo, también en el sufrimiento, en la pasión y en la muerte. Aunque sabemos que todo ello se transformará en gloria después de la Resurrección.

El imperativo, «escuchadlo», es una llamada a todos los discípulos del Maestro. Con Jesús, el tiempo de la Ley y los Profetas ha llegado a su fin, todo se centra en Jesús de Nazaret.

Los discípulos están demasiado asustados. Jesús se acerca, los toca y les dice: «¡Levantaos!». No se atrevían a levantar la vista, sabían que estaban en la presencia de Dios. Jesús lo retorna a la realidad, a la normalidad, a lo cotidiano. Ya no hay nadie, Jesús vuelve a estar solo, tan solo como en el momento de su pasión y muerte.

Los discípulos deben callar lo que han visto para evitar toda confusión político-mesiánica. La cruz clarificará y destruirá toda tentación de poder mesiánico.

Después de esta experiencia tan especial, han de volver a la vida cotidiana. Sólo ha sido un anticipo, para reafirmar a los discípulos, de la gloria venidera después de la Resurrección.

CAMINO – MEDITACIÓN

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  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra de este pasaje evangélico te ha tocado especialmente el corazón? ¿Qué sentimientos se despiertan en ti al leer este pasaje?
  • ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento concreto de tu vida, con esa palabra, con ese sentimiento que se ha despertado en ti?
  • La vida de todo cristiano tiene sus altibajos. Es una experiencia de dolor, sufrimiento y pasión, pero a la vez lo es de gloria y transfiguración. Lo importante es vivir los momentos de sufrimiento y dolor desde la óptica de la transfiguración y con la mirada puesta en el Resucitado. ¿Cómo vives cada acontecimiento de tu vida?
  • Siempre estamos tentados a hacer tres tiendas, pero Jesús te sigue invitando a luchar, ¿estamos dispuestos con la ayuda de Dios?
  • Cada uno de nosotros, somos hijos en el Hijo, ¿cómo sientes esta filiación?
  • El imperativo de Dios Padre es claro: «¡Escuchadlo!». ¿Estoy atento a la voz de Dios en su Palabra y en los hermanos?
  • ¿Como vivo la presencia de Dios en mi propia historia cotidiana? ¿Cómo la testimonio?

VIDA – ORACIÓN

  • Preséntale a Dios tus dificultades, tus sufrimientos, deja que Él los transfigure.
  • Da gracias a Dios por los momentos en que le percibimos cerca de nosotros.

Perdonando desde el amor. Lectio Divina del VII Domingo del T.O. – Ciclo A

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Mt 5,38-48

Continuamos reflexionando, meditando y orando con el llamado sermón del monte, que Mateo nos ofrece en su capítulo 5. Hoy, la liturgia nos regala un estupendo fragmento, en el que se nos habla del perdón; y que, concluye con las palabras que comentábamos en nuestro anterior post: “Vosotros sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (5,48).

En este momento, sin embargo, me gustaría que para orar con nuestra lectio divina semanal nos centráramos en el tema del perdón, visto desde la perspectiva del amor.

Nadie podrá negar que perdonar es complicado, necesita de un proceso, a veces, largo y difícil.

En muchas ocasiones, ni siquiera sabemos muy bien en qué consiste: “perdono, pero no olvido”; “yo le perdono, pero ojalá…” Es más, nos puede parecer un imposible. Y hay momentos en los que podemos, incluso, llegar a pensar que Jesús nos está pidiendo realizar ese imposible: “no hagas frente a quien te agravia; a quien te pide dale; ama a tu enemigo y reza por quien te persigue”. Aunque, también es muy posible, que Jesús nos esté desafiando a cambiar el mundo. ¿Qué actitud debo tomar ante una ofensa? ¿ante un insulto? ¿ante un menosprecio? ¿Qué hacer cuando alguien me hace daño?

La ley del talión, que era la que estaba vigente para los judíos en tiempos de Jesús, era clara: Si alguien hace daño, lo pagara “vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.” (cf. Ex 21,23ss). Esta ley ya era un adelanto con respecto a otras, para evitar la venganza extrema o desorbitada.

Jesús, sin embargo, está invitando a sus discípulos a ejercer la no violencia; o si preferimos, una cierta resistencia pasiva: no hacer frente a los ataques, no devolver mal por mal. La violencia, dice el dicho, engendra violencia. Pues, precisamente, Jesús quiere que sus discípulos no reaccionemos de manera instintiva, según lo “que nos pide el cuerpo”.

Tampoco es que Jesús esté aconsejando a sus discípulos permanecer impasibles o pasivos. No, al contrario, él nos invita a pasar a la acción, nos invita a ser proactivos, pero de manera distinta: buscando el diálogo; buscando el hacer caer en la cuenta al otro de su error; haciéndole ver su responsabilidad, su incoherencia, su equivocación. De esa manera, es posible que cambie. De la otra, devolviendo mal por mal, es muy posible que entremos en el bucle de la violencia, de la venganza, de la revancha y del ajuste de cuentas.

Para esto es necesario, como veíamos en nuestro anterior post, mucho amor.

Un amor que debe alcanzar, incluso, a quienes consideramos nuestros enemigos. Nuestro prójimo es todo ser humano, sin importar raza, lengua, pueblo, nación, condición social, o actos que haya realizado. Por supuesto, como decíamos más arriba ayudándole a que sea consciente de su error; pero sin juzgarlo, sin condenarlo, sin darlo por perdido.

Devolver amor ante la injusticia, haciéndole frente, denunciándola, pero sin hostilidad, incluso rezando por aquel que nos hizo daño, es la mejor manera enfrentarnos al mal.

El ideal es que nosotros seamos como nuestro Padre celestial que hace salir el sol sobre justos e injustos (Mt 5,45), que seamos santos como nuestro Padre que es santo (cf Lev 19,2).

A nivel práctico, el no perdonar, es adoptar un papel de víctima: “pobre de mí, que fulano me ha hecho esto o aquello”, “yo no me merecía esto” “con todo lo que yo he hecho por él”. Perdonando, adoptamos una actitud proactiva. A partir de este hecho, de esta circunstancia, de la injuria recibida… ¿Qué puedo hacer yo para acercarme a esa persona? ¿Qué puedo hacer yo para que esa persona caiga en la cuenta de su error? ¿qué puedo hacer yo para cambiar la situación?

Imprescindible para todo esto saber gestionar nuestro enfado y nuestra ira y entrar en diálogo con nuestro prójimo. Y, sobre todo, no dar nunca un caso por perdido. Lo que es imposible para el hombre es posible para Dios.

Y en todo caso, si la situación, la circunstancia, el momento o la persona para nosotros está resultando “tóxica”. Es mejor una retirada a tiempo (alejarse) que una venganza desproporcionada.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra de este pasaje evangélico te ha tocado especialmente el corazón? ¿Qué sentimientos se despiertan en ti al leer este pasaje?
  • ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento concreto de tu vida, con esa palabra, con ese sentimiento que se ha despertado en ti?
  • Toma el pulso a tu actitud ante una ofensa. ¿Eres de los que perdonas o eres de los que reaccionas de manera impulsiva?
  • Ante una ofensa, ¿eres capaz de entrar en diálogo con la otra persona para que sea consciente de haberte hecho daño? ¿o, por el contrario, buscas cierta “venganza”?
  • Ante una situación o un acto ofensivo, ¿adoptas el papel de víctima o intentas ser proactivo y sacar un aprendizaje de ello?

VIDA – ORACIÓN

Hoy te invito a que oremos con el Padrenuestro, haciendo especial hincapié en las palabras: perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (Ciclo A)

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Lc 2,22-40

El relato evangélico con el que hoy oramos, nos lo ofrece la liturgia también en la Fiesta de la Sagrada Familia; en él se nos narra el viaje de ésta a Jerusalén con motivo de la presentación del Niño Jesús en el Templo, fiesta que precisamente hoy celebramos, a este hecho hay que unir la purificación de la Virgen María.

Ambos acontecimientos fueron llevados a cabo por los padres de Jesús para cumplir la Ley de Moisés.

Por una parte, el libro del Levítico ordenaba que, a los cuarenta días del alumbramiento, si la criatura era niño, debía realizarse el rito de purificación de la mujer en el templo; el mismo rito debía cumplirse a los ochenta días si era niña (Lev 12,1-8). Para la realización de dicha ceremonia, los padres de la criatura debían ofrecer un cordero, aunque a las familias pobres les estaba permitido ofrecer dos tórtolas o dos pichones; uno de ellos era ofrecido como holocausto y el otro como sacrificio por el pecado.

Pero, además, el libro del Éxodo ordenaba que todo primogénito del pueblo de Israel debía ser consagrado a Dios (13,2.11-16; 34,20), aunque podía ser rescatado pagando cinco ciclos de plata (Núm 18,15; 1Sam 1,24-28).

El evangelista Lucas, con la narración de estos dos hechos quiere destacar la fidelidad de los padres de Jesús a la Ley. Dichos acontecimientos tendrán lugar en Jerusalén, en el Templo de Dios. La ciudad santa es el lugar central del plan divino de salvación, aunque haya muchos que quieran impedirlo. En Jerusalén murió Jesús, allí resucitó, de allí partió la proclamación del evangelio a todos los confines del mundo.

El relato que nos ocupa continúa con el testimonio de Simeón. A él se refiere el evangelista como un hombre justo, piadoso, que esperaba al Mesías y que el Espíritu Santo estaba con él. Justo y piadoso, en el lenguaje bíblico, significa que era una persona íntegra sobre todo en el campo religioso. La expresión «que esperaba al Mesías» significa que era un hombre de fe que esperaba la salvación prometida por Dios a Israel mediante los profetas. Y que el Espíritu Santo estaba con él quiere decir que, según la tradición bíblica, era profeta (cf. Is 11,2).

Simeón había recibido una revelación por parte de Dios en la que se le prometía que no moriría sin haber visto al Salvador; es por ello que, impulsado por el Espíritu, va al Templo, allí toma al niño en sus brazos y bendice a Dios por haberle dado este regalo. Los padres de Jesús están admirados por las palabras de Simeón. A ellos les refiere que Jesús será signo de contradicción, unos le acogerán y otros lo rechazarán; y a María una espada le atravesará el alma. María participará de la pasión, muerte y resurrección de Jesús por lo que se convertirá en corredentora de la humanidad.

Por otro lado, a continuación, nos encontramos con el testimonio de Ana; el cual sirve para completar la imagen de los profetas, hombres y mujeres que han sido enviados por Dios para ser testigos de la venida del Mesías. Ana estaba totalmente consagrada a Dios, por lo que no se apartaba en ningún momento del Templo, dedicándose al ayuno y la oración. De ella, se nos ofrecen dos notas características: estuvo casada siete años, número que indica la perfección, y al quedar viuda, hasta los ochenta y cuatro años no se apartaba del Templo, que es siete veces doce. También ella esperaba la venida del Mesías.

Después de esto, la familia de Jesús regresa a Nazaret, en la región de Galilea. Allí, «Jesús crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él» (Lc 2,40), con lo cual se iba desarrollando como ser humano; la sabiduría de la que está lleno no es la sabiduría de los hombres, sino la sabiduría de Dios, pues la gracia y el amor de Dios estaba con él.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimiento, emociones, inquietudes… despierta en ti?

• ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• ¿Cómo acoges en tu vida a aquellos que dan testimonio del evangelio?

• También tú has sido llamado/a para ser testigo de la presencia de Jesús en el mundo, ¿estás dispuesto/a a serlo, al igual que Simeón y Ana?

• ¿De qué manera estás preparando y aguardando la presencia del Salvador en tu vida?

VIDA – ORACIÓN

Iglesia santa, esposa bella, sal al encuentro del Señor, adorna y limpia tu morada y recibe a tu Salvador.

Abre tus brazos a María, Virgen Madre del Redentor, puerta del cielo siempre abierta por la que vino al mundo Dios.

¿A quién sostienes en tus manos, dinos anciano Simeón, por que te sientes tan alegre? “Porque ya he visto al Salvador.

Este niño será bandera y signo de contradicción, con su muerte, traerá la vida, por la cruz, la resurrección.

Jesús el, hijo de María, es el Hijo eterno de Dios, la luz que alimbra a las naciones los caminos de salvación.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

(Cf. Himno de Laudes, Fiesta de la Presentación del Señor).

Lectio Divina Domingo del Bautismo del Señor (Ciclo A)

VERDAD – LECTURA

Evangelio Mt 3, 13-17

Fíjate en un detalle interesante: las palabras de Jesús del v. 15 son las primeras que pronuncia en el evangelio de Mateo. Por otra parte resultan absolutamente novedosas con respecto a los textos paralelos de Marcos y Lucas.

En esa frase de Jesús destacan dos términos: “cumplir” y “justicia”.
“Cumplir” (pleroô) es un término que Mateo suele reservar para Jesús (para los discípulos emplea otros, como “hacer [la voluntad]”, “observar”, etc.). Tiene el sentido de realizar perfectamente, consumar. Naturalmente, apunta a la famosa sentencia mateana puesta en labios de Jesús: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir”, 5,17).

“Justicia” (dikaiosynê) es un término fundamental y característico de Mateo (aparece siete veces en su evangelio). En general, la palabra se refiere a una acción humana, a una conducta que hay que seguir. Pero el contenido de eso que hay que seguir o cumplir desborda lo puramente normativo o legal: es la voluntad de Dios. La expresión “toda justicia” refuerza este sentido: no se trata sólo del bautismo de Juan, sino que el bautismo de Juan está inscrito en una voluntad de Dios más general (el diálogo trata de justificar lo embarazoso que supuso para los primeros cristianos el hecho de que Jesús se hiciera bautizar por Juan).

Observa que la voz celeste del v. 17 ha pasado de la segunda persona en el relato de Marcos (y de Lucas): “Tú eres mi Hijo amado…”, a la tercera: “Éste es mi Hijo amado…” De esta manera, es todo el pueblo –también nosotros– el que se convierte en testigo de la obediencia del Hijo a la voluntad del Padre.

Fíjate en algunas posibles alusiones al Antiguo Testamento:
En el v. 16 podríamos encontrar una amalgama de referencias veterotestamentarias:

1) “subir [o salir] del agua” podría aludir al paso de Israel por el mar de las Cañas, tras su salida de Egipto (“De Egipto llamé a mi hijo”, Mt 2,15 [cita de Os 11,1]);
2) la apertura de los cielos quizá sea una alusión al texto de Is 63,19: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases; los montes se derretirían ante ti” (aunque se apreciaría más claramente en Marcos, que emplea el verbo “rasgar”): en Jesús, el Hijo, se hace presente entre los hombres el Espíritu de Dios;
3) el Espíritu de Dios descendiendo como una paloma podría tener relación con el Espíritu divino que aleteaba sobre las aguas primordiales (Gn 1,2): el bautismo de Jesús y la consiguiente revelación de su filiación divina inaugura un mundo nuevo, una nueva creación.

En el v. 17 probablemente hay una referencia a Is 42,1: “Éste es mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien me complazco” (en griego, la palabra pais significa tanto “hijo” como “siervo”; en la traducción de los LXX, pais traduce el ‘ebed hebreo, “siervo”).

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CAMINO – MEDITACIÓN

Reflexiona sobre lo que propone Mateo: si el Hijo de Dios lo es porque ha obedecido cumplida y perfectamente la voluntad del Padre (“toda justicia”), así nosotros también debemos obedecer y hacer su voluntad si queremos ser hijos perfectos (“Vosotros, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (5,48); aunque no debemos olvidar que no hablamos de perfección moral, de no cometer pecados, sino de amar…). Es una de las peticiones del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad…” Significa que nuestra tarea es permitir con nuestra vida que se haga la voluntad de Dios.

Detente en la estructura trinitaria que se aprecia en el pasaje: “Voz del Padre, reposo del Espíritu y título de Hijo” (Luis Alonso Schökel), y piensa en la importancia que debemos conceder a la invocación trinitaria que va aneja a la señal de la cruz (¿cuándo la hacemos?, ¿por qué la hacemos?, ¿somos conscientes de lo que estamos haciendo cuando la hacemos?).

Recuerda el simbolismo del agua y medita sobre él: “El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que es a su vez la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: ‘Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso” (cf. Lc 11,22), dice Cirilo de Jerusalén. Juan Crisóstomo escribe: ‘La entrada y la salida del agua son representación del descenso al infierno y de la resurrección’” (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI).

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VIDA – ORACIÓN

Siéntete confiado y llámale a Dios Abbá, porque por el bautismo hemos sido hechos hijos en el Hijo: “La prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abbá, es decir, ‘Padre’. De suerte que ya no eres siervo, sino hijo, y, como hijo, también heredero por gracia de Dios” (Gál 4,6-7).

Pídele a Dios que te dé la gracia para poder obedecerle y cumplir su voluntad. (“Obedecer” procede del latín ob-audire, y se refiere a “escuchar con atención” la Palabra de Dios para poder cumplirla y ponerla en práctica.)

Alaba a la Trinidad santa: al Padre, que engendra al Hijo y se complace en él; al Hijo, que escucha al Padre y le obedece “hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8); y al Espíritu, que descendiendo del Padre y descansando en el Hijo, proporciona una vida plena y abundante. (De igual manera puedes dar gracias al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo.)

Preparado por el Equipo de Lectio Divina del Departamento de Pastoral de la Universidad Pontifica Comillas de Madrid.

Lectio Divina Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 1, 26-38

Corría el siglo I, eran los tiempos del Rey Herodes, cuando Cirino gobernaba Siria y el emperador Cesar Augusto dominaba el orbe conocido. También Israel estaba sometido al dominio del Imperio Romano. Israel, un pequeño país al oeste del Mediterráneo, en el que se desarrolla nuestra historia. Esa historia que la liturgia hoy nos ofrece para nuestra consideración y oración.

Había muchos en Israel que esperaban su liberación, que esperaban la actuación de Dios para librarlos de la opresión del Imperio Romano. Un resto del pueblo judío esperaba que Dios actuaría en su favor en el tiempo oportuno, para liberarlos de la esclavitud, como hizo en otro momento de su historia, cuando los sacó de Egipto.

Por eso muchos esperaban un Mesías guerrero, poderoso, fuerte. Sin embargo, los planes de Dios no son nuestros planes, y para Él era más importante una liberación integral que parcial. De qué sirve que nos libere de una esclavitud, si después nos sometemos a otra. Nuestro Padre Dios quería liberarnos de todo lo que nos oprime, incluso de la muerte eterna.

Y entre aquellos, que mantenían su esperanza puesta en la actuación bondadosa y liberadora de Yahveh, estaba María, una joven de Nazaret, que un día recibió una visita inesperada. Dios no revela su proyecto en Jerusalén, ni lo hace en el templo, ni tampoco se dirige al sumo sacerdote. Se revela en un pequeño pueblo, dentro de una casa, a una joven virgen, que estaba prometida con un hombre llamado José.

Dios revela su plan de acción a aquellos que son capaces de acogerlo con apertura, con corazón limpio, con confianza, con esperanza. Dios esta presente en medio de su pueblo, continúa acompañándolo y caminando a su lado.

Y uno de aquellos días, María recibe una llamada, una vocación: ser la madre del Salvador. Aquel día, María encontró gracia ante Dios; aquel día el ángel Gabriel le anuncia un acontecimiento inexplicable, inimaginable, incomprensible para cualquier ser humano. No me preguntéis cómo fue; no lo sé. Sólo sé que aquel día, aquella, a la que el Ángel llamó llena de gracia, aquella con la que estaba el Señor, concibió en su seno a Jesús, al Hijo de Dios, al Salvador del mundo, al Rey de Reyes, cuyo reinado no tendrá fin.

No busco entender este misterio, no busco dar una explicación lógica, no busco razones racionales. Para Dios no hay nada imposible. Por eso, sólo me queda actuar de dos maneras: o darme la vuelta e ignorar el hecho; o, por el contrario, guardar silencio, admirar el acontecimiento, alabar, dar gracias y adorar.

Sólo me queda, responder como María y con María, aún si entender nada: ¡Hágase! Sólo me queda, aceptar sin condiciones el amor de Dios, entregarme sin restricciones a Él, como un niño se entrega en los brazos de su madre y permanecer disponible a su voz y a su llamada.

Hoy miramos con ojos nuevos, con ojos de admiración, con ojos de niño a María, la llena de gracia, la que acogió el don gratuito de Dios, la que concibió a Jesús por obra del Espíritu Santo. A ella, le pedimos que nos conceda su misma disponibilidad, su misma apertura y su mismo compromiso en la construcción del Reino de Dios.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Existe hoy en nuestro mundo personas que esperan la “liberación” por parte de Dios? ¿Qué tipo de “liberación” crees que esperan? ¿Y tú eres de los que mantienen su esperanza puesta en Dios? ¿Qué “liberación esperas por parte de Dios?

• El tiempo de Adviento es un tiempo de esperanza, en el cual nos preparamos para acoger el gran acontecimiento de la historia de la humanidad: el nacimiento de Jesús. ¿Cómo mantienes esa esperanza? ¿Qué acciones estás emprendiendo para acoger dicho acontecimiento?

• ¿Qué característica o actitudes de María encuentras en la lectura del evangelio de hoy que puedan ayudarte a prepárate mejor a la venida de Jesús?

• ¿Qué piensas de la afirmación del Ángel Gabriel: “Para Dios nada hay imposible? ¿Estás convencido de ella?

• ¿Te mantienes disponible, en apertura, atento a la voz, a la llamada y a la acción de Dios en los acontecimientos cotidianos de tu vida? ¿De qué manera podrías incrementar estas actitudes?

VIDA – ORACIÓN

Hoy te invito a orar con el Ave María, recitándola lentamente, siendo consciente de cada palabra, acogiendo cada una de ellas y saboreándolas con todo tu ser.

Estad, siempre, preparados – Lectio Divina Domingo I Domingo de Adviento – Ciclo A

VERDAD – LECTURA

Evangelio Mt 24, 37-44

Hoy comienza el nuevo año litúrgico y el tiempo de Adviento. Y nos encontramos, en el fragmento del evangelio que la liturgia nos ofrece, con una parte del llamado discurso escatológico de Jesús.

Pero, en este discurso, no debemos quedarnos únicamente con la idea de destrucción, de catástrofe, de desastre, que es lo primero que se nos viene a nuestra imaginación. El estilo literario apocalíptico no tiene nada que ver con eso, aunque se sirva de todos esos elementos (imágenes aterradoras, fantásticas, cósmicas), para acercarnos a una realidad diversa. El género apocalíptico, más bien, quiere mostrarnos como Dios está presente en la historia de los seres humanos indicándonos un camino de esperanza, un camino de cumplimiento de las promesas realizadas a Israel y a la Iglesia, un camino de alianza, en el que él siempre estará presente, a pesar de nuestras infidelidades. Por eso, se nos invita a mirar hacia adelante, porque el mal no triunfará sobre el bien, a pesar de que los acontecimientos que están ocurriendo nos indiquen lo contrario.

De ahí la invitación de Jesús, a estar atentos, a estar preparados, a esperar. Y esa invitación se hace hoy extensiva a nuestro tiempo de adviento, que es preparación para el nacimiento de Jesús. Nacimiento que aconteció hace más de 2000 años, pero que nosotros, los cristianos, recordamos cada Navidad. Es decir, que cada año, nosotros volvemos a pasar por nuestro corazón, ese lugar íntimo, interior, profundo, en el que nos relacionamos con Dios y con los demás desde nuestra autenticidad y sin caretas. No es únicamente un acordarse; es volver a revivir ese acontecimiento en nuestra propia vida. Y para eso debemos prepararnos, para eso hemos de preparar nuestro corazón y nuestra vida, desde la esperanza, desde la acogida, desde la apertura.

Para preparar mejor esta venida, Jesús nos pide que estemos atentos a todos los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor y que de una u otra manera nos están anunciando su presencia. Que seamos conscientes de su presencia, incluso, en medio del caos, de la incertidumbre, de los problemas de la vida cotidiana.

No nos pide que seamos pájaros de mal agüero; que, en todos los acontecimientos o circunstancias de la vida, lo único que vemos es negrura, calamidades, catástrofes. Nos pide que seamos portadores de esperanza, porque el mal no tendrá la última palabra.

Y, atención, porque tampoco, nos corresponde a nosotros decir cuando será la venida definitiva de Jesucristo, pues eso no lo sabemos; el día y la hora en que menos nos pensemos, vendrá. Eso también, podemos aplicarlo a nuestra propia vida de creyentes; cuando menos lo esperamos, Jesús se hace presente en nuestra vida, sale a nuestro encuentro, nos muestra su bondad, su misericordia y su gran amor. ¿Somos conscientes de ello?

Acojamos pues, en este inicio del adviento, la invitación de Jesús a estar preparados para su venida.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿De qué manera vas a prepararte durante este adviento para celebrar el nacimiento de Jesús?
  • ¿Cómo es tu percepción de la historia, de la vida cotidiana? ¿Cómo vives tu día a día? ¿Desde las calamidades, desde las catástrofes, desde el pesimismo? ¿o lo vives desde la esperanza, desde la apertura, desde la acogida? ¿Desde la novedad de los cielos nuevos y la tierra nueva?
  • ¿Vives atento a los indicios, a las manifestaciones, a las señales de la misericordia el amor de Dios que van apareciendo en tu vida?
  • ¿Ayudas a los demás a ser conscientes de esa presencia de Jesús en sus vidas?

VIDA – ORACIÓN

  • Alaba a Dios Padre Todopoderoso, misericordioso y amoroso, por cuidarte como verdadero hijo suyo, por ser siempre fiel a la su alianza a pesar de tus infidelidades, por estar presente en tu historia, en la historia de la Iglesia y de la humanidad.
  • Agradece a Jesús su presencia en tu vida, el ser tu compañero de camino, el querer involucrarse en tus asuntos, para acompañarte, sostenerte y apoyarte.
  • Pide al Espíritu Santo que te ayude a saber ver, percibir y apreciar la presencia de Jesús en tu camino diario. Y a verlo desde la esperanza, desde la confianza, desde la ilusión y el optimismo.

Jesucristo, Rey del Universo Lectio Divina Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario – Ciclo C

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VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 23, 35-43

Todo tiene su principio y su final. Y aquí estamos, al final del año litúrgico. Así es, hoy celebramos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Una fiesta que, en principio, puede chocarnos, pero que entendida en su contexto concreto tiene mucho sentido.

El texto que nos ofrece la liturgia, sin duda nos sorprende; para una fiesta como la de hoy esperaríamos un relato, lleno de fastuosidad, de pompa, de lujo; sin embargo, nada más lejos de la realidad.

Nos encontramos con parte del relato de la pasión. El pueblo mirando indiferente; los magistrados, haciendo muecas y burlándose de Jesús; los soldados igualmente. Posiblemente, muchos de los presentes decepcionados, desesperanzados. Habían puesto sus ilusiones, sus esperanzas, sus sueños, en aquel rabino de Nazaret. Y ahora está clavado en una cruz. Esperaban un Mesías poderoso, guerrero, combativo, que les librará del yugo de los romanos.

Para los magistrados, se lo tiene merecido, ha ido en contra de la ley, no cumplía los mandamientos, ha querido poner patas arriba sus tradiciones.

Los soldados, por su parte, nada tienen que ver con aquello, un reo más. Algo habrá hecho cuando ha sido condenado. Las autoridades así lo han prescrito. Alguien que, parece ser se ha autoproclamado rey de los judíos, así consta en la sentencia.

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Incluso uno de los ajusticiados que se encuentran con él, le insulta y le increpa, de manera egoísta, para que haga un milagro y lo salve.

El otro ajusticiado, por el contrario, se da cuenta de la situación y reconoce a Jesús como un inocente. Está allí, digamos, por equivocación, no se lo merece. Es más, le reconoce como el Salvador. Y sí, hoy alcanzará la salvación.

 Pero todo no está acabado, esto es sólo el principio del fin. El sufrimiento, el dolor, la cruz no tienen la última palabra. Sí Jesús morirá en una cruz. Pero dentro de muy poco mostrará toda su gloria, su esplendor, su señorío con la resurrección.

Sí, a pesar de todos esos acontecimientos, Jesús está vivo. Jesús ha resucitado. Jesús está presente en nuestras vidas. Pero, no quiere que le reconozcamos como un rey poderoso, como un rey lleno de esplendor, como un rey opresor, que cambia las tornas para que unos se sigan beneficiando de las desgracias de otros.

El reinado de Dios es de otro estilo, el Reino del que nos habla Jesús es muy diferente a cualquier reino que podamos imaginar. Su reinado es un reinado de paz, de armonía, de amor, de servicio, de verdad, de justicia… Y eso es lo que quiere simbolizarnos el trono de la cruz.

Y ese es el reinado que nosotros hemos de vivir y trasmitir. Hemos de comenzar a vivir al estilo de Jesús, desde el servicio, desde la presencia, desde la escucha, desde la acogida, desde el amor. De esta manera nuestra vida podrá llegar a su plenitud. Viviendo de este modo podremos extender el reinado de Dios para que todos puedan gozar de la vida plena de Jesús.

La cruz no es el final. Pero la cruz nos enseña como vivir: desde la entrega, desde el compromiso, desde el desprendimiento, desde el amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismo.

Feliz día de Cristo Rey.

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CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Qué imagen tienes de Jesús y de su reinado? ¿Tiene que ver con lo que aquí hemos reflexionado?

• ¿Cuál tu actitud ante la cruz de Jesús? ¿La de los magistrados, la del pueblo, la del ladrón que lo increpa, la del ladrón que reconoce su inocencia?

• ¿Qué reino testimonias en tu día a día?

• ¿Vives desde la cruz como final, o desde la resurrección?

• ¿Tendrías que cambiar algo en tu vida para ser un verdadero discípulo de Jesús Resucitado?

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VIDA – ORACIÓN

Para orar hoy os propongo hacerlo con una canción de Cesáreo Gabaraín: La muerte no es el final.

Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que aunque morimos no somos,
carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir,
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.

SOMOS ADMINISTRADORES DE NUESTRA VIDA. Lectio Divina Domingo XXV del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 16, 1-13

La liturgia nos ofrece un pasaje que se encuentra dentro del llamado viaje de Jesús a Jerusalén, que abarca desde Lc 9, 51 a Lc 19, 27. Un viaje que está dividido en el evangelio de Lucas en tres etapas. Nos encontramos en la segunda etapa de este viaje. Y aquí en un descanso del camino, Jesús se dirige a sus discípulos, para explicarles la manera en la que se tienen que relacionar con los bienes, con los recursos o con los medios que podemos poseer y cómo debemos administrarlos como verdaderos discípulos de Jesús. Quiere explicarnos cómo debemos administrar nuestra vida. Para ello, se sirve de la parábola del administrador astuto.

Esta parábola en principio nos puede resultar un poco extraña. Pero intentemos profundizar en ella.

Este administrador se encuentra, en un momento concreto de su vida, en un callejón sin salida. Ha estado muy preocupado por conseguir a toda costa enriquecerse económicamente, y para ello ha utilizado todos los medios a su alcance, su vida ha girado alrededor de la riqueza. Desde el punto de vista cristiano, nosotros deberíamos también poner todos los recursos que tenemos a nuestro alcance para alcanzar el bien más preciado: la felicidad. Y la felicidad no es otra que la de estar en plena armonía y comunión con Dios. La felicidad no es otra que la de estar en plena comunión con el mundo que me rodea, con las personas con las que me relaciono, con el entorno en el que vivo.

Jesús quiere hacer comprender a sus discípulos que los bienes, los recursos, los medios, las riquezas, no son ni buenas ni malas. Las riquezas utilizadas para el bien son un don de Dios, son un regalo que él nos hace. Por lo cual, el quid de la cuestión está en cómo usamos esos recursos; y no pensemos únicamente en los económicos, pensemos también en nuestro tiempo, en nuestro conocimiento, en nuestras capacidades, en nuestras competencias. Dichos recursos que son nuestro poco hemos de saberlos administrar adecuadamente; y si somos fieles en este poco, también seremos fieles en lo mucho.

Porque al final no podemos vivir en la dualidad o somos fieles o somos infieles, o usamos nuestros recursos para el bien o los usamos para el mal, o servimos a Dios o servimos a nuestros propios intereses.

Servir a nuestros intereses, es pensar únicamente en nosotros mismos, es someter nuestra escala de valores a nuestro propio egoísmo, sin pensar en los demás. Lo cual no quiere decir que no pensemos en nosotros mismos; pero recordemos que el ser humano es un ser social.

Recordemos, por último, que nosotros somos administradores de los bienes, de los recursos, de los medios que tenemos a nuestro alcance. No somos dueños de los dones, de las gracias, de los recursos que Dios pone en nuestras manos, somos administradores de los mismos, también para que los otros puedan beneficiarse de ellos.

Al fin y a la postre somos los administradores de nuestra vida en las diferentes dimensiones que la componen y que nosotros debemos unificar, bajo una perspectiva, bajo un criterio, bajo un punto de vista: el amor.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Eres consciente de los bienes, los recursos, los medios, las capacidades que Dios ha puesto a tu alcance?

• ¿Qué rige tu vida? ¿Cuál es tu escala de valores? ¿Cuál es el objetivo que te has propuesto en la vida? ¿En todo esto están presentes los demás?

• ¿Cómo utilizas dichos bienes? ¿Para tu propio enriquecimiento y beneficio o para ayudar al crecimiento de los otros?

• ¿Sientes que eres administrador y no dueño de los recursos que Dios ha puesto a tu alcance?

• ¿A quién estás sirviendo, a quien te estas dedicando a Dios o al dinero? Y recuerda que dedicarse a Dios es también dedicarse a los hermanos.

VIDA – ORACIÓN

  • Alaba y da gracias a Dios Padre por los beneficios, los logros, las riquezas, los recursos, los medios que cada día te regala.
  • Tus debilidades, dificultades, fracasos, derrotas también son dones de los que puedes aprender para tu desarrollo y para ayudar a crecer a otros, ofréceselos a Jesús para que él lo transforme en aprendizaje para tu crecimiento y el de los demás.
  • Pide al Espíritu Santo que te ayude a saber administrar los bienes que Dios pone a tu alcance.

HUMILDAD: RECONOCE TUS LÍMITES Y SERÁS FUERTE Lectio Divina Domingo XXII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 14,1.7-14

Nos encontramos junto a Jesús en Jerusalén. Es sábado. Uno de los principales fariseos lo invita a comer. Y los fariseos, ya están al acecho para ver si podía pillarlo en algún renuncio y poder acusarlo ante las autoridades.

Para poder comprender mejor este pasaje, es necesario caer en la cuenta que del versículo 1, la lectura que nos ofrece el leccionario salta al versículo siete. Entre medias, nos encontramos con la curación de un hombre hidrópico (Acumulación anormal de líquido en alguna cavidad o tejido del cuerpo). Y la consiguiente discusión con los fariseos a causa de esta curación, porque la había practicado en sábado. La celebración del sábado no puede reducirse únicamente a la observancia externa del descanso, de la conmemoración, de la asistencia al culto de la sinagoga; la celebración del sábado no puede reducirse al mero cumplimiento. El sábado está siempre a favor del ser humano. ¿Qué está permitido hacer en sábado? ¿Salvar a la persona o cumplir con la obligación?

Recordemos que algunos enfermos, en tiempos de Jesús, están excluidos de la comunidad. Para los fariseos la comunidad “salvada” está formada por todos aquellos que cumplen escrupulosamente la ley y por tanto son bendecido por Dios. Para Jesús nadie está excluido de la comunidad de salvados, todos somos invitados a su banquete. Todos sin distinción. Somos nosotros mismos los que nos excluimos del banquete al rechazar la invitación o al no tener las actitudes adecuadas para participar en dicho banquete.

Una de estas actitudes es la humildad. Jesús, un gran observador, se da cuenta de que conforme van entrado los convidados van escogiendo los primeros puestos. Ello le da pie para contarles una parábola en la que precisamente se nos habla acerca de esta actitud.

Humildad etimológicamente deriva de la palabra latina humus (tierra). Tiene que ver con tener los pies en la tierra; tiene que ver con reconocer nuestras habilidades y nuestras limitaciones. Conocer estas cualidades nos alejará de la soberbia y de la arrogancia. Nos alejará de los primeros puestos, porque nos daremos cuenta de que el otro tiene la misma dignidad, sea director general o portero. Dios no nos ha hecho superiores a nadie. La salvación no se alcanza por nuestros méritos, por el puesto que ocupemos, o por el prestigio que tengamos. La salvación es pura gracia, es gratuita, es un regalo de Dios. Ante el cual todos somos iguales y a todos nos ama de manera incondicional.

Desde la humildad podemos reconocernos como seres limitados, incapaces, débiles, con muchas potencialidades, por supuesto, pero necesitados ante Dios y ante los hermanos. Esto hará que podamos mirar al otro no como un inferior sino como un igual; esto hará que no nos sintamos inferiores ante el otro porque, delante de Dios, tenemos la misma dignidad. Y tanto uno como otro tenemos nuestras fortalezas y nuestras debilidades.

Así que desde esta perspectiva es innecesario, es inútil, es ridículo buscar los primeros puestos.

Aquel que reconoce su fragilidad, sus limitaciones, sus debilidades podrá invitar a cualquiera a su banquete, nadie estará excluido del mismo; y si esto lo hace desde la gratuidad no esperará que el otro le invite o que el otro le pague.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Volvemos a algún interrogante del texto, aunque actualizándolo a nuestra realidad actual: ¿Qué está permitido hacer en domingo? ¿Salvar a una persona o cumplir con una obligación?

• ¿Cómo vives la celebración eucarística del domingo? ¿Cómo una obligación, cómo una imposición, como un regalo de Dios, como una necesidad?

• ¿A quién o a quienes excluyes de tu vida? ¿Crees que eso es coherente con tu vida cristiana?

• Jesús nos invita a vivir la actitud de la humildad. Teniendo en cuenta su significado etimológico, ¿eres consciente de tus fortalezas y debilidades? ¿De tus habilidades y limitaciones? ¿Te sientes necesitado ante Dios y ante los demás?

• ¿Tratas a todos y cada uno de tus hermanos como iguales?

VIDA – ORACIÓN

Te doy gracias y te alabo Padre, por el obsequio de la Salvación, que nos regalas a todos y cada uno de tus hijos gratuitamente.

Señor, Jesús, te ofrezco mis debilidades, mis limitaciones, mis incapacidades, transfórmalas en tus fortalezas, pues con San Pablo te digo: en mi debilidad te haces fuerte.

Espíritu Santo que tu gracia me acompañe siempre para ir transformándome según mi modelo Jesucristo.