El Espíritu Santo nos guiará hacia la plenitud – Lectio Divina de la Solemnidad de la Santísima Trinidad (Jn 16, 12-15)

VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuanta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de los mío y os lo anunciará.

No me corresponde a mí, ni creo que sea el objetivo último de la Lectio Divina, explicar el Misterio de la Santísima Trinidad. Es algo que dejamos a los teólogos especializados en dogmática. Nuestro objetivo sí que es, acercar la Palabra de Dios a toda aquella persona que quiera escucharla. De ahí, la importancia de enmarcar bien los textos, intentando desentrañar el significado que podrían tener los mismos en la época en que se escribieron; y, además, intentar actualizarlos a nuestro hoy actual. Y eso es lo que vamos a intentar realizar, con el texto que la liturgia nos regala para celebrar la solemnidad de la Santísima Trinidad.

Primeramente, creo que es importante que enmarquemos un poco el texto dentro de un contexto más amplio. El texto evangélico de hoy se encuentra dentro del llamado discurso de despedida de Jesús. El cual es pronunciado en la última cena. Todo ello forma parte de una gran sección llamada el libro de la revelación (13, 1—17, 26).

Nos encontramos, pues, en un ambiente de intimidad: la última cena. En ella, Jesús pronuncia ese largo discurso, que hemos denominado antes libro de la revelación. Jesús quiere mostrar a sus discípulos lo más íntimo de su ser; es decir, el sentido del seguimiento a su persona y el pilar en el que está asentada la nueva comunidad: el amor.

La misión de llevar el amor de Dios a toda la humanidad no estará exenta de dificultades, pero estando unidos a Jesús, todo será más fácil, el Espíritu de la Verdad irá acompañando a la comunidad guiándola hasta la verdad plena.

Jesús ha ido transmitiendo a sus discípulos lo que el Padre le ha comunicado desde toda la eternidad. Sin embargo, los discípulos no pueden llegar a entender el alcance de este mensaje en su totalidad, ni en toda su riqueza. Nosotros si lo sabemos, pero cuando Jesús pronunció estas palabras, sus discípulos no sabían que iba a morir, ni comprendían el alcance que podría tener la pasión, muerte y resurrección del Maestro, tampoco nosotros llegamos a comprenderlo plenamente. Hacia esa comprensión más o menos plena les guiará el Espíritu y nos guiará a nosotros. Éste será quien ayude a “entender” y a poner en práctica las palabras de Jesús.

A la luz de la resurrección, con la ayuda del Espíritu Santo, la comunidad, los cristianos de todos los tiempos, podrán y podremos vislumbrar de manera más clara el verdadero sentido y el verdadero significado de las palabras y de la vida de Jesús.

Tener los ojos abiertos y los oídos atentos a los acontecimientos cotidianos, así como estar abiertos a la voz del Espíritu nos puede ayudar a encontrar el verdadero sentido de todo aquello que está por venir y que está ocurriendo a nuestro alrededor.

El Espíritu Santo glorificará a Jesús; es decir, pondrá en evidencia el amor que Jesús manifestó durante toda su vida y que le llevó a asumir su muerte y a experimentar la resurrección. Porque la esencia de Dios no es otra, sino el amor; al igual que el verdadero ser del hombre no es otro sino el amor. El Espíritu Santo será, por consiguiente, quien nos comunique en plenitud el amor de Dios manifestado en la entrega incondicional de Jesús.

Estando unidos al Espíritu Santo, encontrándonos en sintonía con Él, podremos lograr nuestra propia transformación personal, nuestro verdadero desarrollo y crecimiento, llegar a ser verdaderos seres humanos, en toda nuestra plenitud. Y para llegar a ser plenamente humanos, el modelo no es otro si no Jesús de Nazaret. El Espíritu nos irá transformando para llevarnos a la plenitud de Jesús, que es la plenitud del ser humano.

Todo lo que tiene el Padre es de Jesús. Pero lo más importante y lo más vital que poseen es el amor. Precisamente desde el dinamismo del amor se realiza esa unión entre las tres personas de la Santísima Trinidad que hacen que a la vez sen sólo uno.

No intentemos resolver este misterio como si se tratase de un problema matemático, va a ser imposible que lleguemos a comprenderlo. Intentemos, sin embargo, vivirlo desde el amor. Intentemos vivir en comunión con cada una de las personas de la Santísima Trinidad. Intentemos relacionarnos entre nosotros, aunque cada uno seamos únicos e irrepetibles, desde el amor, la comunicación, el respeto, el dialogo… Y tal vez, en algún momento, lleguemos a percibir y experimentar el verdadero sentido de la Santísima Trinidad.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?

• ¿Cómo es tu vivencia de la Trinidad, aunque no llegues a comprender este misterio?

• ¿Acoges con todo tu ser el amor que Dios te ofrece y te regala incondicionalmente?

• ¿Qué acciones podrías emprender para mostrar el amor de Dios en tu propio ambiente?

• ¿De qué manera puedes intentar estar más abierto a los acontecimientos que ocurren a tu alrededor y a la voz del Espíritu?

VIDA – ORACIÓN

Divina Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,

presente y operante en la Iglesia y en lo más profundo de mi ser;

yo te adoro, te doy gracias y te amo.

Por medio de María, Reina de los Apóstoles,

me ofrezco entrego y consagro totalmente a ti

por toda la vida y para la eternidad.

A ti Padre del cielo, me ofrezco, entrego y consagro como hijo.

A ti, Jesús Maestro, me ofrezco, entrego y consagro como hermano y discípulo.

A ti Espíritu Santo, me ofrezco entrego y consagro como “templo vivo”,

para ser consagrado y santificado.

María, madre de la Iglesia y madre mía,

tú que vives en intimidad con la Trinidad Santísima,

enséñame a vivir, por medio de la liturgia y los sacramentos,

en comunión cada vez más profunda con las tres divinas Personas,

para que toda mi vida sea un “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”. Amén. (Beato Santiago Alberione).

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¿Cómo vivimos? ¡Vivamos la vida en plenitud! Lectio Divina Solemnidad de Pentecostes – Ciclo C (Jn 20,19-23)

VERDAD – LECTURA

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se pudo en medio de ellos y les dijo:

“Paz a vosotros”.

Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

“Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”

Vivimos inmersos en la vorágine de la inmediatez, la rapidez, la urgencia, la prontitud, la prisa…

Somos incapaces de pararnos, aunque sea un instante, para admirar la belleza del mundo que nos rodea, para contemplar la maravillas que afloran de los acontecimientos que están sucediéndose a nuestro alrededor, para disfrutar de una conversación tranquila compartiendo con esa persona que ilusionada nos cuenta como está viviendo en su mundo… ¡Hemos perdido la perspectiva! Los siento mucho, querid@ lector@, pero así es.

Acumulamos datos, informes, cifras, referencias, documentos… Pero estamos muy lejos de vivir experiencias.

Creemos conocernos, pero en realidad somos auténticos desconocidos; incluso nosotros para nosotros mismos.

Creemos dominar el mundo, pero en realidad es el mundo quien nos domina a nosotros.

Y, posiblemente, me dirás: “¡Qué narices tiene esto que ver con la lectura de hoy!”

Pues he de decirte que mucho. Aunque es posible que a primera vista no te lo parezca. Permíteme que te invite, en primer lugar, a dejar de mirar, para comenzar a ver; y posteriormente a contemplar. Sí porque únicamente desde la contemplación podrás llegar a entender de una manera satisfactoria la lectura del evangelio que hoy nos propone la liturgia. O mejor, discúlpame, lo que esa lectura ha hecho florecer en mi corazón.

Tengo que decirte que, al leer y releer este trozo del evangelio de Juan, me di cuenta de que yo estaba un poco como los discípulos: encerrado en la oscuridad de mi casa, con mis miedos.

Sí. Haciendo muchas cosas, por supuesto; yendo de un lado para otro, pero sin un rumbo concreto; cruzándome con una persona y otra, pero sin encontrarme con ellas. Encerrado en mi propia casa con las puertas cerradas, e inmerso en mis miedos.

Entonces, el primer día de la semana aparece Jesús: “Paz a vosotros”.  Porque eso, la paz, es lo que viene a ofrecer, a entregar, a regalar Jesús a sus discípulos. Y en esos discípulos entramos tú y yo.

Así es, Jesús se hace presente en medio de nuestra andadura por la vida, de nuestras circunstancias, de los acontecimientos que nos suceden… para decirnos: “quiero que vivas en paz”, “quiero que en tu vida pueda volver a reinar la esperanza”, “quiero que toda ella rebose de amor”. En definitiva, quiero que vivas la vida de verdad, en plenitud. Y todo eso quiere que lo vivamos con los demás, con las personas que nos rodean, con nuestra familia, nuestros amigos, etc. Quiere que lo vivamos en comunidad.

Les muestra las manos y el costado. Las huellas de la pasión de Jesús, con la resurrección, no se han borrado.  Las dificultades, los obstáculos, los inconvenientes de nuestra vida, a pesar de que la vivamos en plenitud gracias a la Resurrección de Jesús, no desaparecen ni desaparecerán; pero, seremos capaces de vivir todo ello de manera diversa, viviremos desde una perspectiva distinta.

Esta nueva perspectiva, traerá una nueva dimensión a nuestra vida: la alegría. No podemos, si verdaderamente somos seguidores de Jesús Resucitado, seguir viviendo en la oscuridad, en el miedo. A partir de ahora, porque hemos hecho experiencia de Jesús hemos de vivir desde la alegría.

Desde esta situación novedosa, Jesús nos envía a la misión, nos invita a ser sus testigos. Y para ello necesitamos la fuerza del Espíritu Santo.

Entonces, Jesús, lo mismo que Yahveh en la creación del ser humano, les insufló, y nos insufla a nosotros, el hálito de la vida, para que seamos seres nuevos, para que seamos de verdad hombres y mujeres que viven en plenitud.

Y es ahora, cuando estamos preparados para anunciar la Buena Nueva a todas las personas y por todos los confines de la tierra.

Además, Jesús da a los discípulos la potestad de perdonar los pecados. Aquí entiendo por pecado, todo aquel mal que nos impide que podamos tener una relación plena con Dios, todo mal que no nos permite mantenernos en la plena comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Sabiendo que estar en plena comunión con Dios, pasa primero por estar en plena comunión con uno mismo y con el hermano.

La comunidad tiene el poder de reconciliar y de superar las barreras que impiden esa plena comunión con Dios, con uno mismo y con el hermano. La comunidad de los discípulos de Jesús tiene el poder de ayudarnos a vivir la vida en plenitud.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • Haz un repaso de tu vida: ¿cómo la estás viviendo? ¿Cuáles son tus miedos?
  • ¿Cuál es tu experiencia de Jesús resucitado?
  • Les insufló el Espíritu Santo. ¿Qué sentimientos despierta este hecho en ti? ¿Cómo es tu relación con la Tercera Persona de la Santísima Trinidad? ¿Dejas que él trabaje en tu vida?
  • Después de lo leído aquí y de reflexionar: ¿Qué significado tiene para ti la expresión, paz a vosotros?
  • Teniendo en cuenta, que hemos dicho, que la paz es vivir la vida en plenitud ¿De qué forma puedes incrementar la paz en ti mismo y a tu alrededor?
  • Jesús, te envía a la misión. ¿Estás dispuesto a emprenderla y dejarte modelar por el Espíritu para llevarla a cabo?

VIDA – ORACIÓN

  • Da gracias a Dios por el don del Espíritu Santo.
  • Pide a Jesús que insufle en ti su Espíritu Santo.

Lectio Divina Domingo Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo C (Lc 24, 46-53)

VERDAD – LECTURA

         En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de l fuerza que viene de lo alto”. Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

         Jesús hoy, quiere invitarnos a ser testigos de su evangelio y a difundirlo por todas las naciones.

         Estaba escrito que el mesías tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos. Es decir, no sólo debía sufrir, para asumir en su propia persona el dolor humano, sino que, además, al tercer día resucitaría. Por tanto, Jesús está vivo entre nosotros. La entrega realizada por Cristo, por amor, no concluye con la muerte, esa entrega comienza nuevamente con la resurrección.

         Y porque está vivo, está presente en la vida de los seres humanos y quiere ofrecerles una vida en plenitud, aunque para ello quiere servirse de sus seguidores, de sus discípulos, ellos son los testigos de su vida, su muerte y su resurrección. Testigo quiere decir que quien habla lo hace desde la experiencia de lo que han vivido al lado del Maestro; de la experiencia que han hecho de Jesús y con Jesús.

Pero para poder experimentar a Jesús, lo primero que hemos de hacer es cambiar de vida, cambiar nuestra perspectiva de las cosas, cambiar nuestro punto de vista, acoger y transmitir el mensaje de Jesús y la vivencia de su persona. A Dios solo se le puede conocer desde la experiencia.

         Para acompañarle e impulsarles a dar testimonio del evangelio, el Padre envía al Espíritu Santo. Él se convierte en nuestro compañero de camino, que nos apoya, ayuda a levantarnos, nos indica el camino…

         Y llega el momento de la despedida, cerca de Betania, lugar de encuentro, de amistad, de dialogo. Se aleja de ellos regalándoles su bendición, regalándoles su presencia para siempre, regalándoles su gracia. Y ante un misterio tan grande, únicamente les queda adorar. Adoran y alegrarse porque a pesar de que todo aquello parece una despedida, en realidad no lo es. Jesús está y estará siempre con nosotros. Por eso vuelven contentos a Jerusalén. Jesús se despide para quedarse.

         Vuelven a Jerusalén y estaban continuamente en el Templo bendiciendo a Dios.

Concluye este evangelio de Lucas en el mismo lugar que empezó con Zacarías: en el Templo. Concluye el evangelio bendiciendo y alabando a Dios.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Jesús, al igual que en el momento de la Ascensión, nos envía a ser testigos de su evangelio en nuestra vida cotidiana, ¿cómo asumes esta llamada en tu vida? ¿Qué acciones pones en práctica?
  • La muerte no ha tenido la última palabra, la última palabra la tiene la resurrección y la vida, precisamente a anunciar y proclamar la vida nos envía Jesús. ¿Eres testigo de la vida?
  • ¿Hacer experiencia quiere decir estar con la persona, relacionarse con ella, escucharla, dialogar con ella…? ¿Cómo es tu experiencia de Jesús? ¿Anuncias esa experiencia a los demás?
  • ¿Eres consciente de la importancia del Espíritu Santo en tu vida? ¿Te relacionas con Él habitualmente?
  • Jesús nos regala su presencia para siempre.

VIDA – ORACIÓN

  • Como los apóstoles, alaba a Dios Padre por los regalos que cada día nos hace.
  • Da gracias a Jesús por haberse quedado entre nosotros, por su presencia. Acoge esa presencia e intenta vivirla con intensidad.
  • Pide al Espíritu Santo que descienda sobre ti con sus dones para que anuncies la Resurrección de Jesucristo a todos lo que te rodean.

“Ama y guarda mi Palabra” Lectio Divina Domingo VI del Tiempo de Pascua – Ciclo C (Jn 14,23-29)

VERDAD – LECTURA

         En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “El que me ama guardará mi palabra, mi Padre lo amará y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él. El que no me ama no guarda mi palabra; y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando con vosotros; pero el defensor, el Espíritu Santo, el que el Padre enviará en mi nombre, él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No estéis angustiados ni tengáis miedo. Ya sabéis lo que os he dicho: Me voy, pero volveré a estar con vosotros. Si me amáis, os alegraréis de que me vaya al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.

         Jesús habita entre nosotros, Jesús vive en nuestra vida, está presente en nuestro día a día. El Dios cristiano, no es un Dios lejano, apartado de la vida de los seres humanos. Está presente por amor y en el amor que nos profesamos los unos a los otros.

         Dios siempre da el primer paso. Dios nos amó primero y nos ama incondicionalmente. Nosotros tenemos que vivir y mostrar el amor de Dios hacia nosotros, en nuestro amor a los hermanos. Amar al estilo de Jesús es acoger y poner en práctica su Palabra. Amar al estilo de Jesús es acoger al hermano y compartir con él todas sus vicisitudes: alegrías y sufrimientos, fracasos y logros, muerte y vida. Es estar dispuesto a acompañarlo en todos los acontecimientos diarios, ponerse a su servicio, entregarse a él incondicionalmente.

         Nos consiste únicamente en seguir una serie de normas y doctrinas, es necesario que en nuestra vida esté presente el amor. Desde el amor se es fiel a la palabra. Quien no ama a Jesús en el hermano, puede cumplir a la perfección una serie de normas y preceptos, pero no está guardando la palabra de Jesús, no le ama verdaderamente. Y la palabra de Jesús, no es suya, es la palabra del Padre, aquel que continuamente, está amando y donándose al hombre.

         El Espíritu Santo, nos da consuelo, fortaleza, ánimo, comprensión, nos impulsa a amar. Nos hace recordar la palabra de Jesús y llevarla a la práctica, nos modela según el modelo Jesús de Nazaret, nosotros únicamente debemos acoger y dejarnos hacer, para poder estar al servicio del hermano. Él nos ayudará a vivir en paz y a entregar paz. Una paz que nos es tranquilidad, ausencia de problema, falta de dificultades, enfermedades o tropiezos, es armonía, sosiego, esperanza, calma, confianza. Es serenidad de corazón y valentía.

         Jesús vuelve al Padre, a su lugar original, al lugar en el que estaba desde antes de la creación del mundo, el lugar de su plenitud y de su gloria. Por eso tenemos que alegrarnos, porque a pesar de que ya no le veamos de manera física, el continúa y continuará estando entre nosotros. El no verlo puede producir en nosotros, tristeza, pero su presencia está entre nosotros. Él sigue vivo, él está presente en nuestra vida y nos acompaña; sale cada día a nuestro encuentro, no estamos solos. Hemos de sentir su presencia, de una manera distinta a si estuviera presente físicamente, pero no por ello menos vital. Es importante, tener esto presente, sobre todo en los momentos de dificultad, de problemas, de tropiezos, para que nuestra fe no decaiga. Que no se turbe nuestro corazón. Jesús no se ha ido para siempre. Para siempre, está presente entre nosotros.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Dios está siempre presente en nuestras vidas. ¿Sientes su presencia? ¿De qué manera? ¿Cómo experimentas la presencia de Jesús en tu día a día?
  • Para guardar la palabra de Jesús, primeramente, es necesario escucharla y después ponerla por obra amando a los hermanos. ¿Existen espacios en tu vida cotidiana para escuchar la Palabra de Dios? ¿De qué manera, con qué acciones concretas tratas de llevar a la práctica la Palabra de Jesús?
  • Guardar y cumplir la palabra de Jesús es amar al hermano. ¿Cómo resuena esto en tu corazón? ¿Cómo muestras tu amor hacia los demás? Trata de ser lo más concreto posible.
  • ¿Intentas vivir la paz que Jesús te regala cada día? ¿De qué manera? ¿Qué significado tiene en tu vida la palabra paz en el sentido que hemos expuesto en nuestra lectura?
  • El Espíritu Santo nos lo enseña todo y nos recuerda todo. ¿Cómo es la presencia del Espíritu en tu vida? ¿Lo invocas con frecuencia? ¿Lo tienes presente?

VIDA – ORACIÓN

Salmo 36,23s-24.34.

El Señor asegura los pasos del hombre

cuyo camino es de su agrado;

aunque tropiece, no caerá por tierra,

pues el Señor le lleva de la mano.

Confía en el Señor y sigue su camino; él te ensalzará y te hará heredar la tierra.

“Amaos unos a otros como yo os he amado” Lectio Divina Domingo V del Tiempo de Pascua – Ciclo C (Jn 13,31-35)

VERDAD – LECTURA

         Tan pronto como Judas salió, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre y Dios en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios lo glorificará a él y lo glorificará enseguida. Hijos mío, voy a estar ya muy poco con vosotros. Me buscaréis, pero os digo lo mismo que dije a los judíos: Adonde yo voy no podéis ir vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que os améis como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros”.

         Hoy, nos encontramos con las palabras de despedida dirigidas por Jesús a sus discípulos antes de su pasión, muerte y resurrección. Nos situamos, después que Judás se marche para consumar su traición; es de noche. El sentido de la noche en el evangelio de Juan tiene dos significados, por un lado, es el momento cumbre de la relación esponsal, incluso de encuentro intimo entre Dios y el hombre; por otro lado, es el momento de mayor oscuridad, donde nos invade el miedo, el peligro, la confusión…; es, además, el momento más adecuado para tramar cualquier tipo de acción no lícita, sin ser visto o descubierto. Este momento, también, es en el que Jesús sufrirá su pasión y su muerte. Será el momento en el que Jesús se separa de nosotros, o más bien, nosotros nos separamos de Jesús; el momento en el que no contamos con su presencia y con su luz. Aunque todo nos parezca que pueda estar en penumbra, si estamos unidos a Jesús las tinieblas no significan nada, no tienen ningún poder; a pesar de la oscuridad nosotros podemos ver perfectamente.

         El discurso que estamos considerando hoy en nuestra oración, comienza con las palabras: “Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre y Dios en él.” Ese ahora no se refiere al instante preciso en el que Jesús pronuncia esas palabras. El momento al que se está refiriendo es el instante de su muerte en la cruz. Entonces, Jesús será glorificado, porque en ese momento se manifiesta la gran bondad, el amor y la misericordia de Dios. En ese momento se manifestará la gloria del Padre y, por tanto, la gloria de Jesús. Una gloria que consiste en amar al ser humano, hasta entregar por él la vida, para salvarlo del pecado y de la muerte.

         “Adonde yo voy no podéis ir vosotros”. La cruz no podemos asumirla nosotros, al menos no sin Jesús. Es Jesús quien asume todas nuestras miserias, nuestros problemas, nuestras dificultades… Para transformarlas en salvación. Lo cual no implica que nosotros no hagamos nada. La clave nos la da Jesús en los siguientes versículos: “Amaos como yo os he amado”.

         Jesús comienza a dirigirse a sus discípulos con ternura, con cariño, les dice “Hijos míos”. Y en principio, le pone delante la cruda realidad que vivirá con su pasión y muerte: “Voy a estar ya muy poco con vosotros. Me buscaréis, pero adonde yo voy no podéis venir vosotros.”

         Y les deja como testamento, nos deja como legado el mandamiento nuevo, el que tiene que ser nuestro nuevo estilo de vida. Puesto que yo os he amado, también vosotros tenéis que amaros. Es el único mandamiento que Jesús nos ha dejado: amarnos unos a otros, sin distinción, sin hacer acepción de personas, sin juzgar, sin condiciones. Saber ponernos en la piel de nuestros hermanos no sólo para comprenderlo, sino para acogerlo, acompañarlo y amarlo. En eso conocerán que somos discípulos de Jesús.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Qué significa para ti que Jesús es la luz de tu vida?
  • Nosotros no podemos asumir la cruz de Jesús, pero sí podemos amar a los otros como él nos amó. ¿Qué significa esto para ti?
  • ¿Sabes reconocer a Jesús en la persona del hermano?
  • El amar a los hermanos es consecuencia del amor de Jesús hacia nosotros, ¿eres consciente de ello? ¿Cómo intentas vivir esto en tu día a día?

VIDA – ORACIÓN

Gracias, Padre, por la entrega de tu Hijo para nuestra salvación. Ayúdame a ofrecer mi vida para acoger, acompañar y amar a mis hermanos, sobre todo en los momentos de mayor dificultad. Dame un corazón de carne, que sepa conmoverse ante el dolor del hermano, que sepa compartir sus penas y alegrías. Que muestre a mis hermanos la grandeza de tu cercanía y tu amor. Amén.

“Tú eres una de las ovejas de Jesús” Lectio Divina Domingo IV del Tiempo de Pascua (Jn 10,27-30)

VERDAD – LECTURA

         En aquel tiempo, dijo Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen; yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; no me las arrebatará nadie de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es más que todos; y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. Yo y el Padre somos uno”.

         La liturgia de este IV domingo de Pascua, nos ofrece una parte del discurso de Jesús, durante la fiesta de la dedicación del Templo de Jerusalén. En esta fiesta, se conmemoraba la consagración del Templo, por parte de Judas el Macabeo, después de la profanación realizada por los sirios, en el año 164 a.c.

         Nos muestra la estrecha relación existente entre Jesús, el Pastor, y sus discípulos, las ovejas.

         Si vamos un poco hacia atrás, en este mismo capítulo 10 (Jn 10,22-26), para situar el texto que nos ocupa, nos encontramos con que los judíos, le han pedido a Jesús que les diga claramente si él es el Mesías o no. La respuesta de Jesús es clara: él ya lo ha dicho, pero ellos no le han creído, ni siquiera por las obras que ha realizado y que claramente lo demuestran. Por eso, ellos no pueden mantener una relación con Jesús, como la que mantiene el pastor con sus ovejas. El cual, las cuida, las acompaña, las defiende, le suministra alimento… El pastor conoce a todas y cada una de sus ovejas, las llama por su nombre, sabe de sus habilidades, su carácter, su esencia, sus problemas, dificultades y defectos. Y las ovejas oyen la voz del pastor y le siguen. Lo mismo hace Jesús con su Iglesia y ella sigue la voz de Jesús. Existe un estrecho vínculo entre el pastor y sus ovejas, entre Jesús y su Iglesia, entre Jesús y cada uno de los cristianos. Vinculo que nadie puede romper.

         Las ovejas de Jesús escuchan atentamente su voz, es decir, escuchan su Palabra, pero no sólo eso; sino que, además, la ponen en práctica, puesto que le siguen.

         Las ovejas son de Jesús, le conocen. Conocer en el lenguaje bíblico significa experimentar vitalmente. Por eso, las ovejas de Jesús comparten con él la vida, tienen con él una relación personal y entrañable, entran en comunión con él. Y ya, aquí y ahora, disfrutan de la vida eterna, aunque esa vida en plenitud llegará en el último día.

         Las ovejas han de estar muy atentas a la voz de Jesús, el Pastor, para no desviarse del camino. Para seguir la senda correcta que conduce a la vida eterna.

         Jesús defiende a sus ovejas, las protege, las cuida. Las ovejas de Jesús no perecerán jamás y nadie puede arrebatárselas, pues es el Padre quien se las ha dado. Sus ovejas pueden sufrir ataques, pueden ser perseguidas, pueden andar entre peligros; pero, nadie podrá arrebatarlas de las manos de Jesús que las defiende. Estando con Jesús las ovejas no deben tener ningún temor. El Pastor es capaz de dar, incluso, la vida por salvar a sus ovejas.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Las ovejas de Jesús escuchan su voz, están atentas a lo que él les dice. No es un simple oír, es escuchar de manera activa. Implica acoger la palabra de Jesús, dejarse transformar por ella y ponerla en práctica. ¿Dedicas tiempo en tu vida diaria a escuchar la Palabra de Dios? ¿Te dejas transformar por ella? ¿Intentas ponerla en práctica?
  • ¿Procuras entrar en una relación íntima con Jesús cada día? ¿Te dejas guiar por la voz de Jesús?
  • ¿Intentas cada día seguir las huellas de Jesús o, por el contrario, encaminas tus pasos detrás de otras voces?
  • ¿Te abandonas en las manos de Jesús en los momentos de dificultad, con la seguridad de que Él nunca te deja solo?
  • ¿Cómo experimentas la presencia de Jesús en tu vida cotidiana?

VIDA – ORACIÓN

Siente como Jesús te acoge junto a sí en este momento de oración. Está aquí y ahora contigo: te cuida, te protege, te habla… Escúchalo y responde a su Palabra y a su amor con este salmo.

Salmo 23

El Señor es mi pastor; nada me falta.

En verdes praderas me hace reposar,
me conduce hacia las aguas del remanso

y conforta mi alma;
me guiá por los senderos de justicia, por amor a su nombre;

aunque vaya por un valle tenebroso,

no tengo miedo a nada, porque tú estás conmigo,

tu voz y tu cayado me sostienen.

Me preparas una mesa ante mis enemigos,

perfumas con un ungüento mi cabeza

y me llenas la copa a rebosar.


Lealtad y dicha me acompañan

todos los días de mi vida; habitaré en la casa del Señor por siempre jamás.

“Hemos visto al Señor”. Lectio Divina II Domingo de Pascua – Domingo de la Divina Misericordia (Jn 20, 19-31)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Jn 20,19-31)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Nos encontramos ante el acontecimiento más importante de la historia: la resurrección del Señor. Hoy el evangelio nos narra una de las manifestaciones gloriosas de Jesús. Nos situamos en el atardecer del primer día de la semana, es decir, del domingo, del día del Señor. El día más importante para cualquier cristiano, la conmemoración del día de su resurrección; el día en el que la comunidad cristiana en pleno se encuentra para celebrar la eucaristía. También aquel día, los discípulos se encontraban juntos. Sin embargo, tenían las puertas cerradas y estaban aterrados de miedo. En esta situación se presenta Jesús en medio de ellos, deseándoles la paz. Que no se turbe vuestro corazón, no tengáis miedo, yo estoy con vosotros y os traigo paz; Jesús resucitado ha vencido a la muerte y al pecado.

Les muestra las manos y el costado. Ante su temor y estupor, Jesús quiere mostrarles la prueba tangible de su pasión y muerte. Pasión y muerte que ha traído la paz y la salvación al mundo entero. Y «prueba» de que aquel que murió en la cruz ha resucitado, está vivo entre nosotros. Ante tal acontecimiento y descubrimiento no cabe más que la alegría desbordante.

Y Jesús resucitado envía a sus discípulos; los envía a la misión que ya les había encomendado anteriormente: «Id y predicad la alegría del evangelio». Pero, ahora, ya están preparados. Insufló sobre ellos el Espíritu Santo. Este les dará valor, coraje y la fuerza necesaria para llevar a cabo la misión. Les concede el poder de perdonar lo pecados. A partir de entonces serán también representantes y transmisores de la misericordia del Padre, el único que puede perdonar los pecados.

Tomás no se encontraba allí en aquel momento y le relatan el feliz acontecimiento. Él no les cree. Aquello que le están contando no es verosímil, no es lógico es imposible según la razón humana. Necesita pruebas. Y nuevamente Jesús resucitado se hace presente. Ahora sí está Tomas. Aquí están las pruebas. Jesús no le reprocha nada, simplemente se muestra a él. Y posteriormente le invita a creer incluso en lo imposible, cuando esto viene de Dios. Tomás no puede más que realizar su profesión de fe: «¡Señor mío y Dios mío!».

Lo importe no es creer porque uno ha experimentado la manifestación de Dios, porque haya visto pruebas tangibles, porque las dudas se hayan disipado. Dichoso aquel que crea sin haber visto.

Otros signos, realizó Jesús que no están escritos en los evangelios. Otros signos, sigue realizando hoy en nuestro mundo, en tu vida y en mi vida, en nuestro acontecer cotidiano. ¿Seremos capaces de reconocerlos?

CAMINO – MEDITACIÓN

 • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Cada domingo, como aquel primer día de la semana, cada día, Jesús se hace presente, se manifiesta en la comunidad, en el hermano, en la escucha de la Palabra y sobre todo en la eucaristía. ¿Eres consciente de ello? ¿Cómo vives estos acontecimientos? ¿Reconoces a Jesús en estos espacios, lugares y circunstancias?

• Jesús viene a traerte la paz, ¿cómo vives tu día a día, ante las distintas situaciones, circunstancias, acontecimientos…? ¿Vives con angustia, con pesadumbre, con miedo?

• También sobre ti ha descendido el Espíritu Santo para que seas testigo de la misericordia y el amor de Dios entre todos aquellos que entran en contacto contigo. ¿Verdaderamente eres testigo del evangelio? ¿Qué actitudes, conductas, gestos has de cambiar en tu vida?

• ¿Será Tomás tu mellizo? ¿Eres incrédulo o creyente? ¿Necesitas pruebas palpables, empíricas? ¿Necesitas ver y tocar para creer? ¿Has tomado el pulso a tu fe?

• Escucha en lo más profundo de tu persona como Jesús te dice: «¡Dichoso porque crees sin haber visto!». Quédate ahí algunos instantes y dialoga con Jesús

VIDA – ORACIÓN

• Glorifica al Padre y alábale el regalo de la resurrección, la de Jesús y la nuestra.

• Da gracias a Jesús por enviarte a ser testigo del evangelio y por el diálogo que has mantenido con él hace un momento.

• Pide al Espíritu Santo que te otorgue la fuerza necesaria, el vigor y la valentía para anunciar a Cristo Resucitado.

“Tampoco yo te condeno” Lectio divina para el V Domingo de Cuaresma (Ciclo C)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Jn 8,1-11)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer, se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que no tenga pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Los fariseos y sumos sacerdotes han mandado a los soldados de la guardia del Sanedrín para que prendan a Jesús, pues muchas de las cosas que enseña van en contra de la ley de Moisés. La gente está dividida. Unos piensan que Jesús es un profeta; otros que es el mesías; otros que es un “cantamañanas”, que quiere aprovecharse de la situación. Los soldados vuelven ante los sumos sacerdotes y los fariseos, sin prender a Jesús, pues “nadie habló jamás como ese hombre” (Jn 7,46).

Los fariseos y sumos sacerdotes discuten acerca del origen del artesano de Nazaret.

A continuación, nos encontramos el relato que hoy nos ofrece la liturgia de la Palabra.

Jesús se retiró al Monte de los Olivos. Un lugar al que solía retirarse, con frecuencia, para orar.

Al amanecer vuelve al templo, y continúa enseñando a la gente que se sentaba a su alrededor para escucharle.

En eso, irrumpen en escena los fariseos y los escribas. Llevan con ellos a una mujer que, parece ser, ha sido sorprendida mientras cometía adulterio.

La colocan allí en medio, entre Jesús y la gente, a la vista de todos. Según la ley, esa mujer debe ser apedreada hasta morir (Lev 20,10; Dt 22,22.24). Aunque según estos textos, y con la ley en la mano, debían ser ajusticiados ambos: hombre y mujer.

Preguntan a Jesús, considerados por muchos como maestro, acerca de la aplicación de esta ley. A decir verdad, respondiera lo que respondiera, iban a condenarlo; de una manera u otra, estaba en un aprieto. Si pedía aplicar la ley, podrían decir a la gente que no era tan misericordioso como predicaba que se debía ser. Si pedía no aplicar la ley, tampoco resultaba ser bueno, puesto que se ponía en contra de la ley. La verdad es que la situación era cuanto menos complicada.

Sin embargo, Jesús parece no inmutarse y comienza a escribir en el suelo. Dicho gesto ha recibido innumerables interpretaciones, acerca de las cuales, los expertos no se ponen de acuerdo. Algunos interpretan que lo que escribió Jesús fue la respuesta a su pregunta; otros aluden a un pasaje de la profecía de Jeremías, donde dice que los nombres de aquellos que se separan de Yahvé serán escritos en la tierra, con lo cual el viento o la lluvia lo harán desaparecer (cf. Jer 17,13). Según Secundino Castro, en su obra Evangelio de Juan, podría interpretarse como que, al igual que la Ley entregada a Moisés fue escrita por el dedo de Dios en la piedra, ahora Jesús escribe la suya en la tierra; es una Ley que tiene en cuenta la debilidad de la persona y se le da la oportunidad de borrar su pecado; es una Ley para el hombre, que es terreno frágil. Jesús no ha venido a condenar, sino a salvar (pág. 188s).

Ante la insistencia de los acusadores, Jesús se levanta y les dice: «El que de vosotros no tenga pecado que tire la primera piedra». Y continuó escribiendo en la tierra. Jesús pone el foco de la discusión en otro lugar. Hace que los acusadores se examinen a ellos mismos a la luz de la ley.

Los acusadores se van escabullendo, empezando por los más ancianos. Comienzan a marcharse los que más autoridad tienen, los más respetados, los considerados mejores. Todos somos pecadores; por tanto, ninguno estamos en condiciones de condenar a nadie.

Nadie ha condenado a la mujer. Jesús tampoco. Pero, este hecho no quiere decir que Jesús sea un permisivo; el ser humano tiene que hacer un esfuerzo para no pecar, para no quebrantar la Ley, cuyo primer mandamiento es el amor a Dios y al prójimo.

«Vete, y no peques más». La Ley de Jesús, la Ley de Dios, tiene en cuenta la debilidad del ser humano y se basa en el principio de la misericordia. Condena el pecado, pero tiene misericordia con el pecador. Invita a la mujer a la conversión. La restituye como hija de Dios y la compromete a que no peque más.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Qué me dice la actitud de los fariseos y de los sumos sacerdotes acerca de mi propia vida?

• Pensar que uno es justo y no comete falta alguna, es un pecado en que cualquiera de nosotros puede caer. Reviso mi vida respecto a este punto.

• ¿En qué momentos de tu vida te conviertes en acusador/a? ¿De qué manera lo haces? ¿Qué te mueve a hacerlo?, ¿el cumplimiento estricto de la Ley?, ¿ayudar al hermano a cambiar?, ¿la misericordia?

• ¿Acoges a todas las personas, especialmente a los excluidos de nuestra sociedad, sin etiquetarlas, sin juzgarlas, tratando de ayudarlas a crecer?

• ¿Qué cambios has de realizar en tu vida para acoger a los excluidos de la sociedad, de la comunidad?

• Acoger no quiere decir ser permisivo; hemos de mostrar y ofrecer la Ley de Jesús, lo cual implica esfuerzo, pero desde el amor. ¿Lo tienes en cuenta en tu vida cotidiana?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por haber escrito tu Ley en nuestro corazón y ofrecernos tu amor y misericordia.

• Gracias, Jesús, por interpretarnos la Ley desde el amor y habernos entregado el mandamiento principal: «Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». • Ayúdanos, Espíritu Santo, a perdonar al hermano y a no convertirnos en acusadores intransigentes. Que busquemos siempre el bien de la otra persona, presentándole la vida y la vivencia de Jesús de Nazaret, “sin algodones”, pero con amor y misericordia, poniendo siempre a la persona en el centro.

“El padre misericordioso” Lectio Divina Domingo IV de Cuaresma – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 15, 1-3. 11-32)

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publícanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros'”. Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido , y lo hemos encontrado”. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

La liturgia de este domingo IV de Cuaresma nos regala la lectura del pasaje evangélico conocido como la parábola del Hijo Pródigo, aunque creo que sería más indicado llamarla la parábola del Padre Misericordioso. Lo iremos viendo a medida que vamos profundizando en ella.

El motivo por el que Jesús pronunció esta parábola, según nos dice el texto, es a causa de la murmuración de los fariseos y de los maestros de la ley, que le criticaban porque acogía a los pecadores y comía con ellos. Algo que, por otro lado, estaba prohibido por la ley, aunque esta ley era bastante injusta e inmisericorde. La misericordia es una de las características principales de Dios. Y también a nosotros nos pide que nos acerquemos a los demás con misericordia, sobre todo a los más necesitados de perdón y conversión.

Esta imagen de Dios misericordioso no es ajena al Antiguo Testamento: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad, conserva su fidelidad por mil generaciones y perdona la iniquidad, la infidelidad y el pecado» (Éx 34,6s); «Yo soy el Señor, lento a la cólera y rico en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebeldía» (Núm 14, 18); «Soy un Dios que muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mi alianza» (Dt 5,10); «El Señor es compasivo y misericordioso, el Señor es paciente y todo amor; no está siempre acusando ni guarda rencor eternamente» (Sal 103,8).

Por supuesto, algunos de estos textos tienen una segunda parte en la que se nos dice que no deja nada impune y castiga la maldad de los padres en los hijos en los nietos; pero por qué quedarnos únicamente con esta última parte. Los fariseos y maestros de la ley lo hacían así porque ellos se consideraban justos ante Dios, ya que, cumplían a rajatabla todos los preceptos de la ley, por pequeños que fueran, llegando incluso a una casuística extrema.

Jesús viene a decirnos que el único justo es Dios. Y este Dios justo trata a las personas con entrañas de misericordia. Por eso, contó esa parábola y hoy nos la presenta a nosotros. En ella, nos encontramos con tres personajes protagonistas: el hijo menor, el hijo mayor y padre.

El hijo menor comienza reflexionando acerca de la situación en la que se encuentra conviviendo en la casa de su padre; parece que no está contento, por lo que le pide a su padre que le dé la parte de la herencia que le corresponde. Quiere ir a experimentar otros mundos, otras situaciones, otro contexto vital.

Así que, una vez que el padre le entrega su herencia, marcha a un país lejano, allí derrocha toda su fortuna y, en un cierto momento, se encuentra con lo puesto. Decide entonces trabajar para una persona de aquellas tierras, que lo coloca cuidando cerdos. Una labor, por otro lado, bastante deshonrosa para un judío, pues recordemos que el cerdo es un animal impuro para la cultura y la religión judía (Lev 11,7). Pero pasa hambre, tiene miedo. Entra dentro de sí y, reflexionando, cae en la cuenta de que la vida que llevaba en casa de su padre era más beneficiosa que su situación actual: al menos, allí no pasaba hambre, al menos allí podría llevar una vida más feliz, aunque fuera como jornalero de su padre. Entonces decide volver a la casa de su padre. No le mueve el amor, no le mueve el arrepentimiento, ni siquiera el hecho de volver al seno de su familia, le mueve el egoísmo y el miedo.

Ahora entra en escena, como protagonista, el padre. Al verlo de lejos, se conmovió. En el padre se produce una emoción interna que le hace volverse hacia el hijo y compartir su desgracia, sus problemas, sus inquietudes, sin necesidad, de que este pronuncie palabra alguna.

El padre lo abraza, lo cubre de besos, le transmite amor. No le deja siquiera acabar el discurso que tenía preparado. El amor del padre es un amor incondicional que no espera nada a cambio. Les dice a los criados que le vistan de gala, que van a celebrar una fiesta, porque su hijo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado. El padre desborda de gozo ante el regreso de su hijo. No le pide cuentas, no le reprocha nada, no le recrimina… Le trata con inmenso amor. Y ese amor desbordante del padre y la felicidad por el encuentro se convierte en fiesta.

Mientras tanto, entra en escena el hijo mayor, que estaba trabajando en el campo. Se sorprende de que en su casa haya una fiesta y él no se haya enterado. Los jornaleros le informan del gran acontecimiento: «Que ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano». ¡Cómo! ¿Qué ese ingrato ha vuelto y mi padre ha preparado una fiesta? ¿Cómo es posible? El proceder del padre no entra dentro de su lógica, como no entra dentro de nuestra lógica el proceder de Dios. Se enfada, se enfurece, se irrita ante el comportamiento de su padre. Es tal el rencor que lleva dentro que es incapaz siquiera de preguntar cómo está su hermano. Su única preocupación es que él ha sido «fiel», ha cumplido con todo lo que el padre le ha ordenado, y no ha recibido recompensa alguna. Tampoco él ha entendido el significado del amor incondicional, a pesar de estar siempre al lado de su padre. No se ha dado cuenta de que todo lo que tiene el padre es suyo; que en realidad el padre no tiene nada propio, porque incluso el amor es para darlo a los demás. El padre trata de explicarle su actuar, trata de explicarle en qué consiste el amor incondicional. Pero para ello es necesario que entre en la dinámica de la misericordia y del amor que no espera nada a cambio.

El relato concluye de una manera abrupta. En realidad, no sabemos el final. Es posible, querido lector, que el final debamos construirlo tú y yo. Tal vez es necesario que tomemos posición y nos pongamos en la piel de cada uno de los personajes, para ver cuál es nuestro papel, para descubrir si nosotros hemos entrado en la dinámica del amor incondicional y de la misericordia de Dios nuestro Padre.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Es para ti motivo de escándalo saber que Jesús compartía su vida con pecadores, indigentes, prostitutas, gente de mal vivir?

• ¿Con cuál de los personajes de la parábola te sientes más identificado? ¿Con el hijo menor? ¿Con el padre? ¿Con el hijo mayor?

• Tal vez has caído en la cuenta de que en muchas ocasiones te alejas de nuestro Padre Dios, ¿Qué sentimientos despierta esto en ti? ¿Has percibido que en esas ocasiones no eres plenamente feliz? ¿Por qué? ¿Qué es lo que te causa esa infelicidad? ¿Tienes miedo y por eso vuelves a la casa del Padre o te mueve el amor?

• ¿Qué significa para ti entrar en la dinámica del amor incondicional, que no espera nada a cambio, de la misericordia (sentir en el corazón las miserias del otro)?

• También es posible que seas un cristiano intachable, justo, cumplidor… que no se ha separado nunca de la casa del Padre. ¿Qué te mueve a ello? ¿Sientes como tuyas las cosas de Dios? ¿Sientes que haces las cosas que le gustan al Padre por amor y no por cumplimiento? ¿Estás dispuesto a entrar en la fiesta?

VIDA – ORACIÓN

• Te invito a volver a leer la parábola, a caer en la cuenta de las actitudes del padre, a que intentes hacerlas tuyas, a contemplar y dejarte contemplar por Dios rico en misericordia, a entrar en su dinámica de amor incondicional. Déjate mirar por Él y míralo. Deja que su amor te inunde.

• Entonces, sal fuera y desparrama todo ese amor hacia todas aquellas personas con las que te encuentres, especialmente los más necesitados de misericordia: los pobres, los excluidos, los pecadores…

INVITACIÓN A CAMBIAR DE VIDA LECTIO DIVINA DOMINGO III DE CUARESMA – CICLO C (Lc 13,1-9)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 13,1-9)

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pareceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceareis de la misma manera. Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo, encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas».

El evangelio que nos ofrece la liturgia en este tercer domingo de Cuaresma podemos dividirlo en dos partes. En la primera parte, Jesús comenta dos acontecimientos de la vida cotidiana y aprovecha para invitar a sus contemporáneos, también a nosotros, a la conversión; dichos acontecimientos son la masacre que protagonizó Pilato y el accidente acaecido en la torre de Siloé. La segunda parte es la parábola de la higuera estéril.

Para situarnos adecuadamente en el contexto de este pasaje, hemos de decir que nos encontramos camino de Jerusalén. Algunas personas se acercan a Jesús para contarle el acontecimiento acerca de la masacre perpetuada por Pilato en contra de algunos galileos y como éste mezcló la sangre derramada por aquellos con la sangre de los sacrificios, lo cual aprovecha Jesús para comentar el hecho.

Para la mentalidad judía de la época, la ausencia de catástrofes, males o incidentes desagradables era señal de la aceptación, aprobación o beneplácito de Dios. Jesús quiere dejar claro que Dios no es un Dios tapa-agujeros, guardián del orden público o adversario del hombre; el Dios cristiano es un Padre misericordioso que ama al ser humano, que quiere lo mejor para él y le otorga libertad para actuar, pensar y ser. Ni aquellos hombres, ni Dios son responsables de la catástrofe acontecida. Ahora bien, cualquier ser humano puede alejarse de Dios, este hecho que no lleva implícito en ningún momento el castigo, pero sí lleva implícita la conversión. De ahí la pregunta de Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran los más pecadores de todos los galileos porque sufrieron eso?», y su respuesta: «Os digo que no». E invita a los que lo escuchan a la conversión, al cambio de perspectiva, al cambio de vida; para el cristiano significa comenzar a ver las cosas desde Jesús, pensar como pensaría Jesús, amar como amaría Jesús, actuar como actuaría Jesús.

Lo mismo ocurre con el episodio que se nos narra acerca del derrumbamiento en la torre de Siloé.

Reforzando esta idea, Jesús cuenta una parábola: la parábola de la higuera estéril. En ella, el dueño de la viña simboliza a Dios, la higuera es el Pueblo de Israel y el viñador es Jesús. Dios «se ha cansado» de las infidelidades del Pueblo; el viñador pide al dueño que le dé un poco más de tiempo y cuidará más y mejor a la viña. Jesús siempre querrá darnos una segunda oportunidad y nuestro Padre Dios siempre nos está esperando. Nuestra conversión, cambio de vida, nos llevará también a dar testimonio.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Cuál es la imagen que tienes de Dios? ¿Un dios lejano, el dios relojero del universo que interviene en todo momento, el dios policía, el dios tapa-agujeros? ¿El Dios de Jesús y del Evangelio?

• Jesús invita a sus contemporáneos a leer los signos de los tiempos. Y tú, ¿cómo sigues esta invitación?

• Jesús nos llama continuamente a la conversión, a cambiar nuestra vida, a cambiar nuestra perspectiva. ¿Qué significa para ti, conversión? ¿Cómo acoges esa llamada?

• ¿Cómo crees que podría dar más frutos? ¿Qué acciones piensas que debería emprender?

• Para todo es necesaria la intervención del viñador, ¿de qué manera vas a dejar que él te cuide, “cave y eche abono”?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por mostrarte siempre paciente con nosotros y por regalarnos cada día tu misericordia.

• Gracias, Jesús, por invitarnos cada día a la conversión.

• Gracias Espíritu Santo por ayudarnos a interpretar los signos de los tiempos y por ir modelándonos cada día según nuestro modelo: Jesús de Nazaret.