El Espíritu Santo nos guiará hacia la plenitud – Lectio Divina de la Solemnidad de la Santísima Trinidad (Jn 16, 12-15)

VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuanta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de los mío y os lo anunciará.

No me corresponde a mí, ni creo que sea el objetivo último de la Lectio Divina, explicar el Misterio de la Santísima Trinidad. Es algo que dejamos a los teólogos especializados en dogmática. Nuestro objetivo sí que es, acercar la Palabra de Dios a toda aquella persona que quiera escucharla. De ahí, la importancia de enmarcar bien los textos, intentando desentrañar el significado que podrían tener los mismos en la época en que se escribieron; y, además, intentar actualizarlos a nuestro hoy actual. Y eso es lo que vamos a intentar realizar, con el texto que la liturgia nos regala para celebrar la solemnidad de la Santísima Trinidad.

Primeramente, creo que es importante que enmarquemos un poco el texto dentro de un contexto más amplio. El texto evangélico de hoy se encuentra dentro del llamado discurso de despedida de Jesús. El cual es pronunciado en la última cena. Todo ello forma parte de una gran sección llamada el libro de la revelación (13, 1—17, 26).

Nos encontramos, pues, en un ambiente de intimidad: la última cena. En ella, Jesús pronuncia ese largo discurso, que hemos denominado antes libro de la revelación. Jesús quiere mostrar a sus discípulos lo más íntimo de su ser; es decir, el sentido del seguimiento a su persona y el pilar en el que está asentada la nueva comunidad: el amor.

La misión de llevar el amor de Dios a toda la humanidad no estará exenta de dificultades, pero estando unidos a Jesús, todo será más fácil, el Espíritu de la Verdad irá acompañando a la comunidad guiándola hasta la verdad plena.

Jesús ha ido transmitiendo a sus discípulos lo que el Padre le ha comunicado desde toda la eternidad. Sin embargo, los discípulos no pueden llegar a entender el alcance de este mensaje en su totalidad, ni en toda su riqueza. Nosotros si lo sabemos, pero cuando Jesús pronunció estas palabras, sus discípulos no sabían que iba a morir, ni comprendían el alcance que podría tener la pasión, muerte y resurrección del Maestro, tampoco nosotros llegamos a comprenderlo plenamente. Hacia esa comprensión más o menos plena les guiará el Espíritu y nos guiará a nosotros. Éste será quien ayude a “entender” y a poner en práctica las palabras de Jesús.

A la luz de la resurrección, con la ayuda del Espíritu Santo, la comunidad, los cristianos de todos los tiempos, podrán y podremos vislumbrar de manera más clara el verdadero sentido y el verdadero significado de las palabras y de la vida de Jesús.

Tener los ojos abiertos y los oídos atentos a los acontecimientos cotidianos, así como estar abiertos a la voz del Espíritu nos puede ayudar a encontrar el verdadero sentido de todo aquello que está por venir y que está ocurriendo a nuestro alrededor.

El Espíritu Santo glorificará a Jesús; es decir, pondrá en evidencia el amor que Jesús manifestó durante toda su vida y que le llevó a asumir su muerte y a experimentar la resurrección. Porque la esencia de Dios no es otra, sino el amor; al igual que el verdadero ser del hombre no es otro sino el amor. El Espíritu Santo será, por consiguiente, quien nos comunique en plenitud el amor de Dios manifestado en la entrega incondicional de Jesús.

Estando unidos al Espíritu Santo, encontrándonos en sintonía con Él, podremos lograr nuestra propia transformación personal, nuestro verdadero desarrollo y crecimiento, llegar a ser verdaderos seres humanos, en toda nuestra plenitud. Y para llegar a ser plenamente humanos, el modelo no es otro si no Jesús de Nazaret. El Espíritu nos irá transformando para llevarnos a la plenitud de Jesús, que es la plenitud del ser humano.

Todo lo que tiene el Padre es de Jesús. Pero lo más importante y lo más vital que poseen es el amor. Precisamente desde el dinamismo del amor se realiza esa unión entre las tres personas de la Santísima Trinidad que hacen que a la vez sen sólo uno.

No intentemos resolver este misterio como si se tratase de un problema matemático, va a ser imposible que lleguemos a comprenderlo. Intentemos, sin embargo, vivirlo desde el amor. Intentemos vivir en comunión con cada una de las personas de la Santísima Trinidad. Intentemos relacionarnos entre nosotros, aunque cada uno seamos únicos e irrepetibles, desde el amor, la comunicación, el respeto, el dialogo… Y tal vez, en algún momento, lleguemos a percibir y experimentar el verdadero sentido de la Santísima Trinidad.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?

• ¿Cómo es tu vivencia de la Trinidad, aunque no llegues a comprender este misterio?

• ¿Acoges con todo tu ser el amor que Dios te ofrece y te regala incondicionalmente?

• ¿Qué acciones podrías emprender para mostrar el amor de Dios en tu propio ambiente?

• ¿De qué manera puedes intentar estar más abierto a los acontecimientos que ocurren a tu alrededor y a la voz del Espíritu?

VIDA – ORACIÓN

Divina Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,

presente y operante en la Iglesia y en lo más profundo de mi ser;

yo te adoro, te doy gracias y te amo.

Por medio de María, Reina de los Apóstoles,

me ofrezco entrego y consagro totalmente a ti

por toda la vida y para la eternidad.

A ti Padre del cielo, me ofrezco, entrego y consagro como hijo.

A ti, Jesús Maestro, me ofrezco, entrego y consagro como hermano y discípulo.

A ti Espíritu Santo, me ofrezco entrego y consagro como “templo vivo”,

para ser consagrado y santificado.

María, madre de la Iglesia y madre mía,

tú que vives en intimidad con la Trinidad Santísima,

enséñame a vivir, por medio de la liturgia y los sacramentos,

en comunión cada vez más profunda con las tres divinas Personas,

para que toda mi vida sea un “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”. Amén. (Beato Santiago Alberione).

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“Amaos unos a otros como yo os he amado” Lectio Divina Domingo V del Tiempo de Pascua – Ciclo C (Jn 13,31-35)

VERDAD – LECTURA

         Tan pronto como Judas salió, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre y Dios en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios lo glorificará a él y lo glorificará enseguida. Hijos mío, voy a estar ya muy poco con vosotros. Me buscaréis, pero os digo lo mismo que dije a los judíos: Adonde yo voy no podéis ir vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que os améis como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros”.

         Hoy, nos encontramos con las palabras de despedida dirigidas por Jesús a sus discípulos antes de su pasión, muerte y resurrección. Nos situamos, después que Judás se marche para consumar su traición; es de noche. El sentido de la noche en el evangelio de Juan tiene dos significados, por un lado, es el momento cumbre de la relación esponsal, incluso de encuentro intimo entre Dios y el hombre; por otro lado, es el momento de mayor oscuridad, donde nos invade el miedo, el peligro, la confusión…; es, además, el momento más adecuado para tramar cualquier tipo de acción no lícita, sin ser visto o descubierto. Este momento, también, es en el que Jesús sufrirá su pasión y su muerte. Será el momento en el que Jesús se separa de nosotros, o más bien, nosotros nos separamos de Jesús; el momento en el que no contamos con su presencia y con su luz. Aunque todo nos parezca que pueda estar en penumbra, si estamos unidos a Jesús las tinieblas no significan nada, no tienen ningún poder; a pesar de la oscuridad nosotros podemos ver perfectamente.

         El discurso que estamos considerando hoy en nuestra oración, comienza con las palabras: “Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre y Dios en él.” Ese ahora no se refiere al instante preciso en el que Jesús pronuncia esas palabras. El momento al que se está refiriendo es el instante de su muerte en la cruz. Entonces, Jesús será glorificado, porque en ese momento se manifiesta la gran bondad, el amor y la misericordia de Dios. En ese momento se manifestará la gloria del Padre y, por tanto, la gloria de Jesús. Una gloria que consiste en amar al ser humano, hasta entregar por él la vida, para salvarlo del pecado y de la muerte.

         “Adonde yo voy no podéis ir vosotros”. La cruz no podemos asumirla nosotros, al menos no sin Jesús. Es Jesús quien asume todas nuestras miserias, nuestros problemas, nuestras dificultades… Para transformarlas en salvación. Lo cual no implica que nosotros no hagamos nada. La clave nos la da Jesús en los siguientes versículos: “Amaos como yo os he amado”.

         Jesús comienza a dirigirse a sus discípulos con ternura, con cariño, les dice “Hijos míos”. Y en principio, le pone delante la cruda realidad que vivirá con su pasión y muerte: “Voy a estar ya muy poco con vosotros. Me buscaréis, pero adonde yo voy no podéis venir vosotros.”

         Y les deja como testamento, nos deja como legado el mandamiento nuevo, el que tiene que ser nuestro nuevo estilo de vida. Puesto que yo os he amado, también vosotros tenéis que amaros. Es el único mandamiento que Jesús nos ha dejado: amarnos unos a otros, sin distinción, sin hacer acepción de personas, sin juzgar, sin condiciones. Saber ponernos en la piel de nuestros hermanos no sólo para comprenderlo, sino para acogerlo, acompañarlo y amarlo. En eso conocerán que somos discípulos de Jesús.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Qué significa para ti que Jesús es la luz de tu vida?
  • Nosotros no podemos asumir la cruz de Jesús, pero sí podemos amar a los otros como él nos amó. ¿Qué significa esto para ti?
  • ¿Sabes reconocer a Jesús en la persona del hermano?
  • El amar a los hermanos es consecuencia del amor de Jesús hacia nosotros, ¿eres consciente de ello? ¿Cómo intentas vivir esto en tu día a día?

VIDA – ORACIÓN

Gracias, Padre, por la entrega de tu Hijo para nuestra salvación. Ayúdame a ofrecer mi vida para acoger, acompañar y amar a mis hermanos, sobre todo en los momentos de mayor dificultad. Dame un corazón de carne, que sepa conmoverse ante el dolor del hermano, que sepa compartir sus penas y alegrías. Que muestre a mis hermanos la grandeza de tu cercanía y tu amor. Amén.

“Hemos visto al Señor”. Lectio Divina II Domingo de Pascua – Domingo de la Divina Misericordia (Jn 20, 19-31)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Jn 20,19-31)

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor Mío y Dios Mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto». Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Nos encontramos ante el acontecimiento más importante de la historia: la resurrección del Señor. Hoy el evangelio nos narra una de las manifestaciones gloriosas de Jesús. Nos situamos en el atardecer del primer día de la semana, es decir, del domingo, del día del Señor. El día más importante para cualquier cristiano, la conmemoración del día de su resurrección; el día en el que la comunidad cristiana en pleno se encuentra para celebrar la eucaristía. También aquel día, los discípulos se encontraban juntos. Sin embargo, tenían las puertas cerradas y estaban aterrados de miedo. En esta situación se presenta Jesús en medio de ellos, deseándoles la paz. Que no se turbe vuestro corazón, no tengáis miedo, yo estoy con vosotros y os traigo paz; Jesús resucitado ha vencido a la muerte y al pecado.

Les muestra las manos y el costado. Ante su temor y estupor, Jesús quiere mostrarles la prueba tangible de su pasión y muerte. Pasión y muerte que ha traído la paz y la salvación al mundo entero. Y «prueba» de que aquel que murió en la cruz ha resucitado, está vivo entre nosotros. Ante tal acontecimiento y descubrimiento no cabe más que la alegría desbordante.

Y Jesús resucitado envía a sus discípulos; los envía a la misión que ya les había encomendado anteriormente: «Id y predicad la alegría del evangelio». Pero, ahora, ya están preparados. Insufló sobre ellos el Espíritu Santo. Este les dará valor, coraje y la fuerza necesaria para llevar a cabo la misión. Les concede el poder de perdonar lo pecados. A partir de entonces serán también representantes y transmisores de la misericordia del Padre, el único que puede perdonar los pecados.

Tomás no se encontraba allí en aquel momento y le relatan el feliz acontecimiento. Él no les cree. Aquello que le están contando no es verosímil, no es lógico es imposible según la razón humana. Necesita pruebas. Y nuevamente Jesús resucitado se hace presente. Ahora sí está Tomas. Aquí están las pruebas. Jesús no le reprocha nada, simplemente se muestra a él. Y posteriormente le invita a creer incluso en lo imposible, cuando esto viene de Dios. Tomás no puede más que realizar su profesión de fe: «¡Señor mío y Dios mío!».

Lo importe no es creer porque uno ha experimentado la manifestación de Dios, porque haya visto pruebas tangibles, porque las dudas se hayan disipado. Dichoso aquel que crea sin haber visto.

Otros signos, realizó Jesús que no están escritos en los evangelios. Otros signos, sigue realizando hoy en nuestro mundo, en tu vida y en mi vida, en nuestro acontecer cotidiano. ¿Seremos capaces de reconocerlos?

CAMINO – MEDITACIÓN

 • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Cada domingo, como aquel primer día de la semana, cada día, Jesús se hace presente, se manifiesta en la comunidad, en el hermano, en la escucha de la Palabra y sobre todo en la eucaristía. ¿Eres consciente de ello? ¿Cómo vives estos acontecimientos? ¿Reconoces a Jesús en estos espacios, lugares y circunstancias?

• Jesús viene a traerte la paz, ¿cómo vives tu día a día, ante las distintas situaciones, circunstancias, acontecimientos…? ¿Vives con angustia, con pesadumbre, con miedo?

• También sobre ti ha descendido el Espíritu Santo para que seas testigo de la misericordia y el amor de Dios entre todos aquellos que entran en contacto contigo. ¿Verdaderamente eres testigo del evangelio? ¿Qué actitudes, conductas, gestos has de cambiar en tu vida?

• ¿Será Tomás tu mellizo? ¿Eres incrédulo o creyente? ¿Necesitas pruebas palpables, empíricas? ¿Necesitas ver y tocar para creer? ¿Has tomado el pulso a tu fe?

• Escucha en lo más profundo de tu persona como Jesús te dice: «¡Dichoso porque crees sin haber visto!». Quédate ahí algunos instantes y dialoga con Jesús

VIDA – ORACIÓN

• Glorifica al Padre y alábale el regalo de la resurrección, la de Jesús y la nuestra.

• Da gracias a Jesús por enviarte a ser testigo del evangelio y por el diálogo que has mantenido con él hace un momento.

• Pide al Espíritu Santo que te otorgue la fuerza necesaria, el vigor y la valentía para anunciar a Cristo Resucitado.

“Tampoco yo te condeno” Lectio divina para el V Domingo de Cuaresma (Ciclo C)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Jn 8,1-11)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer, se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que no tenga pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Los fariseos y sumos sacerdotes han mandado a los soldados de la guardia del Sanedrín para que prendan a Jesús, pues muchas de las cosas que enseña van en contra de la ley de Moisés. La gente está dividida. Unos piensan que Jesús es un profeta; otros que es el mesías; otros que es un “cantamañanas”, que quiere aprovecharse de la situación. Los soldados vuelven ante los sumos sacerdotes y los fariseos, sin prender a Jesús, pues “nadie habló jamás como ese hombre” (Jn 7,46).

Los fariseos y sumos sacerdotes discuten acerca del origen del artesano de Nazaret.

A continuación, nos encontramos el relato que hoy nos ofrece la liturgia de la Palabra.

Jesús se retiró al Monte de los Olivos. Un lugar al que solía retirarse, con frecuencia, para orar.

Al amanecer vuelve al templo, y continúa enseñando a la gente que se sentaba a su alrededor para escucharle.

En eso, irrumpen en escena los fariseos y los escribas. Llevan con ellos a una mujer que, parece ser, ha sido sorprendida mientras cometía adulterio.

La colocan allí en medio, entre Jesús y la gente, a la vista de todos. Según la ley, esa mujer debe ser apedreada hasta morir (Lev 20,10; Dt 22,22.24). Aunque según estos textos, y con la ley en la mano, debían ser ajusticiados ambos: hombre y mujer.

Preguntan a Jesús, considerados por muchos como maestro, acerca de la aplicación de esta ley. A decir verdad, respondiera lo que respondiera, iban a condenarlo; de una manera u otra, estaba en un aprieto. Si pedía aplicar la ley, podrían decir a la gente que no era tan misericordioso como predicaba que se debía ser. Si pedía no aplicar la ley, tampoco resultaba ser bueno, puesto que se ponía en contra de la ley. La verdad es que la situación era cuanto menos complicada.

Sin embargo, Jesús parece no inmutarse y comienza a escribir en el suelo. Dicho gesto ha recibido innumerables interpretaciones, acerca de las cuales, los expertos no se ponen de acuerdo. Algunos interpretan que lo que escribió Jesús fue la respuesta a su pregunta; otros aluden a un pasaje de la profecía de Jeremías, donde dice que los nombres de aquellos que se separan de Yahvé serán escritos en la tierra, con lo cual el viento o la lluvia lo harán desaparecer (cf. Jer 17,13). Según Secundino Castro, en su obra Evangelio de Juan, podría interpretarse como que, al igual que la Ley entregada a Moisés fue escrita por el dedo de Dios en la piedra, ahora Jesús escribe la suya en la tierra; es una Ley que tiene en cuenta la debilidad de la persona y se le da la oportunidad de borrar su pecado; es una Ley para el hombre, que es terreno frágil. Jesús no ha venido a condenar, sino a salvar (pág. 188s).

Ante la insistencia de los acusadores, Jesús se levanta y les dice: «El que de vosotros no tenga pecado que tire la primera piedra». Y continuó escribiendo en la tierra. Jesús pone el foco de la discusión en otro lugar. Hace que los acusadores se examinen a ellos mismos a la luz de la ley.

Los acusadores se van escabullendo, empezando por los más ancianos. Comienzan a marcharse los que más autoridad tienen, los más respetados, los considerados mejores. Todos somos pecadores; por tanto, ninguno estamos en condiciones de condenar a nadie.

Nadie ha condenado a la mujer. Jesús tampoco. Pero, este hecho no quiere decir que Jesús sea un permisivo; el ser humano tiene que hacer un esfuerzo para no pecar, para no quebrantar la Ley, cuyo primer mandamiento es el amor a Dios y al prójimo.

«Vete, y no peques más». La Ley de Jesús, la Ley de Dios, tiene en cuenta la debilidad del ser humano y se basa en el principio de la misericordia. Condena el pecado, pero tiene misericordia con el pecador. Invita a la mujer a la conversión. La restituye como hija de Dios y la compromete a que no peque más.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Qué me dice la actitud de los fariseos y de los sumos sacerdotes acerca de mi propia vida?

• Pensar que uno es justo y no comete falta alguna, es un pecado en que cualquiera de nosotros puede caer. Reviso mi vida respecto a este punto.

• ¿En qué momentos de tu vida te conviertes en acusador/a? ¿De qué manera lo haces? ¿Qué te mueve a hacerlo?, ¿el cumplimiento estricto de la Ley?, ¿ayudar al hermano a cambiar?, ¿la misericordia?

• ¿Acoges a todas las personas, especialmente a los excluidos de nuestra sociedad, sin etiquetarlas, sin juzgarlas, tratando de ayudarlas a crecer?

• ¿Qué cambios has de realizar en tu vida para acoger a los excluidos de la sociedad, de la comunidad?

• Acoger no quiere decir ser permisivo; hemos de mostrar y ofrecer la Ley de Jesús, lo cual implica esfuerzo, pero desde el amor. ¿Lo tienes en cuenta en tu vida cotidiana?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por haber escrito tu Ley en nuestro corazón y ofrecernos tu amor y misericordia.

• Gracias, Jesús, por interpretarnos la Ley desde el amor y habernos entregado el mandamiento principal: «Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». • Ayúdanos, Espíritu Santo, a perdonar al hermano y a no convertirnos en acusadores intransigentes. Que busquemos siempre el bien de la otra persona, presentándole la vida y la vivencia de Jesús de Nazaret, “sin algodones”, pero con amor y misericordia, poniendo siempre a la persona en el centro.

“Vieron su gloria” Lectio Divina del II domingo de Cuaresma (Ciclo C)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 9, 28b-36)

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían del sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

En este segundo domingo de Cuaresma la liturgia nos ofrece, para nuestra meditación y oración, en los tres ciclos litúrgicos, el texto conocido como la transfiguración de Jesús. En este ciclo C, en el que nos encontramos, se nos presenta dicho relato según la versión del evangelio de Lucas.

Estamos encima de una montaña, en una situación temporal imprecisa. Aunque aquí no lo hemos recogido, y tampoco lo recoge la liturgia de la palabra, el texto comienza diciéndonos: «Unos ocho días después…» Y, al menos a mí, inmediatamente, me asalta una pregunta: ¿ocho días después de qué? ¿del regreso de los discípulos una vez que Jesús les enviara a predicar el Reino? ¿Ocho días después de la profesión de fe de Pedro? ¿Ocho días después del primer anuncio de su pasión? Pues probablemente, según nos dicen los estudiosos, después de estos dos últimos acontecimientos.

A partir de, lo que conocemos por los otros sinópticos, los discípulos, especialmente Pedro, no han entendido nada de aquel anuncio. ¿Cómo es posible que el Mesías vaya a padecer todo eso y muera? ¿Y qué es eso de que después va a resucitar? A los discípulos les cuesta entender las palabras de Jesús.

Por eso, Jesús quiere manifestarse a ellos y confirmarles en la fe. Es un intento de que sus discípulos cambien la concepción que tienen acerca del Mesías. La transfiguración es una confirmación de que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías esperado. Es un anticipo de la resurrección. Pero vayamos por partes.

Decíamos más arriba que nos encontramos en una montaña; este lugar es privilegiado para el encuentro con Dios. Basta recordar los encuentros de Moisés con Dios en el monte Sinaí (Éx 19,20; 24,12-15; 34,2-4) o de Elías en el monte Horeb (1Re 19,8). Jesús está allí orando, encontrándose con el Padre y en aquel momento cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente.

Inesperadamente, aparecen dos hombres que se ponen a hablar con Jesús. ¿Quiénes son? Moisés y Elías. Pero, ¿quiénes son estos personajes y por qué se aparecen? Moisés representa la Ley, él la había recibido en el Sinaí; y Elías representa a los profetas, éste había sido arrebatado al cielo por un carro de fuego (2Re 2,11) y según la profecía de Malaquías, tiene que volver a preparar el camino al Mesías (Mal 3,23). Por tanto, la Ley y los profetas, el Antiguo Testamento, viene a dar testimonio de Jesús como Hijo de Dios.

Y, ¿acerca de qué dialogan Moisés, Elías y Jesús? Pues según nos dice el texto, precisamente, acerca de la duda que tenían los discípulos: de la muerte de Jesús, la cual iba a tener lugar en Jerusalén. El Mesías esperado no es un Mesías poderoso, guerrero y aniquilador de enemigos. El verdadero Mesías tendrá que padecer y morir, pero al tercer día será resucitado por el Padre. De este modo, Jesús nos liberará de todas nuestras ataduras y de la más importante, de la atadura de la muerte; puesto que, si él resucitó, nosotros también resucitaremos, a pesar de todos nuestros problemas, de nuestras dificultades, de nuestras miserias.

Aunque los discípulos estaban cargados de sueño, se mantuvieron despiertos y pudieron ver la gloria de Jesús y a los dos personajes que se encontraban junto a él. Y su reacción fue lógica. En aquel instante, no se dan cuenta de la importancia del acontecimiento que están viviendo. Sus mentes están en otra parte, no perciben la realidad de una manera clara, están aturdidos. Y reaccionan, sobre todo Pedro con aquellas palabras: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a quedarnos». Eso de tener que pasar por una pasión, por la muerte… Todo eso no tiene sentido, vamos a quedarnos, quítate de problemas. Según, el texto, Pedro no sabe lo que dice.

Mientras está hablando, una nube del cielo los cubrió. La nube, recordemos, es símbolo de la presencia de Dios (Éx 40,34-38; Núm 10,11s.). Entonces, se oye la voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo, el elegido, escuchadle». De este modo, el Padre confirma que Jesús es el Hijo de Dios, y que nosotros lo que debemos hacer es escuchar su Palabra.

Los discípulos guardan silencio y no contaron a nadie lo ocurrido. Tendrán que vivir la experiencia de la Pascua para entender verdaderamente este acontecimiento y comenzar a anunciar a Jesús Resucitado por todos los confines del mundo.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Hoy también a ti, Jesús te invita a subir con él a la montaña para orar. ¿Cuál es tu montaña? ¿Qué sientes? ¿Aceptas la invitación? ¿Cuál es tu experiencia en esta montaña?

• ¿Qué significado tiene en tu vida que Moisés y Elías, la ley y los profetas, vengan a confirmar que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Qué significa para ti que Jesús sea el Hijo de Dios? ¿Qué significado adquiere todo esto para tu vida diaria?

• Jesús cada día se manifiesta en tu vida. ¿De qué manera? ¿Cómo lo percibes? ¿Cómo es ese encuentro? ¿Sirve para cambiar tu percepción y tu modo de vivir el día a día?

• ¿Escuchas la Palabra de Jesús? ¿Cambia en algo tu vida?

• No puedes quedarte en la montaña, has de bajar a la vida cotidiana y, desde tu experiencia pascual, contar lo que has visto y oído a todos aquellos que salen a tu encuentro.

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por revelarnos que Jesús es tu Hijo amado, que puede transformar, desde lo más hondo de nuestro ser, nuestras vidas.

• Gracias, Jesús, porque cada día te muestras y te revelas en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida.

• Ayúdanos, Espíritu Santo, a configurarnos cada día más con Jesús y a llevar su Palabra a todos nuestros hermanos.

“Vencer la tentación” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO I DE CUARESMA – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 4,1-13

En Aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán. El Espíritu Santo lo llevó al desierto, donde durante cuarenta días fue tentado por el diablo. Durante esos días no comió nada, y al final tuvo hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres hijo de dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. Luego el diablo lo llevó a un lugar alto, les mostró todos los reinos del mundo en un instante y le dijo: “Te daré todo este imperio y el esplendor de estos reinos, porque son míos y se los doy a quien quiero. Si te pones de rodillas y me adoras, todo será tuyo”. Jesús le respondió: “Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo servirás”. Entonces lo llevó a Jerusalén, lo subió al alero del templo y le dijo: “Si eres hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: Ordenará a sus ángeles que cuiden de ti, que te lleven en las manos para que no tropiece tu pie con ninguna piedra”. Jesús respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”. Y acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta el tiempo oportuno.

Nos encontramos, ya inmersos en el tiempo de Cuaresma. Y en este primer domingo de la misma, la Iglesia nos propone leer, meditar y orar con el relato de las tentaciones sufridas por Jesús en el desierto, según la versión del evangelista Lucas. Narración que es común a los tres evangelios sinópticos y Juan también nos presenta el tema (6,15.26-34;7,1-4): Marcos nos la relata de una manera muy breve (1,12s); Mateo (4,1-11) y Lucas (4,1-13) la describen de una manera más amplia, aunque invirtiendo el orden de la segunda y tercera tentación. Los especialistas no se ponen de acuerdo acerca de cuál puede ser el relato original. Lo que si podemos decir es que, probablemente, Lucas hace esto dada la importancia que para él tiene Jerusalén, hacia donde Jesús se encamina para consumar la salvación de la humanidad, y donde tendrá lugar el último combate contra Satanás en el Huerto de Getsemaní.

Para ponernos un poco en contexto hemos de recordar que acabamos de dejar a Jesús en el Jordán después de su bautismo (3,21s) y después del acontecimiento que nos ocupa comenzará su vida pública con la predicación en Galilea (4,14-9,50).

Pensaba dejarlo para el final, pero creo que es interesante, antes de meternos de lleno con el comentario del texto, preguntarnos acerca de la historicidad de este relato. ¿Ocurrió o no en realidad? ¿Qué testimonio tenemos de ello? ¿Quién fue testigo del hecho? Nadie, excepto Jesús, estaba presente cuando ocurrieron los hechos. ¿Qué da entonces credibilidad al relato? No existe ninguna razón por la cual podamos aducir que Jesús no haya querido retirarse al desierto antes de comenzar su ministerio público. De acuerdo con Isabel Gómez Acebo, creemos que allí es muy posible que sufriera algún tipo de “lucha interior” (tentaciones), que él después relató a los discípulos, para hacerles ver que él mismo había sufrido tentaciones, que conocía perfectamente de qué pasta estaban hechos y les mostraba la manera de vencer la tentación. Dicho esto, si que es cierto, que no debemos tomarnos el relato al pie de la letra. Muy posiblemente, con la base del testimonio de Jesús, los evangelistas construyeron su propia narración de los hechos. Jacques Dupont nos puede esclarecer algo más cuando afirma que, lo más probable, es que Jesús hablaba de una experiencia que él había vivido y que posteriormente sus seguidores han traducido a un lenguaje figurado para atraer la atención de sus oyentes. Por tanto, podemos concluir que las tentaciones fueron una experiencia concreta en la vida de Jesús, que fueron reales y concretas en su vida, y que Jesús fue capaz de vencerlas y quiere ayudarnos a nosotros a vencer las nuestras, aunque nos resulte difícil.

Es el Espíritu Santo, quien conduce a Jesús al desierto; pero será el diablo el que elija el momento más propicio para tentar a Jesús. Pero, recordemos que el desierto es el lugar de encuentro con Yahveh, lugar donde Dios se relaciona de manera amistosa y amorosa con su pueblo (p.e. cf. Os 2,16).

Tengamos en cuenta que, Jesús sufre tres tentaciones, el número tres representa la totalidad y el número cuarenta, refiriéndose a los cuarenta días de desierto, hace alusión a los cuarenta años que paso el pueblo de Israel en el desierto (Núm 14,33), aunque existen otras muchas referencias en el Antiguo Testamento.

En el desierto, el diablo aprovecha un momento de máxima debilidad de Jesús, sentía hambre, para tentarlo. Jesús después de cuarenta días de ayuno, experimenta hambre. El diablo aprovecha para “recordarle” que es el hijo de Dios, por lo que puede realizar un “milagro”, valiéndose de ese privilegio para saciar su hambre. Jesús le responde con las palabras de Deuteronomio 8,3. Jesús no utilizará su poder en beneficio propio. Al contrario del pueblo de Israel, que dudó de la promesa de Yahveh y murmuró contra él pensando que no podría alimentarlos (Éx 16). Jesús se mantendrá firme en sus convicciones y fiel a la voluntad de Dios.

El diablo no satisfecho le ofrece todos los reinos y riquezas de la tierra, para ello quiere que se postre y le adore. Jesús vuelve a contestarle con otro pasaje del libro del Deuteronomio (6,13): “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo servirás”. Su hora aún no ha llegado, está se cumplirá cuando el Padre haya dispuesto. Y enseña a sus seguidores que él no ha venido a que le sirvan, si no a servir.

En un tercer momento, el diablo vuelve a las andadas. Ahora le lleva a la Ciudad Santa, a Jerusalén, a lo más alto del Templo, sugiriéndole a Jesús que se tire abajo, puesto que, si es hijo de Dios, su padre no permitirá que sufra daño alguno. Y, además, quiere combatirle con sus mismas armas para lo que le arroja dos citas del salmo 91. Jesús vuelve a responderle con palabras del libro del Deuteronomio (6,16), donde al pueblo se le dice que no tentará al Señor su Dios, haciendo alusión al momento en el que el pueblo se amotina contra Yahve en Meribá porque no tenían agua.

Ante el derrotero que toman los acontecimientos, el diablo se alejó para volver en un momento más oportuno, el momento de su pasión y muerte. En el que Jesús vencerá definitivamente al pecado, al mal y a la muerte. Nunca podrá prevalecer el poder del mal frente al poder del bien.

Jesús nos invita, nos muestra y es nuestro sostén para vencer la tentación de la riqueza, del poder, de la espectacularidad, de la falta de fe, de la autosuficiencia. Dejémonos transformar por el Espíritu Santo y seamos fuertes en la tentación.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Cuáles son las tentaciones que te acechan en tu vida diaria?

• ¿Cómo te enfrentas a dichas tentaciones?

• ¿Te alimentas a diario de la Palabra de Dios, para desde ella y con ella hacer frente al mal que te acecha cada día?

• ¿En tus momentos de debilidad te agarras a Jesús y María como tablas de salvamento?

• ¿Dejas al Espíritu Santo guiar tu vida?

VIDA – ORACIÓN

Bendito y alabado seas, Padre, por todos los beneficios que me regalas a diario. Gracias por la Encarnación de tu Hijo, Jesús, que nos muestra el camino a seguir para vencer nuestras tentaciones. Me arrepiento de todo corazón de mis pecados porque ellos me alejan de tu infinita bondad. Muéstrame tu misericordia y dame la fuerza de tu Espíritu para vencer las tentaciones que me acechan en mi vida diaria. Te lo pido totalmente confiado en las palabras de Jesús: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederé”. Amén.

“Amando como el Padre” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 6,27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Yo os digo a vosotros que me escucháis: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian. Al que te abofetea en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quita el manto, dale también la túnica. Da a quien te pida y no reclames a quien te roba lo tuyo. Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? También los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis el bien a los que os lo hacen, ¿qué mérito tendréis? Los pecadores también lo hacen. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores para recibir de ellos otro tanto. Pero vosotros amada a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar remuneración; así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y con los malvados. Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso. No juguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; se os dará una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midáis seréis medidos vosotros.

Queridos hermanos y hermanas, seguidores de este blog y de la lectio divina: me encuentro de ejercicios espirituales; lo cual, es un verdadero regalo de Dios Padre Misericordioso. Iba a dejar pasar la semana sin preparar este guion. Sin embargo, sé que es una ayuda para muchos de vosotros, por lo que pensando en que no me disiparía mucho meditando y orando este pasaje del evangelio, así que decidí que, aunque fuera brevemente, debía tener este encuentro semanal con vosotros. Eso sí os pido que me recordéis en vuestra oración. Muchas gracias.

El evangelio que hoy nos presenta la liturgia, es uno de esos que sacados de contexto puede resultar, al menos, equívoco. ¿Por qué digo esto? Pues, si yo sin ninguna otra explicación, sin colocar el texto en su contexto, sacándolo del pasaje propio y del momento concreto en que está escrito, le lanzo a cualquier persona a modo de dardo la siguiente afirmación: “Al que te abofetea en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quita el manto, dale también la túnica. Da a quien te pida, y no reclames a quien te roba lo tuyo”. Si yo lanzo semejante afirmación, como decía más arriba, sin explicación alguna, puedo estar dando a entender que Jesús pide a sus seguidores que no se defiendan ante una injusticia, que se dejen quitar los suyo, sin rechistar y que además, si alguien viene a robarme y me pide el reloj, le dé también la cartera.

Esto pasa con cualquier texto que sacamos de su contexto y que pronunciamos de manera aislada.

Creo que este texto debe ser acogido en su conjunto y sobre todo, teniendo en cuenta la afirmación del versículo 16: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”. Y fijándonos en que hay una afirmación que se repite en tan pocos versículos. Una vez: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian” (27b-28). Y otra vez: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad son esperar remuneración” (35a).

El texto es continuación del que orábamos el domingo pasado. Por tanto nos encontramos dentro de lo que los especialistas llaman el “sermón de la llanura”. El cual, como veíamos la semana pasada es el discurso programático de Jesús. En él, se dirige a sus discípulos y a toda la multitud que le estaba escuchando (cf. Lc 6,17).

Pero vayamos por partes, ¿Qué es ser misericordioso? Ser misericordioso, es sentir en el corazón las miserias del otro; sentir en mis entrañas las debilidades de mi prójimo; dejarme estremecer por las necesidades, la inconsistencia, la fragilidad de mi hermano. Sentir sus necesidades, su indigencia su pobreza. De la misma manera que el Padre misericordioso hace conmigo.

Jesús no nos pide que seamos unos pusilánimes, unos apocados, unos cobardes… Nos pide que nos comportemos con nuestro prójimo de la misma manera que el Padre se porta con nosotros.

Porque a mí me gusta que los otros me traten bien, que sean considerados conmigo, que me ayuden… Pues, de la misma manera debo tratar yo a los demás: “Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros” (31).

Jesús lo que nos está pidiendo es que demos un paso más, que se nos distinga por nuestras acciones, pero sobre todo por el amor que ponemos en ellas. Un amor como el del Padre, que ama sin condiciones, que ama a pesar de, que ama siempre y sin esperar nada a cambio. Quiere que nuestro amor sea gratuito, independientemente de lo que el otro haya hecho por mí, o me haya dado.

De esta manera, ahora sí que soy capaz de dar y darme sin medida; pero no por mérito propio, sino dejándome transformar por el Espíritu en otro Cristo que va mostrando la misericordia del Padre.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Cómo resuenan en ti las palabras del versículo 16: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”?

• ¿Qué significa para ti, ser misericordioso? ¿Cómo vives la misericordia en tu día a día?

• ¿Cómo es tu trato personal con aquellos que te encuentras cotidianamente? ¿Trasparentas de alguna manera a Jesús?

• ¿Cómo es el amor que siento y manifiesto a mi prójimo?

• ¿De qué manera dejo trabajar al Espíritu para que vaya transformándome poco a poco, cada día?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por la gran misericordia que nos tienes y nos muestras cada día.

• Gracias, Jesús, por mostrarnos el verdadero rostro del Padre y ofrecernos los medios para ser misericordiosos como él. • Ayúdanos, Espíritu Santo a dejarnos transformar por ti según nuestro modelo Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.

“La verdadera felicidad” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 6,17.20-26

En aquel tiempo, bajo Jesús del monte con los Doce y se detuvo en una explanada en la que había un gran número de discípulos y mucha gente del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón.

Entonces Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos comenzó a decirles:

Felices los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.Felices los que ahora tenéis hambre, pues quedaréis hartos.

Felices los que ahora lloráis, porque reiréis.

Felices seréis si os odian los hombres, si os excluyen, os insultan y proscriben vuestro nombre como infame por causa del hijo del hombre. Alegraos aquel día y saltad de gozo porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Así trataban vuestros padres a los profetas.

Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestra consolación!

¡Ay de vosotros, los que estáis hartos, porque tendréis hambre!

¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!

¡Ay de vosotros cuando os alaben todos los hombres! Así alababan vuestros padres a los falsos profetas.

Nos encontramos hoy con un pasaje del evangelio, al menos, sorprendente. ¿Cómo es posible que Jesús llame felices a los pobres, a los que lloran, a los hambrientos, a los perseguidos? Y, ¿cómo es posible, que llame infelices a los ricos, a los que están hartos, a los que ríen, a aquellos que son admirados y adulados por los hombres? Todo esto choca mucho con lo que puede ser nuestra experiencia diaria. Pero intentemos profundizar un poco en el texto; y con ello, es posible que entendamos un poco mejor lo que quería decir Jesús.

Por primera vez, en el evangelio de Lucas, éste nos presenta en qué consiste la predicación de Jesús. Podríamos decir, que es la primera enseñanza de Jesús, después de que en la Sinagoga de Nazaret presentara su programa, basándose en el profeta Isaías (Lc 4,16-30). Y este discurso resulta algo paradójico. ¿No crees? Pero Jesús es así.

Aunque a mí, rápidamente me asalta una pregunta: ¿hay que estar en la miseria para poder salvarse? ¿Es necesario estar continuamente sufriendo para entrar en el Reino? A mi parecer, lo que Jesús está ofreciendo y nos está ofreciendo es esperanza. Esperanza a todos aquellos que no ponen su ilusión, su confianza, su seguridad en las cosas materiales, en las posesiones, en la felicidad superflua o en lo que los otros dicen de ellos.

Bueno, pues vamos a ver, aunque sea brevemente, cada una de estas llamadas bienaventuranzas y de sus respectivas “maldiciones”.

Felices los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Lo primero a tener en cuenta es que esta declaración de Jesús está en presente, por lo que el pobre no es que sea feliz en una vida futura, el pobre es feliz ahora. ¿Por qué? Porque el reino es suyo, ya están disfrutando de él, ya está presente entre ellos. Felices a pesar de estar marginados, a pesar de ser degradados, despreciados y considerados impuros por parte de la sociedad… Felices porque no confían en sus propias riquezas, en sus propios medios, en sus propias seguridades. Y esto no es únicamente una condición social. Se puede ser pobre con una mentalidad de rico, se puede ser pobre y estar deseando el lujo, se puede ser pobre y querer oprimir al otro. Y de esa manera por muy pobre que sea uno, nunca podrá ser feliz porque el reino de Dios no está en él. Pero felices todos aquellos que quieren revertir la injusticia en la sociedad, felices los que desean e intentan llevar a cabo un cambio en las condiciones sociales, felices los que buscan una convivencia fraterna, donde los bienes se comparten, de estos es el reino de Dios.

Felices los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis hartos.

Entre los cristianos esta situación es reversible. Es muy posible que mucha gente en la actualidad pase hambre, pero eso no puede ser definitivo. El seguidor de Jesús ha de salir al frente de las necesidades de su hermano, no puede quedarse impasible, no puede mirar hacia otro lado. Al cristiano le toca anunciar y denunciar, al cristiano le toca arrimar el hombro y ayudar al necesitado; por eso esa situación no es definitiva. El cristiano ha de hacer todo lo posible para que el excluido, el rechazado, el despreciado pueda insertarse en el tejido social y cubrir sus necesidades básicas.

Felices los que ahora lloráis, porque reiréis.

Tampoco el sufrimiento, el dolor, la angustia son definitivos. Lo definitivo es la construcción del reino. Un reino que es capaz de acercarse al hermano que sufre y ofrecerle una mano amiga, un abrazo, un estar a su lado, un no estás solo, un vamos a luchar juntos, un vamos a ser compañeros de camino… No, ninguno de nosotros vamos a solucionar los problemas de la humanidad; pero, si que vamos a poner de nuestra parte, vamos a ofrecer recursos, vamos a estimular al hermano caído para que encuentre sus fortalezas, sus potencialidades, sus habilidades, sus capacidades. No vamos a dejar que se hunda en la miseria. Y entonces, podremos reír juntos.

Felices seréis si os odian los hombres, si os excluyen, os insultan y proscriben vuestro nombre como infame por causa del hijo del hombre.

Felices seréis si confiáis en Dios e intentáis poner en práctica las enseñanzas y la vida del Maestro. Y no tengáis ninguna duda de que esto ocurrirá, si de alguna manera pretendéis poner en práctica en vuestra vida el seguimiento de Jesús. Felices porque estáis en el buen camino, porque estáis construyendo el reino de Dios, porque estáis actualizando la buena Noticia y haciéndola presente en nuestros día a día.

A continuación, Lucas nos presenta las cuatro maldiciones o amenazas. Las cuales se contraponen a las cuatro bienaventuranzas. No me extenderé mucho en ellas, pues si no está Lectio resultaría excesivamente extensa. Lo mismo que hemos hecho con las bienaventuranzas podemos dedicar alguna entrada del blog a ellas. Pero si que me gustaría destacar lo siguiente.

Infelices son aquellos que van sobrados por la vida, los que se sienten totalmente satisfechos sobre todo con lo que tienen y no con lo que son, los que no necesitan de nada ni de nadie, los que viven encerrados en su propio egoísmo y dando la espalda al sufrimiento de los demás. Infelices porque intentan contentar a dos señores a la vez, y eso es imposible. Infelices los que intentan agradar a todo el mundo, los que únicamente buscan el prestigio y los primeros puestos. Infelices porque tienen una falsa autoestima y no quieren desarrollarse y crecer como personas.

En definitiva, para alcanzar la verdadera felicidad es imprescindible experimentar la misericordia de Dios, para poder de alguna manera ofrecerla y regalarla a los demás; es imprescindible confiar y poner nuestra esperanza en un Padre que nos ama infinitamente y que acoge a todos sin diferencia; es imprescindible, dejarnos modelar por el Espíritu Santo y poner en práctica las actitudes vitales de Jesús para que nuestro mundo sea un reflejo del Reino de Dios. Un mundo en que el amor incondicional y gratuito sea una realidad.

Pongámonos manos a la obra.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Dónde tienes puesta tus esperanzas, tus aspiraciones, tus sueños?

• ¿De qué tienes “hambre”? ¿Qué deseas verdaderamente en tu día a día?

• ¿Qué recursos, que dones, talentos, capacidades pones al servicio de los demás para que puedan alcanzar la felicidad?

• Hay más felicidad en dar que en recibir. ¿Qué piensas de esta frase? ¿Cómo se hace palpable en tu vida? ¿Cómo la experimentas en tu día a día?

• ¿Qué estás dispuesto a hacer para que la felicidad sea una realidad en nuestro mundo? ¿Para que el reino de Dios esté cada día más presente en tu vida y en la de los demás?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por el gran amor que nos regalas y por querer siempre nuestra felicidad.

• Gracias, Jesús, por ofrecernos los medios necesarios para que la felicidad sea una realidad en nuestro mundo.

• Ayúdanos, Espíritu Santo, a poner en práctica el Evangelio, a ofrecer nuestro amor, nuestra ayuda y nuestra persona para que todos podamos alcanzar la verdadera felicidad.

Lectio Divina domingo III del tiempo ordinario Ciclo C (Lc 1,1-4;4,14-21)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO

Ilustre Teófilo: Puesto que muchos han intentado componer la narración de las cosas realizadas entre nosotros, según nos lo han enseñado los mismos que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, que he investigado cuidadosamente todo desde los orígenes, hacerte una narración ordenada, para que conozcas el fundamento de las enseñanzas que has recibido de palabra.

Jesús, impulsado por el Espíritu, regresó a Galilea, y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alaban.

Llegó a Nazaret, donde se había criado. El sábado entró, según su costumbre, en la sinagoga y se levantó a leer. Le entregaron el libro del profeta Isaías, desenrolló el volumen y encontró el pasaje en el que está escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor». Enrolló el libro, se lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó; todos tenían sus ojos clavados en él; y él comenzó a decirles: «Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura».

El texto con el que vamos a orar en este III domingo del Tiempo ordinario, está dividido en dos partes: por un lado, el llamado prólogo de Lucas y, por otro, la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret.

Otros muchos antes de Lucas han intentado componer una narración acerca de la vida de Jesús, basada en lo que han enseñado los testigos oculares y ministros de la palabra. Además, el autor del evangelio ha realizado sus propias investigaciones y ha decidido poner por orden dicha narración. Y, por último, con una finalidad concreta: que Teófilo conozca el fundamento de las enseñanzas que este ha recibido de palabra.

Desconocemos quién es este personaje ilustre al que se dirige la obra. Etimológicamente, significa «amado por Dios». La preocupación de Lucas es la de fundamentar su fe. Pero la intención del autor no es solo escribir para Teófilo, sino para todo aquel que quiera conocer de «primera mano» la vida y obra de Jesús. Desde este punto de vista ese «amado por Dios», querido lector, podemos ser tú y yo que queremos conocer el fundamento de las enseñanzas que hemos recibido, o cualquier persona que quiera conocer a Jesús.

La segunda parte del texto nos ofrece el relato de la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret. Con ella, Lucas quiere ofrecernos una síntesis del ministerio de Jesús y de los grandes temas que caracterizan dicho evangelio.

Jesús impulsado por el Espíritu. Todo el ministerio de Jesús estará caracterizado por este hecho. Jesús en todo momento de su vida actúa impulsado por el Espíritu.

Recorre la comarca de Galilea, enseñando en las sinagogas. Su fama se extiende por toda la comarca y todos los que escuchan sus enseñanzas las alaban.

Dentro de este contexto, un sábado llegó a Nazaret, el pueblo en el que se había criado, así que la gente lo conoce perfectamente. Según su costumbre entra en la sinagoga. Jesús acostumbraba a celebrar el sábado en la sinagoga. Jesús se levanta a leer, concretamente un pasaje del profeta Isaías (Is 61,1-2). Lucas omite el pasaje final amenazador acerca de la venganza de Dios. El autor quiere, sobre todo, subrayar que Jesús ha venido a salvar y a ofrecer la salvación del Padre. A continuación, Jesús se sienta para comentar el texto. Pero antes vamos a analizar, aunque sea brevemente el pasaje de Isaías leído por Jesús. Él se atribuye a sí mismo aquellas palabras. Jesús es el ungido por Dios, está plenificado por el Espíritu, lleno de él. Y ha sido enviado por el Padre para «llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor». Es el programa de la actividad, la vida y la obra de Jesús.

Los ojos de todos están fijos en Jesús, están expectantes. Pero Jesús, lejos de hacer un comentario acerca del pasaje, lo que hace es actualizarlo: hoy se cumplen estas palabras. Y en nuestro hoy estas palabras son de una aplastante actualidad. Hoy nosotros debemos hacer realidad estas palabras de Jesús. Hoy nosotros somos llamados «a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor».

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Al igual que Lucas, ¿tratas también de fundamentar tu fe, de investigar, de formarte… para crecer en tu vida como cristiano?

• Jesús es impulsado en su acción por el Espíritu Santo, ¿cómo es tu relación con él? ¿le invocas frecuentemente para que él te ilumine, te guíe, te acompañe en tu vida cotidiana?

• Jesús cumple con sus obligaciones como buen judío. Lejos de lo que puede ser el cumplimiento, ¿intentas en tu vida ser coherente con tu condición de seguidor de Jesús?

• Tú también eres enviado por Jesús para anunciar la buena nueva, para iluminar a otros, para curar las enfermedades de nuestro tiempo, para liberar a nuestros contemporáneos de sus opresiones, a proclamar la misericordia de Dios. ¿Eres consciente de ello? ¿Cómo lo vivencias en tu día a día?

• «Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura». ¿Cómo acoges y actualizas la Palabra en tu vida?

VIDA – ORACIÓN

Bendito y alabado seas, Señor, por regalarnos tu Palabra. Una Palabra llena de amor y misericordia.

Gracias, Jesús, por llamarnos a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor.

Desciende, Espíritu Santo, sobre todos nosotros para que seamos capaces de actualizar el mensaje de Jesús y ponerlo por obra.

“VINO NUEVO” LECTIO DIVINA DEL II DOMINGO DEL T.O. – CICLO C

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Jn 2,1-11)

En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: «No les queda vino». Jesús le contestó: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora». Su madre dijo a los sirvientes: «Haced lo que él diga». Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. Jesús les dijo: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. Entonces les mandó: «Sacad ahora y llevádselo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes si lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora». Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.

 

Ya se acabaron las fiestas, se acabaron los villancicos, las zambombas, los adornos, los belenes, etc. Y nos hemos metido de lleno en el tiempo ordinario.

No sé, si a ti te pasa, pero a mucha gente, cuando escucha eso de tiempo ordinario, lo consideran algo corriente, vulgar, e incluso chabacano. Nada más lejos de la realidad. El tiempo litúrgico llamado ordinario no tiene nada que ver con eso. Este tiempo litúrgico, mas bien, tiene que ver con lo cotidiano, con el día a día, con lo que sucede de manera habitual. Es decir, es un tiempo en el que no nos preparamos, ni celebramos ninguna de las dos grandes fiestas de nuestra vivencia cristiana, a saber: el nacimiento de Jesús y la Resurrección.

El tiempo de Navidad es aquel en el que recordamos su nacimiento y nos preparamos para ello con el adviento; y en el tiempo de pascua recordamos y celebramos la resurrección y nos preparamos para ella con el tiempo de cuaresma y de semana santa. Nos preparamos para ello de una manera más intensa, más profunda, más acentuada.

Estar continuamente preparándonos para cualquiera de los dos acontecimientos, manteniendo dicha intensidad, sería prácticamente imposible. Por eso, la Iglesia, que es sabia, nos ofrece el tiempo ordinario. Tiempo por otro lado en el que podemos también gustar y disfrutar de lo que era el día a día de Jesús.

ba9cb00a0795b25c6127e7a859dfe81dHoy, en el segundo domingo del tiempo ordinario, la liturgia nos regala un pasaje del evangelio de Juan cargado de simbolismo, pero que a la vez tiene una gran riqueza teológica. El autor del Cuarto Evangelio nos presenta el primero de los signos realizados por Jesús.

Fíjate que he dicho signo. Efectivamente, la palabra utilizada en griego es shmeiwn (signo) y no qauma (milagro). El signo siempre nos remite a otra realidad que no es la suya; es aquello que nos da señales o indicios de otra cosa, nos manifiestan la presencia de otra realidad.

Sin negar el carácter histórico que pueda contener el texto que nos ocupa, el autor quiere, sirviéndose precisamente de eso, de un signo, transmitirnos un mensaje concreto: el Reino de Dios está ya presente entre nosotros.

Nos encontramos en una boda. Nada tienen que ver aquellas bodas de la época de Jesús, de ambiente semita, con las que se celebran en la actualidad.

Aunque no tenemos muchas referencias concretas con respecto a esta y a otras costumbres de aquel tiempo, lo que sí sabemos es que duraban varios días, por lo que había que tener en cuenta muchas cosas; entre ellas que no faltara la comida y la bebida, y que no faltara gran cantidad de agua para todas las abluciones (lavados, purificaciones rituales) que los judíos solían realizar con ella.

Entre otros, a esta boda están invitados: Jesús, su madre y sus discípulos. Como podemos apreciar, los primeros son los protagonistas o actores principales del signo que se nos va a relatar.

Recordemos, también, que la boda en el Antiguo Testamento hace referencia a la unión o alianza entre Yahveh y su pueblo. A un cierto momento, María, la madre de Jesús, se da cuenta que falta un elemento esencial para que la boda continúe: el vino. Al faltar este, y desde el punto de vista simbólico, del signo, podemos decir que la propia Alianza de Yahveh con su pueblo está en peligro. La Alianza ya no es efectiva; no porque Yahveh la haya roto, ha sido el pueblo el que en repetidas ocasiones la ha incumplido. La nueva y eterna Alianza se está abriendo camino, se está haciendo presente con Jesús de Nazaret, el reinado de Dios ya está aquí. Una nueva alianza que no se podrá romper porque el garante de la misma es Jesucristo, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, es decir Dios mismo. Con Jesús viene la salvación definitiva.las-bodas-de-cana

Y en esta salvación definitiva, María, la madre de Jesús, nuestra madre, hace de intercesora: “no tienen vino” (la alianza está en peligro). Pero todavía no ha llegado la hora de Jesús, todavía la nueva alianza no puede ser efectiva, todavía hay que esperar. ¿Hasta cuándo? Hasta la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Ahí se realizará, se llevará a cabo la nueva y definitiva Alianza. Pero es necesario que los contemporáneos de Jesús se hagan conscientes de ello, es necesario que nosotros nos demos cuenta de que el Reino de Dios está aquí. Por eso, María, casi obliga a su Hijo a que realice un signo: “Haced lo que él os diga”.

El agua simboliza a las instituciones judías, recordemos que Juan bautizaba con agua. Es extraño que estas tinajas estuvieran vacías, por lo que, al llenarlas, Jesús dota de contenido a la Antigua Alianza. Estas estaban vacías porque las instituciones judías estaban vacías. Las instituciones judías estaban ancladas en el pasado, en estructuras y leyes que lo que hacían era oprimir y esclavizar al pueblo. Habían sido los propios dirigentes judíos los que habían cargado de normas, en muchas ocasiones inverosímiles, al pueblo de Israel.

Jesús ordena llenar las tinajas de agua, partiendo del Antiguo Testamento nos trae la Nueva Alianza de la Salvación para todos.

canamariajesus450Cuando los sirvientes llevan el contenido de las tinajas al mayordomo, este se sorprende y le dice al novio: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».

Un vino nuevo que no se acaba, porque la Alianza de Jesús perdurará hasta el fin de los tiempos.

Con este signo Jesús manifiesta su gloria, que plenamente se mostrará en la resurrección. La fe de los discípulos crece.

Desde el momento de la encarnación, María ha sido insertada en la historia de la salvación definitiva, inaugurada por Jesús. María sigue estando presente en esta historia y sigue intercediendo para que nuestro vino bueno, nunca se acabe.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Recuerda el momento en el que te hiciste consciente de la llamada de Jesús, de la alianza que Dios había establecido contigo desde el vientre de tu madre.
  • ¿Qué falta actualmente (el agua) en tu relación con Jesús?
  • El agua has de ponerla tú, para que Jesús pueda convertirla en vino. Tú debes poner tu pequeñez, tu humildad, tus dificultades, tus problemas, tus acciones… en las manos de Jesús para que él las convierta en el vino nuevo de la Nueva Alianza.
  • Jesús te regala el vino nuevo, te invita a las bodas de su amistad, ¿quieres acoger este vino nuevo y beberlo junto a Jesús, quieres acoger la invitación que Jesús te hace hoy encaminada a su seguimiento?
  • Fíjate en papel de María en este relato: es intercesora. Acógela también tú en tu vida para que ella interceda ante Jesús para que convierta tu agua en vino. También tú tienes que convertirte en intercesor y estar atento a las necesidades de los demás para interceder por ellos ante Jesús.
  • Al igual que los discípulos, ante los signos que cada día te muestra, ¿se intensifica tu fe, crece?

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 VIDA – ORACIÓN

¡Jesús, ven a mi vida!, como a aquella boda de Caná, para que tú sigas convirtiendo el agua en vino, las penas en alegrías, llenes nuestros corazones. (Evangelio 2019, Camino Verdad y Vida, San Pablo 2019).