FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (Ciclo A)

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Lc 2,22-40

El relato evangélico con el que hoy oramos, nos lo ofrece la liturgia también en la Fiesta de la Sagrada Familia; en él se nos narra el viaje de ésta a Jerusalén con motivo de la presentación del Niño Jesús en el Templo, fiesta que precisamente hoy celebramos, a este hecho hay que unir la purificación de la Virgen María.

Ambos acontecimientos fueron llevados a cabo por los padres de Jesús para cumplir la Ley de Moisés.

Por una parte, el libro del Levítico ordenaba que, a los cuarenta días del alumbramiento, si la criatura era niño, debía realizarse el rito de purificación de la mujer en el templo; el mismo rito debía cumplirse a los ochenta días si era niña (Lev 12,1-8). Para la realización de dicha ceremonia, los padres de la criatura debían ofrecer un cordero, aunque a las familias pobres les estaba permitido ofrecer dos tórtolas o dos pichones; uno de ellos era ofrecido como holocausto y el otro como sacrificio por el pecado.

Pero, además, el libro del Éxodo ordenaba que todo primogénito del pueblo de Israel debía ser consagrado a Dios (13,2.11-16; 34,20), aunque podía ser rescatado pagando cinco ciclos de plata (Núm 18,15; 1Sam 1,24-28).

El evangelista Lucas, con la narración de estos dos hechos quiere destacar la fidelidad de los padres de Jesús a la Ley. Dichos acontecimientos tendrán lugar en Jerusalén, en el Templo de Dios. La ciudad santa es el lugar central del plan divino de salvación, aunque haya muchos que quieran impedirlo. En Jerusalén murió Jesús, allí resucitó, de allí partió la proclamación del evangelio a todos los confines del mundo.

El relato que nos ocupa continúa con el testimonio de Simeón. A él se refiere el evangelista como un hombre justo, piadoso, que esperaba al Mesías y que el Espíritu Santo estaba con él. Justo y piadoso, en el lenguaje bíblico, significa que era una persona íntegra sobre todo en el campo religioso. La expresión «que esperaba al Mesías» significa que era un hombre de fe que esperaba la salvación prometida por Dios a Israel mediante los profetas. Y que el Espíritu Santo estaba con él quiere decir que, según la tradición bíblica, era profeta (cf. Is 11,2).

Simeón había recibido una revelación por parte de Dios en la que se le prometía que no moriría sin haber visto al Salvador; es por ello que, impulsado por el Espíritu, va al Templo, allí toma al niño en sus brazos y bendice a Dios por haberle dado este regalo. Los padres de Jesús están admirados por las palabras de Simeón. A ellos les refiere que Jesús será signo de contradicción, unos le acogerán y otros lo rechazarán; y a María una espada le atravesará el alma. María participará de la pasión, muerte y resurrección de Jesús por lo que se convertirá en corredentora de la humanidad.

Por otro lado, a continuación, nos encontramos con el testimonio de Ana; el cual sirve para completar la imagen de los profetas, hombres y mujeres que han sido enviados por Dios para ser testigos de la venida del Mesías. Ana estaba totalmente consagrada a Dios, por lo que no se apartaba en ningún momento del Templo, dedicándose al ayuno y la oración. De ella, se nos ofrecen dos notas características: estuvo casada siete años, número que indica la perfección, y al quedar viuda, hasta los ochenta y cuatro años no se apartaba del Templo, que es siete veces doce. También ella esperaba la venida del Mesías.

Después de esto, la familia de Jesús regresa a Nazaret, en la región de Galilea. Allí, «Jesús crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él» (Lc 2,40), con lo cual se iba desarrollando como ser humano; la sabiduría de la que está lleno no es la sabiduría de los hombres, sino la sabiduría de Dios, pues la gracia y el amor de Dios estaba con él.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimiento, emociones, inquietudes… despierta en ti?

• ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• ¿Cómo acoges en tu vida a aquellos que dan testimonio del evangelio?

• También tú has sido llamado/a para ser testigo de la presencia de Jesús en el mundo, ¿estás dispuesto/a a serlo, al igual que Simeón y Ana?

• ¿De qué manera estás preparando y aguardando la presencia del Salvador en tu vida?

VIDA – ORACIÓN

Iglesia santa, esposa bella, sal al encuentro del Señor, adorna y limpia tu morada y recibe a tu Salvador.

Abre tus brazos a María, Virgen Madre del Redentor, puerta del cielo siempre abierta por la que vino al mundo Dios.

¿A quién sostienes en tus manos, dinos anciano Simeón, por que te sientes tan alegre? “Porque ya he visto al Salvador.

Este niño será bandera y signo de contradicción, con su muerte, traerá la vida, por la cruz, la resurrección.

Jesús el, hijo de María, es el Hijo eterno de Dios, la luz que alimbra a las naciones los caminos de salvación.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

(Cf. Himno de Laudes, Fiesta de la Presentación del Señor).

Lectio Divina Domingo del Bautismo del Señor (Ciclo A)

VERDAD – LECTURA

Evangelio Mt 3, 13-17

Fíjate en un detalle interesante: las palabras de Jesús del v. 15 son las primeras que pronuncia en el evangelio de Mateo. Por otra parte resultan absolutamente novedosas con respecto a los textos paralelos de Marcos y Lucas.

En esa frase de Jesús destacan dos términos: “cumplir” y “justicia”.
“Cumplir” (pleroô) es un término que Mateo suele reservar para Jesús (para los discípulos emplea otros, como “hacer [la voluntad]”, “observar”, etc.). Tiene el sentido de realizar perfectamente, consumar. Naturalmente, apunta a la famosa sentencia mateana puesta en labios de Jesús: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a cumplir”, 5,17).

“Justicia” (dikaiosynê) es un término fundamental y característico de Mateo (aparece siete veces en su evangelio). En general, la palabra se refiere a una acción humana, a una conducta que hay que seguir. Pero el contenido de eso que hay que seguir o cumplir desborda lo puramente normativo o legal: es la voluntad de Dios. La expresión “toda justicia” refuerza este sentido: no se trata sólo del bautismo de Juan, sino que el bautismo de Juan está inscrito en una voluntad de Dios más general (el diálogo trata de justificar lo embarazoso que supuso para los primeros cristianos el hecho de que Jesús se hiciera bautizar por Juan).

Observa que la voz celeste del v. 17 ha pasado de la segunda persona en el relato de Marcos (y de Lucas): “Tú eres mi Hijo amado…”, a la tercera: “Éste es mi Hijo amado…” De esta manera, es todo el pueblo –también nosotros– el que se convierte en testigo de la obediencia del Hijo a la voluntad del Padre.

Fíjate en algunas posibles alusiones al Antiguo Testamento:
En el v. 16 podríamos encontrar una amalgama de referencias veterotestamentarias:

1) “subir [o salir] del agua” podría aludir al paso de Israel por el mar de las Cañas, tras su salida de Egipto (“De Egipto llamé a mi hijo”, Mt 2,15 [cita de Os 11,1]);
2) la apertura de los cielos quizá sea una alusión al texto de Is 63,19: “¡Ojalá rasgases el cielo y bajases; los montes se derretirían ante ti” (aunque se apreciaría más claramente en Marcos, que emplea el verbo “rasgar”): en Jesús, el Hijo, se hace presente entre los hombres el Espíritu de Dios;
3) el Espíritu de Dios descendiendo como una paloma podría tener relación con el Espíritu divino que aleteaba sobre las aguas primordiales (Gn 1,2): el bautismo de Jesús y la consiguiente revelación de su filiación divina inaugura un mundo nuevo, una nueva creación.

En el v. 17 probablemente hay una referencia a Is 42,1: “Éste es mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien me complazco” (en griego, la palabra pais significa tanto “hijo” como “siervo”; en la traducción de los LXX, pais traduce el ‘ebed hebreo, “siervo”).

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CAMINO – MEDITACIÓN

Reflexiona sobre lo que propone Mateo: si el Hijo de Dios lo es porque ha obedecido cumplida y perfectamente la voluntad del Padre (“toda justicia”), así nosotros también debemos obedecer y hacer su voluntad si queremos ser hijos perfectos (“Vosotros, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto” (5,48); aunque no debemos olvidar que no hablamos de perfección moral, de no cometer pecados, sino de amar…). Es una de las peticiones del Padrenuestro: “Hágase tu voluntad…” Significa que nuestra tarea es permitir con nuestra vida que se haga la voluntad de Dios.

Detente en la estructura trinitaria que se aprecia en el pasaje: “Voz del Padre, reposo del Espíritu y título de Hijo” (Luis Alonso Schökel), y piensa en la importancia que debemos conceder a la invocación trinitaria que va aneja a la señal de la cruz (¿cuándo la hacemos?, ¿por qué la hacemos?, ¿somos conscientes de lo que estamos haciendo cuando la hacemos?).

Recuerda el simbolismo del agua y medita sobre él: “El icono del bautismo de Jesús muestra el agua como un sepulcro líquido que tiene la forma de una cueva oscura, que es a su vez la representación iconográfica del Hades, el inframundo, el infierno. El descenso de Jesús a este sepulcro líquido, a este infierno que le envuelve por completo, es la representación del descenso al infierno: ‘Sumergido en el agua, ha vencido al poderoso” (cf. Lc 11,22), dice Cirilo de Jerusalén. Juan Crisóstomo escribe: ‘La entrada y la salida del agua son representación del descenso al infierno y de la resurrección’” (Joseph Ratzinger-Benedicto XVI).

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VIDA – ORACIÓN

Siéntete confiado y llámale a Dios Abbá, porque por el bautismo hemos sido hechos hijos en el Hijo: “La prueba de que sois hijos es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abbá, es decir, ‘Padre’. De suerte que ya no eres siervo, sino hijo, y, como hijo, también heredero por gracia de Dios” (Gál 4,6-7).

Pídele a Dios que te dé la gracia para poder obedecerle y cumplir su voluntad. (“Obedecer” procede del latín ob-audire, y se refiere a “escuchar con atención” la Palabra de Dios para poder cumplirla y ponerla en práctica.)

Alaba a la Trinidad santa: al Padre, que engendra al Hijo y se complace en él; al Hijo, que escucha al Padre y le obedece “hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,8); y al Espíritu, que descendiendo del Padre y descansando en el Hijo, proporciona una vida plena y abundante. (De igual manera puedes dar gracias al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo.)

Preparado por el Equipo de Lectio Divina del Departamento de Pastoral de la Universidad Pontifica Comillas de Madrid.

Estad, siempre, preparados – Lectio Divina Domingo I Domingo de Adviento – Ciclo A

VERDAD – LECTURA

Evangelio Mt 24, 37-44

Hoy comienza el nuevo año litúrgico y el tiempo de Adviento. Y nos encontramos, en el fragmento del evangelio que la liturgia nos ofrece, con una parte del llamado discurso escatológico de Jesús.

Pero, en este discurso, no debemos quedarnos únicamente con la idea de destrucción, de catástrofe, de desastre, que es lo primero que se nos viene a nuestra imaginación. El estilo literario apocalíptico no tiene nada que ver con eso, aunque se sirva de todos esos elementos (imágenes aterradoras, fantásticas, cósmicas), para acercarnos a una realidad diversa. El género apocalíptico, más bien, quiere mostrarnos como Dios está presente en la historia de los seres humanos indicándonos un camino de esperanza, un camino de cumplimiento de las promesas realizadas a Israel y a la Iglesia, un camino de alianza, en el que él siempre estará presente, a pesar de nuestras infidelidades. Por eso, se nos invita a mirar hacia adelante, porque el mal no triunfará sobre el bien, a pesar de que los acontecimientos que están ocurriendo nos indiquen lo contrario.

De ahí la invitación de Jesús, a estar atentos, a estar preparados, a esperar. Y esa invitación se hace hoy extensiva a nuestro tiempo de adviento, que es preparación para el nacimiento de Jesús. Nacimiento que aconteció hace más de 2000 años, pero que nosotros, los cristianos, recordamos cada Navidad. Es decir, que cada año, nosotros volvemos a pasar por nuestro corazón, ese lugar íntimo, interior, profundo, en el que nos relacionamos con Dios y con los demás desde nuestra autenticidad y sin caretas. No es únicamente un acordarse; es volver a revivir ese acontecimiento en nuestra propia vida. Y para eso debemos prepararnos, para eso hemos de preparar nuestro corazón y nuestra vida, desde la esperanza, desde la acogida, desde la apertura.

Para preparar mejor esta venida, Jesús nos pide que estemos atentos a todos los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor y que de una u otra manera nos están anunciando su presencia. Que seamos conscientes de su presencia, incluso, en medio del caos, de la incertidumbre, de los problemas de la vida cotidiana.

No nos pide que seamos pájaros de mal agüero; que, en todos los acontecimientos o circunstancias de la vida, lo único que vemos es negrura, calamidades, catástrofes. Nos pide que seamos portadores de esperanza, porque el mal no tendrá la última palabra.

Y, atención, porque tampoco, nos corresponde a nosotros decir cuando será la venida definitiva de Jesucristo, pues eso no lo sabemos; el día y la hora en que menos nos pensemos, vendrá. Eso también, podemos aplicarlo a nuestra propia vida de creyentes; cuando menos lo esperamos, Jesús se hace presente en nuestra vida, sale a nuestro encuentro, nos muestra su bondad, su misericordia y su gran amor. ¿Somos conscientes de ello?

Acojamos pues, en este inicio del adviento, la invitación de Jesús a estar preparados para su venida.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿De qué manera vas a prepararte durante este adviento para celebrar el nacimiento de Jesús?
  • ¿Cómo es tu percepción de la historia, de la vida cotidiana? ¿Cómo vives tu día a día? ¿Desde las calamidades, desde las catástrofes, desde el pesimismo? ¿o lo vives desde la esperanza, desde la apertura, desde la acogida? ¿Desde la novedad de los cielos nuevos y la tierra nueva?
  • ¿Vives atento a los indicios, a las manifestaciones, a las señales de la misericordia el amor de Dios que van apareciendo en tu vida?
  • ¿Ayudas a los demás a ser conscientes de esa presencia de Jesús en sus vidas?

VIDA – ORACIÓN

  • Alaba a Dios Padre Todopoderoso, misericordioso y amoroso, por cuidarte como verdadero hijo suyo, por ser siempre fiel a la su alianza a pesar de tus infidelidades, por estar presente en tu historia, en la historia de la Iglesia y de la humanidad.
  • Agradece a Jesús su presencia en tu vida, el ser tu compañero de camino, el querer involucrarse en tus asuntos, para acompañarte, sostenerte y apoyarte.
  • Pide al Espíritu Santo que te ayude a saber ver, percibir y apreciar la presencia de Jesús en tu camino diario. Y a verlo desde la esperanza, desde la confianza, desde la ilusión y el optimismo.

“Es de bien nacidos el ser agradecidos” Lectio Divina Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 17,11-19

Continuamos acompañando a Jesús y sus discípulos en su camino hacia Jerusalén. Nos encontramos en el camino que pasa entre Samaría y Galilea. Samaría nación de origen judío pero cuyos habitantes, durante la invasión y posterior exilio a Asiria se casaron con extranjeros, y fruto de esta mezcla resultó que conservaron muchas de sus costumbres extranjeras, por todo ello no eran bien vistos por los judíos. Y Galilea, región compuesta sobre todo por población de origen helenístico (griego) y que no compartían la religión judía, por eso eran considerados como paganos, no creyentes en el Dios de Isael.

Pues bien, en una aldea sin nombre, en ese camino entre Samaría y Galilea, nos sitúa el relato con el que hoy vamos a orar. Allí le salen al encuentro a Jesús diez leprosos. El leproso una persona que, a causa de su enfermedad es considerado impuro; es decir, excluido de la sociedad, de la relación con los demás y de la participación en el culto de su pueblo; una persona marginada, abandonada, apartada. Para hacernos una idea de ello, veamos que es lo que nos dice el libro del Levítico: “Aquel que se vea afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados, se cubrirá hasta la nariz e irá despeinado gritando: ¡Impuro! ¡Impuro! Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada” (Lev 13,45s).

Por eso, los leprosos salen al encuentro de Jesús, pero no se acercan a él, desde lejos le gritan: “Jesús Maestro, ten compasión de nosotros”. Llaman a Jesús por su nombre, ya le han acogido en su corazón por medio de la fe, ya le han reconocido en lo más profundo de su ser como el Mesías, el Salvador del mundo, el Hijo de Dios, que todo lo puede. Y le han acogido y reconocido, desde la humildad, desde la pequeñez, desde la indigencia, como Dios bondadoso, misericordioso, cercano, que quiere entrar en relación con el ser humano y se interesa por los problemas, las dificultades y las miserias de éste. Pero no solo eso, si no que además quiere ayudarlos a superar todo eso.

Los leprosos quieren ser curados para poder volver a comunicarse con los demás, para poder reinsertase en la sociedad, para poder relacionarse nuevamente con Dios, aunque este no se haya apartado en ningún momento de sus vidas.

A igual que ellos, tampoco Jesús se acerca. Desde lejos, les ordena que se presenten al sacerdote. Lo cual, les va a reintegrar a la vida social de su pueblo y a la vida de su comunidad religiosa (Lv 14, 1-32). Ellos tienen fe en la curación. Y, he aquí que cuando van de camino, son curados.

Sin embargo, en el relato se nos llama la atención acerca de que lo más importante no es cumplir ni con el rito, ni con lo prescrito, ni con la norma. Lo más importante es dar gracias por el regalo de la curación. Sí, porque es un regalo, ellos no han hecho nada para merecerla. Sin embargo, ninguno se vuelve para dar gracias a Jesús, aunque le hubieran reconocido en un principio como Mesías. Solamente, un samaritano, un excluido, no sólo por la lepra, sino por su condición étnica, por sus creencias religiosas, es quien se vuelve alabando a Dios y dando gracias a Jesús.

Jesús no tenía ninguna obligación de curarlos; Dios no tiene ninguna obligación de hacernos los regalos que a diario nos hace. ¡Cuántas y cuántas veces Dios sale a nuestro encuentro! ¡Cuántas y cuántas veces Dios responde a nuestras peticiones! ¡Cuántas y cuantas veces Dios nos apoya, nos sostiene, nos ayuda! Y todo sin esperar nada a cambio.

Dice el refranero español que es de bien nacidos el ser agradecidos. ¿Lo somos con Dios?

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Seguramente no tienes lepra, pero sí que tienes alguna enfermedad, alguna dificultad, algún problema, algún aprieto. Ponle hoy, en la oración, en las manos de Jesús, con la misma familiaridad y confianza como lo hicieron aquellos diez leprosos; grítale a Jesús si es necesario, si sientes la necesidad, pero hazlo con esperanza, con fe. Recuerda que Dios es misericordioso, bondadoso y Padre.
  • Para que Jesús cure tu “lepra” es imprescindible que sepas reconocerla, que la asumas y que quieras hacerle frente, ¿estas dispuesto a abandonarte en las manos de Jesús, a levantarte y a emprender el camino que te conduce a la salvación?
  • No sólo tienes que ser consciente de tus “lepras”, si no que tienes que estar atento a las dificultades, obstáculos, debilidades, problemas de los demás, sobre todo para no excluirlos, pero también para tenderles una mano amiga. ¿Estás dispuesto?
  • ¿Eres agradecido con Dios, con tu familia, con tus amigos, con los demás?

VIDA – ORACIÓN

Hoy, te invito simplemente, a que te hagas consciente de tus debilidades, de tus dificultades, de todo aquello que te pide avanzar para ser discípulo de Jesús. Preséntaselo y pídele que te ayude a superarlo. Y no te olvides de dar gracias a Dios por todos los regalos que a diario te hace, si que hagas nada por merecerlo.

HUMILDAD: RECONOCE TUS LÍMITES Y SERÁS FUERTE Lectio Divina Domingo XXII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 14,1.7-14

Nos encontramos junto a Jesús en Jerusalén. Es sábado. Uno de los principales fariseos lo invita a comer. Y los fariseos, ya están al acecho para ver si podía pillarlo en algún renuncio y poder acusarlo ante las autoridades.

Para poder comprender mejor este pasaje, es necesario caer en la cuenta que del versículo 1, la lectura que nos ofrece el leccionario salta al versículo siete. Entre medias, nos encontramos con la curación de un hombre hidrópico (Acumulación anormal de líquido en alguna cavidad o tejido del cuerpo). Y la consiguiente discusión con los fariseos a causa de esta curación, porque la había practicado en sábado. La celebración del sábado no puede reducirse únicamente a la observancia externa del descanso, de la conmemoración, de la asistencia al culto de la sinagoga; la celebración del sábado no puede reducirse al mero cumplimiento. El sábado está siempre a favor del ser humano. ¿Qué está permitido hacer en sábado? ¿Salvar a la persona o cumplir con la obligación?

Recordemos que algunos enfermos, en tiempos de Jesús, están excluidos de la comunidad. Para los fariseos la comunidad “salvada” está formada por todos aquellos que cumplen escrupulosamente la ley y por tanto son bendecido por Dios. Para Jesús nadie está excluido de la comunidad de salvados, todos somos invitados a su banquete. Todos sin distinción. Somos nosotros mismos los que nos excluimos del banquete al rechazar la invitación o al no tener las actitudes adecuadas para participar en dicho banquete.

Una de estas actitudes es la humildad. Jesús, un gran observador, se da cuenta de que conforme van entrado los convidados van escogiendo los primeros puestos. Ello le da pie para contarles una parábola en la que precisamente se nos habla acerca de esta actitud.

Humildad etimológicamente deriva de la palabra latina humus (tierra). Tiene que ver con tener los pies en la tierra; tiene que ver con reconocer nuestras habilidades y nuestras limitaciones. Conocer estas cualidades nos alejará de la soberbia y de la arrogancia. Nos alejará de los primeros puestos, porque nos daremos cuenta de que el otro tiene la misma dignidad, sea director general o portero. Dios no nos ha hecho superiores a nadie. La salvación no se alcanza por nuestros méritos, por el puesto que ocupemos, o por el prestigio que tengamos. La salvación es pura gracia, es gratuita, es un regalo de Dios. Ante el cual todos somos iguales y a todos nos ama de manera incondicional.

Desde la humildad podemos reconocernos como seres limitados, incapaces, débiles, con muchas potencialidades, por supuesto, pero necesitados ante Dios y ante los hermanos. Esto hará que podamos mirar al otro no como un inferior sino como un igual; esto hará que no nos sintamos inferiores ante el otro porque, delante de Dios, tenemos la misma dignidad. Y tanto uno como otro tenemos nuestras fortalezas y nuestras debilidades.

Así que desde esta perspectiva es innecesario, es inútil, es ridículo buscar los primeros puestos.

Aquel que reconoce su fragilidad, sus limitaciones, sus debilidades podrá invitar a cualquiera a su banquete, nadie estará excluido del mismo; y si esto lo hace desde la gratuidad no esperará que el otro le invite o que el otro le pague.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Volvemos a algún interrogante del texto, aunque actualizándolo a nuestra realidad actual: ¿Qué está permitido hacer en domingo? ¿Salvar a una persona o cumplir con una obligación?

• ¿Cómo vives la celebración eucarística del domingo? ¿Cómo una obligación, cómo una imposición, como un regalo de Dios, como una necesidad?

• ¿A quién o a quienes excluyes de tu vida? ¿Crees que eso es coherente con tu vida cristiana?

• Jesús nos invita a vivir la actitud de la humildad. Teniendo en cuenta su significado etimológico, ¿eres consciente de tus fortalezas y debilidades? ¿De tus habilidades y limitaciones? ¿Te sientes necesitado ante Dios y ante los demás?

• ¿Tratas a todos y cada uno de tus hermanos como iguales?

VIDA – ORACIÓN

Te doy gracias y te alabo Padre, por el obsequio de la Salvación, que nos regalas a todos y cada uno de tus hijos gratuitamente.

Señor, Jesús, te ofrezco mis debilidades, mis limitaciones, mis incapacidades, transfórmalas en tus fortalezas, pues con San Pablo te digo: en mi debilidad te haces fuerte.

Espíritu Santo que tu gracia me acompañe siempre para ir transformándome según mi modelo Jesucristo.

PIDE, BUSCA, LLAMA Lectio Divina Domingo XVII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 11,1-13

De una manera, en cierto modo abrupta, Lucas nos introduce en un largo texto en el que se nos invita a los discípulos de Jesús a la oración. Aparentemente, nada tiene que ver con lo tratado en los textos precedentes. Sin embargo, ¿cómo nos vamos a ocupar de hacer el bien a nuestro prójimo como cristianos si no nos relacionamos con Dios? ¿Cómo vamos a estar atentos a las necesidades de los demás sin estar unidos a Jesús? La oración siempre es necesaria. No podemos olvidarnos de ella; y Jesús nos da ejemplo (Lc 11,1).

El texto con el que vamos a orar en este domingo podemos dividirlo del siguiente modo:

  • 1-4: Jesús nos enseña cómo debemos orar: el Padre nuestro.
  • 5-8: La parábola del amigo inoportuno.
  • 9-13: La eficacia de la oración.

La oración del Padre nuestro nos revela la relación que Jesús mantenía con el Padre. Una relación de cercanía, sencillez y confianza. La misma actitud, que deberíamos mantener nosotros con Él.

Me vais a permitir, que no me detenga tanto en la oración del Padre nuestro, de la cual podemos encontrar abundantes comentarios, cuanto en la segunda y tercera parte del texto con el que la liturgia nos invita a orar hoy.

La parábola del amigo inoportuno, nos sugiere precisamente que seamos insistentes, incansables, atrevidos en nuestra oración.

Llega a la casa de nuestro protagonista un viajero. La idea de la hospitalidad presente en el mundo oriental, de alguna manera, obligaba a acoger al viajero y ofrecerle alimento, después de una segura dura jornada de camino. Sin embargo, aquel no tiene con qué obsequiar a su huésped; por no tener, no tiene siquiera pan.

No queda otra que ir y pedir a algún vecino ayuda. Que al menos le preste tres panes para poder saciar un poco el hambre que el viajero pudiera traer. Pero, ojo, es de noche. Me imaginó que aquel hombre sopesaría la cuestión: No tengo qué ofrecer al viajero, es de noche y tengo que salir a pedirle a alguien que me ayude. No pensemos en tiendas ni cosa parecida. No existían en la época. El pan se amasaba en casa y, además, una vez a la semana. Por lo que podría ser, que si nos encontrábamos al final de la semana y el dueño de la casa no lo había previsto, se hubiese quedado sin pan. ¿Qué hago?, se preguntaría aquel hombre. No queda otra que ir a pedir a algún vecino que me preste algo de pan para poder ofrecer al menos eso al viajero. La “obligación” de la hospitalidad está por encima de la vergüenza, de lo embarazoso de la situación, de lo mal que pueda caerle al vecino o del que dirán. Hay que armarse de valor e ir a llamar a su puerta, a pesar de todo.

Imaginémonos esa situación. Es lógico, muy probablemente, si el vecino se levanta despertará a su familia, molestará a su mujer y/o a sus hijos, tendrá que buscar el pan… No deja de ser una situación, por lo menos embarazosa. Es normal que el vecino se niegue.

Sin embargo, Jesús nos pone de relieve, que este hombre no se rinde ante la dificultad y aunque el vecino se niegue insiste en su petición.

Al final, el vecino no le dará el pan por generosidad o por ayudar al vecino. Lo hará para evitar el escándalo. Si este hombre sigue llamando a mi puerta, se va a enterar el vecindario entero, imagino que pensaría. A la mañana siguiente podría estar en boca de todos no solo el amigo, por inoportuno, si no el mismo, por no atender a su petición de ayuda.

Gracias a la insistencia, al atrevimiento, a la audacia (el término griego utilizado por Lc, anaideian, puede incluso significar desvergüenza), de nuestro protagonista el amigo acaba socorriéndolo y, por tanto, él también podrá socorrer a su huésped.

Intentando actualizar un poco la parábola, me pregunto: ¿qué pasaría si nosotros actuáramos así en nuestra oración, ante una verdadera necesidad? Sobre todo, cuando estamos pidiendo no para nosotros, si no para otros. Tengamos en cuenta que nuestro Padre Dios es mucho más generoso que el vecino y sabe anticiparse a nuestras necesidades.

Por tanto, no nos importe ser inoportunos, atrevido, audaces, insistentes… en nuestra relación con Dios. No tengamos pudor alguno en pedir lo que necesitamos a Dios nuestro Padre.

E, incluso, no nos de ninguna vergüenza pedir ayuda a nuestro prójimo, cuando lo necesitemos. Tengamos la suficiente humildad, para ser consciente de nuestras debilidades y pidamos ayuda a la persona que pensamos que puede socorrernos.

A reglón seguido, Jesús nos invita a pedir. Pero no solo a eso, también a que nosotros nos pongamos manos a la obra: buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá (11,9). No os quedéis pasivamente en el sillón de vuestra casa, sin hacer nada: “Ya le he pedido a Dios.” No, salid, buscad, llamad, poneos en camino e intentar hallar una solución, como el protagonista de la parábola. Salid de vuestra zona de confort. No os quedéis despreocupados, indiferentes, inoperantes. Además de pedir a Dios, intentad buscar una solución.

Si nos ponemos en camino, además de orar a Dios y con la confianza puesta en él, encontraremos lo que buscamos. Si llamamos insistentemente a la puerta, ésta se nos abrirá.

Y, luego, mucha confianza en la bondad de Dios como Padre. Si nosotros que somos débiles, que tenemos muchas miserias, que no nos comportamos como es debido, somos capaces de remover cielo y tierra para poder dar cosas buenas a nuestros hijos, cuánto más nuestro Padre.

¡Cómo no va Él a otorgar el Espíritu Santo a quien se lo pida!

Al final, ese es el don que tenemos que pedir insistentemente y que tenemos que buscar sin descanso: el Espíritu Santo, que será quien vaya transformándonos día a día en seguidores más auténticos de Jesús.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• La parábola nos invita a ser insistentes, atrevidos, audaces en nuestra oración al Padre, ¿qué piensas al respecto?

• ¿Qué crees que pasaría, si nosotros actuáramos de la misma manera que el protagonista de la parábola ante nuestras necesidades o las necesidades de los demás?

• ¿Cómo resuenan en ti las palabras de Jesús: pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá? ¿Qué repercusiones tienen para tu vida personal y comunitaria?

• Jesús, además nos invita, no sólo a orar, sino también a pasar a la acción, como diría san Agustín: “Ora como si todo dependiera de Dios, trabaja como si todo dependiera de ti”. ¿Qué te parece esta frase? ¿Qué conclusión puedes sacar para tu vida?

• Jesús nos anima a pedir con insistencia el Espíritu Santo. ¿Qué sueles pedir en tu oración diaria? ¿Oras frecuentemente para que Dios Padre te conceda el don del Espíritu Santo?

VIDA – ORACIÓN

Te invito a orar con la secuencia de Pentecostés.

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre, don, en tus dones espléndido, luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

“¿Qué puedo hacer para alcanzar la felicidad?” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 10,25-37

A partir de este post no voy a incluir el texto del evangelio en los mismos. La idea es que tomes tu biblia; sí, esa que tienes en la estantería de tu casa; y leas el texto en ella. Léelo dos o tres veces, antes de pasar a leer la reflexión que yo te ofrezco. Subraya, transcribe todo aquello que te llame la atención de la lectura, anota las conclusiones a las que llegas. Que la Sagrada Escritura se convierta en tu libro de cabecera. Así que manos a la obra.

Jesús se encuentra en camino hacia Jerusalén. Así nos lo ha hecho saber Lucas en el capítulo anterior (cf. Lc 9,51). Para el autor del Tercer Evangelio, la Ciudad Santa es muy importante, allí comienza su relato y allí concluirá.

Acaba de enviar a los setenta y dos a la misión de prepararle el camino. Estos han regresado. Él está conversando con ellos; seguramente había más gente, pues de entre ella, se levanta un maestro de la Ley para hacerle una pregunta. Sin embargo, Lucas ya nos advierte: “Le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba” (cf. Lc 10,25).

Como ocurre en muchas ocasiones, Jesús no responde directamente, ni entra al trapo para hacer frente a la actitud hostil de su interlocutor. El Maestro quiere hacerlo reflexionar, quiere que entre dentro de sí mismo, quiere que desde su propio conocimiento responda a la pregunta; por eso, lo que hace es cuestionar al maestro de la Ley: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”

Para un maestro de Israel tendría que ser relativamente fácil responder a la cuestión planteada.

Sin embargo, permíteme que me detenga por un momento en la pregunta que se le plantea a Jesús, porque creo que esta tiene miga, creo que es de suma importancia; es más, creo que cualquiera de nosotros nos la hemos hecho en alguna ocasión: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” Me voy a tomar la libertad de transformarla un poquito: ¿Qué tengo que hacer para alcanzar la verdadera y plena felicidad? Si, porque la vida eterna no es únicamente algo futuro, la vida eterna hemos de comenzar a construirla aquí. Y la vida eterna no es otra cosa que la felicidad plena y verdadera de poder vivir en la presencia de Dios por toda la eternidad.

Yo siempre diferencio entre felicidad y alegría. Uno puede no estar alegre y ser feliz. Es imposible estar las 24 horas del día dando saltos de alegría. Pero si es posible alcanzar la felicidad y permanecer en ella. La felicidad consiste en una realización plena del ser; y es un proceso y una decisión consciente. Así es, uno elige ser feliz, elige no desmoronarse ante los acontecimientos, uno elige superarse ante las adversidades, uno elige aceptar frente a la resignación, uno elige dar y darse frente a la actitud egoísta del todo para mí. Como cristianos cuanto más nos dejemos transformar por el Espíritu, dejándolo que nos modele según el modelo de Jesús, más cerca estaremos de la felicidad.

Sí, a nivel mental lo tenemos claro, como lo tenía el maestro de la Ley. Para alcanzar la vida eterna únicamente tenemos que amar a Dios y al prójimo. Pero desde el corazón y desde nuestros actos no lo tenemos tan claro: ¿Quién es mi prójimo? Porque es imposible amar a Dios si no amamos a nuestro prójimo (Cf Sant 2,18).

Lejos de perderse en teorías, como haríamos muchos de nosotros, Jesús nos ofrece un relato, para dejarnos claro quién es nuestro prójimo y cómo tenemos que comportarnos con él.

Solo quiero detenerme por un instante en algunas cuestiones de la parábola, no voy a comentarla, creo que existen muy buenos comentarios sobre ella y allí te remito.

Pero quiero que caigas en la cuenta de que, el sacerdote y el levita no hacen otra cosa mas que cumplir con la Ley establecida para Israel en el libro del Levítico (Lv 21,1). Ellos no querían caer en impureza que les impidiera poder acercarse a celebrar la “liturgia” en el Templo. Jesús va más allá de la Ley; está dispuesto a quebrantarla si lo que está en juego es al amor al prójimo.

Y dos cuestiones más acerca de la parábola.

El samaritano se compadece. No quiere decir que sienta pena, que es el sentido que muchas veces damos a dicha palabra. El verbo compadecerse es un verbo de actividad. Lo que hace el samaritano es hacerse cargo de la situación en la que se encuentra el asaltado, compartirla y actuar en consecuencia.

¿Quién ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? El que practico la misericordia. Otra palabra que muchas veces la utilizamos de manera poco adecuada. Misericordia: sentir en mi corazón las miserias del otro. Cuando yo verdaderamente siento en mi corazón las miserias de mi hermano, entonces no puedo hacer otra cosa, si no intentar que salga de esa situación.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Pregúntate a ti mismo y responde en la presencia de Jesús a esta cuestión: ¿Qué puedo hacer para alcanzar la felicidad?

• ¿Dejas actuar al Espíritu Santo en ti para que poco a poco vaya transformándote en un mejor ser humano, en un mejor cristiano?

• Alcanzar la felicidad pasa por amar, amar a Dios y amar al prójimo. ¿Qué acciones vas a comenzar a poner en marcha para acrecentar ese amor?

VIDA – ORACIÓN

• Bendice y alaba al Padre por el gran regalo de su amor y por estar constantemente ofreciéndonos la felicidad.

• Da gracias a Jesús por poner a nuestro alcance los medios necesarios para lograr la felicidad.

• Pide al Espíritu Santo que te ayude a hacerte consciente de la situación de necesidad de las personas que te rodean, compartir su miseria y actuar en consecuencia.

“Dales tú de comer” LECTIO DIVINA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO – CICLO C (Lc 9,11b-17)

VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo, Jesús hablaba a la gente del Reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado”. Él les contestó: “Dadles vosotros de comer”. Ellos replicaron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente”. Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: “Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno”. Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que le había sobrado: doce cestos llenos de las sobras.

El texto evangélico, con el que hoy se nos invita a orar, hemos de enmarcarlo, como siempre hacemos en nuestra Lectio, dentro de un contexto más amplio. El capítulo 9 del evangelio de Lucas, comienza con el envío de los Doce “anunciando la Buena Nueva y haciendo curaciones por todas partes” (cf. Lc 9,1-6); a continuación, vemos como el virrey Herodes está sorprendido de todo lo que se cuenta acerca de Jesús, pues piensa que es Juan Bautista resucitado, a quien él cortó la cabeza (cf. Lc 9,7-9). Entonces los discípulos regresan de la misión y comienzan a contarle a Jesús todo lo que habían hecho, éste les invita a retirarse juntos a un lugar tranquilo, en dirección a un pueblo llamado Betsaida. La gente al saberlo lo siguió. Aquí es donde arranca nuestro relato.

El texto nos narra uno de los signos realizados por Jesús, el conocido como la multiplicación de los panes y los peces.

A mi parecer, es interesante relacionar este texto con el Antiguo Testamento. Pues los judíos del tiempo de Jesús esperaban impacientes la llegada del Mesías; un Mesías que tenía, por así decir, su modelo en Moisés, el gran liberador del Pueblo de Israel; por lo que dicho Mesías, de alguna manera debía realizar los prodigios que se le atribuían a Moisés: conducir a su pueblo y alimentarlo; de la misma manera que él lo hizo en el desierto.

Sin embargo, nos encontramos dentro de un contexto histórico mucho más amplio: la comunidad de Lucas. Ésta hemos de constatar que no es predominantemente de cultura judía, es una comunidad más bien de origen griego, en la que se comienza a celebrar la eucaristía. Su objetivo, no es tanto la justificación del mesianismo de Jesús, como el de afianzar a su comunidad en la fe en la eucaristía y el significado que para ellos debería tener. Aunque eso no quiere decir que Lucas no enraíce su relato en la tradición de los grandes personajes del Pueblo de Israel.

El relato nos pone en situación con respecto al hecho que posteriormente nos va a contar. La muchedumbre ha venido a escuchar a Jesús y ser curada por él y comienza a anochecer. Están en despoblado. Habría que proveerles de alimento y, bueno, si fuera posible de alojamiento. La única solución, a simple vista, es enviarlos a las aldeas vecinas para, para al menos, tomar algo y recuperar fuerzas, para que puedan continuar camino hacia sus casas.

Jesús, lejos de amedrentarse, les dice a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”. Me imagino la reacción de estos. ¿Cómo? ¿Pero el Maestro está en su sano juicio? ¿Cómo vamos a dar nosotros de comer a tal cantidad de gente con los medios que tenemos? Imposible. Solo tenemos cinco panes y dos peces. La primera reacción de los discípulos es “echar balones fuera”. Que sean otros los que solucionen el problema. La solución del problema está fuera. Pero no. Eso no es cierto. Y no es cierto nunca. La solución está dentro de nosotros mismos y dentro de la comunidad. Lo único que tenemos que hacer es ser conscientes de nuestros recursos, de nuestras fortalezas, de nuestro potencial y ponernos manos a la obra. El resto lo hará Jesús. Como diría San Ignacio de Loyola: Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios. Pero actúa.

Jesús hace que se sienten en grupos de cincuenta personas. Entonces, Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y los dio a sus discípulos para que los distribuyeran. ¿A qué te suena, querido lector? A ti no sé, pero a mí inmediatamente me evoca la eucaristía.

Dejando un poco a parte el milagro, que en ningún momento me atrevería a negar. Lucas le está diciendo a su comunidad y nos dice a nosotros hoy, que la Eucaristía es compartir. La eucaristía nos tiene que llevar a estar atentos a las necesidades de nuestro prójimo, intentar salir al paso de las carencias, de las penurias, de la miseria, de los problemas de todos aquellos con los que nos encontramos a diario. Y no con grandes medios o impresionantes acciones; con nuestra propia pobreza, con lo poquito que podemos tener, pero que estamos dispuestos a aportar y a entregar para que Jesús lo transforme en abundante. Una abundancia tal, que es capaz de saciar a una muchedumbre y llenar doce canastos de sobra.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?

• ¿Cómo acoges el don de la vida plena que Jesús te ofrece en cada eucaristía?

• ¿Al asimilar el cuerpo y la sangre de Jesucristo eres consciente de que poco a poco se tiene que producir en tu vida un cambio radical?

• En la celebración eucarística, te alimentas de la doble mesa de la Palabra y la Eucaristía, ¿Eres consciente de ello? ¿Son ambos importantes para ti? ¿Cómo vives estos momentos?

• También a ti, Jesús te dice: “Dales tú de comer” ¿Cómo acoges esa invitación? ¿Estás dispuesto a poner en marcha todos los recursos a tu alcance para salir al frente de las necesidades de los que te rodean?

VIDA – ORACIÓN

Te doy gracias, Maestro y verdad, por haberte dignado venir a mí, ignorante y débil.

En unión con María te ofrezco al Padre: contigo, por ti y en ti, sea por siempre la alabanza, la acción de gracias y la súplica por la paz de los hombres.

Ilumina mi mente, hazme discípulo fiel de la Iglesia; que viva de fe; que comprenda tu palabra; que sea un auténtico apóstol. 

Haz, Maestro divino, que la luz de tu Evangelio llegue hasta los últimos confines del mundo.

(Beato Santiago Alberione)

El Espíritu Santo nos guiará hacia la plenitud – Lectio Divina de la Solemnidad de la Santísima Trinidad (Jn 16, 12-15)

VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuanta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de los mío y os lo anunciará.

No me corresponde a mí, ni creo que sea el objetivo último de la Lectio Divina, explicar el Misterio de la Santísima Trinidad. Es algo que dejamos a los teólogos especializados en dogmática. Nuestro objetivo sí que es, acercar la Palabra de Dios a toda aquella persona que quiera escucharla. De ahí, la importancia de enmarcar bien los textos, intentando desentrañar el significado que podrían tener los mismos en la época en que se escribieron; y, además, intentar actualizarlos a nuestro hoy actual. Y eso es lo que vamos a intentar realizar, con el texto que la liturgia nos regala para celebrar la solemnidad de la Santísima Trinidad.

Primeramente, creo que es importante que enmarquemos un poco el texto dentro de un contexto más amplio. El texto evangélico de hoy se encuentra dentro del llamado discurso de despedida de Jesús. El cual es pronunciado en la última cena. Todo ello forma parte de una gran sección llamada el libro de la revelación (13, 1—17, 26).

Nos encontramos, pues, en un ambiente de intimidad: la última cena. En ella, Jesús pronuncia ese largo discurso, que hemos denominado antes libro de la revelación. Jesús quiere mostrar a sus discípulos lo más íntimo de su ser; es decir, el sentido del seguimiento a su persona y el pilar en el que está asentada la nueva comunidad: el amor.

La misión de llevar el amor de Dios a toda la humanidad no estará exenta de dificultades, pero estando unidos a Jesús, todo será más fácil, el Espíritu de la Verdad irá acompañando a la comunidad guiándola hasta la verdad plena.

Jesús ha ido transmitiendo a sus discípulos lo que el Padre le ha comunicado desde toda la eternidad. Sin embargo, los discípulos no pueden llegar a entender el alcance de este mensaje en su totalidad, ni en toda su riqueza. Nosotros si lo sabemos, pero cuando Jesús pronunció estas palabras, sus discípulos no sabían que iba a morir, ni comprendían el alcance que podría tener la pasión, muerte y resurrección del Maestro, tampoco nosotros llegamos a comprenderlo plenamente. Hacia esa comprensión más o menos plena les guiará el Espíritu y nos guiará a nosotros. Éste será quien ayude a “entender” y a poner en práctica las palabras de Jesús.

A la luz de la resurrección, con la ayuda del Espíritu Santo, la comunidad, los cristianos de todos los tiempos, podrán y podremos vislumbrar de manera más clara el verdadero sentido y el verdadero significado de las palabras y de la vida de Jesús.

Tener los ojos abiertos y los oídos atentos a los acontecimientos cotidianos, así como estar abiertos a la voz del Espíritu nos puede ayudar a encontrar el verdadero sentido de todo aquello que está por venir y que está ocurriendo a nuestro alrededor.

El Espíritu Santo glorificará a Jesús; es decir, pondrá en evidencia el amor que Jesús manifestó durante toda su vida y que le llevó a asumir su muerte y a experimentar la resurrección. Porque la esencia de Dios no es otra, sino el amor; al igual que el verdadero ser del hombre no es otro sino el amor. El Espíritu Santo será, por consiguiente, quien nos comunique en plenitud el amor de Dios manifestado en la entrega incondicional de Jesús.

Estando unidos al Espíritu Santo, encontrándonos en sintonía con Él, podremos lograr nuestra propia transformación personal, nuestro verdadero desarrollo y crecimiento, llegar a ser verdaderos seres humanos, en toda nuestra plenitud. Y para llegar a ser plenamente humanos, el modelo no es otro si no Jesús de Nazaret. El Espíritu nos irá transformando para llevarnos a la plenitud de Jesús, que es la plenitud del ser humano.

Todo lo que tiene el Padre es de Jesús. Pero lo más importante y lo más vital que poseen es el amor. Precisamente desde el dinamismo del amor se realiza esa unión entre las tres personas de la Santísima Trinidad que hacen que a la vez sen sólo uno.

No intentemos resolver este misterio como si se tratase de un problema matemático, va a ser imposible que lleguemos a comprenderlo. Intentemos, sin embargo, vivirlo desde el amor. Intentemos vivir en comunión con cada una de las personas de la Santísima Trinidad. Intentemos relacionarnos entre nosotros, aunque cada uno seamos únicos e irrepetibles, desde el amor, la comunicación, el respeto, el dialogo… Y tal vez, en algún momento, lleguemos a percibir y experimentar el verdadero sentido de la Santísima Trinidad.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?

• ¿Cómo es tu vivencia de la Trinidad, aunque no llegues a comprender este misterio?

• ¿Acoges con todo tu ser el amor que Dios te ofrece y te regala incondicionalmente?

• ¿Qué acciones podrías emprender para mostrar el amor de Dios en tu propio ambiente?

• ¿De qué manera puedes intentar estar más abierto a los acontecimientos que ocurren a tu alrededor y a la voz del Espíritu?

VIDA – ORACIÓN

Divina Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,

presente y operante en la Iglesia y en lo más profundo de mi ser;

yo te adoro, te doy gracias y te amo.

Por medio de María, Reina de los Apóstoles,

me ofrezco entrego y consagro totalmente a ti

por toda la vida y para la eternidad.

A ti Padre del cielo, me ofrezco, entrego y consagro como hijo.

A ti, Jesús Maestro, me ofrezco, entrego y consagro como hermano y discípulo.

A ti Espíritu Santo, me ofrezco entrego y consagro como “templo vivo”,

para ser consagrado y santificado.

María, madre de la Iglesia y madre mía,

tú que vives en intimidad con la Trinidad Santísima,

enséñame a vivir, por medio de la liturgia y los sacramentos,

en comunión cada vez más profunda con las tres divinas Personas,

para que toda mi vida sea un “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”. Amén. (Beato Santiago Alberione).

“Tú eres una de las ovejas de Jesús” Lectio Divina Domingo IV del Tiempo de Pascua (Jn 10,27-30)

VERDAD – LECTURA

         En aquel tiempo, dijo Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen; yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; no me las arrebatará nadie de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es más que todos; y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. Yo y el Padre somos uno”.

         La liturgia de este IV domingo de Pascua, nos ofrece una parte del discurso de Jesús, durante la fiesta de la dedicación del Templo de Jerusalén. En esta fiesta, se conmemoraba la consagración del Templo, por parte de Judas el Macabeo, después de la profanación realizada por los sirios, en el año 164 a.c.

         Nos muestra la estrecha relación existente entre Jesús, el Pastor, y sus discípulos, las ovejas.

         Si vamos un poco hacia atrás, en este mismo capítulo 10 (Jn 10,22-26), para situar el texto que nos ocupa, nos encontramos con que los judíos, le han pedido a Jesús que les diga claramente si él es el Mesías o no. La respuesta de Jesús es clara: él ya lo ha dicho, pero ellos no le han creído, ni siquiera por las obras que ha realizado y que claramente lo demuestran. Por eso, ellos no pueden mantener una relación con Jesús, como la que mantiene el pastor con sus ovejas. El cual, las cuida, las acompaña, las defiende, le suministra alimento… El pastor conoce a todas y cada una de sus ovejas, las llama por su nombre, sabe de sus habilidades, su carácter, su esencia, sus problemas, dificultades y defectos. Y las ovejas oyen la voz del pastor y le siguen. Lo mismo hace Jesús con su Iglesia y ella sigue la voz de Jesús. Existe un estrecho vínculo entre el pastor y sus ovejas, entre Jesús y su Iglesia, entre Jesús y cada uno de los cristianos. Vinculo que nadie puede romper.

         Las ovejas de Jesús escuchan atentamente su voz, es decir, escuchan su Palabra, pero no sólo eso; sino que, además, la ponen en práctica, puesto que le siguen.

         Las ovejas son de Jesús, le conocen. Conocer en el lenguaje bíblico significa experimentar vitalmente. Por eso, las ovejas de Jesús comparten con él la vida, tienen con él una relación personal y entrañable, entran en comunión con él. Y ya, aquí y ahora, disfrutan de la vida eterna, aunque esa vida en plenitud llegará en el último día.

         Las ovejas han de estar muy atentas a la voz de Jesús, el Pastor, para no desviarse del camino. Para seguir la senda correcta que conduce a la vida eterna.

         Jesús defiende a sus ovejas, las protege, las cuida. Las ovejas de Jesús no perecerán jamás y nadie puede arrebatárselas, pues es el Padre quien se las ha dado. Sus ovejas pueden sufrir ataques, pueden ser perseguidas, pueden andar entre peligros; pero, nadie podrá arrebatarlas de las manos de Jesús que las defiende. Estando con Jesús las ovejas no deben tener ningún temor. El Pastor es capaz de dar, incluso, la vida por salvar a sus ovejas.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Las ovejas de Jesús escuchan su voz, están atentas a lo que él les dice. No es un simple oír, es escuchar de manera activa. Implica acoger la palabra de Jesús, dejarse transformar por ella y ponerla en práctica. ¿Dedicas tiempo en tu vida diaria a escuchar la Palabra de Dios? ¿Te dejas transformar por ella? ¿Intentas ponerla en práctica?
  • ¿Procuras entrar en una relación íntima con Jesús cada día? ¿Te dejas guiar por la voz de Jesús?
  • ¿Intentas cada día seguir las huellas de Jesús o, por el contrario, encaminas tus pasos detrás de otras voces?
  • ¿Te abandonas en las manos de Jesús en los momentos de dificultad, con la seguridad de que Él nunca te deja solo?
  • ¿Cómo experimentas la presencia de Jesús en tu vida cotidiana?

VIDA – ORACIÓN

Siente como Jesús te acoge junto a sí en este momento de oración. Está aquí y ahora contigo: te cuida, te protege, te habla… Escúchalo y responde a su Palabra y a su amor con este salmo.

Salmo 23

El Señor es mi pastor; nada me falta.

En verdes praderas me hace reposar,
me conduce hacia las aguas del remanso

y conforta mi alma;
me guiá por los senderos de justicia, por amor a su nombre;

aunque vaya por un valle tenebroso,

no tengo miedo a nada, porque tú estás conmigo,

tu voz y tu cayado me sostienen.

Me preparas una mesa ante mis enemigos,

perfumas con un ungüento mi cabeza

y me llenas la copa a rebosar.


Lealtad y dicha me acompañan

todos los días de mi vida; habitaré en la casa del Señor por siempre jamás.