«Vosotros sois testigos de esto». Lectio Divina Domingo de la Ascensión del Señor – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Lc 24,46-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto”. Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

         Jesús hoy, quiere invitarnos a ser testigos de su evangelio y a difundirlo por todas las naciones.

         Estaba escrito que el mesías tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos. Es decir, no sólo debía sufrir, para asumir en su propia persona el dolor humano, sino que, además, al tercer día resucitaría. Por tanto, Jesús está vivo entre nosotros. La entrega realizada por Cristo, por amor, no concluye con la muerte, esa entrega comienza nuevamente con la resurrección.

         Y porque está vivo, está presente en la vida de los seres humanos y quiere ofrecerles una vida en plenitud. Aunque, para ello, quiere servirse de sus seguidores, de sus discípulos; ellos son los testigos de su vida, su muerte y su resurrección. Testigo de Jesús quiere decir que, quien habla lo hace desde la experiencia de lo que han vivido al lado del Maestro; de la experiencia que han hecho de Jesucristo y con Jesucristo.

Ahora bien, para poder experimentar a Jesús, lo primero que hemos de hacer es cambiar de vida, cambiar nuestra perspectiva de las cosas, cambiar nuestro punto de vista, ver las cosas tal y como las ve Jesús, vivirlas desde Él, acoger y transmitir su mensaje y la vivencia de su persona. A Dios solo se le puede conocer desde la experiencia.

         Para acompañarle e impulsarles a dar testimonio del evangelio, el Padre envía al Espíritu Santo. Él se convierte en nuestro compañero de camino, que nos apoya, ayuda a levantarnos, nos indica el camino…

         Y llega el momento de la despedida, cerca de Betania, lugar de encuentro, de amistad, de dialogo. Se aleja de ellos regalándoles su bendición, regalándoles su presencia para siempre, regalándoles su gracia. Y ante un misterio tan grande, únicamente les queda adorar. Adorar y alegrarse porque a pesar de que todo aquello parece una despedida, en realidad no lo es. Jesús está y estará siempre con nosotros. Por eso vuelven contentos a Jerusalén. Jesús se despide para quedarse.

         Vuelven a Jerusalén y estaban continuamente en el Templo bendiciendo a Dios.

Concluye este evangelio de Lucas en el mismo lugar que empezó con Zacarías: en el Templo. Concluye el evangelio bendiciendo y alabando a Dios.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Jesús, al igual que en el momento de la Ascensión, nos envía a ser testigos de su evangelio en nuestra vida cotidiana, ¿cómo asumes esta llamada en tu vida? ¿Qué acciones pones en práctica?
  • La muerte no ha tenido la última palabra, la última palabra la tiene la resurrección y la vida, precisamente a anunciar y proclamar la vida nos envía Jesús. ¿Eres testigo de la vida?
  • ¿Hacer experiencia quiere decir estar con la persona, relacionarse con ella, escucharla, dialogar con ella…? ¿Cómo es tu experiencia de Jesús? ¿Anuncias esa experiencia a los demás?
  • ¿Eres consciente de la importancia del Espíritu Santo en tu vida? ¿Te relacionas con Él habitualmente?
  • Jesús nos regala su presencia para siempre.

VIDA – ORACIÓN

  • Como los apóstoles, alaba a Dios Padre por los regalos que cada día nos hace.
  • Da gracias a Jesús por haberse quedado entre nosotros, por su presencia. Acoge esa presencia e intenta vivirla con intensidad.
  • Pide al Espíritu Santo que descienda sobre ti con sus dones para que anuncies la Resurrección de Jesucristo a todos lo que te rodean.

LECTIO DIVINA DEL EVANGELIO DEL DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR (CICLO C)

VERDAD – LECTURA

Lc 22,14—23,56

La liturgia de este Domingo de Ramos nos ofrece la narración de la Pasión del Señor según la versión del evangelista Lucas. Lo más conveniente es leer y releer el texto para que sea uno con nosotros, meditarlo en nuestro corazón, poner en práctica la enseñanza de Jesús. Por eso, no queremos extendernos mucho en dar una explicación del texto. Él habla por sí sólo. Simplemente algunas pinceladas que nos ayuden a orar con el mismo.

En el relato lucano de la Pasión del Señor podemos apreciar como se consuma todo lo que Jesús ha predicado durante su existencia terrena.

En la última cena, podemos ver como Jesús nos ofrece un ejemplo clarísimo de servicio, y como han de llevarlo a cabo todos aquellos que estén dispuestos a seguirle: “Entre vosotros, no ha de ser así, sino que el mayor entre vosotros será como el más joven, y el que mande como el que sirve.” (Lc 22,26).

En el Monte de los Olivos, nos muestra cómo en las dificultades lo más conveniente es ponerse en las manos del Padre y orar (Lc 22,39-46). El Padre nos confortará, nos dará su fuerza, vendrá en nuestro auxilio. Jesús está orando ante el Padre para que nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro testimonio no decaigan.

La pasión no es otra cosa sino la lucha entre el bien y el mal. Lucha que han de llevar a cabo, también, los discípulos del Maestro. Han de ser valientes, para vencer al mal, lo mismo que Jesús es valiente ante el sanedrín, ante los golpes, ante los azotes, ante el duro camino al calvario.

En la cruz, Jesús se entrega total y conscientemente para la salvación de la humanidad, para librarla de los lazos de la muerte y regalarles la vida eterna. Perdona sin condiciones a aquellos que le están infligiendo sufrimiento y lo están crucificando.

Es muy posible, que algún momento de nuestra vida, también, nosotros seamos perseguidos, Jesús nos da ejemplo de cómo afrontarlo: perseverando en su seguimiento, perdonando a los que nos persiguen y haciendo el bien a todos, hasta nuestro último aliento de vida.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Cómo te comportas con los demás, con las personas que están a tu alrededor, con aquellos con los que convives? ¿Eres el que sirve o el que manda?
  • ¿En momentos de dificultad acudes al Padre para que te conforte, para que te ayude, para que te sostenga?
  • ¿Eres valiente para testimoniar el evangelio, la misericordia del Padre y la bondad de Jesús? ¿Eres consciente de que el Espíritu en esos momentos está viniendo en tu ayuda? ¿Lo invocas?
  • ¿Quieres y asumes ser testigo de Jesús, de su pasión muerte y resurrección? ¿De que manera puedes dar testimonio del Señor en tu vida cotidiana?

VIDA – ORACIÓN

Hoy os invitamos a orar con la letra de la canción Antes de ser llevado a la muerte de Tirso Vaquero.

ANTES DE SER LLEVADO A LA MUERTE,

VIENDO JESÚS SU HORA LLEGAR,

MANIFESTÓ SU AMOR A LOS HOMBRES

COMO NO HICIERA NADIE JAMÁS.

Toma en sus manos pan y les dice:

“esto es mi cuerpo, todos comed».

Y levantó la copa de vino:

«esta es mi sangre que os doy a beber».

Cuerpo bendito que se reparte,

por mil caminos hecho manjar:

buscas a todos para sanarlos.

Tú le devuelves al hombre la paz.

«El que se precie de ser mi amigo,

siga mi ejemplo, siga mi amor,

salga al encuentro de mis hermanos,

dando la vida lo mismo que Yo».

Cuerpo de Cristo, cuerpo entregado,

muerto en la cruz por nuestra maldad,

grano de trigo resucitado,

germen de vida de la humanidad.

“Convertirse y dar fruto” – Lectio Divina Domingo III de Cuaresma (Ciclo C)

VERDAD – LECTURA

Lc 13,1-9

En aquel momento llegaron algunos anunciándole a Jesús que Pilato había matado a unos galileos, mezclando su sangre con la que las víctimas que ofrecían en sacrificio. Jesús les dijo: “¿Pensáis que esos galileos eran los más pecadores de todos los galileos porque sufrieron eso? Os digo que no y, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. ¿Creéis que aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató eran los únicos culpables entre todos los vecinos de Jerusalén? Os digo que no. Todos pereceréis igualmente si no os arrepentís”.

Les contó esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña; fue a buscar higos en ella, y no los encontró. Dijo al viñador: Hace ya tres años que vengo a buscar higos en ella no los encuentro. Córtala. ¿Por qué va a ocupar un terreno inútilmente? El viñador dijo: Señor, déjala también este año; yo cabaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da higos; si no los da, la cortas”.

El evangelio que nos ofrece la liturgia en este tercer domingo de cuaresma, podemos dividirlo en dos partes. En la primera parte, Jesús comenta dos acontecimiento de la vida cotidiana y aprovecha para invitar a sus contemporáneos, también a nosotros, a la conversión; dichos acontecimientos son la masacre protagonizado Pilato y el accidente acaecido en la torre de Siloé. La segunda parte es la parábola de la higuera estéril.

Para situarnos adecuadamente en el contexto de este pasaje, hemos de decir que nos encontramos camino de Jerusalén. Algunas personas se acercan a Jesús para contarle el acontecimiento acerca de la masacre perpetuada por Pilato en contra de algunos galileos y como éste mezclo la sangre derramada por aquellos con la sangre de los sacrificios, lo cual aprovecha Jesús para comentar el hecho. Para la mentalidad judía de la época, la ausencia de catástrofes, males o incidentes desagradables era señal de la aceptación, aprobación o beneplácito de Dios. Jesús quiere dejar claro que Dios no es un Dios tapa-agujeros, guardián del orden público o adversario del hombre, el Dios cristiano es un Padre misericordioso que ama al ser humano, que quiere lo mejor para él y le otorga libertad para actuar, pensar y ser. Ni aquellos hombres, ni Dios son responsables de la catástrofe acontecida. Ahora bien, como cualquier ser humano puede alejarse de Dios, hecho que no lleva implícito en ningún momento el castigo, pero si lleva implícita la conversión. De ahí, la pregunta de Jesús: “¿Pensáis que esos galileos eran los más pecadores de todos los galileos porque sufrieron eso?” y su respuesta: “ Os digo que no”. E invita a los que lo escuchan a la conversión.

Reforzando esta idea, Jesús cuenta una parábola: la parábola de la higuera estéril. En ella, el dueño de la viña simboliza a Dios, la higuera es el Pueblo de Israel y el viñador es Jesús. Dios “se ha cansado” de las infidelidades del Pueblo; el viñador pide al dueño que le dé un poco más de tiempo y cuidará más y mejor a la viña. Jesús siempre querrá darnos una segunda oportunidad y nuestro Padre Dios siempre nos está esperando. Nuestra conversión, cambio de vida, nos llevará también a dar testimonio.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Cuál es la imagen que tienes de Dios? ¿La de un dios lejano, la del dios relojero del universo que interviene en todo momento, la del dios policía que te está vigilando continuamente, la del dios tapa-agujeros al que se acude únicamente en los momentos de dificultad? ¿O por el contrario la imagen del Dios de Jesús y del Evangelio?
  • Jesús invita a sus contemporáneos a leer los signos de los tiempos. Y tú, ¿cómo sigues esta invitación?
  • Jesús nos llama continuamente a la conversión, a cambiar nuestra vida, a cambiar nuestra perspectiva. ¿Cómo acoges esa llamada? ¿Qué acciones pones en práctica?

VIDA – ORACIÓN

  • Bendito y alabado seas, Padre, por mostrarte siempre paciente con nosotros y por regalarnos cada día tu misericordia.
  • Gracias, Jesús, por invitarnos cada día a la conversión.
  • Gracias Espíritu Santo por ayudarme a interpretar los signos de los tiempos.
  • Ayúdame, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo a purión y a ser testigo de tu misericordia.

“Vieron su gloria” Lectio Divina del II domingo de Cuaresma (Ciclo C)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 9, 28b-36)

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían del sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

En este segundo domingo de Cuaresma la liturgia nos ofrece, para nuestra meditación y oración, en los tres ciclos litúrgicos, el texto conocido como la transfiguración de Jesús. En este ciclo C, en el que nos encontramos, se nos presenta dicho relato según la versión del evangelio de Lucas.

Estamos encima de una montaña, en una situación temporal imprecisa. Aunque aquí no lo hemos recogido, y tampoco lo recoge la liturgia de la palabra, el texto comienza diciéndonos: «Unos ocho días después…» Y, al menos a mí, inmediatamente, me asalta una pregunta: ¿ocho días después de qué? ¿del regreso de los discípulos una vez que Jesús les enviara a predicar el Reino? ¿Ocho días después de la profesión de fe de Pedro? ¿Ocho días después del primer anuncio de su pasión? Pues probablemente, según nos dicen los estudiosos, después de estos dos últimos acontecimientos.

A partir de lo que conocemos por los otros evangelios sinópticos, los discípulos, especialmente Pedro, no han entendido nada de aquel anuncio. ¿Cómo es posible que el Mesías vaya a padecer todo eso y muera? ¿Y qué es eso de que después va a resucitar? A los discípulos les cuesta entender las palabras de Jesús.

Por eso, Jesús quiere manifestarse a ellos y confirmarles en la fe. Es un intento de que sus discípulos cambien la concepción que tienen acerca del Mesías. La transfiguración es una confirmación de que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías esperado. Es un anticipo de la resurrección. Pero vayamos por partes.

Decíamos más arriba que nos encontramos en una montaña; este lugar es privilegiado para el encuentro con Dios. Basta recordar los encuentros de Moisés con Dios en el monte Sinaí (Éx 19,20; 24,12-15; 34,2-4) o de Elías en el monte Horeb (1Re 19,8). Jesús está allí orando, encontrándose con el Padre; y… en aquel momento, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente.

Inesperadamente, aparecen dos hombres que se ponen a hablar con Jesús. ¿Quiénes son? Moisés y Elías. Pero, ¿quiénes son estos personajes y por qué se aparecen? Moisés representa la Ley, él la había recibido en el Sinaí; y Elías representa a los profetas, éste había sido arrebatado al cielo por un carro de fuego (2Re 2,11) y según la profecía de Malaquías, tiene que volver a preparar el camino al Mesías (Mal 3,23). Por tanto, la Ley y los profetas, el Antiguo Testamento, viene a dar testimonio de Jesús como Hijo de Dios.

Y, ¿acerca de qué dialogan Moisés, Elías y Jesús? Pues según nos dice el texto, precisamente, acerca de la duda que tenían los discípulos: de la muerte de Jesús, la cual iba a tener lugar en Jerusalén.

El Mesías esperado no es un Mesías poderoso, guerrero y aniquilador de enemigos. El verdadero Mesías tendrá que padecer y morir, pero al tercer día será resucitado por el Padre. De este modo, Jesús nos liberará de todas nuestras ataduras y de la más importante, de la atadura de la muerte; puesto que, si él resucitó, nosotros también resucitaremos, a pesar de todos nuestros problemas, de nuestras dificultades, de nuestras miserias.

Aunque los discípulos estaban cargados de sueño, se mantuvieron despiertos y pudieron ver la gloria de Jesús y a los dos personajes que se encontraban junto a él. Y su reacción fue lógica. En aquel instante, no se dan cuenta de la importancia del acontecimiento que están viviendo. Sus mentes están en otra parte, no perciben la realidad de una manera clara, están aturdidos. Y reaccionan, sobre todo Pedro, con aquellas palabras: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a quedarnos». Eso de tener que pasar por una pasión, por la muerte… Todo eso no tiene sentido, vamos a quedarnos aquí, quítate de problemas. Ese es el pensamiento de los discípulos y de Pedro que se hace su portavoz; sin embargo, según, el texto, Pedro no sabe lo que dice.

Mientras Pedro está hablando, una nube del cielo los cubrió. La nube, recordemos, es símbolo de la presencia de Dios (Éx 40,34-38; Núm 10,11s.). Entonces, se oye la voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo, el elegido, escuchadle». De este modo, el Padre confirma que Jesús es el Hijo de Dios, y que nosotros lo que debemos hacer es escuchar su Palabra.

Los discípulos guardan silencio y no contaron a nadie lo ocurrido. Tendrán que vivir la experiencia de la Pascua para entender verdaderamente este acontecimiento y comenzar a anunciar a Jesús Resucitado por todos los confines del mundo.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Hoy también a ti, Jesús te invita a subir con él a la montaña para orar. ¿Cuál es tu montaña? ¿Qué sientes? ¿Aceptas la invitación? ¿Cuál es tu experiencia en esta montaña?

• ¿Qué significado tiene en tu vida que Moisés y Elías, es decir, que la ley y los profetas, vengan a confirmar que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Qué significa para ti que Jesús sea el Hijo de Dios? ¿Qué significado adquiere todo esto para tu vida diaria?

• Jesús cada día se manifiesta en tu vida. ¿De qué manera? ¿Cómo lo percibes? ¿Cómo es ese encuentro? ¿Sirve para cambiar tu percepción y tu modo de vivir el día a día?

• ¿Escuchas la Palabra de Jesús? ¿Cambia en algo tu vida?

• No puedes quedarte en la montaña, has de bajar a la vida cotidiana y, desde tu experiencia pascual, contar lo que has visto y oído a todos aquellos que salen a tu encuentro.

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por revelarnos que Jesús es tu Hijo amado, que puede transformar, desde lo más hondo de nuestro ser, nuestras vidas.

• Gracias, Jesús, porque cada día te muestras y te revelas en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida.

• Ayúdanos, Espíritu Santo, a configurarnos cada día más con Jesús y a llevar su Palabra a todos nuestros hermanos.

“DE LO QUE REBOSA EL CORAZÓN HABLA LA BOCA” – LECTIO DIVINA DEL DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 6,39-45

39En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos una parábola: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? 40El discípulo no es superior a su maestro; el discípulo bien formado será como su maestro.

41¿Cómo es que ves la paja en el ojo de tu hermano si no adviertes la viga en el tuyo?  42¿Cómo puedes decir a tu hermano: Deja que saque la paja de tu ojo, tú que no ves la viga en el tuyo? Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo, y entonces verás para quitar la paja del ojo de tu hermano».

43«No hay ningún árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos. 44El árbol se conoce por sus frutos. Porque no se cosechan higos de los espinos, ni se vendimian uvas de los zarzales. 45El hombre bueno saca el bien de la bondad que atesora en su corazón, y el malo saca el mal de la maldad que tiene, porque de la abundancia del corazón habla la boca».

El pasaje con el que hoy vamos a orar se encuentra enmarcado dentro del llamado “discurso de la llanura”; concretamente, después de que Jesús pasara la noche en oración, eligiera a los Doce y pronunciara las bienaventuranzas.

En el fragmento del evangelio de Lucas, que hoy nos ocupa, el evangelista pone de manifiesto las actitudes que debe tener el auténtico discípulo de Jesús, especialmente la manera en la que se tienen que comportar los líderes de las comunidades, que son quienes las guían. De tal manera que actúen con humildad, siendo consciente de sus limitaciones, de sus debilidades, y poniendo en marcha las acciones necesarias para crecer como seguidores de Jesús, sólo así podrán guiar a otros.

Es más antes de corregir a cualquiera de nuestros hermanos, nosotros hemos de conocer nuestra propia fragilidad e incapacidad y de esta manera poder ser más objetivos y misericordiosos con nuestro prójimo.

A continuación, en su discurso, Jesús, nos ofrece la imagen del árbol que da buenos frutos, para hacernos caer en la cuenta que lo más importante son las actitudes que nosotros tenemos en nuestro corazón. Únicamente partiendo desde la bondad y el amor, podremos dar frutos abundantes y buenos

Finaliza el pasaje que lo más importante es vivir lo que estamos predicando y ser coherentes con aquello que decimos creer y que anunciamos.

De cualquier manera, es necesario que en todo momento estemos vigilantes con respecto a nuestra manera de actuar y ser congruentes con nuestro seguimiento de Jesús. Nuestro actuar exterior debe coincidir con aquello que nosotros albergamos en el corazón.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Todos, de alguna manera, somos líderes o “guías” en nuestra vida diaria, ¿cómo crees que te comportas cuando actúas como tal?

• ¿Eres consciente de tus limitaciones, de tus debilidades antes de ponerte a guiar a otros? ¿Intentas de alguna forma intentar superar esas limitaciones y debilidades con la ayuda de Dios?

• ¿De qué manera corriges a tu hermano? ¿te posicionas desde la misericordia y el amor o por el contrario lo haces desde el juicio y la superioridad?

• ¿Qué actitudes albergas en tu corazón? ¿De qué lo alimentas?

• ¿Intentas estar en continua conversión para poder convertirte cada día más en un auténtico discípulo de Jesús?

VIDA – ORACIÓN

Señor, Jesús, nosotros hemos de corresponder fielmente a tu plan de salvación, tendiendo a nuestra propia santidad y llevando tu evangelio a todos los confines del mundo, especialmente a nuestro propio ambiente, en nuestro quehacer diario. Pero nos sentimos demasiado débiles, incapaces y limitados. Queremos comprometernos contigo, a estar en continua conversión, para poder ser verdaderos “guías” de nuestros hermanos, con tu mismo estilo de Maestro. Multiplica los frutos de nuestro testimonio cristiano para que con nuestras acciones llevemos a todos los que nos rodean tu amor y la misericordia del Padre. Amén.

“AMANDO COMO EL PADRE” – LECTIO DIVINA DEL DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 6,27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Yo os digo a vosotros que me escucháis: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian. Al que te abofetea en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quita el manto, dale también la túnica. Da a quien te pida y no reclames a quien te roba lo tuyo. Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? También los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis el bien a los que os lo hacen, ¿qué mérito tendréis? Los pecadores también lo hacen. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores para recibir de ellos otro tanto. Pero vosotros amada a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar remuneración; así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y con los malvados. Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso. No juguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; se os dará una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midáis seréis medidos vosotros.

El evangelio que hoy nos presenta la liturgia, es uno de esos que sacados de contexto puede resultar, al menos, equívoco. ¿Por qué digo esto? Pues si yo, sin ninguna otra explicación, sin colocar el texto en su contexto, le lanzo a cualquier persona, a modo de dardo, la siguiente afirmación: “Al que te abofetea en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quita el manto, dale también la túnica. Da a quien te pida, y no reclames a quien te roba lo tuyo”. Si yo lanzo semejante afirmación, como decía más arriba, sin explicación alguna, puedo estar dando a entender que Jesús pide a sus seguidores que no se defiendan ante una injusticia, que se dejen quitar los suyo, sin rechistar y que además, si alguien viene a robarme y me pide el reloj, le dé también la cartera.

Esto pasa con cualquier texto que sacamos de su contexto y que pronunciamos de manera aislada.

Creo que este texto debe ser acogido en su conjunto y sobre todo, teniendo en cuenta la afirmación del versículo 16: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”. Y fijándonos en que hay una afirmación que se repite en tan pocos versículos. Una vez: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian” (27b-28). Y otra vez: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar remuneración” (35a).

El texto es continuación del que orábamos el domingo pasado. Por tanto nos encontramos dentro de lo que los especialistas llaman el “sermón de la llanura”. El cual, como veíamos la semana pasada es el discurso programático de Jesús. En él, se dirige a sus discípulos y a toda la multitud que le estaba escuchando (cf. Lc 6,17).

Pero vayamos por partes, ¿Qué es ser misericordioso? Ser misericordioso, es sentir en el corazón las miserias del otro; sentir en mis entrañas las debilidades de mi prójimo; dejarme estremecer por las necesidades, la inconsistencia, la fragilidad de mi hermano. Sentir sus necesidades, su indigencia, su pobreza. De la misma manera que el Padre misericordioso hace conmigo.

Jesús no nos pide que seamos unos pusilánimes, unos apocados, unos cobardes… Nos pide que nos comportemos con nuestro prójimo de la misma manera que el Padre se porta con nosotros.

Pero además, a cualquiera de nosotros nos gusta que nos traten bien, que sean considerados, que nos ayuden… Pues, de la misma manera bebemos tratar nosotros a los demás: “Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros” (31).

Jesús lo que nos está pidiendo es que demos un paso más, que se nos distinga por nuestras acciones, pero sobre todo por el amor que ponemos en ellas. Un amor como el del Padre, que ama sin condiciones, que ama a pesar de, que ama siempre y sin esperar nada a cambio. Quiere que nuestro amor sea gratuito, independientemente de lo que el otro haya hecho por nosotros, o nos haya dado.

De esta manera, podremos ser capaces de dar y darnos sin medida; pero no por mérito propio, sino dejándonos transformar por el Espíritu en otro Cristo que va mostrando la misericordia del Padre.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Cómo resuenan en ti las palabras del versículo 16: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”?

• ¿Qué significa para ti, ser misericordioso? ¿Cómo vives la misericordia en tu día a día?

• ¿Cómo es tu trato personal con aquellos que te encuentras cotidianamente? ¿Trasparentas de alguna manera a Jesús?

• ¿Cómo es el amor que sientes y manifiestas a tu prójimo?

• ¿De qué manera dejas trabajar al Espíritu para que vaya transformándote poco a poco, cada día?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por la gran misericordia que nos tienes y nos muestras cada día.

• Gracias, Jesús, por mostrarnos el verdadero rostro del Padre y ofrecernos los medios para ser misericordiosos como él.

• Ayúdanos, Espíritu Santo a dejarnos transformar por ti, según nuestro modelo Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.

“LA VERDADERA FELICIDAD” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 6,17.20-26

Nos encontramos hoy con un pasaje del evangelio, cuanto menos, sorprendente: ¿Cómo es posible que Jesús llame felices a los pobres, a los que lloran, a los hambrientos, a los perseguidos? Y, ¿cómo es posible, que llame infelices a los ricos, a los que están hartos, a los que ríen, a aquellos que son admirados y adulados por los hombres? Todo esto choca mucho con lo que puede ser nuestra experiencia diaria. Pero, intentemos profundizar un poco en el texto; y con ello, es posible que entendamos un poco mejor lo que quería decir Jesús.

Por primera vez, en el evangelio de Lucas, éste nos presenta en qué consiste la predicación de Jesús. Esta es la primera enseñanza de Jesús, después de que en la Sinagoga de Nazaret presentara su programa, basándose en el profeta Isaías (Lc 4,16-30). Y este discurso que nos presenta el evangelio con el que estamos orando, resulta algo paradójico. ¿No crees? Jesús es así.

Aunque a mí, rápidamente me asalta una pregunta: ¿hay que estar en la miseria para poder salvarse? ¿Es necesario estar continuamente sufriendo para entrar en el Reino? A mi parecer, lo que Jesús está ofreciendo y nos está ofreciendo es esperanza. Esperanza a todos aquellos que no ponen su ilusión, su confianza, su seguridad en las cosas materiales, en las posesiones, en la felicidad superflua o en lo que los otros dicen acerca de ellos.

Bueno, pues vamos a ver, aunque sea brevemente, cada una de estas llamadas bienaventuranzas y de sus respectivas “maldiciones”.

Felices los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Lo primero a tener en cuenta es que esta declaración de Jesús está en presente, por lo que el pobre no es que sea feliz en una vida futura, el pobre es feliz ahora. ¿Por qué? Porque el reino es suyo, porque ya están disfrutando de él, porque ya está presente en medio de los pequeños, de los sencillos, de los necesitados. Felices a pesar de estar marginados, a pesar de ser degradados, despreciados y considerados impuros por parte de la sociedad… Felices porque no confían en sus propias riquezas, en sus propios medios, en sus propias seguridades. Y esto no es únicamente una condición social. Se puede ser pobre con una mentalidad de rico, se puede ser pobre y estar deseando el lujo, se puede ser pobre y querer oprimir al otro. Y de esa manera por muy pobre que sea uno, nunca podrá ser feliz porque el reino de Dios no está en él. Pero felices todos aquellos que quieren revertir la injusticia en la sociedad, felices los que desean e intentan llevar a cabo un cambio en las condiciones sociales, felices los que buscan una convivencia fraterna, donde los bienes se comparten, de estos es el reino de Dios.

Felices los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis hartos.

Entre los cristianos esta situación es reversible. Es muy posible que mucha gente en la actualidad pase hambre, pero eso no puede ser definitivo. El seguidor de Jesús ha de salir al frente de las necesidades de su hermano, no puede quedarse impasible, no puede mirar hacia otro lado. Al cristiano le toca anunciar y denunciar, al cristiano le toca arrimar el hombro y ayudar al necesitado; por eso esa situación no es definitiva. El cristiano ha de hacer todo lo posible para que el excluido, el rechazado, el despreciado pueda insertarse en el tejido social y cubrir sus necesidades básicas.

Felices los que ahora lloráis, porque reiréis.

Tampoco el sufrimiento, el dolor, la angustia son definitivos. Lo definitivo es la construcción del reino. Un reino que es capaz de acercarse al hermano que sufre y ofrecerle una mano amiga, un abrazo, un estar a su lado, un no estás solo, un vamos a luchar juntos, un vamos a ser compañeros de camino… No, ninguno de nosotros vamos a solucionar los problemas de la humanidad; pero, si que vamos a poner de nuestra parte, vamos a ofrecer recursos, vamos a estimular al hermano caído para que encuentre sus fortalezas, sus potencialidades, sus habilidades, sus capacidades. No vamos a dejar que se hunda en la miseria. Y entonces, podremos reír juntos.

Felices seréis si os odian los hombres, si os excluyen, os insultan y proscriben vuestro nombre como infame por causa del hijo del hombre.

Felices seréis si confiáis en Dios e intentáis experimentar las enseñanzas y la vida del Maestro. Y no tengáis ninguna duda de que esto ocurrirá, si de alguna manera pretendéis poner en práctica en vuestra vida el seguimiento de Jesús. Felices porque estáis en el buen camino, porque estáis construyendo un mundo mejor y colaborando en el establecimiento del reino de Dios, porque estáis actualizando la buena Noticia y haciéndola presente en nuestros día a día.

A continuación, Lucas nos presenta las cuatro maldiciones o amenazas. Las cuales se contraponen a las cuatro bienaventuranzas. No me extenderé mucho en ellas, pues si no está Lectio resultaría excesivamente extensa. Pero si que me gustaría destacar lo siguiente.

Infelices son aquellos que van sobrados por la vida, los que se sienten totalmente satisfechos sobre todo con lo que tienen y no con lo que son, los que no necesitan de nada ni de nadie, los que viven encerrados en su propio egoísmo y dando la espalda al sufrimiento de los demás. Infelices porque intentan contentar a dos señores a la vez, y eso es imposible. Infelices los que intentan agradar a todo el mundo, los que únicamente buscan el prestigio y los primeros puestos. Infelices porque tienen una falsa autoestima y no quieren desarrollarse y crecer como personas.

En definitiva, para alcanzar la verdadera felicidad es imprescindible experimentar la misericordia de Dios, para poder de alguna manera ofrecerla y regalarla a los demás; es imprescindible confiar y poner nuestra esperanza en un Padre que nos ama infinitamente y que acoge a todos sin diferencia; es imprescindible, dejarnos modelar por el Espíritu Santo y poner en práctica las actitudes vitales de Jesús para que nuestro mundo sea un reflejo del Reino de Dios. Un mundo en que el amor incondicional y gratuito sea una realidad.

¡Pongámonos manos a la obra!

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Dónde tienes puesta tus esperanzas, tus aspiraciones, tus sueños?

• ¿De qué tienes “hambre”? ¿Qué deseas verdaderamente en tu día a día?

• Hay más felicidad en dar que en recibir. ¿Qué piensas de esta frase? ¿Cómo se hace palpable en tu vida? ¿Cómo la experimentas en tu día a día?

• ¿Qué estás dispuesto a hacer para que la felicidad sea una realidad en nuestro mundo? ¿Para que el reino de Dios esté cada día más presente en tu vida y en la de los demás?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por el gran amor que nos regalas y por querer siempre nuestra felicidad.

• Gracias, Jesús, por ofrecernos los medios necesarios para que la felicidad sea una realidad en nuestro mundo.

• Ayúdanos, Espíritu Santo, a poner en práctica el Evangelio, a ofrecer nuestro amor, nuestra ayuda y nuestra persona para que todos podamos alcanzar la verdadera felicidad.

«Rema mar adentro y echa tus redes» Lectio Divina del domingo V del tiempo ordinario (Ciclo C)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 5,1-11)

En aquel tiempo, mientras la gente se agolpaba en torno a él para escuchar la palabra de Dios, él estaba junto al lago de Genesaret y vio dos barcas situadas al borde del mismo.

Los pescadores habían bajado a tierra y estaban lavando las redes.

Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó en ella, y enseñaba a la gente desde allí.

Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar”. Simón le respondió: “Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero ya que tú lo dices, echaremos las redes.” Así lo hicieron, y pescaron tal cantidad de peces que casi se rompían las redes. Hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieran, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

Al ver esto Simón Pedro, cayó a los pies de Jesús, diciendo: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador”. Y es que tanto él como sus compañeros habían quedado pasmados ante la pesca realizada; y lo mismo Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón: “No tengas miedo; desde ahora serás pescador de hombres”. Ellos llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo siguieron.

Nos encontramos en este relato con la llamada a Simón por parte de Jesús. Al final, se nos mencionará también a Santiago y a Juan.

Lucas es el único autor, de los llamados evangelios sinópticos, que narra el pasaje de la llamada pesca milagrosa. Este relato reemplaza el relato de la vocación de los cuatro primeros discípulos, contado por Mateos y Marcos (Mt 4,18-22; Mc 1,16-20).

Esta llamada se encuentra situada en el centro de las «acciones liberadoras de Jesús» (Lc 4,31-44; 5,1-11; 5,12-6,11), por lo que podemos considerarla como parte del cumplimiento de la profecía de Isaías, proclamada por Lucas, en conexión con el «año de gracia del Señor» (Is 61,1s; Lc 4,16-30).

Los personajes que intervienen en la escena, además de Jesús, son: la gente que está en la orilla y los pescadores, entre los que destacan: Simón, Santiago y Juan.

Vamos por partes. Al parecer, Jesús solía predicar a la orilla del lago y la gente se agolpaba para escuchar la Palabra de Dios.

Como son tantos, Jesús se sube a una barca, cátedra desde la que enseña a la multitud. Había más barcas, pero Jesús sube a la de Simón. Con ello Lucas nos quiere poner de manifiesto la relación personal que guardaba con éste. Subrayando, desde el primer momento, la misión particular que en la Iglesia será encomendada a Pedro. Esto explica, en parte, la anticipación que hizo Lucas del acontecimiento.

Jesús ordena a Pedro internarse en aguas profundas. Es interesante saber, que el verbo utilizado en griego por Lucas es epanágage, que podríamos traducir por lánzate. Por lo que podemos entender que la orden de Jesús es: lánzate a lo profundo. Y aunque el evangelio no lo dice, me gusta imaginar que a continuación le dice: «No tengas miedo por causa alguna, yo estoy contigo.» Jesús está siempre con nosotros y más en momentos de dificultad o incertidumbre.

Es curioso, pero Jesús ordena esto después de una noche infructuosa, aunque de duro trabajo. Y lo hace de día. ¿Pescar de día? Pescar de día es mucho más difícil, pues los peces pueden fácilmente burlar a los pescadores. Simón conocía bien su oficio, sabía que sería inútil, sin embargo, muestra docilidad y obediencia a la orden del Maestro: «Ya que tú lo dices, echaremos las redes». A partir de ahora lo que ocurra es cosa tuya.

Y el signo se produjo. Un signo que nos está manifestando la sobreabundancia de los dones mesiánicos que brotan de la ilimitada generosidad divina. Esta pesca abundante nos está simbolizando la tarea evangelizadora futura. La cual, ante todo, requiere la presencia de Jesús. El protagonista de la evangelización es Él. Nosotros somos únicamente instrumentos. Eso sí, que necesitamos de la colaboración de nuestros compañeros; pues la evangelización debe ser realizada no por francotiradores, sino por la comunidad. De este modo, con la presencia de Jesús y la colaboración de otros, la evangelización será eficaz: «Llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.»

Todos quedan pasmados y Simón no puede menos que caer de rodillas, en actitud de profunda adoración, experimentando la distancia abismal que existe entre la santidad de Dios y la debilidad del ser humano. Se da cuenta que Jesús es el Señor, en el que está presente Dios y se hace consciente de su propia debilidad como pobre criatura.

«No tengas miedo, desde ahora serás pescador de hombres». De este modo, Jesús está anunciando la futura misión de Simón.

Y la pesca abundante es un signo que proclama desde ahora el éxito de su futuro apostolado, gracias «a la palabra de Jesús».

«Lo dejaron todo». Es el radicalismo en el desprendimiento, exigido por la vocación apostólica y por el seguimiento a Jesús.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • Introdúcete en la escena y trata de vivirla en carne propia. Hoy Jesús te está enviando a ti a la misión. Deja que aflore lo que vas sintiendo ante las palabras que Jesús te dirige.
  • La gente se agolpaba en torno a él para escuchar la Palabra de Dios. ¿Cuál es tu actitud ante la Palabra?
  • ¿Estás dispuesto a remar mar adentro para proclamar el Reino? ¿Y a hacerlo en comunidad?
  • ¿Confías a pies juntillas en la palabra de Jesús? ¿Estás dispuesto a actuar con docilidad y obediencia, simplemente porque Él lo dice?
  • Al descubrir la santidad de Dios, ¿cuál es tu actitud?
  • ¿Estás dispuesto a dejarlo todo y seguirle?
  • Toma una palabra, una frase, un versículo… que por lo que sea a tocado tu corazón y rúmialo durante tu jornada.

VIDA – ORACIÓN

  • Pide al Espíritu Santo que te ilumine para entender la Palabra de Dios y te ayude para acogerla y ponerla en práctica.
  • Pide a Jesús por las necesidades de nuestra comunidad evangelizadora que cada semana se reúne para orar con la Palabra.
  • Somos débiles, pero con Él todo es posible. Dile que está dispuesto a dejarlo todo y seguirle.

Guarda silencio y adora la santidad de Dios.

“Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. LECTIO DIVINA DEL DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 4,21-30)

El texto que nos ofrece hoy la liturgia es continuación del pasaje evangélico del domingo pasado. En él hemos dejado a Jesús en la Sinagoga, después de anunciar un año de gracia del Señor.

Al concluir la lectura del profeta Isaías devolvió el rollo al encargado de la sinagoga y se sentó para comentar la lectura.

Es aquí donde arranca el relato con el que hoy oramos: «Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír». ¿De qué manera pronunciaría Jesús estas palabras? El evangelista nos dice que todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca: ¿Cómo es posible que el hijo de José hable así? ¿Cómo es posible que alguien tan humilde, que conocemos de toda la vida, al que hemos visto crecer… hable de esa forma? Sus paisanos comienzan a dudar. Ante esta situación, Jesús sale al paso, citando un refrán, posiblemente conocido por todos ellos: «Médico cúrate a ti mismo». A lo cual añade otro acerca del profetismo que no es acogido en su propia tierra. Comentando y fundamentando estos dichos con dos pasajes de los libros de los Reyes, en los que se compara a Israel con otros pueblos: la historia del profeta Elías (1Re 17-18) y la historia del profeta Eliseo (2Re 5,1-14).

La primera de estas historias se sitúa en el reinado del rey Ajab, el cual no era del agrado de Yahveh; durante su reinado hubo tres años de sequía y el pueblo de Israel sufrió hambre. Todo ello debido a la infidelidad del pueblo y al rechazo al profeta. Esa era la causa por la cual éste no es enviado a ninguna persona de Israel, sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sión.

La segunda de estas historias narra el acontecimiento de la curación de Naamán, el sirio, de su lepra, gracias a que cumplió lo que el Profeta Eliseo le ordenaba.

Jesús les estaba diciendo, en su propia cara, que allí no podrá realizar ningún milagro, debido precisamente a la dureza de sus corazones, a su falta de fe, a su predisposición a no cumplir con la voluntad de Dios, a su incapacidad voluntaria para cambiar… En lugar de abrir sus mentes y sus corazones ante ese mensaje de gracia de Jesús, lo que hacen es permanecer en sus prejuicios, convencionalismos y cerrazón. No tenían intención de cambiar, por lo cual, el rechazo a todo aquello que estaba diciendo Jesús era lógico. Para evitar el cambio, era mejor considerar a Jesús un falso profeta. No puede estar diciendo la verdad. Es mejor, incluso, matarlo. Pero la hora de Jesús aún no había llegado.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Jesús es rechazado por el mensaje que ha proclamado en el evangelio del domingo pasado. Sus paisanos, a pesar de la admiración, no son capaces de acoger y poner en práctica las palabras de Jesús. Y tú ¿estás dispuesto a acoger la palabra de Jesús y ponerla por obra?

• ¿Estás atento a todo aquello que Jesús quiere decirte y transmitirte en tu vida diaria? ¿Dedicas algún tiempo del día para escuchar su Palabra? ¿Abres tu mente y tu corazón para que Jesús pueda transformar tu vida?

• ¿Estás abierto a la novedad del Evangelio o por el contrario continúas anclado en tus propias creencias, convicciones, convencionalismos…?

• ¿Estás dispuesto a realizar cambios en tu vida, aunque estos supongan dificultades, obstáculos, inconvenientes, compromisos…?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por habernos enviado a tu Hijo, Jesucristo, para acercarnos más a ti y ofrecernos una vida plena.

• Gracias, Jesús, por presentarnos la novedad del Evangelio que nos transforma y nos conduce a la felicidad

• Ayúdanos, Espíritu Santo, a apropiarnos de las actitudes vitales de Jesús y hacerlas nuestras, para que de esta manera nuestra vida se transforme en vida plena. 

¿Qué tenemos que hacer? Lectio Divina del Evangelio del tercer domingo de Adviento – Gaudete

VERDAD – LECTURA

Evangelio (Lc 3,10-18)

Lo primero que llama la atención, al menos a mí, respecto a la lectura del evangelio que hoy nos ofrece la liturgia es la pregunta con la que se inicia el pasaje: ¿Qué tenemos que hacer? Parece que no es una pregunta insignificante; en poquísimos versículos, el autor del evangelio la recoge por tres veces, como preocupación de distintos tipos de personas. Nos encontramos en primer lugar con la gente en general, después con unos recaudadores de impuestos y por último con unos soldados. Todos ellos están preocupados por lo que tienen que hacer para preparar la llegada del Mesías, que Juan ha anunciado versículos atrás (3,3-9).

Este fragmento de evangelio, como podemos apreciar consta de dos partes: la primera en la que se realizan las preguntas que hemos apuntado más arriba y una segunda en la que Juan quiere dejar claro que él no es el Mesías, sino únicamente aquel que le prepara el camino.

Es un evangelio muy rico y con el que nos podríamos extender todo lo que quisiéramos, pero me vais a permitir que, para nuestra oración de este domingo, me detenga únicamente en la primera parte del mismo; considero que será suficiente para poder realizar satisfactoriamente nuestra lectio divina.

¿Qué tenemos que hacer? Juan ha anunciado y practica un bautismo de conversión. La palabra griega que se utiliza en el texto de Lucas para aludir a la conversión es: metanoia. Dicha palabra en realidad lo que significa es cambiar la mentalidad, la forma de pensar y de actuar; en otras palabras, reorientar nuestra vida hacia Dios, dejarnos transformar por el Espíritu Santo para que nuestra forma de pensar y de actuar se parezca cada vez más a la forma de pensar y actuar de Jesús.

Pero, ¿cómo abrirnos a esa transformación? ¿cómo preparar nuestra vida para ese cambio? Juan nos hace descender y tocar tierra. La preparación, la conversión, el cambio en nuestra vida consiste, en la práctica, en mirar a nuestro alrededor, hacernos consciente de las necesidades que tienen las personas que nos rodean y atender a las mismas, empezado por lo más básico: el vestido y la comida.

Adviento es preparación para recibir a Jesús que nace. Un acontecimiento que ocurrió hace más de dos mil años. Pero que la Iglesia nos lo recuerda cada año. Recordar es volver a pasar por el corazón un acontecimiento. Cada año, la Iglesia nos ofrece un tiempo específico para que no nos olvidemos que Jesús está naciendo continuamente en la vida de los seres humanos y pasarlo por nuestro corazón. Como muchas veces lo olvidamos, pues al menos una vez al año, se nos invita a vivir con mayor intensidad esa preparación. Que mejor manera de preparar la venida del Mesías que, atendiendo a las necesidades de nuestros hermanos, de las personas que tenemos a nuestro alrededor.

La primera “obligación” respecto a atender las necesidades de los demás está más o menos clara: compartir. Pero no sólo debemos quedarnos ahí. El verdadero cambio implica también actuar con honestidad en nuestra vida cotidiana, que no exijamos a los otros más de lo que está dentro de sus posibilidades, que no les engañemos, que no les intimidemos, que nos conformemos con lo que tenemos, sin ser ambiciosos o avariciosos. Lo cual no quiere decir que si tenemos la posibilidad de mejorar en la vida no lo hagamos, sino que nuestra mejora no sea a costa de abusar de los demás.

Y todo esto realizado desde la alegría que es la gran invitación que se nos hace desde la liturgia en este domingo gaudete (domingo de la alegría). Porque si esa transformación la vamos a realizar a regañadientes, la vamos a realizar desde la tristeza, pensando que es únicamente una obligación. No será una verdadera reorientación, un verdadero cambio, una verdadera conversión. ¡Alégrate! Porque Dios está en medio de ti, se alegra y goza contigo, te renueva con su amor (cf. Sof 3,14-18). ¡Alégrate, porque el Señor está cerca! (Cf. Fil 4,4).

Al igual que la multitud mantengámonos expectantes; es decir, en una espera activa, para acoger la venida de Dios hecho niño. Y, al igual que Juan el Bautista anunciemos la Buena Noticia, anunciemos que Dios se hace hombre con nuestras palabras, nuestras actitudes y nuestras acciones.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra de este pasaje evangélico te ha tocado especialmente el corazón? ¿Qué sentimientos se despiertan en ti al leer este pasaje?
  • Delante de Jesús, presente en su Palabra, hazte la misma pregunta que se hacen los distintos personajes de este evangelio: ¿Qué tengo que hacer?
  • ¿Cómo estás viviendo este Adviento? ¿Cómo te estás preparando para la venida del Niño Jesús?
  • A partir de la respuesta que hayas sentido, prográmate alguna obra, tarea, actividad que puedas realizar durante este Adviento y te ayude a vivir más intensamente la Navidad.
  • Proponte, siempre que puedas, mantener la alegría durante este tiempo de Adviento.

VIDA – ORACIÓN

Hoy te invito a concluir nuestra lectio divina rezando el Salmo 95.

Venid, cantemos al Señor con alegría,

aclamemos a la roca que nos salva;

vayamos ante él a darle gracias

y a cantar himnos en su honor.

Porque el Señor es un Dios grande,

el rey grande sobre todos los dioses.

Tiene en sus manos las profundidades de la tierra

y suyas son las cumbres de los montes;

suyo es el mar porque él mismo lo hizo,

y la tierra firme, que formaron sus manos.

Venid a adorarlo, hinquemos las rodillas

Delante del Señor, nuestro creador.

Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo,

las ovejas que él guarda.