Lectio Divina Domingo Solemnidad de la Ascensión del Señor – Ciclo C (Lc 24, 46-53)

VERDAD – LECTURA

         En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de l fuerza que viene de lo alto”. Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

         Jesús hoy, quiere invitarnos a ser testigos de su evangelio y a difundirlo por todas las naciones.

         Estaba escrito que el mesías tenía que sufrir y resucitar de entre los muertos. Es decir, no sólo debía sufrir, para asumir en su propia persona el dolor humano, sino que, además, al tercer día resucitaría. Por tanto, Jesús está vivo entre nosotros. La entrega realizada por Cristo, por amor, no concluye con la muerte, esa entrega comienza nuevamente con la resurrección.

         Y porque está vivo, está presente en la vida de los seres humanos y quiere ofrecerles una vida en plenitud, aunque para ello quiere servirse de sus seguidores, de sus discípulos, ellos son los testigos de su vida, su muerte y su resurrección. Testigo quiere decir que quien habla lo hace desde la experiencia de lo que han vivido al lado del Maestro; de la experiencia que han hecho de Jesús y con Jesús.

Pero para poder experimentar a Jesús, lo primero que hemos de hacer es cambiar de vida, cambiar nuestra perspectiva de las cosas, cambiar nuestro punto de vista, acoger y transmitir el mensaje de Jesús y la vivencia de su persona. A Dios solo se le puede conocer desde la experiencia.

         Para acompañarle e impulsarles a dar testimonio del evangelio, el Padre envía al Espíritu Santo. Él se convierte en nuestro compañero de camino, que nos apoya, ayuda a levantarnos, nos indica el camino…

         Y llega el momento de la despedida, cerca de Betania, lugar de encuentro, de amistad, de dialogo. Se aleja de ellos regalándoles su bendición, regalándoles su presencia para siempre, regalándoles su gracia. Y ante un misterio tan grande, únicamente les queda adorar. Adoran y alegrarse porque a pesar de que todo aquello parece una despedida, en realidad no lo es. Jesús está y estará siempre con nosotros. Por eso vuelven contentos a Jerusalén. Jesús se despide para quedarse.

         Vuelven a Jerusalén y estaban continuamente en el Templo bendiciendo a Dios.

Concluye este evangelio de Lucas en el mismo lugar que empezó con Zacarías: en el Templo. Concluye el evangelio bendiciendo y alabando a Dios.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Jesús, al igual que en el momento de la Ascensión, nos envía a ser testigos de su evangelio en nuestra vida cotidiana, ¿cómo asumes esta llamada en tu vida? ¿Qué acciones pones en práctica?
  • La muerte no ha tenido la última palabra, la última palabra la tiene la resurrección y la vida, precisamente a anunciar y proclamar la vida nos envía Jesús. ¿Eres testigo de la vida?
  • ¿Hacer experiencia quiere decir estar con la persona, relacionarse con ella, escucharla, dialogar con ella…? ¿Cómo es tu experiencia de Jesús? ¿Anuncias esa experiencia a los demás?
  • ¿Eres consciente de la importancia del Espíritu Santo en tu vida? ¿Te relacionas con Él habitualmente?
  • Jesús nos regala su presencia para siempre.

VIDA – ORACIÓN

  • Como los apóstoles, alaba a Dios Padre por los regalos que cada día nos hace.
  • Da gracias a Jesús por haberse quedado entre nosotros, por su presencia. Acoge esa presencia e intenta vivirla con intensidad.
  • Pide al Espíritu Santo que descienda sobre ti con sus dones para que anuncies la Resurrección de Jesucristo a todos lo que te rodean.
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“El padre misericordioso” Lectio Divina Domingo IV de Cuaresma – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 15, 1-3. 11-32)

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publícanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros'”. Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”. Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido , y lo hemos encontrado”. Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. El padre le dijo: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”».

La liturgia de este domingo IV de Cuaresma nos regala la lectura del pasaje evangélico conocido como la parábola del Hijo Pródigo, aunque creo que sería más indicado llamarla la parábola del Padre Misericordioso. Lo iremos viendo a medida que vamos profundizando en ella.

El motivo por el que Jesús pronunció esta parábola, según nos dice el texto, es a causa de la murmuración de los fariseos y de los maestros de la ley, que le criticaban porque acogía a los pecadores y comía con ellos. Algo que, por otro lado, estaba prohibido por la ley, aunque esta ley era bastante injusta e inmisericorde. La misericordia es una de las características principales de Dios. Y también a nosotros nos pide que nos acerquemos a los demás con misericordia, sobre todo a los más necesitados de perdón y conversión.

Esta imagen de Dios misericordioso no es ajena al Antiguo Testamento: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad, conserva su fidelidad por mil generaciones y perdona la iniquidad, la infidelidad y el pecado» (Éx 34,6s); «Yo soy el Señor, lento a la cólera y rico en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebeldía» (Núm 14, 18); «Soy un Dios que muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mi alianza» (Dt 5,10); «El Señor es compasivo y misericordioso, el Señor es paciente y todo amor; no está siempre acusando ni guarda rencor eternamente» (Sal 103,8).

Por supuesto, algunos de estos textos tienen una segunda parte en la que se nos dice que no deja nada impune y castiga la maldad de los padres en los hijos en los nietos; pero por qué quedarnos únicamente con esta última parte. Los fariseos y maestros de la ley lo hacían así porque ellos se consideraban justos ante Dios, ya que, cumplían a rajatabla todos los preceptos de la ley, por pequeños que fueran, llegando incluso a una casuística extrema.

Jesús viene a decirnos que el único justo es Dios. Y este Dios justo trata a las personas con entrañas de misericordia. Por eso, contó esa parábola y hoy nos la presenta a nosotros. En ella, nos encontramos con tres personajes protagonistas: el hijo menor, el hijo mayor y padre.

El hijo menor comienza reflexionando acerca de la situación en la que se encuentra conviviendo en la casa de su padre; parece que no está contento, por lo que le pide a su padre que le dé la parte de la herencia que le corresponde. Quiere ir a experimentar otros mundos, otras situaciones, otro contexto vital.

Así que, una vez que el padre le entrega su herencia, marcha a un país lejano, allí derrocha toda su fortuna y, en un cierto momento, se encuentra con lo puesto. Decide entonces trabajar para una persona de aquellas tierras, que lo coloca cuidando cerdos. Una labor, por otro lado, bastante deshonrosa para un judío, pues recordemos que el cerdo es un animal impuro para la cultura y la religión judía (Lev 11,7). Pero pasa hambre, tiene miedo. Entra dentro de sí y, reflexionando, cae en la cuenta de que la vida que llevaba en casa de su padre era más beneficiosa que su situación actual: al menos, allí no pasaba hambre, al menos allí podría llevar una vida más feliz, aunque fuera como jornalero de su padre. Entonces decide volver a la casa de su padre. No le mueve el amor, no le mueve el arrepentimiento, ni siquiera el hecho de volver al seno de su familia, le mueve el egoísmo y el miedo.

Ahora entra en escena, como protagonista, el padre. Al verlo de lejos, se conmovió. En el padre se produce una emoción interna que le hace volverse hacia el hijo y compartir su desgracia, sus problemas, sus inquietudes, sin necesidad, de que este pronuncie palabra alguna.

El padre lo abraza, lo cubre de besos, le transmite amor. No le deja siquiera acabar el discurso que tenía preparado. El amor del padre es un amor incondicional que no espera nada a cambio. Les dice a los criados que le vistan de gala, que van a celebrar una fiesta, porque su hijo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado. El padre desborda de gozo ante el regreso de su hijo. No le pide cuentas, no le reprocha nada, no le recrimina… Le trata con inmenso amor. Y ese amor desbordante del padre y la felicidad por el encuentro se convierte en fiesta.

Mientras tanto, entra en escena el hijo mayor, que estaba trabajando en el campo. Se sorprende de que en su casa haya una fiesta y él no se haya enterado. Los jornaleros le informan del gran acontecimiento: «Que ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano». ¡Cómo! ¿Qué ese ingrato ha vuelto y mi padre ha preparado una fiesta? ¿Cómo es posible? El proceder del padre no entra dentro de su lógica, como no entra dentro de nuestra lógica el proceder de Dios. Se enfada, se enfurece, se irrita ante el comportamiento de su padre. Es tal el rencor que lleva dentro que es incapaz siquiera de preguntar cómo está su hermano. Su única preocupación es que él ha sido «fiel», ha cumplido con todo lo que el padre le ha ordenado, y no ha recibido recompensa alguna. Tampoco él ha entendido el significado del amor incondicional, a pesar de estar siempre al lado de su padre. No se ha dado cuenta de que todo lo que tiene el padre es suyo; que en realidad el padre no tiene nada propio, porque incluso el amor es para darlo a los demás. El padre trata de explicarle su actuar, trata de explicarle en qué consiste el amor incondicional. Pero para ello es necesario que entre en la dinámica de la misericordia y del amor que no espera nada a cambio.

El relato concluye de una manera abrupta. En realidad, no sabemos el final. Es posible, querido lector, que el final debamos construirlo tú y yo. Tal vez es necesario que tomemos posición y nos pongamos en la piel de cada uno de los personajes, para ver cuál es nuestro papel, para descubrir si nosotros hemos entrado en la dinámica del amor incondicional y de la misericordia de Dios nuestro Padre.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Es para ti motivo de escándalo saber que Jesús compartía su vida con pecadores, indigentes, prostitutas, gente de mal vivir?

• ¿Con cuál de los personajes de la parábola te sientes más identificado? ¿Con el hijo menor? ¿Con el padre? ¿Con el hijo mayor?

• Tal vez has caído en la cuenta de que en muchas ocasiones te alejas de nuestro Padre Dios, ¿Qué sentimientos despierta esto en ti? ¿Has percibido que en esas ocasiones no eres plenamente feliz? ¿Por qué? ¿Qué es lo que te causa esa infelicidad? ¿Tienes miedo y por eso vuelves a la casa del Padre o te mueve el amor?

• ¿Qué significa para ti entrar en la dinámica del amor incondicional, que no espera nada a cambio, de la misericordia (sentir en el corazón las miserias del otro)?

• También es posible que seas un cristiano intachable, justo, cumplidor… que no se ha separado nunca de la casa del Padre. ¿Qué te mueve a ello? ¿Sientes como tuyas las cosas de Dios? ¿Sientes que haces las cosas que le gustan al Padre por amor y no por cumplimiento? ¿Estás dispuesto a entrar en la fiesta?

VIDA – ORACIÓN

• Te invito a volver a leer la parábola, a caer en la cuenta de las actitudes del padre, a que intentes hacerlas tuyas, a contemplar y dejarte contemplar por Dios rico en misericordia, a entrar en su dinámica de amor incondicional. Déjate mirar por Él y míralo. Deja que su amor te inunde.

• Entonces, sal fuera y desparrama todo ese amor hacia todas aquellas personas con las que te encuentres, especialmente los más necesitados de misericordia: los pobres, los excluidos, los pecadores…

INVITACIÓN A CAMBIAR DE VIDA LECTIO DIVINA DOMINGO III DE CUARESMA – CICLO C (Lc 13,1-9)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 13,1-9)

En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús les contestó: ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pareceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceareis de la misma manera. Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo, encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador contestó: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas».

El evangelio que nos ofrece la liturgia en este tercer domingo de Cuaresma podemos dividirlo en dos partes. En la primera parte, Jesús comenta dos acontecimientos de la vida cotidiana y aprovecha para invitar a sus contemporáneos, también a nosotros, a la conversión; dichos acontecimientos son la masacre que protagonizó Pilato y el accidente acaecido en la torre de Siloé. La segunda parte es la parábola de la higuera estéril.

Para situarnos adecuadamente en el contexto de este pasaje, hemos de decir que nos encontramos camino de Jerusalén. Algunas personas se acercan a Jesús para contarle el acontecimiento acerca de la masacre perpetuada por Pilato en contra de algunos galileos y como éste mezcló la sangre derramada por aquellos con la sangre de los sacrificios, lo cual aprovecha Jesús para comentar el hecho.

Para la mentalidad judía de la época, la ausencia de catástrofes, males o incidentes desagradables era señal de la aceptación, aprobación o beneplácito de Dios. Jesús quiere dejar claro que Dios no es un Dios tapa-agujeros, guardián del orden público o adversario del hombre; el Dios cristiano es un Padre misericordioso que ama al ser humano, que quiere lo mejor para él y le otorga libertad para actuar, pensar y ser. Ni aquellos hombres, ni Dios son responsables de la catástrofe acontecida. Ahora bien, cualquier ser humano puede alejarse de Dios, este hecho que no lleva implícito en ningún momento el castigo, pero sí lleva implícita la conversión. De ahí la pregunta de Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran los más pecadores de todos los galileos porque sufrieron eso?», y su respuesta: «Os digo que no». E invita a los que lo escuchan a la conversión, al cambio de perspectiva, al cambio de vida; para el cristiano significa comenzar a ver las cosas desde Jesús, pensar como pensaría Jesús, amar como amaría Jesús, actuar como actuaría Jesús.

Lo mismo ocurre con el episodio que se nos narra acerca del derrumbamiento en la torre de Siloé.

Reforzando esta idea, Jesús cuenta una parábola: la parábola de la higuera estéril. En ella, el dueño de la viña simboliza a Dios, la higuera es el Pueblo de Israel y el viñador es Jesús. Dios «se ha cansado» de las infidelidades del Pueblo; el viñador pide al dueño que le dé un poco más de tiempo y cuidará más y mejor a la viña. Jesús siempre querrá darnos una segunda oportunidad y nuestro Padre Dios siempre nos está esperando. Nuestra conversión, cambio de vida, nos llevará también a dar testimonio.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Cuál es la imagen que tienes de Dios? ¿Un dios lejano, el dios relojero del universo que interviene en todo momento, el dios policía, el dios tapa-agujeros? ¿El Dios de Jesús y del Evangelio?

• Jesús invita a sus contemporáneos a leer los signos de los tiempos. Y tú, ¿cómo sigues esta invitación?

• Jesús nos llama continuamente a la conversión, a cambiar nuestra vida, a cambiar nuestra perspectiva. ¿Qué significa para ti, conversión? ¿Cómo acoges esa llamada?

• ¿Cómo crees que podría dar más frutos? ¿Qué acciones piensas que debería emprender?

• Para todo es necesaria la intervención del viñador, ¿de qué manera vas a dejar que él te cuide, “cave y eche abono”?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por mostrarte siempre paciente con nosotros y por regalarnos cada día tu misericordia.

• Gracias, Jesús, por invitarnos cada día a la conversión.

• Gracias Espíritu Santo por ayudarnos a interpretar los signos de los tiempos y por ir modelándonos cada día según nuestro modelo: Jesús de Nazaret.

“Vieron su gloria” Lectio Divina del II domingo de Cuaresma (Ciclo C)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 9, 28b-36)

En aquel tiempo, Jesús cogió a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, aparecieron con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros se caían del sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras estos se alejaban, dijo Pedro a Jesús: Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nube que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle. Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

En este segundo domingo de Cuaresma la liturgia nos ofrece, para nuestra meditación y oración, en los tres ciclos litúrgicos, el texto conocido como la transfiguración de Jesús. En este ciclo C, en el que nos encontramos, se nos presenta dicho relato según la versión del evangelio de Lucas.

Estamos encima de una montaña, en una situación temporal imprecisa. Aunque aquí no lo hemos recogido, y tampoco lo recoge la liturgia de la palabra, el texto comienza diciéndonos: «Unos ocho días después…» Y, al menos a mí, inmediatamente, me asalta una pregunta: ¿ocho días después de qué? ¿del regreso de los discípulos una vez que Jesús les enviara a predicar el Reino? ¿Ocho días después de la profesión de fe de Pedro? ¿Ocho días después del primer anuncio de su pasión? Pues probablemente, según nos dicen los estudiosos, después de estos dos últimos acontecimientos.

A partir de, lo que conocemos por los otros sinópticos, los discípulos, especialmente Pedro, no han entendido nada de aquel anuncio. ¿Cómo es posible que el Mesías vaya a padecer todo eso y muera? ¿Y qué es eso de que después va a resucitar? A los discípulos les cuesta entender las palabras de Jesús.

Por eso, Jesús quiere manifestarse a ellos y confirmarles en la fe. Es un intento de que sus discípulos cambien la concepción que tienen acerca del Mesías. La transfiguración es una confirmación de que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías esperado. Es un anticipo de la resurrección. Pero vayamos por partes.

Decíamos más arriba que nos encontramos en una montaña; este lugar es privilegiado para el encuentro con Dios. Basta recordar los encuentros de Moisés con Dios en el monte Sinaí (Éx 19,20; 24,12-15; 34,2-4) o de Elías en el monte Horeb (1Re 19,8). Jesús está allí orando, encontrándose con el Padre y en aquel momento cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente.

Inesperadamente, aparecen dos hombres que se ponen a hablar con Jesús. ¿Quiénes son? Moisés y Elías. Pero, ¿quiénes son estos personajes y por qué se aparecen? Moisés representa la Ley, él la había recibido en el Sinaí; y Elías representa a los profetas, éste había sido arrebatado al cielo por un carro de fuego (2Re 2,11) y según la profecía de Malaquías, tiene que volver a preparar el camino al Mesías (Mal 3,23). Por tanto, la Ley y los profetas, el Antiguo Testamento, viene a dar testimonio de Jesús como Hijo de Dios.

Y, ¿acerca de qué dialogan Moisés, Elías y Jesús? Pues según nos dice el texto, precisamente, acerca de la duda que tenían los discípulos: de la muerte de Jesús, la cual iba a tener lugar en Jerusalén. El Mesías esperado no es un Mesías poderoso, guerrero y aniquilador de enemigos. El verdadero Mesías tendrá que padecer y morir, pero al tercer día será resucitado por el Padre. De este modo, Jesús nos liberará de todas nuestras ataduras y de la más importante, de la atadura de la muerte; puesto que, si él resucitó, nosotros también resucitaremos, a pesar de todos nuestros problemas, de nuestras dificultades, de nuestras miserias.

Aunque los discípulos estaban cargados de sueño, se mantuvieron despiertos y pudieron ver la gloria de Jesús y a los dos personajes que se encontraban junto a él. Y su reacción fue lógica. En aquel instante, no se dan cuenta de la importancia del acontecimiento que están viviendo. Sus mentes están en otra parte, no perciben la realidad de una manera clara, están aturdidos. Y reaccionan, sobre todo Pedro con aquellas palabras: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a quedarnos». Eso de tener que pasar por una pasión, por la muerte… Todo eso no tiene sentido, vamos a quedarnos, quítate de problemas. Según, el texto, Pedro no sabe lo que dice.

Mientras está hablando, una nube del cielo los cubrió. La nube, recordemos, es símbolo de la presencia de Dios (Éx 40,34-38; Núm 10,11s.). Entonces, se oye la voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo, el elegido, escuchadle». De este modo, el Padre confirma que Jesús es el Hijo de Dios, y que nosotros lo que debemos hacer es escuchar su Palabra.

Los discípulos guardan silencio y no contaron a nadie lo ocurrido. Tendrán que vivir la experiencia de la Pascua para entender verdaderamente este acontecimiento y comenzar a anunciar a Jesús Resucitado por todos los confines del mundo.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Hoy también a ti, Jesús te invita a subir con él a la montaña para orar. ¿Cuál es tu montaña? ¿Qué sientes? ¿Aceptas la invitación? ¿Cuál es tu experiencia en esta montaña?

• ¿Qué significado tiene en tu vida que Moisés y Elías, la ley y los profetas, vengan a confirmar que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Qué significa para ti que Jesús sea el Hijo de Dios? ¿Qué significado adquiere todo esto para tu vida diaria?

• Jesús cada día se manifiesta en tu vida. ¿De qué manera? ¿Cómo lo percibes? ¿Cómo es ese encuentro? ¿Sirve para cambiar tu percepción y tu modo de vivir el día a día?

• ¿Escuchas la Palabra de Jesús? ¿Cambia en algo tu vida?

• No puedes quedarte en la montaña, has de bajar a la vida cotidiana y, desde tu experiencia pascual, contar lo que has visto y oído a todos aquellos que salen a tu encuentro.

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por revelarnos que Jesús es tu Hijo amado, que puede transformar, desde lo más hondo de nuestro ser, nuestras vidas.

• Gracias, Jesús, porque cada día te muestras y te revelas en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida.

• Ayúdanos, Espíritu Santo, a configurarnos cada día más con Jesús y a llevar su Palabra a todos nuestros hermanos.

“Vencer la tentación” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO I DE CUARESMA – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 4,1-13

En Aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán. El Espíritu Santo lo llevó al desierto, donde durante cuarenta días fue tentado por el diablo. Durante esos días no comió nada, y al final tuvo hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres hijo de dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. Jesús le respondió: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”. Luego el diablo lo llevó a un lugar alto, les mostró todos los reinos del mundo en un instante y le dijo: “Te daré todo este imperio y el esplendor de estos reinos, porque son míos y se los doy a quien quiero. Si te pones de rodillas y me adoras, todo será tuyo”. Jesús le respondió: “Está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo servirás”. Entonces lo llevó a Jerusalén, lo subió al alero del templo y le dijo: “Si eres hijo de Dios, tírate de aquí abajo; porque está escrito: Ordenará a sus ángeles que cuiden de ti, que te lleven en las manos para que no tropiece tu pie con ninguna piedra”. Jesús respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”. Y acabada toda tentación, el diablo se alejó de él hasta el tiempo oportuno.

Nos encontramos, ya inmersos en el tiempo de Cuaresma. Y en este primer domingo de la misma, la Iglesia nos propone leer, meditar y orar con el relato de las tentaciones sufridas por Jesús en el desierto, según la versión del evangelista Lucas. Narración que es común a los tres evangelios sinópticos y Juan también nos presenta el tema (6,15.26-34;7,1-4): Marcos nos la relata de una manera muy breve (1,12s); Mateo (4,1-11) y Lucas (4,1-13) la describen de una manera más amplia, aunque invirtiendo el orden de la segunda y tercera tentación. Los especialistas no se ponen de acuerdo acerca de cuál puede ser el relato original. Lo que si podemos decir es que, probablemente, Lucas hace esto dada la importancia que para él tiene Jerusalén, hacia donde Jesús se encamina para consumar la salvación de la humanidad, y donde tendrá lugar el último combate contra Satanás en el Huerto de Getsemaní.

Para ponernos un poco en contexto hemos de recordar que acabamos de dejar a Jesús en el Jordán después de su bautismo (3,21s) y después del acontecimiento que nos ocupa comenzará su vida pública con la predicación en Galilea (4,14-9,50).

Pensaba dejarlo para el final, pero creo que es interesante, antes de meternos de lleno con el comentario del texto, preguntarnos acerca de la historicidad de este relato. ¿Ocurrió o no en realidad? ¿Qué testimonio tenemos de ello? ¿Quién fue testigo del hecho? Nadie, excepto Jesús, estaba presente cuando ocurrieron los hechos. ¿Qué da entonces credibilidad al relato? No existe ninguna razón por la cual podamos aducir que Jesús no haya querido retirarse al desierto antes de comenzar su ministerio público. De acuerdo con Isabel Gómez Acebo, creemos que allí es muy posible que sufriera algún tipo de “lucha interior” (tentaciones), que él después relató a los discípulos, para hacerles ver que él mismo había sufrido tentaciones, que conocía perfectamente de qué pasta estaban hechos y les mostraba la manera de vencer la tentación. Dicho esto, si que es cierto, que no debemos tomarnos el relato al pie de la letra. Muy posiblemente, con la base del testimonio de Jesús, los evangelistas construyeron su propia narración de los hechos. Jacques Dupont nos puede esclarecer algo más cuando afirma que, lo más probable, es que Jesús hablaba de una experiencia que él había vivido y que posteriormente sus seguidores han traducido a un lenguaje figurado para atraer la atención de sus oyentes. Por tanto, podemos concluir que las tentaciones fueron una experiencia concreta en la vida de Jesús, que fueron reales y concretas en su vida, y que Jesús fue capaz de vencerlas y quiere ayudarnos a nosotros a vencer las nuestras, aunque nos resulte difícil.

Es el Espíritu Santo, quien conduce a Jesús al desierto; pero será el diablo el que elija el momento más propicio para tentar a Jesús. Pero, recordemos que el desierto es el lugar de encuentro con Yahveh, lugar donde Dios se relaciona de manera amistosa y amorosa con su pueblo (p.e. cf. Os 2,16).

Tengamos en cuenta que, Jesús sufre tres tentaciones, el número tres representa la totalidad y el número cuarenta, refiriéndose a los cuarenta días de desierto, hace alusión a los cuarenta años que paso el pueblo de Israel en el desierto (Núm 14,33), aunque existen otras muchas referencias en el Antiguo Testamento.

En el desierto, el diablo aprovecha un momento de máxima debilidad de Jesús, sentía hambre, para tentarlo. Jesús después de cuarenta días de ayuno, experimenta hambre. El diablo aprovecha para “recordarle” que es el hijo de Dios, por lo que puede realizar un “milagro”, valiéndose de ese privilegio para saciar su hambre. Jesús le responde con las palabras de Deuteronomio 8,3. Jesús no utilizará su poder en beneficio propio. Al contrario del pueblo de Israel, que dudó de la promesa de Yahveh y murmuró contra él pensando que no podría alimentarlos (Éx 16). Jesús se mantendrá firme en sus convicciones y fiel a la voluntad de Dios.

El diablo no satisfecho le ofrece todos los reinos y riquezas de la tierra, para ello quiere que se postre y le adore. Jesús vuelve a contestarle con otro pasaje del libro del Deuteronomio (6,13): “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo servirás”. Su hora aún no ha llegado, está se cumplirá cuando el Padre haya dispuesto. Y enseña a sus seguidores que él no ha venido a que le sirvan, si no a servir.

En un tercer momento, el diablo vuelve a las andadas. Ahora le lleva a la Ciudad Santa, a Jerusalén, a lo más alto del Templo, sugiriéndole a Jesús que se tire abajo, puesto que, si es hijo de Dios, su padre no permitirá que sufra daño alguno. Y, además, quiere combatirle con sus mismas armas para lo que le arroja dos citas del salmo 91. Jesús vuelve a responderle con palabras del libro del Deuteronomio (6,16), donde al pueblo se le dice que no tentará al Señor su Dios, haciendo alusión al momento en el que el pueblo se amotina contra Yahve en Meribá porque no tenían agua.

Ante el derrotero que toman los acontecimientos, el diablo se alejó para volver en un momento más oportuno, el momento de su pasión y muerte. En el que Jesús vencerá definitivamente al pecado, al mal y a la muerte. Nunca podrá prevalecer el poder del mal frente al poder del bien.

Jesús nos invita, nos muestra y es nuestro sostén para vencer la tentación de la riqueza, del poder, de la espectacularidad, de la falta de fe, de la autosuficiencia. Dejémonos transformar por el Espíritu Santo y seamos fuertes en la tentación.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Cuáles son las tentaciones que te acechan en tu vida diaria?

• ¿Cómo te enfrentas a dichas tentaciones?

• ¿Te alimentas a diario de la Palabra de Dios, para desde ella y con ella hacer frente al mal que te acecha cada día?

• ¿En tus momentos de debilidad te agarras a Jesús y María como tablas de salvamento?

• ¿Dejas al Espíritu Santo guiar tu vida?

VIDA – ORACIÓN

Bendito y alabado seas, Padre, por todos los beneficios que me regalas a diario. Gracias por la Encarnación de tu Hijo, Jesús, que nos muestra el camino a seguir para vencer nuestras tentaciones. Me arrepiento de todo corazón de mis pecados porque ellos me alejan de tu infinita bondad. Muéstrame tu misericordia y dame la fuerza de tu Espíritu para vencer las tentaciones que me acechan en mi vida diaria. Te lo pido totalmente confiado en las palabras de Jesús: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederé”. Amén.

“Amando como el Padre” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 6,27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Yo os digo a vosotros que me escucháis: amad a vuestros enemigos; haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian. Al que te abofetea en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quita el manto, dale también la túnica. Da a quien te pida y no reclames a quien te roba lo tuyo. Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tendréis? También los pecadores aman a quienes los aman. Y si hacéis el bien a los que os lo hacen, ¿qué mérito tendréis? Los pecadores también lo hacen. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores para recibir de ellos otro tanto. Pero vosotros amada a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar remuneración; así será grande vuestra recompensa y seréis hijos del altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y con los malvados. Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso. No juguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados. Perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; se os dará una buena medida, apretada, rellena, rebosante; porque con la medida con que midáis seréis medidos vosotros.

Queridos hermanos y hermanas, seguidores de este blog y de la lectio divina: me encuentro de ejercicios espirituales; lo cual, es un verdadero regalo de Dios Padre Misericordioso. Iba a dejar pasar la semana sin preparar este guion. Sin embargo, sé que es una ayuda para muchos de vosotros, por lo que pensando en que no me disiparía mucho meditando y orando este pasaje del evangelio, así que decidí que, aunque fuera brevemente, debía tener este encuentro semanal con vosotros. Eso sí os pido que me recordéis en vuestra oración. Muchas gracias.

El evangelio que hoy nos presenta la liturgia, es uno de esos que sacados de contexto puede resultar, al menos, equívoco. ¿Por qué digo esto? Pues, si yo sin ninguna otra explicación, sin colocar el texto en su contexto, sacándolo del pasaje propio y del momento concreto en que está escrito, le lanzo a cualquier persona a modo de dardo la siguiente afirmación: “Al que te abofetea en una mejilla, ofrécele también la otra; a quien te quita el manto, dale también la túnica. Da a quien te pida, y no reclames a quien te roba lo tuyo”. Si yo lanzo semejante afirmación, como decía más arriba, sin explicación alguna, puedo estar dando a entender que Jesús pide a sus seguidores que no se defiendan ante una injusticia, que se dejen quitar los suyo, sin rechistar y que además, si alguien viene a robarme y me pide el reloj, le dé también la cartera.

Esto pasa con cualquier texto que sacamos de su contexto y que pronunciamos de manera aislada.

Creo que este texto debe ser acogido en su conjunto y sobre todo, teniendo en cuenta la afirmación del versículo 16: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”. Y fijándonos en que hay una afirmación que se repite en tan pocos versículos. Una vez: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen; orad por los que os calumnian” (27b-28). Y otra vez: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad son esperar remuneración” (35a).

El texto es continuación del que orábamos el domingo pasado. Por tanto nos encontramos dentro de lo que los especialistas llaman el “sermón de la llanura”. El cual, como veíamos la semana pasada es el discurso programático de Jesús. En él, se dirige a sus discípulos y a toda la multitud que le estaba escuchando (cf. Lc 6,17).

Pero vayamos por partes, ¿Qué es ser misericordioso? Ser misericordioso, es sentir en el corazón las miserias del otro; sentir en mis entrañas las debilidades de mi prójimo; dejarme estremecer por las necesidades, la inconsistencia, la fragilidad de mi hermano. Sentir sus necesidades, su indigencia su pobreza. De la misma manera que el Padre misericordioso hace conmigo.

Jesús no nos pide que seamos unos pusilánimes, unos apocados, unos cobardes… Nos pide que nos comportemos con nuestro prójimo de la misma manera que el Padre se porta con nosotros.

Porque a mí me gusta que los otros me traten bien, que sean considerados conmigo, que me ayuden… Pues, de la misma manera debo tratar yo a los demás: “Tratad a los hombres como queréis que ellos os traten a vosotros” (31).

Jesús lo que nos está pidiendo es que demos un paso más, que se nos distinga por nuestras acciones, pero sobre todo por el amor que ponemos en ellas. Un amor como el del Padre, que ama sin condiciones, que ama a pesar de, que ama siempre y sin esperar nada a cambio. Quiere que nuestro amor sea gratuito, independientemente de lo que el otro haya hecho por mí, o me haya dado.

De esta manera, ahora sí que soy capaz de dar y darme sin medida; pero no por mérito propio, sino dejándome transformar por el Espíritu en otro Cristo que va mostrando la misericordia del Padre.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Cómo resuenan en ti las palabras del versículo 16: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”?

• ¿Qué significa para ti, ser misericordioso? ¿Cómo vives la misericordia en tu día a día?

• ¿Cómo es tu trato personal con aquellos que te encuentras cotidianamente? ¿Trasparentas de alguna manera a Jesús?

• ¿Cómo es el amor que siento y manifiesto a mi prójimo?

• ¿De qué manera dejo trabajar al Espíritu para que vaya transformándome poco a poco, cada día?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por la gran misericordia que nos tienes y nos muestras cada día.

• Gracias, Jesús, por mostrarnos el verdadero rostro del Padre y ofrecernos los medios para ser misericordiosos como él. • Ayúdanos, Espíritu Santo a dejarnos transformar por ti según nuestro modelo Jesucristo, Camino, Verdad y Vida.

“La verdadera felicidad” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 6,17.20-26

En aquel tiempo, bajo Jesús del monte con los Doce y se detuvo en una explanada en la que había un gran número de discípulos y mucha gente del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y Sidón.

Entonces Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos comenzó a decirles:

Felices los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.Felices los que ahora tenéis hambre, pues quedaréis hartos.

Felices los que ahora lloráis, porque reiréis.

Felices seréis si os odian los hombres, si os excluyen, os insultan y proscriben vuestro nombre como infame por causa del hijo del hombre. Alegraos aquel día y saltad de gozo porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Así trataban vuestros padres a los profetas.

Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestra consolación!

¡Ay de vosotros, los que estáis hartos, porque tendréis hambre!

¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis!

¡Ay de vosotros cuando os alaben todos los hombres! Así alababan vuestros padres a los falsos profetas.

Nos encontramos hoy con un pasaje del evangelio, al menos, sorprendente. ¿Cómo es posible que Jesús llame felices a los pobres, a los que lloran, a los hambrientos, a los perseguidos? Y, ¿cómo es posible, que llame infelices a los ricos, a los que están hartos, a los que ríen, a aquellos que son admirados y adulados por los hombres? Todo esto choca mucho con lo que puede ser nuestra experiencia diaria. Pero intentemos profundizar un poco en el texto; y con ello, es posible que entendamos un poco mejor lo que quería decir Jesús.

Por primera vez, en el evangelio de Lucas, éste nos presenta en qué consiste la predicación de Jesús. Podríamos decir, que es la primera enseñanza de Jesús, después de que en la Sinagoga de Nazaret presentara su programa, basándose en el profeta Isaías (Lc 4,16-30). Y este discurso resulta algo paradójico. ¿No crees? Pero Jesús es así.

Aunque a mí, rápidamente me asalta una pregunta: ¿hay que estar en la miseria para poder salvarse? ¿Es necesario estar continuamente sufriendo para entrar en el Reino? A mi parecer, lo que Jesús está ofreciendo y nos está ofreciendo es esperanza. Esperanza a todos aquellos que no ponen su ilusión, su confianza, su seguridad en las cosas materiales, en las posesiones, en la felicidad superflua o en lo que los otros dicen de ellos.

Bueno, pues vamos a ver, aunque sea brevemente, cada una de estas llamadas bienaventuranzas y de sus respectivas “maldiciones”.

Felices los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Lo primero a tener en cuenta es que esta declaración de Jesús está en presente, por lo que el pobre no es que sea feliz en una vida futura, el pobre es feliz ahora. ¿Por qué? Porque el reino es suyo, ya están disfrutando de él, ya está presente entre ellos. Felices a pesar de estar marginados, a pesar de ser degradados, despreciados y considerados impuros por parte de la sociedad… Felices porque no confían en sus propias riquezas, en sus propios medios, en sus propias seguridades. Y esto no es únicamente una condición social. Se puede ser pobre con una mentalidad de rico, se puede ser pobre y estar deseando el lujo, se puede ser pobre y querer oprimir al otro. Y de esa manera por muy pobre que sea uno, nunca podrá ser feliz porque el reino de Dios no está en él. Pero felices todos aquellos que quieren revertir la injusticia en la sociedad, felices los que desean e intentan llevar a cabo un cambio en las condiciones sociales, felices los que buscan una convivencia fraterna, donde los bienes se comparten, de estos es el reino de Dios.

Felices los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis hartos.

Entre los cristianos esta situación es reversible. Es muy posible que mucha gente en la actualidad pase hambre, pero eso no puede ser definitivo. El seguidor de Jesús ha de salir al frente de las necesidades de su hermano, no puede quedarse impasible, no puede mirar hacia otro lado. Al cristiano le toca anunciar y denunciar, al cristiano le toca arrimar el hombro y ayudar al necesitado; por eso esa situación no es definitiva. El cristiano ha de hacer todo lo posible para que el excluido, el rechazado, el despreciado pueda insertarse en el tejido social y cubrir sus necesidades básicas.

Felices los que ahora lloráis, porque reiréis.

Tampoco el sufrimiento, el dolor, la angustia son definitivos. Lo definitivo es la construcción del reino. Un reino que es capaz de acercarse al hermano que sufre y ofrecerle una mano amiga, un abrazo, un estar a su lado, un no estás solo, un vamos a luchar juntos, un vamos a ser compañeros de camino… No, ninguno de nosotros vamos a solucionar los problemas de la humanidad; pero, si que vamos a poner de nuestra parte, vamos a ofrecer recursos, vamos a estimular al hermano caído para que encuentre sus fortalezas, sus potencialidades, sus habilidades, sus capacidades. No vamos a dejar que se hunda en la miseria. Y entonces, podremos reír juntos.

Felices seréis si os odian los hombres, si os excluyen, os insultan y proscriben vuestro nombre como infame por causa del hijo del hombre.

Felices seréis si confiáis en Dios e intentáis poner en práctica las enseñanzas y la vida del Maestro. Y no tengáis ninguna duda de que esto ocurrirá, si de alguna manera pretendéis poner en práctica en vuestra vida el seguimiento de Jesús. Felices porque estáis en el buen camino, porque estáis construyendo el reino de Dios, porque estáis actualizando la buena Noticia y haciéndola presente en nuestros día a día.

A continuación, Lucas nos presenta las cuatro maldiciones o amenazas. Las cuales se contraponen a las cuatro bienaventuranzas. No me extenderé mucho en ellas, pues si no está Lectio resultaría excesivamente extensa. Lo mismo que hemos hecho con las bienaventuranzas podemos dedicar alguna entrada del blog a ellas. Pero si que me gustaría destacar lo siguiente.

Infelices son aquellos que van sobrados por la vida, los que se sienten totalmente satisfechos sobre todo con lo que tienen y no con lo que son, los que no necesitan de nada ni de nadie, los que viven encerrados en su propio egoísmo y dando la espalda al sufrimiento de los demás. Infelices porque intentan contentar a dos señores a la vez, y eso es imposible. Infelices los que intentan agradar a todo el mundo, los que únicamente buscan el prestigio y los primeros puestos. Infelices porque tienen una falsa autoestima y no quieren desarrollarse y crecer como personas.

En definitiva, para alcanzar la verdadera felicidad es imprescindible experimentar la misericordia de Dios, para poder de alguna manera ofrecerla y regalarla a los demás; es imprescindible confiar y poner nuestra esperanza en un Padre que nos ama infinitamente y que acoge a todos sin diferencia; es imprescindible, dejarnos modelar por el Espíritu Santo y poner en práctica las actitudes vitales de Jesús para que nuestro mundo sea un reflejo del Reino de Dios. Un mundo en que el amor incondicional y gratuito sea una realidad.

Pongámonos manos a la obra.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Dónde tienes puesta tus esperanzas, tus aspiraciones, tus sueños?

• ¿De qué tienes “hambre”? ¿Qué deseas verdaderamente en tu día a día?

• ¿Qué recursos, que dones, talentos, capacidades pones al servicio de los demás para que puedan alcanzar la felicidad?

• Hay más felicidad en dar que en recibir. ¿Qué piensas de esta frase? ¿Cómo se hace palpable en tu vida? ¿Cómo la experimentas en tu día a día?

• ¿Qué estás dispuesto a hacer para que la felicidad sea una realidad en nuestro mundo? ¿Para que el reino de Dios esté cada día más presente en tu vida y en la de los demás?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por el gran amor que nos regalas y por querer siempre nuestra felicidad.

• Gracias, Jesús, por ofrecernos los medios necesarios para que la felicidad sea una realidad en nuestro mundo.

• Ayúdanos, Espíritu Santo, a poner en práctica el Evangelio, a ofrecer nuestro amor, nuestra ayuda y nuestra persona para que todos podamos alcanzar la verdadera felicidad.

“Rema mar adentro y echa tus redes” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 5,1-11)

En aquel tiempo, mientras la gente se agolpaba en torno a él para escuchar la palabra de Dios, él estaba junto al lago de Genesaret y vio dos barcas situadas al borde del mismo.

Los pescadores habían bajado a tierra y estaban lavando las redes.

Subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que la separase un poco de tierra. Se sentó en ella, y enseñaba a la gente desde allí.

Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: “Rema mar adentro y echad vuestras redes para pescar”. Simón le respondió: “Maestro, hemos estado trabajando toda la noche y no hemos pescado nada, pero ya que tú lo dices, echaremos las redes.” Así lo hicieron, y pescaron tal cantidad de peces que casi se rompían las redes. Hicieron señas a sus compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieran, y llenaron tanto las dos barcas que casi se hundían.

Al ver esto Simón Pedro, cayó a los pies de Jesús, diciendo: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador”. Y es que tanto él como sus compañeros habían quedado pasmados ante la pesca realizada; y lo mismo Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón: “No tengas miedo; desde ahora serás pescador de hombres”. Ellos llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y lo siguieron.

Hemos dejado a Jesús en la sinagoga de Nazaret, donde nos ha presentado su programa evangelizador (Lc 4,16-30); ha realizado signos (Lc 4,31-41); y ha comenzado a predicar (Lc 4,42-44).

Ahora, nos encontramos a la orilla del lago de Genesaret. Allí la gente se agolpa alrededor Jesús para, según nos dice el texto, escuchar la palabra de Dios; para que puedan oírle mejor, sube a la barca de Simón, y le pide que se aleje un poco de la orilla, se sienta y desde allí comenzó a enseñar a la gente.

Al concluir su enseñanza, Jesús pide a Pedro que se aleje de la orilla y vuelvan a echar las redes para pescar. Podemos imaginar la sorpresa de Simón. ¡Qué puede entender un artesano acerca del arte de la pesca! Él trata de explicarle: es de día, con lo cual no es el momento más propicio para pescar; han estado toda la noche faenando, y encima no han conseguido pescar nada. Sin embargo, acepta su proposición. Se fía de Jesús.

Contra todo pronóstico, la pesca fue impresionante, tal es así que las redes están a punto de romperse. Llaman a otros pescadores para que les ayuden y llenan las dos barcas.

El “milagro” tiene un fin concreto: llamar al seguimiento. Pedro cae a los pies de Jesús y le pide que se aleje de él pues es un pecador. Sin embargo, a pesar de todo, le llama para una misión concreta: ser pescador de hombres.

Al llegar a tierra, lo dejaron todo y siguieron a Jesús.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• También hoy, Jesús nos ofrece su palabra: ¿busco momentos concretos en mi día a día para escucharlo? ¿Estoy hambriento de la Palabra de Dios como aquella muchedumbre?

• Jesús pide a Simón que se aleje de la orilla y él accede: ¿Estoy también yo dispuesto a confiar plenamente en Jesús y alejarme de mi orilla, del lugar donde me siento seguro? ¿Me dejo guiar por la Palabra de Jesús?

• La vocación de extender el Reino de Dios no puedo realizarla en solitario, necesito la colaboración de otros. Es una misión que se realiza en comunidad: ¿Soy capaz de pedir ayuda, cuando veo que mis redes están repletas y soy incapaz de acercar a otros a Jesús? ¿Pongo mis dones al servicio de los demás y acojo los dones de los otros?

• “No tengas miedo”: ¿Pongo mis miedos a los pies de Jesús para que él me de fuerzas y me ayude a superarlos?

• ¿Estoy dispuesto a poner toda mi vida al servicio de la extensión del Reino?

VIDA – ORACIÓN

• Bendito y alabado seas, Padre, por el gran regalo de tu Palabra, que has ofrecido a todos los seres humano, para que puedan alcanzar la salvación.

• Gracias, Jesús, por llamarnos a compartir contigo la misión de extender junto a ti el Reinado de Dios. • Ayúdanos, Espíritu Santo, a no tener miedo y a entregarnos sin condiciones a la misión que Jesús nos ha encomendado a cada uno de nosotros. 

Lectio Divina domingo III del tiempo ordinario Ciclo C (Lc 1,1-4;4,14-21)

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO

Ilustre Teófilo: Puesto que muchos han intentado componer la narración de las cosas realizadas entre nosotros, según nos lo han enseñado los mismos que desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra, me ha parecido también a mí, que he investigado cuidadosamente todo desde los orígenes, hacerte una narración ordenada, para que conozcas el fundamento de las enseñanzas que has recibido de palabra.

Jesús, impulsado por el Espíritu, regresó a Galilea, y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alaban.

Llegó a Nazaret, donde se había criado. El sábado entró, según su costumbre, en la sinagoga y se levantó a leer. Le entregaron el libro del profeta Isaías, desenrolló el volumen y encontró el pasaje en el que está escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor». Enrolló el libro, se lo dio al ayudante de la sinagoga y se sentó; todos tenían sus ojos clavados en él; y él comenzó a decirles: «Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura».

El texto con el que vamos a orar en este III domingo del Tiempo ordinario, está dividido en dos partes: por un lado, el llamado prólogo de Lucas y, por otro, la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret.

Otros muchos antes de Lucas han intentado componer una narración acerca de la vida de Jesús, basada en lo que han enseñado los testigos oculares y ministros de la palabra. Además, el autor del evangelio ha realizado sus propias investigaciones y ha decidido poner por orden dicha narración. Y, por último, con una finalidad concreta: que Teófilo conozca el fundamento de las enseñanzas que este ha recibido de palabra.

Desconocemos quién es este personaje ilustre al que se dirige la obra. Etimológicamente, significa «amado por Dios». La preocupación de Lucas es la de fundamentar su fe. Pero la intención del autor no es solo escribir para Teófilo, sino para todo aquel que quiera conocer de «primera mano» la vida y obra de Jesús. Desde este punto de vista ese «amado por Dios», querido lector, podemos ser tú y yo que queremos conocer el fundamento de las enseñanzas que hemos recibido, o cualquier persona que quiera conocer a Jesús.

La segunda parte del texto nos ofrece el relato de la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret. Con ella, Lucas quiere ofrecernos una síntesis del ministerio de Jesús y de los grandes temas que caracterizan dicho evangelio.

Jesús impulsado por el Espíritu. Todo el ministerio de Jesús estará caracterizado por este hecho. Jesús en todo momento de su vida actúa impulsado por el Espíritu.

Recorre la comarca de Galilea, enseñando en las sinagogas. Su fama se extiende por toda la comarca y todos los que escuchan sus enseñanzas las alaban.

Dentro de este contexto, un sábado llegó a Nazaret, el pueblo en el que se había criado, así que la gente lo conoce perfectamente. Según su costumbre entra en la sinagoga. Jesús acostumbraba a celebrar el sábado en la sinagoga. Jesús se levanta a leer, concretamente un pasaje del profeta Isaías (Is 61,1-2). Lucas omite el pasaje final amenazador acerca de la venganza de Dios. El autor quiere, sobre todo, subrayar que Jesús ha venido a salvar y a ofrecer la salvación del Padre. A continuación, Jesús se sienta para comentar el texto. Pero antes vamos a analizar, aunque sea brevemente el pasaje de Isaías leído por Jesús. Él se atribuye a sí mismo aquellas palabras. Jesús es el ungido por Dios, está plenificado por el Espíritu, lleno de él. Y ha sido enviado por el Padre para «llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor». Es el programa de la actividad, la vida y la obra de Jesús.

Los ojos de todos están fijos en Jesús, están expectantes. Pero Jesús, lejos de hacer un comentario acerca del pasaje, lo que hace es actualizarlo: hoy se cumplen estas palabras. Y en nuestro hoy estas palabras son de una aplastante actualidad. Hoy nosotros debemos hacer realidad estas palabras de Jesús. Hoy nosotros somos llamados «a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor».

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Al igual que Lucas, ¿tratas también de fundamentar tu fe, de investigar, de formarte… para crecer en tu vida como cristiano?

• Jesús es impulsado en su acción por el Espíritu Santo, ¿cómo es tu relación con él? ¿le invocas frecuentemente para que él te ilumine, te guíe, te acompañe en tu vida cotidiana?

• Jesús cumple con sus obligaciones como buen judío. Lejos de lo que puede ser el cumplimiento, ¿intentas en tu vida ser coherente con tu condición de seguidor de Jesús?

• Tú también eres enviado por Jesús para anunciar la buena nueva, para iluminar a otros, para curar las enfermedades de nuestro tiempo, para liberar a nuestros contemporáneos de sus opresiones, a proclamar la misericordia de Dios. ¿Eres consciente de ello? ¿Cómo lo vivencias en tu día a día?

• «Hoy se cumple ante vosotros esta Escritura». ¿Cómo acoges y actualizas la Palabra en tu vida?

VIDA – ORACIÓN

Bendito y alabado seas, Señor, por regalarnos tu Palabra. Una Palabra llena de amor y misericordia.

Gracias, Jesús, por llamarnos a llevar la buena nueva a los pobres, a anunciar la libertad a los presos, a dar la vista a los ciegos, a liberar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor.

Desciende, Espíritu Santo, sobre todos nosotros para que seamos capaces de actualizar el mensaje de Jesús y ponerlo por obra.

¡TODO ESTÁ POR COMENZAR! LECTIO DIVINA DE LA SOLEMNIDAD DEL BAUTISMO DEL SEÑOR – CICLO C

bautismo

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 3,15-16.21-22)

En aquel tiempo, la gente estaba expectante, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

 

– ¿Ya se acabó todo?

– ¿A qué viene esta pregunta?

– Pues en relación a haber comenzado un año civil nuevo, a haber terminado las fiestas navideñas, y a concluir con la solemnidad de hoy, el Bautismo del Señor, el tiempo litúrgico de Navidad.

– Pues no, no ha concluido nada; al contrario, todo está por comenzar. O al menos a eso nos invita la liturgia de hoy. Lo mismo que el pueblo, que la gente de la época de Jesús, también nosotros estamos o deberíamos estar expectante ante la novedad del evangelio.

– Pero, ¿qué significa eso de estar expectantes?

– Estar expectante es mantener la esperanza, es desear, anhelar, aguardar, esperar con intensidad y con una actitud activa.

– Y, ¿qué tenemos que esperar?

– Encbautismo iconoontrarnos con Jesús cada día. Los contemporáneos de Jesús lo deseaban con tanta intensidad que en lo más profundo de su ser se preguntaban, si aquel extraño personaje que había aparecido en el Jordán predicando un cambio de vida, no sería el Mesías esperado, el Salvador del mundo.

Y, es el mismo Juan quien tiene que aclararlo: No, yo no soy el Mesías. Yo estoy preparando su venida. Yo os invito a la conversión, a cambiar vuestro modo de vivir y vuestro modo de ver la vida. Pero, el Mesías es otro.

– Entonces, para esperar a Jesús, hay que convertirse ¿no?

– Pues, no vale únicamente con eso; además, hemos de acoger al Mesías en nuestra vida, al igual que hizo el Bautista y tantas otras personas a lo largo de la historia. Aunque es necesario acogerlo con la misma actitud que Juan: desde la pequeñez, con humildad, con corazón agradecido por el regalo que Dios nos hace.

El Mesías que viene ya no trae un bautismo de conversión, su bautismo es un bautismo de Espíritu Santo y fuego. El bautismo de Jesús símbolo de una vida nueva, nos transformará porque nos dará la fuerza del Espíritu de Dios, sobre nosotros reposará su propia vida. Un bautismo de fuego, del fuego de Dios, que purifica, calienta, nos impulsa, nos anima, nos desarrolla y potencia.

Al ser bautizado Jesús en el Jordán y al descender sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma, aquel es consagrado para llevar a cabo la misión encomendada por el Padre: manifestar a la humanidad y mostrarle la misericordia y el amor de Dios: “Tú eres mi hijo amado, mi predilecto”.

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CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • El pueblo estaba expectante, y tú ¿estás, también deseoso, a la espera, aguardando impaciente la llegada de Jesús a tu vida? ¿Quieres descubrirlo presente en la misma?
  • ¿Cómo te dispones para acoger a Jesús? ¿para descubrir su presencia en los acontecimientos cotidianos? ¿Estás dispuesto a cambiar de vida?
  • Al igual que Juan el Bautista, tú eres enviado por Dios para anunciar su presencia entre los demás, eres enviado para anunciar que Jesús vive entre nosotros. Juan es capaz de dar el primer puesto a Jesús y, con humildad, pasar a un segundo plano. Y tú, ¿estás dispuesto a ello?
  • ¿Quieres acoger el bautismo que Jesús nos trae, un bautismo que va más allá de un simple cambio de actuar, un bautismo que te transforma y te cambia totalmente, un bautismo que te da, además, la fuerza para ser testigo de la salvación de Dios?

 

VIDA – ORACIÓN

Él es Siervo de Dios, el Hijo amado,

Ungido del Espíritu, Mesías;

su bautismo, de muerte profecía,bautismo3

ya sepulta en el agua los pecados.

Pero sale del agua transformado,

arco iris de paz y de alegría,

verdor de primavera, teofanía,

y un gran himno pascual recién cantado.

Ruiseñor que armoniza la victoria,

los campos, amapola y azucena,

y el árbol con los frutos de la gloria;

el Viento vivifica y oxigena,

el ungido es el centro de la historia,

y la muerte vencida con su pena.

(R. Priero Ramiro, en Jubileo en la tierra, júbilo en el cielo. Adviento y Navidad 1999, Caritas Española, Madrid 1999, pág. 202).