¿Qué tenemos que hacer? Lectio divina del IIIº Domingo de Adviento – Ciclo C (Lc 3,10-18)

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VERDAD – LECTURA

Evangelio (Lc 3,10-18)

En aquel tiempo, la gente preguntó a Juan, el Bautista: “¿Qué tenemos que hacer?”. Y él contestó: “El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida que haga lo mismo”.

Vinieron también a bautizarse unos recaudadores de impuestos y le preguntaron: “Maestro, ¿qué tenemos que hacer?” Él les contesto: “No exijáis más de lo que manda la ley”.

Unos soldados igualmente le preguntaban: “Y nosotros, ¿qué tenemos que hacer?” Les contestó: “No intimidéis a nadie, no denunciéis falsamente y contentaos con vuestra paga”.

Como la gente estaba expectante y se preguntaban si no sería Juan el mesías, él declaró delante de todos: “Yo os bautizo con agua; pero ya viene el que es más fuerte que yo, a quien no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; en su mano tiene el bieldo para aventar su parva, reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga”. Con estas y otras muchas palabras, anunciaba al pueblo la Buena Noticia.

 

Lo primero que llama la atención, al menos a mí, respecto a la lectura del evangelio que hoy nos ofrece la liturgia es la pregunta con la que se inicia el pasaje: ¿Qué tenemos que hacer? Parece que no es una pregunta insignificante; en poquísimos versículos, el autor del evangelio la recoge por tres veces, como preocupación de distintos tipos de personas. Nos encontramos en primer lugar con la gente en general, después con unos recaudadores de impuestos y por último con unos soldados. Todos ellos están preocupados por lo que tienen que hacer para preparar la llegada del Mesías, que Juan ha anunciado versículos atrás (3,3-9).

Este fragmento de evangelio, como podemos apreciar consta de dos partes: la primera en la que se realizan las preguntas que hemos apuntado más arriba y una segunda en la que Juan quiere dejar claro que él no es el Mesías, sino únicamente aquel que le prepara el camino.

Es un evangelio muy rico y con el que nos podríamos extender todo lo que quisiéramos, pero me vais a permitir que, para nuestra oración de este domingo, me detenga únicamente en la primera parte del mismo; considero que será suficiente para poder realizar satisfactoriamente nuestra lectio divina.

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¿Qué tenemos que hacer? Juan ha anunciado y practica un bautismo de conversión. La palabra griega que se utiliza en el texto de Lucas para aludir a la conversión es: metanoia. Dicha palabra en realidad lo que significa es cambiar la mentalidad, la forma de pensar y de actuar; en otras palabras, reorientar nuestra vida hacia Dios, dejarnos transformar por el Espíritu Santo para que nuestra forma de pensar y de actuar se parezca cada vez más a la forma de pensar y actuar de Jesús.

Pero, ¿cómo abrirnos a esa transformación? ¿cómo preparar nuestra vida para ese cambio? Juan nos hace descender y tocar tierra. La preparación, la conversión, el cambio en nuestra vida consiste, en la práctica, en mirar a nuestro alrededor, hacernos consciente de las necesidades que tienen las personas que nos rodean y atender a las mismas, empezado por lo más básico: el vestido y la comida.

advent-1883820_640Adviento es preparación para recibir a Jesús que nace. Un acontecimiento que ocurrió hace más de dos mil años. Pero que la Iglesia nos lo recuerda cada año. Recordar es volver a pasar por el corazón un acontecimiento. Cada año, la Iglesia nos ofrece un tiempo específico para que no nos olvidemos que Jesús está naciendo continuamente en la vida de los seres humanos y pasarlo por nuestro corazón. Como muchas veces lo olvidamos, pues al menos una vez al año, se nos invita a vivir con mayor intensidad esa preparación. Que mejor manera de preparar la venida del Mesías que, atendiendo a las necesidades de nuestros hermanos, de las personas que tenemos a nuestro alrededor.

La primera “obligación” respecto a atender las necesidades de los demás está más o menos clara: compartir. Pero no sólo debemos quedarnos ahí. El verdadero cambio implica también actuar con honestidad en nuestra vida cotidiana, que no exijamos a los otros más de lo que está dentro de sus posibilidades, que no les engañemos, que no les intimidemos, que nos conformemos con lo que tenemos, sin ser ambiciosos o avariciosos. Lo cual no quiere decir que si tenemos la posibilidad de mejorar en la vida no lo hagamos, sino que nuestra mejora no sea a costa de abusar de los demás.jesus-1429689_640

Y todo esto realizado desde la alegría que es la gran invitación que se nos hace desde la liturgia en este domingo gaudete (domingo de la alegría). Porque si esa transformación la vamos a realizar a regañadientes, la vamos a realizar desde la tristeza, pensando que es únicamente una obligación. No será una verdadera reorientación, un verdadero cambio, una verdadera conversión. ¡Alégrate! Porque Dios está en medio de ti, se alegra y goza contigo, te renueva con su amor (cf. Sof 3,14-18). ¡Alégrate, porque el Señor está cerca! (Cf. Fil 4,4).

Al igual que la multitud mantengámonos expectantes; es decir, en una espera activa, para acoger la venida de Dios hecho niño. Y, al igual que Juan el Bautista anunciemos la Buena Noticia, anunciemos que Dios se hace hombre con nuestras palabras, nuestras actitudes y nuestras acciones.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra de este pasaje evangélico te ha tocado especialmente el corazón? ¿Qué sentimientos se despiertan en ti al leer este pasaje?
  • Delante de Jesús, presente en su Palabra, hazte la misma pregunta que se hacen los distintos personajes de este evangelio: ¿Qué tengo que hacer?
  • ¿Cómo estás viviendo este Adviento? ¿Cómo te estás preparando para la venida del Niño Jesús?
  • A partir de la respuesta que hayas sentido, prográmate alguna obra, tarea, actividad que puedas realizar durante este Adviento y te ayude a vivir más intensamente la Navidad.
  • Proponte, siempre que puedas mantener la alegría durante este tiempo de Adviento.

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VIDA – ORACIÓN

Hoy os invito a concluir nuestra lectio divina rezando el Salmo 95.

Venid, cantemos al Señor con alegría,

aclamemos a la roca que nos salva;

vayamos ante él a darle gracias

y a cantar himnos en su honor.

 

Porque el Señor es un Dios grande,

el rey grande sobre todos los dioses.

Tiene en sus manos las profundidades de la tierra

y suyas son las cumbres de los montes;

suyo es el mar porque él mismo lo hizo,

y la tierra firme, que formaron sus manos.

 

Venid a adorarlo, hinquemos las rodillas

Delante del Señor, nuestro creador.

Porque él es nuestro Dios y nosotros su pueblo,

las ovejas que él guarda.

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¡ALZAD LA CABEZA, SE ACERCA VUESTRA LIBERACIÓN! LECTIO DIVINA DOMINGO I DE ADVIENTO – CICLO C

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 21,25-28.34-36)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; en la tierra, angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y de las olas, desfalleciendo los hombres de miedo y de ansiedad por las cosas que vendrán sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas. Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Cuando empiecen a suceder estas cosas, levantaos y alzad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación. Guardaos de que no se endurezcan vuestros corazones por el libertinaje, por la embriaguez y por las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improvisto sobre vosotros, como un lazo; porque así vendrá ese día sobre todos los habitantes de la tierra. Estad alerta y orad en todo momento para que tengáis fuerza y podáis libraros de todo lo que ha de venir, y podáis estar en pie delante del Hijo del hombre».

 

¡Un nuevo año! Así es, con el primer domingo de adviento comenzamos el año litúrgico. Durante el cual, las lecturas del evangelio dominical van a ser tomadas del evangelio de Lucas, como la que hoy nos ocupa.

La liturgia vuelve a ofrecernos un fragmento del llamado discurso apocalíptico. Esta lectura puede desconcertarnos un poco, sobre todo si nos la tomamos al pie de la letra. Como su propio nombre indica, la lectura evangélica de hoy está narrada en un género literario llamado apocalíptico.

Un género literario es la manera o forma lingüística utilizada por un autor para comunicar su mensaje. Es decir, que el mensaje que Lucas quería transmitir a su comunidad y, claro está, a todos los cristianos de todos lo tiempo, lo expresa de una manera determinada con una serie de características particulares.

Podemos concluir que el género apocalíptico, en este pasaje lucano, se caracteriza por: narrarnos la situación de sufrimiento y persecución que están sufriendo las comunidades cristianas, y la esperanza que las debe acompañar hasta la segunda venida de Cristo, con el que vendrá la liberación. Todo ello expresado por medio de distintos símbolos y metáforas.

Dicho esto, percibimos como el texto del evangelio a lo primero que nos invita es a la vigilancia, a estar atentos, porque Jesús está en medio de nosotros, Jesús está junto a nosotros (junto a toda la humanidad) en el sufrimiento, en las catástrofes, en las desgracias, en las adversidades… Y, en más de una ocasión no somos conscientes de ello.

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Jesús Resucitado en ningún momento nos abandona; él nos acompaña, nos sostiene, nos abraza. Esto no quiere decir que intervenga a manera de un mago para cambiar los acontecimientos y fulminar inmediatamente y erradicar cualquier tipo de mal. Eso, por parte de Dios sería intervencionismo y tratarnos cuanto menos de manera infantil; por no decir, como marionetas. Si hay algo que Dios respeta es la libertad humana. Ahora bien, eso tampoco significa que podamos hacer lo que nos da la gana; o somos cristiano (seguidores de Jesús) o no lo somos: estad atentos y que vuestro corazón no se endurezca (cf. Lc 21,34).

Muchos de los contemporáneos de Jesús, de los contemporáneos de Lucas y de nuestros propios contemporáneos se encuentran angustiados y deseosos de la llegada del fin del mundo. Muchos seguidores de Jesús estaban agobiados por la opresión romana; muchos cristianos, en la época de Lucas estaban abrumados sobre todo por la situación de persecución que sufrían; tanto unos como otros esperaban, deseaban, anhelaban la pronta liberación de Israel.

Lo que podemos descubrir en el texto es sobre todo una llamada a la tranquilidad, a la calma, a no tener miedo. Sí, sí. Están ocurriendo acontecimientos diversos a nuestro alrededor: muchos desastres, muchas catástrofes, verdaderas tragedias… Todo ello nos hace sufrir y por tanto estamos deseosos de que se acabe y que el Reinado de Dios sea una realidad, en el que la paz y la armonía sea una constante. Pues bien, todo esto no son sino señales, símbolos, signos de todo aquello que nos esclaviza. En la medida en la que vallamos dejándonos transformar por Jesús, en la medida en que seamos portadores de paz, de alegría, de armonía… Jesús estará más cerca. Se acerca nuestra liberación y todo lo que nos esclaviza desaparecerá.

christ-898330_640Ahora bien, tal como nos señala el texto, lo verdaderamente importante no es si la llegada del Reino es inmediata o no, si está más cerca o más lejos. Lo importante es ser consciente del modo en el que yo estoy esperando el triunfo definitivo del bien contra el mal. ¿Cómo estoy yo esperando la venida de Jesús? ¿De qué manera la vivo? ¿Con angustia, con miedo, con agobio, con intranquilidad?

Ante la venida de Jesús, no debemos tener miedo. Hemos de acogerla con esperanza, hemos de alzar nuestra cabeza, no escondernos, porque se acerca nuestra liberación.

La persecución, los peligros, los agobios, la muerte, el pecado no tienen la última palabra, la última palabra es la del amor, la comprensión, la misericordia que nos trae Jesús y que serán definitivas en su segunda venida.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Eres consciente de la presencia de Jesús en los acontecimientos diarios de tu vida? ¿Intentas estar atento a dichos acontecimientos para descubrir su presencia entre nosotros?
  • ¿Cómo vives los momentos de dificultad, de prueba? ¿Con angustia, con miedo, intranquilidad, agobio? ¿O por el contrario con esperanza, confianza, ilusión, optimismo?
  • ¿Cómo estás esperando la llegada del Reino de Dios? ¿Intentas transformar las estructuras de injusticia que aparecen a tu alrededor? ¿Intentas vivir acogiendo a los otros, intentándo llevar una palabra de aliento, una sonrisa, un gesto amable, consuelo? ¿Intentas, por medio de tus acciones, hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo?
  • Para poder llevar a cabo la transformación de nuestro mundo es necesaria la oración para que ella sea el motor que nos impulse. ¿Dedicas momentos concretos para encontrarte con Jesús en su Palabra, en la Eucaristía?

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VIDA – ORACIÓN

  • Glorifica al Padre y alábale por su entrañable misericordia.
  • Da gracias a Jesús por hacerse presente en los acontecimientos diarios de nuestra vida.
  • Pide al Espíritu Santo que derrame sus dones sobre todas las personas comunicándoles el don de la esperanza.

LECTIO DIVINA DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA (Ciclo B)

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 2, 22-40)

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.

Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Ya ti, una espada te traspasará el alma.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

El relato evangélico con el que hoy oramos nos narra el viaje de la Sagrada Familia a Jerusalén con motivo de la presentación del Niño Jesús en el Templo y la purificación de María después de dar a luz. Ambos acontecimientos fueron llevados a cabo por los padres de Jesús para cumplir la Ley de Moisés. El libro del Levítico ordenaba que a los cuarenta días del alumbramiento, si la criatura era niño, debía de realizarse el rito de purificación de la mujer en el templo, el mismo rito se debía cumplir a los ochenta días si era niña (Lev 12,1-8). Para dicho rito había que ofrecer un cordero, pero a los pobres les estaba permitido ofrecer dos tórtolas o dos pichones; uno de ellos era ofrecido como holocausto y el otro como sacrificio por el pecado. Pero además, el libro del Éxodo ordenaba que todo primogénito del pueblo de Israel debía ser consagrado a Dios (13,2.11-16; 34,20), aunque podía ser rescatado pagando cinco ciclos de plata (Núm 18,15; 1Sam 1,24-28).B5rdoNNIgAAnFic

El evangelista Lucas, con la narración de estos dos hechos quiere destacar la fidelidad de los padres de Jesús a la Ley. Dichos acontecimientos tendrán lugar en Jerusalén, en el Templo de Dios. La ciudad santa es el lugar central del plan divino de salvación, aunque haya muchos que quieran impedirlo. En Jerusalén murió Jesús, allí resucitó, de allí partió la proclamación del evangelio a todos los confines del mundo.

El relato continúa con el testimonio de Simeón. A él se refiere el evangelista como un hombre justo, piadoso, que esperaba al Mesías y que el Espíritu Santo estaba con él. Justo y piadoso, en el lenguaje bíblico, significa que era una persona íntegra sobre todo en el campo religioso. La expresión «que esperaba al Mesías» significa que era un hombre de fe que esperaba la salvación prometida por Dios a Israel mediante los profetas. Y que el Espíritu Santo estaba con él quiere decir, que según la tradición bíblica, era profeta (cf. Is 11,2).

Simeón había recibido la revelación de Dios de que no moriría sin haber visto al Salvador; por lo que, impulsado por el Espíritu, va al Templo y allí toma al niño en sus brazos y bendice a Dios por haberle dado este regalo. Los padres de Jesús están admirados por las palabras de Simeón. A ellos les refiere que Jesús será signo de contradicción, unos le acogerán y otros lo rechazarán; y a María una espada le atravesará el alma. María participará de la pasión, muerte y resurrección de Jesús por lo que se convertirá en corredentora de la humanidad.

Por otro lado, a continuación, nos encontramos con el testimonio de Ana; el cual sirve para completar la imagen de los profetas, hombres y mujeres que han sido enviados por Dios para ser testigos de la venida del Mesías. Ana estaba totalmente consagrada a Dios, por lo que no se apartaba en ningún momento del Templo, dedicándose al ayuno y la oración. De ella, se nos ofrecen dos notas características: estuvo casada siete años, número que indica la perfección, y al quedar viuda, hasta los ochenta y cuatro años no se apartaba del Templo, que es siete veces doce. También ella esperaba la venida del Mesías.

Después de esto, la familia de Jesús regresa a Nazaret, en la región de Galilea. Allí, «Jesús crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él» (Lc 2,40), con lo cual se iba desarrollando como ser humano; la sabiduría de la que está lleno no es la sabiduría de los hombres, sino la sabiduría de Dios, pues la gracia, el amor de Dios estaba con él.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimiento, emociones, inquietudes… despierta en ti?

• ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• ¿Cómo acoges en tu vida a aquellos que dan testimonio del evangelio?

• También tú has sido llamado/a para ser testigo de la presencia de Jesús en el mundo, ¿estás dispuesto/a a serlo, al igual que Simeón y Ana?

• ¿Qué sientes al saber que Jesús creció al igual que tú en una familia? ¿Qué características destacarías de la familia de Nazaret? ¿Qué pasos te está invitando Dios a dar para consolidar tu vida familiar, haciendo que se parezca cada vez más a la Sagrada Familia?

• ¿De qué manera estás preparando y aguardando la presencia del Salvador en tu vida?

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VIDA – ORACIÓN

Consagración a la Sagrada Familia

Señor Jesucristo, quien con María y José consagraste la vida doméstica con tus inefables virtudes, concede que nosotros, con la asistencia de los dos, podamos aprender con el ejemplo de la Sagrada Familia y podamos atender a su eterna fraternidad. Por quien vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

“HÁGASE…” LECTIO DIVINA DOMINGO IV DE ADVIENTO (Ciclo B)

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 1, 26-38)

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: Alégrate, llena de gracias, el Señor esta contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres. Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: No temas, María,porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Y María dijo al ángel: Cómo será eso, pues no conozco a varón? El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible. María contestó: Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra. Y la dejó el ángel».

María es, sin duda, junto a Juan el Bautista, Isaías y otros, la gran protagonista del Adviento. Ella es la mujer de la espera, la Virgen de la Esperanza; la mujer de la escucha, la Madre del Hágase; la mujer que supo dejar a Dios actuar en su vida, Madre, Maestra y Reina de los Apóstoles y de todos aquellos que estemos dispuestos a acoger a Jesús en nosotros y ser testigos de su amor.

El texto que con el que hoy rezaremos nos narra el anuncio a María del nacimiento de Jesucristo. Para ponernos en contexto, podemos decir que en la época de Jesús, en el siglo I, muchas personas pertenecientes al pueblo de Israel, especialmente los pobres, esperaannonciationban anhelantes la venida del Mesías. También María, José, Isabel, Zacarías… esperaban esta venida.

Nuestro relato comienza haciendo referencia al relato anterior: «Al sexto mes» (1,26). Se está refiriendo al sexto mes después del anuncio del nacimiento de Juan a Zacarías (Lc 1,5-25). Se trata de un día concreto en la vida de María; un día concreto y a la vez cualquiera. A ella, Dios le envía al ángel Gabriel, a una ciudad determinada de Galilea, llamada Nazaret.

María estaba desposada con José, un hombre de la casa de David, es decir, estaba prometida. Los desposorios era un acto mediante el cual el padre y los hermanos de la esposa por un lado, y el padre del esposo por otro, delante de testigos, se comprometían, mediante contrato, no sólo a la celebración del matrimonio, sino respecto a todo lo relativo a los regalos que se habían de hacer a los hermanos de la esposa y la cantidad que se tenía que pagar al padre de la esposa, la dote. Habitualmente, este acto se celebraba una año antes de la boda. La pareja comprometida se consideraban ya marido y mujer y se esperaba que fueran mutuamente fieles. Ese compromiso sólo podía romperse mediante un divorcio formal.

El ángel Gabriel se hace presente en la vida de María, entra donde ella estaba, entra en ella. María siente la presencia de Gabriel, se encuentra con él y en su interior escucha el mensaje de gracia que él le trae. Ante aquel misterio, ante aquellas palabras, María queda desconcertada y se pregunta qué podría significar aquel saludo (1,29). ¿Qué significa esa atracción que siente hacia lo divino?¿aquella cercanía de Dios?¿aquel regalo de Dios? El Ángel le responde tranquilizándola: has hallado gracia delante de Dios (1,30); Dios se ha fijado en ti, para llevar a cabo su proyecto salvador, encarnándose en tu seno. Ella ha sido la elegida para ser la madre del Salvador, del esperado de los siglos, sobre todo por los pobres, los humildes, los pequeños.

Dios le revela su proyecto: concebir, dar a luz y ponerle a la criatura el nombre de Jesús. Un Jesús que es el Hijo del Altísimo, que reinará sobre la casa de David y cuyo Reino no tendrá fin (1,32s).

María no duda, pero no puede menos que preguntarse: ¿Cómo será posible eso?¿Cómo sucederá? Para Dios no hay nada imposible. María tendrá que acoger la obra de Dios en su ser y en su vida.

María responde no solo afirmativamente, sino que se abandona totalmente en las manos de Dios. Ella será instrumento en las manos de Dios para el cumplimiento de la promesa hecha a Israel y a toda la humanidad. Dios nunca abandona al ser humano; al contrario, quiere hacerse uno como nosotros, excepto en el pecado, para regalarnos la salvación.

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CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, frase, versículo o palabra… te toca especialmente el corazón?¿Qué quiere decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• ¿Cómo recibes los «mensajes» que Dios te envía cada día?¿Estás atento/a a su Palabra? ¿Cómo la acoges en tu corazón y en tu vida? ¿Estas dispuesto como María a dejar que la Palabra transforme tu vida?

• ¿Qué temores te embargan cuando Dios te pide alguna misión?

• ¿Sabes acoger en tu vida los regalos que Dios te hace cada día o pides explicaciones?

• ¿Acoges en tí la obra que el Espíritu Santo quiere realizar en tu vida?

• ¿Qué acciones deberías emprender en tu vida para vivir de una manera más radical este adviento y permitir que Jesús “nazca” en ti?

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VIDA – ORACIÓN

• Alaba a Dios Padre por todos los regalos y dones que cada día nos entrega.

• Da gracias porque ha querido que Jesús y su Palabra estén presentes en tu vida.

• Ofrece tu vida para que el Espíritu Santo te inunde con sus dones y encarnes a Jesús en tu vida.

• Pide a Dios fortaleza para poder convertirte en su humilde siervo/a.

“Muchacho, levántate” Lectio Divina Domingo X del Tiempo Ordinario (Lc 7,11-17)

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VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo, Jesús, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, se dirigió a un pueblo llamado Naín. Cerca de la entrada de la ciudad, se encontró con una comitiva que llevaba a enterrar al hijo único de una mujer viuda. El Señor al verla se sintió profundamente conmovido y le dijo: “No llores”. A continuación, se acercó, tocó el féretro; los que lo llevaban se detuvieron y Jesús exclamó: “Muchacho, yo te lo ordeno, levántate”. El muerto se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. Todos los presentes se llenaron de temor y alababan a Dios diciendo: “Un gran profeta ha salido de entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo”. La noticia de lo que acababa de hace Jesús, se difundió por toda Judea y las regiones de alrededor.

 

El evangelio con el que nos invita a orar la liturgia de este domingo, quiere revelarnos la llegada del Reino de Dios. Un Reino que es acogida, que da la vida, que es manifestación de la bondad, la ternura y la misericordia de Dios.

Jesús acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, se encuentra con una comitiva a las puertas del pueblo de Naín. La persona de Jesús es siempre lugar de encuentro, lugar de encuentro que salva, que acoge, que dignifica, que da vida.

Jesús al ver aquella comitiva, se siente profundamente conmovido. Compasión, sentir en mi corazón la pasión, los padecimientos, las dificultades del otro. Jesús es maestro de la compasión. El Dios de Jesús es un Dios compasivo y misericordioso. Un Dios capaz de sentir y compartir las miserias del ser humano. Pero la compasión no es sólo un sentimiento o una actitud. Compasión es acción, es salir de uno mismo y ponerse en el lugar del otro, es salir de uno mismo y tender una mano amiga, mirar con ternura, escuchar con amor… Compasión es ayudar al otro a salir de su situación adversa, salir de su situación de dolor, salir del pozo profundo en el que se encuentra. Es acercar Jesús a los demás para que les infunda la vida y una vida nueva. No basta con sentir, he de acercar a Jesús a mis hermanos para que él pueda resucitarlos, para que pueda regalarles una nueva vida, para que pueda decirles: “Levántate”.

Jesús no deja nunca de sorprendernos. Jesús no deja nunca de suscitar en nosotros admiración. Jesús no deja nunca de sobrecogernos. Y ante ese estupor, esa sorpresa, esa admiración, sólo nos queda la alabanza, el dar gracias y la adoración. Porque hay signos que nunca podremos entender con nuestra mente, pero que en lo más profundo de nuestro corazón sabemos guardar y meditar, lo mismo que hacia María. Admírate, da gracias, alaba y adora a Dios, nuestro Señor, por los milagros que cada día hace en tu vida y en la vida de todos aquellos que te rodean.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  •  ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Jesús es lugar de encuentro, ¿Y tú, propicias que los que están a tu alrededor puedan encontrarse con Él?
  • Jesús siente compasión, muestra misericordia ante el acontecimiento de la muerte del hijo de la viuda de Naín. ¿Te comportas con los demás con misericordia? ¿Eres compasivo?
  • ¿Intentas comprender y acoger las dificultades, los problemas, el dolor de los que te rodean?
  • ¿Te quedas únicamente en el sentimiento o tratas de pasar a la acción?

 

VIDA – ORACIÓN

  • Párate por unos instantes. Guarda silencio. Contempla la escena. Identifícate con ella y métete en la piel de los personajes.
  • Alaba, da gracias, adora y pide a Dios que te ayude a ser compasivo y misericordioso con los demás, y a tender tu mano para sacarlos de su situación de pobreza, dificultad y opresión.
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Jesús los acogió a todos y se puso a hablarles del Reino de Dios y a curar a los que lo necesitaban. Al caer el día se le acercaron los Doce y le dijeron:

– «Despídelos para que vayan a las aldeas y caseríos del contorno a buscar alojamiento y comida, pues aquí estamos en descampado».

Pero Jesús les dijo:

– «Dadles vosotros de comer».

Ellos le dijeron:

– «No tenemos más que cinco panes y dos peces. A no ser que vayamos a comprar alimentos para toda esta gente».

Pues eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos:

– «Decidles que se sienten en grupos de cincuenta».

Así lo hicieron, y dijeron que se sentaran todos.

Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, los bendijo y los partió en trozos. Y se los dio a los discípulos para que se los distribuyeran a la gente. Y todos comieron hasta hartarse. Y se recogieron doce canastos llenos de las sobras.

 

VERDAD – LECTURA       

            El texto que hoy nos ofrece la liturgia se encuentra enmarcado dentro del contexto en el que Jesús comienza a extender su predicación por distintas aldeas de Galilea y es un preludio de la eucaristía.

Acaba de enviar a sus discípulos a predicar. Al regresar de su misión, Jesús les invita a acompañarlo a un lugar solitario para estar con él y compartir las vivencias que les han acaecido durante la predicación de la Buena Noticia. Allí les comienza a hablar del Reino de Dios; y, al acercarse la multitud, curó a muchos enfermos.

Cuando el día ya declina, al atardecer, los doce, preocupados por la gente, se acercan a Jesús y le dicen que despida a la gente para que puedan ir a buscar alojamiento y comida, pues se encontraban en descampado.

La respuesta de Jesús les desconcierta: “Dadles vosotros de comer”. ¿Cómo van a hacer esto, si sólo tienen cinco panes y dos peces? ¿Cómo van a recaudar el dinero suficiente para dar de comer a tanta gente? Y en el caso que lo consiguieran, ¿dónde van a comprar tanto alimento? ¿No se ha dado cuenta Jesús de que son más de cinco mil personas?

Jesús pide a los discípulos, que digan a la gente que se recuesten en grupos de cincuenta. Jesús va a solucionar el problema. Jesús será quien les de alimento, al igual que en otro tiempo hizo Moisés con el pueblo de Israel en el desierto (Num 1 – 4), al igual que hizo el profeta Eliseo (2Re 4,42-44). Jesús es el nuevo Moisés, el nuevo libertador de su Pueblo; Jesús es el nuevo profeta; aquel que ha venido a dar el verdadero sentido a la Ley y a los Profetas.

Jesús toma los cinco panes y los peces, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los dio a sus discípulos para que los distribuyeran. Es el preludio de la eucaristía. El mismo gesto que compartían las comunidades lucanas en la celebración eucarística, el mismo gesto que repite el sacerdote en cada eucaristía celebrada y vivida en todas y cada una de nuestras comunidades de fe. Eucaristía, acción de gracias, eucaristía, celebración, eucaristía fiesta; pero eucaristía, también compromiso, acogida y compartir; eucaristía preocupación por las necesidades del otro, eucaristía interés por los problemas del prójimo, eucaristía compartida de la vida de cada uno de los cristianos y de las necesidades del mundo.

Jesús no es un milagrero, Jesús no es un tapagujeros, Jesús no es un mago que por arte de magia hace desaparecer las dificultades, los problemas, los miedos. Jesús necesita de aquellos que han querido compartir su vida y su misión para llevar la felicidad a la humanidad. Jesús necesita de todos nosotros para llevar la Buena Nueva a todos, Jesús necesita que seamos sus manos, sus ojos, sus pies y su corazón para poder seguir acariciando, mirando con ternura, acompañando en el camino, amando sin distinción y gratuitamente. Únicamente de este modo, todos quedaremos saciados y tendremos de sobra: compartiendo nuestros bienes, nuestra persona y nuestra vida. De este modo recogeremos los cestos llenos de los trozos sobrantes.

No negamos el milagro. Para Dios no hay nada imposible. Jesús es quien multiplica nuestras acciones. Jesús es quien toma nuestros viene, quien bendice y da gracias al Padre quien parte, pero nosotros somos quienes debemos de distribuir eso bienes que Dios nos regala cada día, nosotros somos quienes debemos distribuir nuestra pequeñez y la de nuestros hermanos, nosotros somos quienes tenemos que acercar la eucaristía a todos aquellos que están alejados. ¡Claro que hay milagro! Con sólo cinco panes y dos peces, se sació toda una multitud.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué versículo, frase, palabra de este pasaje te llama especialmente la atención? ¿Cuál te toca, de alguna manera el corazón? ¿Qué querrá Dios decirte con ello en este momento concreto de tu vida?
  • Al igual que los apóstoles, ¿estás atento/a a las necesidades de aquellos hermanos que pasan a tu lado, que están a tu alrededor, de aquellos con los que compartes tu vida?
  • ¿Acercas a todo aquel que pueda estar necesitado a Jesús? ¿pides a Jesús ayuda para poder compartir los problemas, las dificultades, las necesidades de los demás? ¿Estás atento/a a la Palabra de Jesús para poder hacer frente a los momentos difíciles en los que se haya la humanidad?
  • ¿Qué entregas a Jesús para que pueda tomarlo, bendecirlo y partirlo? ¿Estás dispuesto/a a compartir y distribuir entre la gente los dones que el Padre en su infinita bondad te regalado?
  • ¿Cómo vives el misterio de la eucaristía? ¿Cómo la celebras? Además de encuentro con Jesús resucitado, ¿es para ti encuentro con los hermanos?

 

VIDA – ORACIÓN

  • Bendito y alabado seas, Padre, por el gran regalo de la Eucaristía.
  • Gracias, Jesús, por haber querido quedarte entre nosotros en un trozo de pan y un poco de vino, en el sagrario.
  • Ayúdanos, Espíritu Santo, a vivir la eucaristía no sólo como celebración y encuentro individual con Jesús, sino como celebración de la comunidad y encuentro entre los hermanos. Y que cuando acabemos de celebrar la eucaristía, glorifiquemos a Dios con nuestra vida, y acerquemos la Buena Noticia a todos cuantos nos rodean.

“Dales vosotros de comer” Lectio Divina de la Solemnidad del Santímo Cuerpo y Sangre de Cristo (Lc 9,11b-17)

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el-hijo-prodigo_270x250VERDAD – LECTURA

En aquellos días, los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírlo. Y los fariseos y los maestros de la ley lo criticaban: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos”. Entonces les propuso esta parábola:

          “Un hombre tenía dos hijos. Y el menor dijo a su padre: Padre dame la parte de la herencia que me corresponde. Y el padre les repartió la herencia. A los poco días el hijo menor reunió todo lo suyo, se fue a un país lejano y allí gastó toda su fortuna llevando una mala vida. Cuando se lo había gastado todo, sobrevino una gran hambre en aquella comarca y comenzó a padecer necesidad. Se fue a servir a casa de un hombre del país, que le mandó a sus tierras a guardar cerdos. Tenía ganas de llenar su estomago con las algarrobas que comían los cerdos y nadie se las daba. Entonces, reflexionando, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobre y yo aquí me muero de hambre! Volveré a mi padre y le diré: Padre he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo: tenme como a uno de tus jornaleros. Se puso en camino y fue a casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, conmovido, fue corriendo, se echó al cuello de su hijo y lo cubrió de besos. El hijo comenzó a decir: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Sacad inmediatamente el traje mejor y ponédselo; poned un anillo en su mano y sandalias en sus pies. Traed el ternero cebado, matadlo y celebraremos un banquete, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado. Y se pusieron todos a festejarlo.

          El hijo mayor estaba en el campo y, al volver y acercarse a la casa, oyó la música y los bailes. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué significaba aquello. Y este le contestó: Que ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano. Él se enfadó y no quiso entrar. Su padre salió y se puso a convencerlo. Él contestó a su padre: Hace tantos años que te sirvo sin desobedecer jamás una orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. ¡Ahora llega ese hijo tuyo, que ha gastado toda su fortuna con malas mujeres, y tú le matas el ternero cebado! El padre le respondió: ¡Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo! En cambio, tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado. Convenía celebra una fiesta y alegrarse”.

 

 

 

 

La liturgia de este domingo IV de cuaresma nos regala la lectura del pasaje evangélico conocido como la parábola del hijo pródigo, aunque creo que sería más indicado llamarla la parábola del padre misericordioso. Lo iremos viendo al profundizar en ella.

El motivo por el que Jesús pronunció esta parábola, según nos dice el texto, es a causa de la murmuración de los fariseos y de los maestros de la ley, que le criticaban porque acogía a los pecadores y comía con ellos. Algo, que por otro lado, estaba prohibido por la ley. Aunque esta ley era bastante injusta e inmisericorde. La misericordia es una de las características principales de Dios. Y también a nosotros nos pide que nos acerquemos a los demás con misericordia, sobre todo a los más necesitados de perdón y conversión. Esta imagen de Dios misericordioso no es ajena al Antiguo Testamento: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad, conserva su fidelidad por mil generaciones y perdona la iniquidad, la infidelidad y el pecado”. (Éx 34,6s). “Yo soy el Señor, lento a la cólera y rico en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebeldía” (Núm 14, 18). “Soy un Dios que muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mi alianza” (Dt 5,10). “El Señor es compasivo y misericordioso, el Señor es paciente y todo amor; no está siempre acusando ni guarda rencor eternamente” (Sal 103,8). Por supuesto, algunos de estos textos tienen una segunda parte en la que se nos dice que no deja nada impune y castiga la maldad de los padres en los hijos en en los nietos; pero porqué quedarnos únicamente con esta última parte. Los fariseos y maestros de la ley lo hacían así porque ellos se consideraban justos ante Dios pues cumplían a rajatabla todos los preceptos de la ley, por pequeños que fueran, llegando incluso a una casuística extrema.

Jesús viene a decirnos que el único justo es Dios. Y este Dios justo trata a las personas con entrañas de misericordia. Por eso, contó esa parábola y hoy nos la presenta a nosotros.

En ella, nos encontramos con tres personajes protagonistas: el hijo menor, el hijo mayor y padre.5da0d8f2262b553cb19f33a20683e82e

El hijo menor comienza reflexionando acerca de la situación en la que se encuentra conviviendo en la casa de su padre, parece que no está contento; por lo que le pide a su padre que le de la parte de la herencia que le corresponde. Quiere ir a experimentar otros mundos, otras situaciones, otro contexto vital. Por lo que, una vez que el padre le entrega su herencia, marcha a un país lejano, allí derrocha toda su fortuna y, a un cierto momento, se encuentra con lo puesto. Decide entonces, trabajar para una persona de aquellas tierras, que lo coloca cuidando cerdos. Una labor, por otro lado, bastante deshonrosa para un judío, pues recordemos que el cerdo es un animal impuro para la cultura y la religión judía (Lev 11,7). Pero, pasa hambre, tiene miedo. Entra dentro de sí y reflexionando, cae en la cuenta de que la vida que llevaba en casa de su padre era más beneficiosa que su situación actual: al menos, allí no pasaba hambre, al menos allí podría llevar una vida más feliz, aunque fuera como jornalero de su padre.. Entonces decide volver a la casa de su padre. No le mueve el amor, no le mueve el arrepentimiento, ni siquiera el hecho de volver al seno de su familia, le mueve el egoísmo y el miedo.

Ahora entra en escena, como protagonista el padre. Al verlo de lejos, se conmovió. En el padre se produce una emoción interna que le hace volverse hacia el hijo y compartir su desgracia, sus problemas, sus inquietudes, sin necesidad, siquiera de que éste pronuncie palabra alguna.

El padre lo abraza, lo cubre de besos, le transmite amor. No le deja, siquiera acabar el discurso que tenía preparado. El amor del padre es un amor incondicional que no espera nada a cambio. Le dice a los criados que le vistan de gala, que van a celebrar una fiesta, porque su hijo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado. El padre desborda de gozo ante el regreso de su hijo. No le pide cuentas, no le reprocha nada, no le recrimina… Le trata con inmenso amor. Y ese amor desbordante del padre y la felicidad por el encuentro se convierte en fiesta.

Mientras tanto, entra en escena el hijo mayor, que estaba trabajando en el campo. Se sorprende de que en su casa haya una fiesta y él no se haya enterado. Los jornaleros le informan del gran acontecimiento: Que ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano. ¿Cómo? ¿qué ese ingrato ha vuelto y mi padre ha preparado una fiesta? ¿Cómo es posible? El proceder del padre no entra dentro de su lógica. Como no entra dentro de nuestra lógica el proceder de Dios. Se enfada, se enfurece, se irrita ante el comportamiento de su padre. Es tal el rencor que lleva dentro que es incapaz siquiera de preguntar cómo está su hermano. Su única preocupación es que él ha sido “fiel”, ha cumplido con todo lo que el padre le ha ordenado, y no ha recibido recompensa alguna. Tampoco él ha entendido el significado del amor incondicional, a pesar de estar siempre al lado de su padre. No se ha dado cuenta de que todo lo que tiene el padre es suyo. Que en realidad, el padre no tiene nada propio. Porque incluso el amor es para darlo a los demás. El padre trata de explicarle su actuar, trata de explicarle en qué consiste el amor incondicional. Pero para ello, es necesario que entre en la dinámica de la misericordia y del amor que no espera nada a cambio.

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El relato concluye de una manera abrupta. En realidad, no sabemos el final. Es posible, querido lector que el final debamos construirlo tú y yo. Tal vez, es necesario que tomemos posición y nos pongamos en la piel de cada uno de los personajes, para ver cual es nuestro papel, para descubrir si nosotros hemos entrado en la dinámica del amor incondicional y de la misericordia de Dios nuestro Padre.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

 

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Es para tí motivo de escándalo saber que Jesús compartía su vida con pecadores, indigentes, prostitutas, gente de mal vivir?
  • ¿Con cuál de los personajes de la parábola te sientes más identificado? ¿Con el hijo menor? ¿Con el padre? ¿Con el hijo mayor?
  • Tal vez, has caído en la cuenta de que en muchas ocasiones te alejas de nuestro Padre Dios, ¿Qué sentimientos despierta esto en ti? ¿Has percibido que en esas ocasiones no eres plenamente feliz? ¿Por qué? ¿Qué es lo que te causa esa infelicidad? ¿Tienes miedo y por eso vuelves a la casa del Padre o te mueve el amor?
  • ¿Qué significa para ti entrar en la dinámica del amor incondicional, que no espera nada a cambio, de la misericordia (sentir en el corazón las miserias del otro)?
  • También es posible que seas un cristiano intachable, justo, cumplidor… que no se ha separado nunca de la casa del Padre. ¿Qué te mueve a ello? ¿Siente como tuyas las cosas de Dios? ¿Sientes que haces las cosas que le gustan al Padre por amor y no por cumplimiento? ¿Estas dispuesto a entrar en la fiesta?

 

 

 

 

VIDA – ORACIÓN

 

  • Te invito a volver a leer la parábola, a caer en la cuenta de las actitudes del padre, a que intentes hacerlas tuyas, a contemplar y dejarte contemplar por Dios rico en misericordia, a entrar en su dinámica de amor incondicional. Déjate mirar por Él y miralo. Deja que su amor te inunde.
  • Entonces, sal fuera y desparrama todo ese amor hacia todas aquellas personas con las que te encuentres, especialmente los más necesitados de misericordia: los pobres, los excluidos, los pecadores…

“La misericordia entre nosotros” Lectio Divina Domingo IV de Cuaresma (Lc 15,1-3.11-32)

“Convertirse y dar fruto” Lectio Divina Domingo III de Cuaresma (Lc 13,1-9)

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En aquel momento, llegaron algunos anunciándole a Jesús que Pilato había matado a unos galileos, mezclando su sangre con la de las víctimas que ofrecían en sacrificio. Jesús les dijo: “¿Pensáis que esos galileos eran los más pecadores de todos los galileos porque sufrieron eso? Os digo que no y, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. ¿Creéis que aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató eran los únicos culpables entre todos los vecinos de Jerusalén? Os digo que no. Todos pereceréis igualmente si no os arrepentís”.
Les contó esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña; fue a buscar higos en ella, y no los encontró. Dijo al viñador: Hace ya tres años que vengo a buscar higos en ella no los encuentro. Córtala. ¿Por qué va a ocupar un terreno inútilmente? El viñador dijo: Señor, déjala también este año; yo cabaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da higos; si no los da, la cortas”.

 

El evangelio que nos ofrece la liturgia en este tercer domingo de cuaresma, podemos dividirlo en dos partes. En la primera parte, Jesús comenta dos acontecimiento de la vida cotidiana y aprovecha para invitar a sus contemporáneos, también a nosotros, a la conversión; dichos acontecimientos son la masacre que protagonizado Pilato y el accidente acaecido en la torre de Siloé. La segunda parte es la parábola de la higuera estéril.
Para situarnos adecuadamente en el contexto de este pasaje, hemos de decir que nos encontramos camino de Jerusalén. Algunas personas se acercan a Jesús para contarle el acontecimiento acerca de la masacre perpetuada por Pilato en contra de algunos galileos y como éste mezclo la sangre derramada por aquellos con la sangre de los sacrificios, lo cual aprovecha Jesús para comentar el hecho. Para la mentalidad judía de la época, la ausencia de catástrofes, males o incidentes desagradables era señal de la aceptación, aprobación o beneplácito de Dios. Jesús quiere dejar claro que Dios no es un Dios tapa-agujeros, guardián del orden público o adversario del hombre, el Dios cristiano es un Padre misericordioso que ama al ser humano, que quiere lo mejor para él y le otorga libertad para actuar, pensar y ser. Ni aquellos hombres, ni Dios son responsables de la catástrofe acontecida. Ahora bien, como cualquier ser humano puede alejarse de Dios, hecho que no lleva implícito en ningún momento el castigo, pero si lleva implícita la conversión. De ahí, la pregunta de Jesús: “¿Pensáis que esos galileos eran los más pecadores de todos los galileos porque sufrieron eso?” y su respuesta: “ Os digo que no”. E invita a los que lo escuchan a la conversión.
Reforzando esta idea, Jesús cuenta una parábola: la parábola de la higuera estéril. En ella, el dueño de la viña simboliza a Dios, la higuera es el Pueblo de Israel y el viñador es Jesús. Dios “se ha cansado” de las infidelidades del Pueblo; el viñador pide al dueño que le de un poco más de tiempo y cuidará más y mejor a la viña. Jesús siempre querrá darnos una segunda oportunidad y nuestro Padre Dios siempre nos está esperando. Nuestra conversión, cambio de vida, nos llevará también a dar testimonio.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Cuál es la imagen que tienes de Dios? ¿Un dios lejano, el dios relojero del universo que interviene en todo momento, el dios policía, el dios tapa-agujeros? ¿El Dios de Jesús y del Evangelio?
  • Jesús invita a tus contemporáneos a leer los signos de los tiempos. Y tú, ¿cómo sigues esta invitación?
  • Jesús nos llama continuamente a la conversión, a cambiar nuestra vida, a cambiar nuestra perspectiva. ¿Cómo acoges esa llamada? ¿Qué acciones pones en práctica?

VIDA – ORACIÓN

  • Bendito y alabado seas, Padre, por mostrarte siempre paciente con nosotros y por regalarnos cada día tu misericordia.
  • Gracias, Jesús, por invitarme cada día a la conversión.
  • Gracias Espíritu Santo por ayudarme a interpretar los signos de los tiempos.
  • Ayúdame, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo a purificar mi imagen de Dios, a iniciar mi camino de conversión y a ser testigo de tu misericordia.
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VERDAD – LECTURA

Jesús tomó consigo a Pedro, a Juan y Santiago y los llevó al monte a orar. Mientras él oraba, cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente. Dos hombres, de improviso, se pusieron a hablar con él. Eran Moisés y Elías, que aparecieron con un resplandor glorioso y hablaban con él de su muerte que iba a tener lugar en Jerusalén. Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño, pero lograron mantenerse despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con él. Cuando estos se alejaban de Jesús, Pedro dijo: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. No sabía lo que decía. Mientras él estaba diciendo esto, vino una nube y los cubrió. Al entrar en la nube, los discípulos se asustaron. Y una voz desde la nube dijo: “Este es mi hijo, el elegido, escuchadle”. Tan pronto como cesó la voz, Jesús quedó solo. Los discípulos quedaron en silencio, y a nadie contaron por entonces lo que habían visto.

 

En este segundo domingo de cuaresma, la liturgia nos ofrece, para nuestra meditación y oración, en los tres ciclos, el texto conocido como la transfiguración de Jesús. En el ciclo C, nos encontramos con el relato de dicho hecho según el evangelio de Lucas.

Estamos encima de una montaña. En una situación temporal imprecisa. Aunque aquí no lo hemos recogido, y tampoco lo recoge la liturgia de la palabra, el texto comienza diciéndonos: “Unos ocho días después…” Y, al menos a mí, inmediatamente, me asalta una pregunta: ¿Ocho días después de qué? ¿Del regreso de los discípulos después de que Jesús les enviara a predicar el Reino? ¿Ocho días después de la profesión de fe de Pedro? ¿Ocho días después del primer anuncio de su pasión? Pues probablemente, después de estos dos últimos acontecimientos. Según, lo que conocemos por los otros sinópticos, los discípulos, especialmente Pedro, no han entendido nada de aquel anuncio… ¿Cómo es posible que el Mesías vaya a padecer todo eso y muera? ¿Y qué es eso de que después va a resucitar? De alguna forma, Jesús quiere manifestarse a ellos y confirmarles en la fe. Es un intento de que sus discípulos cambien la concepción que tienen acerca del Mesías. La transfiguración es una confirmación de que Jesús es el Hijo de Dios, el Mesías esperado. Es un anticipo de la resurrección. Pero vayamos por partes.

Decíamos más arriba que nos encontramos en una montaña. Este lugar es privilegiado para el encuentro con Dios. Basta recordar los encuentros de Moisés con Dios en el monte Sinaí (Éx 19,20; 24,12-15; 34,2-4) o de Elías en el monte Horeb (1Re 19,8). Jesús se encuentra allí orando, encontrándose con él Padre, y en aquel momento cambió el aspecto de su rostro y sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente.

Inesperadamente, aparecen dos hombres que se ponen a hablar con Jesús. ¿Quienes son? Moisés y Elías. Pero, ¿quiénes son estos personajes y por qué se aparecen? Moisés representa la Ley, él la había recibido en el Sinaí; y Elías representa a los profetas, éste había sido arrebatado al cielo por un carro de fuego (2Re 2,11) y según la profecía de Malaquías, tiene que volver a preparar el camino al Mesías (Mal 3,23). Por tanto, la ley y los profetas, el Antiguo Testamento, viene a dar testimonio de Jesús como Hijo de Dios.

Y, ¿acerca de qué dialogan Moisés, Elías y Jesús? Precisamente, acerca de la duda que tenían los discípulos: de la muerte de Jesús que iba a tener lugar en Jerusalén. El Mesías esperado no es un Mesías poderoso, guerrero y aniquilador de enemigos. El verdadero Mesías tendrá que padecer y morir… pero al tercer día será resucitado por el Padre. De este modo Jesús nos liberará de todas nuestras ataduras y de la más importante, de las ataduras de la muerte, puesto que si él resucitó, nosotros también resucitaremos, a pesar de todos nuestros problemas, de nuestras dificultades, de nuestras miserias.

Aunque los discípulos estaban cargados de sueño, se mantuvieron despiertos y pudieron ver la gloria de Jesús y a los dos personajes que se encontraban junto a él. Y su reacción fue lógica. En aquel instante no se dan cuenta de la importancia del acontecimiento que están viviendo. Sus mentes están en otra parte, no perciben la realidad de una manera clara, están aturdidos. Y reaccionan, sobre todo Pedro con aquellas palabras: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a quedarnos.” Eso de tener que pasar por una pasión, por la muerte… Todo eso no tiene sentido, vamos a quedarnos, quítate de problemas. Según, el texto, Pedro no sabe lo que dice.

Mientras está hablando, una nube del cielo los cubrió. La nube, recordemos que, es símbolo de la presencia de Dios (Éx 40,34-38; Núm 10,11s.). Entonces, se oye la voz del Padre que dice: “Este es mi Hijo, el elegido, escuchadle”. De este modo, el Padre confirma que Jesús es el Hijo de Dios, y que nosotros lo que debemos hacer es escuchar su Palabra.

Los discípulos guardan silencio y no contaron a nadie lo ocurrido. Tendrán que vivir la experiencia de la Pascua para entender verdaderamente este acontecimiento.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Hoy, también a ti, Jesús te invita a subir con él a la montaña para orar. ¿Cuál es tu montaña? ¿Qué sientes? ¿Aceptas la invitación? ¿Cuál es tu experiencia en esta montaña?
  • ¿Qué significado tiene en tu vida que Moisés y Elías, la ley y los profetas, vengan a confirmar que Jesús es el Hijo de Dios? ¿Qué significa para tí que Jesús sea el Hijo de Dios?¿Qué significado adquiere todo esto para tu vida diaria?
  • Jesús cada día se manifiesta en tu vida. ¿De qué manera? ¿Cómo lo percibes? ¿Cómo es ese encuentro? ¿Sirve para cambiar tu percepción y tu modo de vivir el día a día?
    ¿Escuchas la Palabra de Jesús? ¿Cambia en algo tu vida?
  • No puedes quedarte en la montaña, has de bajar a la vida cotidiana y, desde tu experiencia pascual, contar lo que has visto y oído a todos aquellos que salen a tu encuentro.

 

VIDA – ORACIÓN

  • Bendito y alabado seas, Padre, por revelarnos que Jesús es tu Hijo amado, que puede transformar desde lo más hondo nuestras vidas.
  • Gracias, Jesús, porque cada día te muestras y te revelas en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida.
  • Ayúdanos, Espíritu Santo, a configurarnos cada día más con Jesús y a llevar su Palabra a todos nuestros hermanos.

“Este es mi hijo, escuchadle” Lectio Divina Domingo II de Cuaresma (Lc 9,28b-36)

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VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir e la sinagoga: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Y decían: “¿No es este el hijo de José?”. Y Jesús les dijo: “Sin duda me recitaréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”. Y añadió: “Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio”. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.
El texto que nos ofrece hoy la liturgia es continuación del pasaje evangélico del domingo pasado. En él hemos dejado a Jesús en la Sinagoga, después de anunciar un año de gracia del Señor.

Al concluir la lectura del Profeta Isaías, se sentó, devolvió el rollo al encargado de la sinagoga y se sentó para comentar la lectura. Es aquí donde arranca el relato con el que hoy oramos: “Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”. ¿De qué manera pronunciaría Jesús estas palabras? El evangelista nos dice que todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. ¿Cómo era posible, que el hijo de José hablara así? ¿Cómo es posible que alguien tan humilde, que conocemos de toda la vida, al que hemos visto crecer… hable de esa forma?
Sus paisanos comienzan a dudar. Ante aquello, Jesús sale al paso, citando un refrán, posiblemente conocido por todos ellos: “Médico cúrate a ti mismo”. A lo cual añade otro acerca del profetismo que no es acogido en su propia tierra, comentándolo y fundamentándolo con dos pasajes de los libros de los Reyes comparando Israel con otros pueblos; la historia del Profeta Elías (1Re 17-18) y la historia del Profeta Eliseo (2Re 5,1-14).
En la primera de estas historias se sitúa en el reinado del rey Ajab, el cual no era del agrado de Yahveh, durante su reinado hubo tres años de sequía y el pueblo de Israel sufrió hambre. Todo ello debido a la infidelidad del pueblo y al rechazo del Profeta. Esa era la causa por la que el Profeta no es enviado a ninguna persona de Israel, sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sión.
La segunda de estas historias narra el acontecimiento de la curación de Naamán, el sirio de su lepra. El cual cumplió lo que el Profeta Eliseo le ordenaba.
Jesús le estaba diciendo, en su propia cara, que allí no podrá realizar ningún milagro, debido precisamente a la dureza de sus corazones, a su falta de fe, a su predisposición a no cumplir con la voluntad de Dios, a su incapacidad voluntaria para cambiar… En lugar de abrir sus mentes y sus corazones ante ese mensaje de gracia de Jesús, lo que hacen es permanecer en sus prejuicios, convencionalismos y cerrazón. No tenían intención de cambiar. Por lo cual, el rechazo a todo aquello que estaba diciendo Jesús era lógico. Para evitar el cambio, era mejor considerar a Jesús un falso profeta. No puede estar diciendo la verdad. Es mejor, incluso, matarlo. Pero, la hora de Jesús aún no había llegado.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Jesús es rechazado por el mensaje que ha proclamado en el evangelio del domingo pasado. Sus paisanos, a pesar de la admiración, no son capaces de acoger y poner en práctica las palabras de Jesús. ¿Y tú estás dispuesto a acoger la palabra de Jesús y ponerla por obra?
  • ¿Estás atento/a a todo aquello que Jesús quiere decirte y transmitirte en tu vida diaria? ¿Dedicas algún tiempo del día para escuchar su Palabra? ¿Abres tu mente y tu corazón para que Jesús pueda transformar tu vida?
  • ¿Estás abierto/a a la novedad del Evangelio o por el contrario continúas anclado/a en tus propias creencias, convicciones, convencionalismos…?
  • ¿Estás dispuesto/a a realizar cambios en tu vida, aunque estos supongan dificultades, obstáculos, inconvenientes, compromisos…?

VIDA – ORACIÓN

  • Bendito y alabado seas, Padre, por habernos enviado a tu Hijo, Jesucristo, para acercarnos más a tí y ofrecernos un vida plena.
  • Gracias, Jesús, por presentarnos la novedad del Evangelio que nos transforma y nos conduce a la felicidad.
  • Ayúdanos, Espíritu Santo, a apropiarnos de las actitudes vitales de Jesús y hacerlas nuestras, para que de esta manera nuestra vida se transforme en vida plena.

“¿Qué significa esto?” Lectio Divina Domingo IV del Tiempo Ordinario (Lc 4,21-30)