TU HERENCIA MÁS PRECIOSA PONLA AL SEVICIO DE LOS DEMÁS Lectio Divina Domingo XVIII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 12,13-21

Nos encontramos hoy para orar con un texto que pertenece a un discurso más largo de Jesús acerca de la confianza en Dios y del abandono en su Providencia (Lc 12). Aproximadamente, en el centro de este discurso, el Maestro de Nazaret se ve interrumpido por uno de los oyentes; el cual, está preocupado por un tema de herencia. Sin embargo, aunque nos sorprenda, Jesús no quiere emitir juicio alguno acerca del tema; es más, ni siquiera quiere opinar acerca de quien lleva o no la razón en tal circunstancia. La cuestión económica para Jesús es superflua, no quiero decir con esto que no le preocupe. La enseñanza que Jesús quiere proponerle a su interlocutor, y que quiere también proponernos a nosotros, es más profunda: ¿Cuál es nuestra escala de valores? ¿Qué es lo que ocupa el primer puesto en esta escala?

La preocupación desmedida por la economía no es propia del cristiano. Fíjate bien, querido lector, que he dicho preocupación desmedida. Y esta preocupación resulta ser así, cuando nuestra conducta se ve condicionada por la adquisición de bienes materiales para agrandar nuestro patrimonio con el único fin de agrandarlo; esta preocupación es desmedida, cuando nuestra vida gira en torno a tener más y más, sin preocuparnos de otras cosas que también son importantes; esta preocupación es desmedida, cuando pensamos que todo depende de aquello que podamos poseer o no.

La vida de la persona no depende de sus bienes. Cuando lo que poseemos lo usamos de forma egoísta, para satisfacer nuestra ambición, nuestra avaricia, nuestra codicia, nos estamos apartando del proyecto de Dios, nos estamos alejando del hermano, nos estamos encerrando en nosotros mismo y en nuestro pequeño mundo; y entonces le estamos dando la espalda a las necesidades que puedan aparecer a nuestro alrededor. ¿De qué nos servirá todo eso al dejar este mundo?

Todo esto, Jesús quiere mostrarlo a los que lo escuchan con una parábola. Y la conclusión de la misma es clara: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?” (Lc 12,20).

Jesús no nos está diciendo que la riqueza sea mala o buena. Jesús quiere llamarnos la atención acerca de nuestra actitud ante los bienes materiales, y acerca del modo en que los usamos. Nuestros bienes materiales ¿están abiertos, también, a las necesidades de nuestros hermanos? ¿nuestros bienes materiales están destinados a hacer el bien, a ayudar a los demás? Y por bienes materiales no entendamos únicamente la cuestión económica, que también. Muchos de nosotros, posiblemente no tenemos una gran fortuna económica, pero guardamos en nuestros graneros: nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestros saberes, nuestras competencias, nuestras habilidades… Nuestra herencia más preciada, más que nuestro dinero. Y la cuestión no está en tenerla o no, sino en que nos guardemos de toda codicia con respecto a ella. De esta manera, seremos ricos ante Dios.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Volvemos a las preguntas del principio: ¿Cuál es tu escala de valores? ¿Qué es lo que ocupa el primer lugar en ella?

• ¿Tienes una preocupación desmedida hacia los bienes materiales? ¿Cómo podrías remediarlo?

• ¿Piensas excesivamente en ti y tus comodidades?

• ¿Compartes tu tiempo, tus habilidades, tus conocimientos, etc con los demás?

• ¿Qué puedes hacer en tu vida cotidiana para salir al frente de las necesidades de nuestros hermanos más desfavorecidos?

VIDA – ORACIÓN

Te invito a orar con el salmo 130.

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.

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PIDE, BUSCA, LLAMA Lectio Divina Domingo XVII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 11,1-13

De una manera, en cierto modo abrupta, Lucas nos introduce en un largo texto en el que se nos invita a los discípulos de Jesús a la oración. Aparentemente, nada tiene que ver con lo tratado en los textos precedentes. Sin embargo, ¿cómo nos vamos a ocupar de hacer el bien a nuestro prójimo como cristianos si no nos relacionamos con Dios? ¿Cómo vamos a estar atentos a las necesidades de los demás sin estar unidos a Jesús? La oración siempre es necesaria. No podemos olvidarnos de ella; y Jesús nos da ejemplo (Lc 11,1).

El texto con el que vamos a orar en este domingo podemos dividirlo del siguiente modo:

  • 1-4: Jesús nos enseña cómo debemos orar: el Padre nuestro.
  • 5-8: La parábola del amigo inoportuno.
  • 9-13: La eficacia de la oración.

La oración del Padre nuestro nos revela la relación que Jesús mantenía con el Padre. Una relación de cercanía, sencillez y confianza. La misma actitud, que deberíamos mantener nosotros con Él.

Me vais a permitir, que no me detenga tanto en la oración del Padre nuestro, de la cual podemos encontrar abundantes comentarios, cuanto en la segunda y tercera parte del texto con el que la liturgia nos invita a orar hoy.

La parábola del amigo inoportuno, nos sugiere precisamente que seamos insistentes, incansables, atrevidos en nuestra oración.

Llega a la casa de nuestro protagonista un viajero. La idea de la hospitalidad presente en el mundo oriental, de alguna manera, obligaba a acoger al viajero y ofrecerle alimento, después de una segura dura jornada de camino. Sin embargo, aquel no tiene con qué obsequiar a su huésped; por no tener, no tiene siquiera pan.

No queda otra que ir y pedir a algún vecino ayuda. Que al menos le preste tres panes para poder saciar un poco el hambre que el viajero pudiera traer. Pero, ojo, es de noche. Me imaginó que aquel hombre sopesaría la cuestión: No tengo qué ofrecer al viajero, es de noche y tengo que salir a pedirle a alguien que me ayude. No pensemos en tiendas ni cosa parecida. No existían en la época. El pan se amasaba en casa y, además, una vez a la semana. Por lo que podría ser, que si nos encontrábamos al final de la semana y el dueño de la casa no lo había previsto, se hubiese quedado sin pan. ¿Qué hago?, se preguntaría aquel hombre. No queda otra que ir a pedir a algún vecino que me preste algo de pan para poder ofrecer al menos eso al viajero. La “obligación” de la hospitalidad está por encima de la vergüenza, de lo embarazoso de la situación, de lo mal que pueda caerle al vecino o del que dirán. Hay que armarse de valor e ir a llamar a su puerta, a pesar de todo.

Imaginémonos esa situación. Es lógico, muy probablemente, si el vecino se levanta despertará a su familia, molestará a su mujer y/o a sus hijos, tendrá que buscar el pan… No deja de ser una situación, por lo menos embarazosa. Es normal que el vecino se niegue.

Sin embargo, Jesús nos pone de relieve, que este hombre no se rinde ante la dificultad y aunque el vecino se niegue insiste en su petición.

Al final, el vecino no le dará el pan por generosidad o por ayudar al vecino. Lo hará para evitar el escándalo. Si este hombre sigue llamando a mi puerta, se va a enterar el vecindario entero, imagino que pensaría. A la mañana siguiente podría estar en boca de todos no solo el amigo, por inoportuno, si no el mismo, por no atender a su petición de ayuda.

Gracias a la insistencia, al atrevimiento, a la audacia (el término griego utilizado por Lc, anaideian, puede incluso significar desvergüenza), de nuestro protagonista el amigo acaba socorriéndolo y, por tanto, él también podrá socorrer a su huésped.

Intentando actualizar un poco la parábola, me pregunto: ¿qué pasaría si nosotros actuáramos así en nuestra oración, ante una verdadera necesidad? Sobre todo, cuando estamos pidiendo no para nosotros, si no para otros. Tengamos en cuenta que nuestro Padre Dios es mucho más generoso que el vecino y sabe anticiparse a nuestras necesidades.

Por tanto, no nos importe ser inoportunos, atrevido, audaces, insistentes… en nuestra relación con Dios. No tengamos pudor alguno en pedir lo que necesitamos a Dios nuestro Padre.

E, incluso, no nos de ninguna vergüenza pedir ayuda a nuestro prójimo, cuando lo necesitemos. Tengamos la suficiente humildad, para ser consciente de nuestras debilidades y pidamos ayuda a la persona que pensamos que puede socorrernos.

A reglón seguido, Jesús nos invita a pedir. Pero no solo a eso, también a que nosotros nos pongamos manos a la obra: buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá (11,9). No os quedéis pasivamente en el sillón de vuestra casa, sin hacer nada: “Ya le he pedido a Dios.” No, salid, buscad, llamad, poneos en camino e intentar hallar una solución, como el protagonista de la parábola. Salid de vuestra zona de confort. No os quedéis despreocupados, indiferentes, inoperantes. Además de pedir a Dios, intentad buscar una solución.

Si nos ponemos en camino, además de orar a Dios y con la confianza puesta en él, encontraremos lo que buscamos. Si llamamos insistentemente a la puerta, ésta se nos abrirá.

Y, luego, mucha confianza en la bondad de Dios como Padre. Si nosotros que somos débiles, que tenemos muchas miserias, que no nos comportamos como es debido, somos capaces de remover cielo y tierra para poder dar cosas buenas a nuestros hijos, cuánto más nuestro Padre.

¡Cómo no va Él a otorgar el Espíritu Santo a quien se lo pida!

Al final, ese es el don que tenemos que pedir insistentemente y que tenemos que buscar sin descanso: el Espíritu Santo, que será quien vaya transformándonos día a día en seguidores más auténticos de Jesús.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• La parábola nos invita a ser insistentes, atrevidos, audaces en nuestra oración al Padre, ¿qué piensas al respecto?

• ¿Qué crees que pasaría, si nosotros actuáramos de la misma manera que el protagonista de la parábola ante nuestras necesidades o las necesidades de los demás?

• ¿Cómo resuenan en ti las palabras de Jesús: pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá? ¿Qué repercusiones tienen para tu vida personal y comunitaria?

• Jesús, además nos invita, no sólo a orar, sino también a pasar a la acción, como diría san Agustín: “Ora como si todo dependiera de Dios, trabaja como si todo dependiera de ti”. ¿Qué te parece esta frase? ¿Qué conclusión puedes sacar para tu vida?

• Jesús nos anima a pedir con insistencia el Espíritu Santo. ¿Qué sueles pedir en tu oración diaria? ¿Oras frecuentemente para que Dios Padre te conceda el don del Espíritu Santo?

VIDA – ORACIÓN

Te invito a orar con la secuencia de Pentecostés.

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre, don, en tus dones espléndido, luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

LO NECESARIO Y LO IMPORTANTE: ESCUCHANDO SU PALABRA. Lectio Divina del domingo XVI del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 10,38-42

Nos encontramos en el texto evangélico, que nos ofrece la liturgia de este domingo con que Jesús se encuentra de visita en casa de Marta, la cual tenía una hermana que se llamaba María.

Seguimos en el contexto del largo viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén

Pues bien, nos encontramos ya en la casa. Jesús está sentado conversando con algunos de los presentes, entre los que se encuentra María. Marta se afana por atender como corresponde a los invitados. Las dos tareas son importantes, el servicio de la preparación de la comida y la conversación reposada. ¿Pero son ambas necesarias?

Dentro del contexto que nos ocupa, podemos percibir cómo Jesús quiere hacerle ver a Marta esta distinción. ¡Claro que es importante el servicio que ella esta prestando! ¡Faltaría más! Pero, posiblemente, ella se está preocupando en exceso. El texto evangélico nos dice que andaba muy afanada con los muchos servicios. Es más, se siente sola acometiendo las diversas tareas. Marta se agita y preocupa por muchas cosas. Seguramente, por ofrecer gran cantidad de viandas y bien preparadas a los invitados que tiene en su casa.

Jesús le hace ver que pocas cosas en esta vida son necesarias. No es necesario que prepare tantas cosas o que estén perfectamente preparadas. Pero si es necesario que, le dediquemos tiempo a las personas, y más si cabe a la persona de Jesús.

¿Cuántas veces nos afanamos por hacer, hacer y hacer y nos olvidamos que lo que más necesitan los otros es que estemos? Sí, que estemos presentes, que le escuchemos, que les sonriamos, que los abracemos, que permanezcamos junto a ellos que los apoyemos…. A veces, sin hacer nada; simplemente estando al lado con todo nuestro ser, como compañeros de camino.

Hacer cosas por los demás es importante, pero escucharlos es necesario. Realizar actividades por Jesús y por el Reino es importante, pero escuchar su Palabra es necesario. Curar enfermos, dar de comer a los pobres, visitar a los presos, predicar la Buena Noticia, todas ellas son acciones importantes; pero escuchar a Jesús es totalmente necesario. ¡Cómo vamos a curar enfermos al estilo de Jesús, cómo vamos a dar de comer a los hambrientos con espíritu evangélico, cómo vamos a acoger a los otros como los acogía el Maestro, si no nos alimentamos de Él, si no nos dejamos enseñar por Él, si no nos dejamos configurar por el Espíritu según Él!

Partiendo desde la escucha de Jesús, todas nuestras actividades apostólicas serán realizadas de una manera más satisfactoria y darán abundantes frutos.

No dejes de pasar un solo día sin estar un rato largo a los pies del Maestro escuchando su Palabra.

Oración y acción ambas deben ir de la mano. Contemplativos en la acción. Realizar siempre nuestras actividades con la mirada puesta en Jesús y bajo la mirada del Maestro.

Del Beato Santiago Alberione dijo el Papa Pablo VI en una audiencia en 1969, algo que nos puede ayudar a profundizar y a asimilar todo esto que estamos comentado: «Miradlo: humilde, silencioso, incansable, siempre alerta, siempre ensimismado en sus pensamientos, que van de la oración a la acción (según la fórmula tradicional: “ora et labora”), siempre atento a escrutar los “signos de los tiempos”, es decir, las formas más geniales de llegar a las almas, nuestro padre Alberione ha dado a la Iglesia nuevos instrumentos para expresarse, nuevos medios para vigorizar y ampliar su apostolado, nueva capacidad y nueva conciencia de la validez y de la posibilidad de su misión en el mundo moderno y con los medios modernos.»

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Eres capaz en tu día a día descubrir lo que verdaderamente es necesario?

• ¿Qué significado tiene para ti o como resuena en tu interior la invitación de ir de la oración a la acción

¿Parte tu acción siempre de la oración, de la escucha atenta de la Palabra de Dios?

• ¿Dedicas algún tiempo de tu día a día, no sólo a hacer cosas por los demás, si no a estar con ellos?

VIDA – ORACIÓN

• Bendice y alaba al Padre por el gran regalo de tener su presencia y visitarnos cada día.

• Da gracias a Jesús por ofrecernos a cada día su Palabra e invitarnos a escucharla.

• Pide al Espíritu Santo que te ayude a descubrir lo que es verdaderamente necesario en tu vida cotidiana.

“¿Qué puedo hacer para alcanzar la felicidad?” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 10,25-37

A partir de este post no voy a incluir el texto del evangelio en los mismos. La idea es que tomes tu biblia; sí, esa que tienes en la estantería de tu casa; y leas el texto en ella. Léelo dos o tres veces, antes de pasar a leer la reflexión que yo te ofrezco. Subraya, transcribe todo aquello que te llame la atención de la lectura, anota las conclusiones a las que llegas. Que la Sagrada Escritura se convierta en tu libro de cabecera. Así que manos a la obra.

Jesús se encuentra en camino hacia Jerusalén. Así nos lo ha hecho saber Lucas en el capítulo anterior (cf. Lc 9,51). Para el autor del Tercer Evangelio, la Ciudad Santa es muy importante, allí comienza su relato y allí concluirá.

Acaba de enviar a los setenta y dos a la misión de prepararle el camino. Estos han regresado. Él está conversando con ellos; seguramente había más gente, pues de entre ella, se levanta un maestro de la Ley para hacerle una pregunta. Sin embargo, Lucas ya nos advierte: “Le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba” (cf. Lc 10,25).

Como ocurre en muchas ocasiones, Jesús no responde directamente, ni entra al trapo para hacer frente a la actitud hostil de su interlocutor. El Maestro quiere hacerlo reflexionar, quiere que entre dentro de sí mismo, quiere que desde su propio conocimiento responda a la pregunta; por eso, lo que hace es cuestionar al maestro de la Ley: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”

Para un maestro de Israel tendría que ser relativamente fácil responder a la cuestión planteada.

Sin embargo, permíteme que me detenga por un momento en la pregunta que se le plantea a Jesús, porque creo que esta tiene miga, creo que es de suma importancia; es más, creo que cualquiera de nosotros nos la hemos hecho en alguna ocasión: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” Me voy a tomar la libertad de transformarla un poquito: ¿Qué tengo que hacer para alcanzar la verdadera y plena felicidad? Si, porque la vida eterna no es únicamente algo futuro, la vida eterna hemos de comenzar a construirla aquí. Y la vida eterna no es otra cosa que la felicidad plena y verdadera de poder vivir en la presencia de Dios por toda la eternidad.

Yo siempre diferencio entre felicidad y alegría. Uno puede no estar alegre y ser feliz. Es imposible estar las 24 horas del día dando saltos de alegría. Pero si es posible alcanzar la felicidad y permanecer en ella. La felicidad consiste en una realización plena del ser; y es un proceso y una decisión consciente. Así es, uno elige ser feliz, elige no desmoronarse ante los acontecimientos, uno elige superarse ante las adversidades, uno elige aceptar frente a la resignación, uno elige dar y darse frente a la actitud egoísta del todo para mí. Como cristianos cuanto más nos dejemos transformar por el Espíritu, dejándolo que nos modele según el modelo de Jesús, más cerca estaremos de la felicidad.

Sí, a nivel mental lo tenemos claro, como lo tenía el maestro de la Ley. Para alcanzar la vida eterna únicamente tenemos que amar a Dios y al prójimo. Pero desde el corazón y desde nuestros actos no lo tenemos tan claro: ¿Quién es mi prójimo? Porque es imposible amar a Dios si no amamos a nuestro prójimo (Cf Sant 2,18).

Lejos de perderse en teorías, como haríamos muchos de nosotros, Jesús nos ofrece un relato, para dejarnos claro quién es nuestro prójimo y cómo tenemos que comportarnos con él.

Solo quiero detenerme por un instante en algunas cuestiones de la parábola, no voy a comentarla, creo que existen muy buenos comentarios sobre ella y allí te remito.

Pero quiero que caigas en la cuenta de que, el sacerdote y el levita no hacen otra cosa mas que cumplir con la Ley establecida para Israel en el libro del Levítico (Lv 21,1). Ellos no querían caer en impureza que les impidiera poder acercarse a celebrar la “liturgia” en el Templo. Jesús va más allá de la Ley; está dispuesto a quebrantarla si lo que está en juego es al amor al prójimo.

Y dos cuestiones más acerca de la parábola.

El samaritano se compadece. No quiere decir que sienta pena, que es el sentido que muchas veces damos a dicha palabra. El verbo compadecerse es un verbo de actividad. Lo que hace el samaritano es hacerse cargo de la situación en la que se encuentra el asaltado, compartirla y actuar en consecuencia.

¿Quién ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? El que practico la misericordia. Otra palabra que muchas veces la utilizamos de manera poco adecuada. Misericordia: sentir en mi corazón las miserias del otro. Cuando yo verdaderamente siento en mi corazón las miserias de mi hermano, entonces no puedo hacer otra cosa, si no intentar que salga de esa situación.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Pregúntate a ti mismo y responde en la presencia de Jesús a esta cuestión: ¿Qué puedo hacer para alcanzar la felicidad?

• ¿Dejas actuar al Espíritu Santo en ti para que poco a poco vaya transformándote en un mejor ser humano, en un mejor cristiano?

• Alcanzar la felicidad pasa por amar, amar a Dios y amar al prójimo. ¿Qué acciones vas a comenzar a poner en marcha para acrecentar ese amor?

VIDA – ORACIÓN

• Bendice y alaba al Padre por el gran regalo de su amor y por estar constantemente ofreciéndonos la felicidad.

• Da gracias a Jesús por poner a nuestro alcance los medios necesarios para lograr la felicidad.

• Pide al Espíritu Santo que te ayude a hacerte consciente de la situación de necesidad de las personas que te rodean, compartir su miseria y actuar en consecuencia.

“Dales tú de comer” LECTIO DIVINA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO – CICLO C (Lc 9,11b-17)

VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo, Jesús hablaba a la gente del Reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado”. Él les contestó: “Dadles vosotros de comer”. Ellos replicaron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente”. Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: “Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno”. Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que le había sobrado: doce cestos llenos de las sobras.

El texto evangélico, con el que hoy se nos invita a orar, hemos de enmarcarlo, como siempre hacemos en nuestra Lectio, dentro de un contexto más amplio. El capítulo 9 del evangelio de Lucas, comienza con el envío de los Doce “anunciando la Buena Nueva y haciendo curaciones por todas partes” (cf. Lc 9,1-6); a continuación, vemos como el virrey Herodes está sorprendido de todo lo que se cuenta acerca de Jesús, pues piensa que es Juan Bautista resucitado, a quien él cortó la cabeza (cf. Lc 9,7-9). Entonces los discípulos regresan de la misión y comienzan a contarle a Jesús todo lo que habían hecho, éste les invita a retirarse juntos a un lugar tranquilo, en dirección a un pueblo llamado Betsaida. La gente al saberlo lo siguió. Aquí es donde arranca nuestro relato.

El texto nos narra uno de los signos realizados por Jesús, el conocido como la multiplicación de los panes y los peces.

A mi parecer, es interesante relacionar este texto con el Antiguo Testamento. Pues los judíos del tiempo de Jesús esperaban impacientes la llegada del Mesías; un Mesías que tenía, por así decir, su modelo en Moisés, el gran liberador del Pueblo de Israel; por lo que dicho Mesías, de alguna manera debía realizar los prodigios que se le atribuían a Moisés: conducir a su pueblo y alimentarlo; de la misma manera que él lo hizo en el desierto.

Sin embargo, nos encontramos dentro de un contexto histórico mucho más amplio: la comunidad de Lucas. Ésta hemos de constatar que no es predominantemente de cultura judía, es una comunidad más bien de origen griego, en la que se comienza a celebrar la eucaristía. Su objetivo, no es tanto la justificación del mesianismo de Jesús, como el de afianzar a su comunidad en la fe en la eucaristía y el significado que para ellos debería tener. Aunque eso no quiere decir que Lucas no enraíce su relato en la tradición de los grandes personajes del Pueblo de Israel.

El relato nos pone en situación con respecto al hecho que posteriormente nos va a contar. La muchedumbre ha venido a escuchar a Jesús y ser curada por él y comienza a anochecer. Están en despoblado. Habría que proveerles de alimento y, bueno, si fuera posible de alojamiento. La única solución, a simple vista, es enviarlos a las aldeas vecinas para, para al menos, tomar algo y recuperar fuerzas, para que puedan continuar camino hacia sus casas.

Jesús, lejos de amedrentarse, les dice a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”. Me imagino la reacción de estos. ¿Cómo? ¿Pero el Maestro está en su sano juicio? ¿Cómo vamos a dar nosotros de comer a tal cantidad de gente con los medios que tenemos? Imposible. Solo tenemos cinco panes y dos peces. La primera reacción de los discípulos es “echar balones fuera”. Que sean otros los que solucionen el problema. La solución del problema está fuera. Pero no. Eso no es cierto. Y no es cierto nunca. La solución está dentro de nosotros mismos y dentro de la comunidad. Lo único que tenemos que hacer es ser conscientes de nuestros recursos, de nuestras fortalezas, de nuestro potencial y ponernos manos a la obra. El resto lo hará Jesús. Como diría San Ignacio de Loyola: Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios. Pero actúa.

Jesús hace que se sienten en grupos de cincuenta personas. Entonces, Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y los dio a sus discípulos para que los distribuyeran. ¿A qué te suena, querido lector? A ti no sé, pero a mí inmediatamente me evoca la eucaristía.

Dejando un poco a parte el milagro, que en ningún momento me atrevería a negar. Lucas le está diciendo a su comunidad y nos dice a nosotros hoy, que la Eucaristía es compartir. La eucaristía nos tiene que llevar a estar atentos a las necesidades de nuestro prójimo, intentar salir al paso de las carencias, de las penurias, de la miseria, de los problemas de todos aquellos con los que nos encontramos a diario. Y no con grandes medios o impresionantes acciones; con nuestra propia pobreza, con lo poquito que podemos tener, pero que estamos dispuestos a aportar y a entregar para que Jesús lo transforme en abundante. Una abundancia tal, que es capaz de saciar a una muchedumbre y llenar doce canastos de sobra.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?

• ¿Cómo acoges el don de la vida plena que Jesús te ofrece en cada eucaristía?

• ¿Al asimilar el cuerpo y la sangre de Jesucristo eres consciente de que poco a poco se tiene que producir en tu vida un cambio radical?

• En la celebración eucarística, te alimentas de la doble mesa de la Palabra y la Eucaristía, ¿Eres consciente de ello? ¿Son ambos importantes para ti? ¿Cómo vives estos momentos?

• También a ti, Jesús te dice: “Dales tú de comer” ¿Cómo acoges esa invitación? ¿Estás dispuesto a poner en marcha todos los recursos a tu alcance para salir al frente de las necesidades de los que te rodean?

VIDA – ORACIÓN

Te doy gracias, Maestro y verdad, por haberte dignado venir a mí, ignorante y débil.

En unión con María te ofrezco al Padre: contigo, por ti y en ti, sea por siempre la alabanza, la acción de gracias y la súplica por la paz de los hombres.

Ilumina mi mente, hazme discípulo fiel de la Iglesia; que viva de fe; que comprenda tu palabra; que sea un auténtico apóstol. 

Haz, Maestro divino, que la luz de tu Evangelio llegue hasta los últimos confines del mundo.

(Beato Santiago Alberione)

El Espíritu Santo nos guiará hacia la plenitud – Lectio Divina de la Solemnidad de la Santísima Trinidad (Jn 16, 12-15)

VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuanta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de los mío y os lo anunciará.

No me corresponde a mí, ni creo que sea el objetivo último de la Lectio Divina, explicar el Misterio de la Santísima Trinidad. Es algo que dejamos a los teólogos especializados en dogmática. Nuestro objetivo sí que es, acercar la Palabra de Dios a toda aquella persona que quiera escucharla. De ahí, la importancia de enmarcar bien los textos, intentando desentrañar el significado que podrían tener los mismos en la época en que se escribieron; y, además, intentar actualizarlos a nuestro hoy actual. Y eso es lo que vamos a intentar realizar, con el texto que la liturgia nos regala para celebrar la solemnidad de la Santísima Trinidad.

Primeramente, creo que es importante que enmarquemos un poco el texto dentro de un contexto más amplio. El texto evangélico de hoy se encuentra dentro del llamado discurso de despedida de Jesús. El cual es pronunciado en la última cena. Todo ello forma parte de una gran sección llamada el libro de la revelación (13, 1—17, 26).

Nos encontramos, pues, en un ambiente de intimidad: la última cena. En ella, Jesús pronuncia ese largo discurso, que hemos denominado antes libro de la revelación. Jesús quiere mostrar a sus discípulos lo más íntimo de su ser; es decir, el sentido del seguimiento a su persona y el pilar en el que está asentada la nueva comunidad: el amor.

La misión de llevar el amor de Dios a toda la humanidad no estará exenta de dificultades, pero estando unidos a Jesús, todo será más fácil, el Espíritu de la Verdad irá acompañando a la comunidad guiándola hasta la verdad plena.

Jesús ha ido transmitiendo a sus discípulos lo que el Padre le ha comunicado desde toda la eternidad. Sin embargo, los discípulos no pueden llegar a entender el alcance de este mensaje en su totalidad, ni en toda su riqueza. Nosotros si lo sabemos, pero cuando Jesús pronunció estas palabras, sus discípulos no sabían que iba a morir, ni comprendían el alcance que podría tener la pasión, muerte y resurrección del Maestro, tampoco nosotros llegamos a comprenderlo plenamente. Hacia esa comprensión más o menos plena les guiará el Espíritu y nos guiará a nosotros. Éste será quien ayude a “entender” y a poner en práctica las palabras de Jesús.

A la luz de la resurrección, con la ayuda del Espíritu Santo, la comunidad, los cristianos de todos los tiempos, podrán y podremos vislumbrar de manera más clara el verdadero sentido y el verdadero significado de las palabras y de la vida de Jesús.

Tener los ojos abiertos y los oídos atentos a los acontecimientos cotidianos, así como estar abiertos a la voz del Espíritu nos puede ayudar a encontrar el verdadero sentido de todo aquello que está por venir y que está ocurriendo a nuestro alrededor.

El Espíritu Santo glorificará a Jesús; es decir, pondrá en evidencia el amor que Jesús manifestó durante toda su vida y que le llevó a asumir su muerte y a experimentar la resurrección. Porque la esencia de Dios no es otra, sino el amor; al igual que el verdadero ser del hombre no es otro sino el amor. El Espíritu Santo será, por consiguiente, quien nos comunique en plenitud el amor de Dios manifestado en la entrega incondicional de Jesús.

Estando unidos al Espíritu Santo, encontrándonos en sintonía con Él, podremos lograr nuestra propia transformación personal, nuestro verdadero desarrollo y crecimiento, llegar a ser verdaderos seres humanos, en toda nuestra plenitud. Y para llegar a ser plenamente humanos, el modelo no es otro si no Jesús de Nazaret. El Espíritu nos irá transformando para llevarnos a la plenitud de Jesús, que es la plenitud del ser humano.

Todo lo que tiene el Padre es de Jesús. Pero lo más importante y lo más vital que poseen es el amor. Precisamente desde el dinamismo del amor se realiza esa unión entre las tres personas de la Santísima Trinidad que hacen que a la vez sen sólo uno.

No intentemos resolver este misterio como si se tratase de un problema matemático, va a ser imposible que lleguemos a comprenderlo. Intentemos, sin embargo, vivirlo desde el amor. Intentemos vivir en comunión con cada una de las personas de la Santísima Trinidad. Intentemos relacionarnos entre nosotros, aunque cada uno seamos únicos e irrepetibles, desde el amor, la comunicación, el respeto, el dialogo… Y tal vez, en algún momento, lleguemos a percibir y experimentar el verdadero sentido de la Santísima Trinidad.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?

• ¿Cómo es tu vivencia de la Trinidad, aunque no llegues a comprender este misterio?

• ¿Acoges con todo tu ser el amor que Dios te ofrece y te regala incondicionalmente?

• ¿Qué acciones podrías emprender para mostrar el amor de Dios en tu propio ambiente?

• ¿De qué manera puedes intentar estar más abierto a los acontecimientos que ocurren a tu alrededor y a la voz del Espíritu?

VIDA – ORACIÓN

Divina Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo,

presente y operante en la Iglesia y en lo más profundo de mi ser;

yo te adoro, te doy gracias y te amo.

Por medio de María, Reina de los Apóstoles,

me ofrezco entrego y consagro totalmente a ti

por toda la vida y para la eternidad.

A ti Padre del cielo, me ofrezco, entrego y consagro como hijo.

A ti, Jesús Maestro, me ofrezco, entrego y consagro como hermano y discípulo.

A ti Espíritu Santo, me ofrezco entrego y consagro como “templo vivo”,

para ser consagrado y santificado.

María, madre de la Iglesia y madre mía,

tú que vives en intimidad con la Trinidad Santísima,

enséñame a vivir, por medio de la liturgia y los sacramentos,

en comunión cada vez más profunda con las tres divinas Personas,

para que toda mi vida sea un “Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo”. Amén. (Beato Santiago Alberione).

¿Cómo vivimos? ¡Vivamos la vida en plenitud! Lectio Divina Solemnidad de Pentecostes – Ciclo C (Jn 20,19-23)

VERDAD – LECTURA

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se pudo en medio de ellos y les dijo:

“Paz a vosotros”.

Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

“Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”

Vivimos inmersos en la vorágine de la inmediatez, la rapidez, la urgencia, la prontitud, la prisa…

Somos incapaces de pararnos, aunque sea un instante, para admirar la belleza del mundo que nos rodea, para contemplar la maravillas que afloran de los acontecimientos que están sucediéndose a nuestro alrededor, para disfrutar de una conversación tranquila compartiendo con esa persona que ilusionada nos cuenta como está viviendo en su mundo… ¡Hemos perdido la perspectiva! Los siento mucho, querid@ lector@, pero así es.

Acumulamos datos, informes, cifras, referencias, documentos… Pero estamos muy lejos de vivir experiencias.

Creemos conocernos, pero en realidad somos auténticos desconocidos; incluso nosotros para nosotros mismos.

Creemos dominar el mundo, pero en realidad es el mundo quien nos domina a nosotros.

Y, posiblemente, me dirás: “¡Qué narices tiene esto que ver con la lectura de hoy!”

Pues he de decirte que mucho. Aunque es posible que a primera vista no te lo parezca. Permíteme que te invite, en primer lugar, a dejar de mirar, para comenzar a ver; y posteriormente a contemplar. Sí porque únicamente desde la contemplación podrás llegar a entender de una manera satisfactoria la lectura del evangelio que hoy nos propone la liturgia. O mejor, discúlpame, lo que esa lectura ha hecho florecer en mi corazón.

Tengo que decirte que, al leer y releer este trozo del evangelio de Juan, me di cuenta de que yo estaba un poco como los discípulos: encerrado en la oscuridad de mi casa, con mis miedos.

Sí. Haciendo muchas cosas, por supuesto; yendo de un lado para otro, pero sin un rumbo concreto; cruzándome con una persona y otra, pero sin encontrarme con ellas. Encerrado en mi propia casa con las puertas cerradas, e inmerso en mis miedos.

Entonces, el primer día de la semana aparece Jesús: “Paz a vosotros”.  Porque eso, la paz, es lo que viene a ofrecer, a entregar, a regalar Jesús a sus discípulos. Y en esos discípulos entramos tú y yo.

Así es, Jesús se hace presente en medio de nuestra andadura por la vida, de nuestras circunstancias, de los acontecimientos que nos suceden… para decirnos: “quiero que vivas en paz”, “quiero que en tu vida pueda volver a reinar la esperanza”, “quiero que toda ella rebose de amor”. En definitiva, quiero que vivas la vida de verdad, en plenitud. Y todo eso quiere que lo vivamos con los demás, con las personas que nos rodean, con nuestra familia, nuestros amigos, etc. Quiere que lo vivamos en comunidad.

Les muestra las manos y el costado. Las huellas de la pasión de Jesús, con la resurrección, no se han borrado.  Las dificultades, los obstáculos, los inconvenientes de nuestra vida, a pesar de que la vivamos en plenitud gracias a la Resurrección de Jesús, no desaparecen ni desaparecerán; pero, seremos capaces de vivir todo ello de manera diversa, viviremos desde una perspectiva distinta.

Esta nueva perspectiva, traerá una nueva dimensión a nuestra vida: la alegría. No podemos, si verdaderamente somos seguidores de Jesús Resucitado, seguir viviendo en la oscuridad, en el miedo. A partir de ahora, porque hemos hecho experiencia de Jesús hemos de vivir desde la alegría.

Desde esta situación novedosa, Jesús nos envía a la misión, nos invita a ser sus testigos. Y para ello necesitamos la fuerza del Espíritu Santo.

Entonces, Jesús, lo mismo que Yahveh en la creación del ser humano, les insufló, y nos insufla a nosotros, el hálito de la vida, para que seamos seres nuevos, para que seamos de verdad hombres y mujeres que viven en plenitud.

Y es ahora, cuando estamos preparados para anunciar la Buena Nueva a todas las personas y por todos los confines de la tierra.

Además, Jesús da a los discípulos la potestad de perdonar los pecados. Aquí entiendo por pecado, todo aquel mal que nos impide que podamos tener una relación plena con Dios, todo mal que no nos permite mantenernos en la plena comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Sabiendo que estar en plena comunión con Dios, pasa primero por estar en plena comunión con uno mismo y con el hermano.

La comunidad tiene el poder de reconciliar y de superar las barreras que impiden esa plena comunión con Dios, con uno mismo y con el hermano. La comunidad de los discípulos de Jesús tiene el poder de ayudarnos a vivir la vida en plenitud.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • Haz un repaso de tu vida: ¿cómo la estás viviendo? ¿Cuáles son tus miedos?
  • ¿Cuál es tu experiencia de Jesús resucitado?
  • Les insufló el Espíritu Santo. ¿Qué sentimientos despierta este hecho en ti? ¿Cómo es tu relación con la Tercera Persona de la Santísima Trinidad? ¿Dejas que él trabaje en tu vida?
  • Después de lo leído aquí y de reflexionar: ¿Qué significado tiene para ti la expresión, paz a vosotros?
  • Teniendo en cuenta, que hemos dicho, que la paz es vivir la vida en plenitud ¿De qué forma puedes incrementar la paz en ti mismo y a tu alrededor?
  • Jesús, te envía a la misión. ¿Estás dispuesto a emprenderla y dejarte modelar por el Espíritu para llevarla a cabo?

VIDA – ORACIÓN

  • Da gracias a Dios por el don del Espíritu Santo.
  • Pide a Jesús que insufle en ti su Espíritu Santo.

“Ama y guarda mi Palabra” Lectio Divina Domingo VI del Tiempo de Pascua – Ciclo C (Jn 14,23-29)

VERDAD – LECTURA

         En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “El que me ama guardará mi palabra, mi Padre lo amará y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él. El que no me ama no guarda mi palabra; y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando con vosotros; pero el defensor, el Espíritu Santo, el que el Padre enviará en mi nombre, él os lo enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No estéis angustiados ni tengáis miedo. Ya sabéis lo que os he dicho: Me voy, pero volveré a estar con vosotros. Si me amáis, os alegraréis de que me vaya al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.

         Jesús habita entre nosotros, Jesús vive en nuestra vida, está presente en nuestro día a día. El Dios cristiano, no es un Dios lejano, apartado de la vida de los seres humanos. Está presente por amor y en el amor que nos profesamos los unos a los otros.

         Dios siempre da el primer paso. Dios nos amó primero y nos ama incondicionalmente. Nosotros tenemos que vivir y mostrar el amor de Dios hacia nosotros, en nuestro amor a los hermanos. Amar al estilo de Jesús es acoger y poner en práctica su Palabra. Amar al estilo de Jesús es acoger al hermano y compartir con él todas sus vicisitudes: alegrías y sufrimientos, fracasos y logros, muerte y vida. Es estar dispuesto a acompañarlo en todos los acontecimientos diarios, ponerse a su servicio, entregarse a él incondicionalmente.

         Nos consiste únicamente en seguir una serie de normas y doctrinas, es necesario que en nuestra vida esté presente el amor. Desde el amor se es fiel a la palabra. Quien no ama a Jesús en el hermano, puede cumplir a la perfección una serie de normas y preceptos, pero no está guardando la palabra de Jesús, no le ama verdaderamente. Y la palabra de Jesús, no es suya, es la palabra del Padre, aquel que continuamente, está amando y donándose al hombre.

         El Espíritu Santo, nos da consuelo, fortaleza, ánimo, comprensión, nos impulsa a amar. Nos hace recordar la palabra de Jesús y llevarla a la práctica, nos modela según el modelo Jesús de Nazaret, nosotros únicamente debemos acoger y dejarnos hacer, para poder estar al servicio del hermano. Él nos ayudará a vivir en paz y a entregar paz. Una paz que nos es tranquilidad, ausencia de problema, falta de dificultades, enfermedades o tropiezos, es armonía, sosiego, esperanza, calma, confianza. Es serenidad de corazón y valentía.

         Jesús vuelve al Padre, a su lugar original, al lugar en el que estaba desde antes de la creación del mundo, el lugar de su plenitud y de su gloria. Por eso tenemos que alegrarnos, porque a pesar de que ya no le veamos de manera física, el continúa y continuará estando entre nosotros. El no verlo puede producir en nosotros, tristeza, pero su presencia está entre nosotros. Él sigue vivo, él está presente en nuestra vida y nos acompaña; sale cada día a nuestro encuentro, no estamos solos. Hemos de sentir su presencia, de una manera distinta a si estuviera presente físicamente, pero no por ello menos vital. Es importante, tener esto presente, sobre todo en los momentos de dificultad, de problemas, de tropiezos, para que nuestra fe no decaiga. Que no se turbe nuestro corazón. Jesús no se ha ido para siempre. Para siempre, está presente entre nosotros.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Dios está siempre presente en nuestras vidas. ¿Sientes su presencia? ¿De qué manera? ¿Cómo experimentas la presencia de Jesús en tu día a día?
  • Para guardar la palabra de Jesús, primeramente, es necesario escucharla y después ponerla por obra amando a los hermanos. ¿Existen espacios en tu vida cotidiana para escuchar la Palabra de Dios? ¿De qué manera, con qué acciones concretas tratas de llevar a la práctica la Palabra de Jesús?
  • Guardar y cumplir la palabra de Jesús es amar al hermano. ¿Cómo resuena esto en tu corazón? ¿Cómo muestras tu amor hacia los demás? Trata de ser lo más concreto posible.
  • ¿Intentas vivir la paz que Jesús te regala cada día? ¿De qué manera? ¿Qué significado tiene en tu vida la palabra paz en el sentido que hemos expuesto en nuestra lectura?
  • El Espíritu Santo nos lo enseña todo y nos recuerda todo. ¿Cómo es la presencia del Espíritu en tu vida? ¿Lo invocas con frecuencia? ¿Lo tienes presente?

VIDA – ORACIÓN

Salmo 36,23s-24.34.

El Señor asegura los pasos del hombre

cuyo camino es de su agrado;

aunque tropiece, no caerá por tierra,

pues el Señor le lleva de la mano.

Confía en el Señor y sigue su camino; él te ensalzará y te hará heredar la tierra.

“Amaos unos a otros como yo os he amado” Lectio Divina Domingo V del Tiempo de Pascua – Ciclo C (Jn 13,31-35)

VERDAD – LECTURA

         Tan pronto como Judas salió, Jesús dijo: “Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre y Dios en él. Si Dios ha sido glorificado en él, Dios lo glorificará a él y lo glorificará enseguida. Hijos mío, voy a estar ya muy poco con vosotros. Me buscaréis, pero os digo lo mismo que dije a los judíos: Adonde yo voy no podéis ir vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que os améis como yo os he amado, así también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros”.

         Hoy, nos encontramos con las palabras de despedida dirigidas por Jesús a sus discípulos antes de su pasión, muerte y resurrección. Nos situamos, después que Judás se marche para consumar su traición; es de noche. El sentido de la noche en el evangelio de Juan tiene dos significados, por un lado, es el momento cumbre de la relación esponsal, incluso de encuentro intimo entre Dios y el hombre; por otro lado, es el momento de mayor oscuridad, donde nos invade el miedo, el peligro, la confusión…; es, además, el momento más adecuado para tramar cualquier tipo de acción no lícita, sin ser visto o descubierto. Este momento, también, es en el que Jesús sufrirá su pasión y su muerte. Será el momento en el que Jesús se separa de nosotros, o más bien, nosotros nos separamos de Jesús; el momento en el que no contamos con su presencia y con su luz. Aunque todo nos parezca que pueda estar en penumbra, si estamos unidos a Jesús las tinieblas no significan nada, no tienen ningún poder; a pesar de la oscuridad nosotros podemos ver perfectamente.

         El discurso que estamos considerando hoy en nuestra oración, comienza con las palabras: “Ahora ha sido glorificado el hijo del hombre y Dios en él.” Ese ahora no se refiere al instante preciso en el que Jesús pronuncia esas palabras. El momento al que se está refiriendo es el instante de su muerte en la cruz. Entonces, Jesús será glorificado, porque en ese momento se manifiesta la gran bondad, el amor y la misericordia de Dios. En ese momento se manifestará la gloria del Padre y, por tanto, la gloria de Jesús. Una gloria que consiste en amar al ser humano, hasta entregar por él la vida, para salvarlo del pecado y de la muerte.

         “Adonde yo voy no podéis ir vosotros”. La cruz no podemos asumirla nosotros, al menos no sin Jesús. Es Jesús quien asume todas nuestras miserias, nuestros problemas, nuestras dificultades… Para transformarlas en salvación. Lo cual no implica que nosotros no hagamos nada. La clave nos la da Jesús en los siguientes versículos: “Amaos como yo os he amado”.

         Jesús comienza a dirigirse a sus discípulos con ternura, con cariño, les dice “Hijos míos”. Y en principio, le pone delante la cruda realidad que vivirá con su pasión y muerte: “Voy a estar ya muy poco con vosotros. Me buscaréis, pero adonde yo voy no podéis venir vosotros.”

         Y les deja como testamento, nos deja como legado el mandamiento nuevo, el que tiene que ser nuestro nuevo estilo de vida. Puesto que yo os he amado, también vosotros tenéis que amaros. Es el único mandamiento que Jesús nos ha dejado: amarnos unos a otros, sin distinción, sin hacer acepción de personas, sin juzgar, sin condiciones. Saber ponernos en la piel de nuestros hermanos no sólo para comprenderlo, sino para acogerlo, acompañarlo y amarlo. En eso conocerán que somos discípulos de Jesús.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Qué significa para ti que Jesús es la luz de tu vida?
  • Nosotros no podemos asumir la cruz de Jesús, pero sí podemos amar a los otros como él nos amó. ¿Qué significa esto para ti?
  • ¿Sabes reconocer a Jesús en la persona del hermano?
  • El amar a los hermanos es consecuencia del amor de Jesús hacia nosotros, ¿eres consciente de ello? ¿Cómo intentas vivir esto en tu día a día?

VIDA – ORACIÓN

Gracias, Padre, por la entrega de tu Hijo para nuestra salvación. Ayúdame a ofrecer mi vida para acoger, acompañar y amar a mis hermanos, sobre todo en los momentos de mayor dificultad. Dame un corazón de carne, que sepa conmoverse ante el dolor del hermano, que sepa compartir sus penas y alegrías. Que muestre a mis hermanos la grandeza de tu cercanía y tu amor. Amén.

“Tú eres una de las ovejas de Jesús” Lectio Divina Domingo IV del Tiempo de Pascua (Jn 10,27-30)

VERDAD – LECTURA

         En aquel tiempo, dijo Jesús: “Mis ovejas escuchan mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen; yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; no me las arrebatará nadie de mis manos. Mi Padre, que me las ha dado, es más que todos; y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre. Yo y el Padre somos uno”.

         La liturgia de este IV domingo de Pascua, nos ofrece una parte del discurso de Jesús, durante la fiesta de la dedicación del Templo de Jerusalén. En esta fiesta, se conmemoraba la consagración del Templo, por parte de Judas el Macabeo, después de la profanación realizada por los sirios, en el año 164 a.c.

         Nos muestra la estrecha relación existente entre Jesús, el Pastor, y sus discípulos, las ovejas.

         Si vamos un poco hacia atrás, en este mismo capítulo 10 (Jn 10,22-26), para situar el texto que nos ocupa, nos encontramos con que los judíos, le han pedido a Jesús que les diga claramente si él es el Mesías o no. La respuesta de Jesús es clara: él ya lo ha dicho, pero ellos no le han creído, ni siquiera por las obras que ha realizado y que claramente lo demuestran. Por eso, ellos no pueden mantener una relación con Jesús, como la que mantiene el pastor con sus ovejas. El cual, las cuida, las acompaña, las defiende, le suministra alimento… El pastor conoce a todas y cada una de sus ovejas, las llama por su nombre, sabe de sus habilidades, su carácter, su esencia, sus problemas, dificultades y defectos. Y las ovejas oyen la voz del pastor y le siguen. Lo mismo hace Jesús con su Iglesia y ella sigue la voz de Jesús. Existe un estrecho vínculo entre el pastor y sus ovejas, entre Jesús y su Iglesia, entre Jesús y cada uno de los cristianos. Vinculo que nadie puede romper.

         Las ovejas de Jesús escuchan atentamente su voz, es decir, escuchan su Palabra, pero no sólo eso; sino que, además, la ponen en práctica, puesto que le siguen.

         Las ovejas son de Jesús, le conocen. Conocer en el lenguaje bíblico significa experimentar vitalmente. Por eso, las ovejas de Jesús comparten con él la vida, tienen con él una relación personal y entrañable, entran en comunión con él. Y ya, aquí y ahora, disfrutan de la vida eterna, aunque esa vida en plenitud llegará en el último día.

         Las ovejas han de estar muy atentas a la voz de Jesús, el Pastor, para no desviarse del camino. Para seguir la senda correcta que conduce a la vida eterna.

         Jesús defiende a sus ovejas, las protege, las cuida. Las ovejas de Jesús no perecerán jamás y nadie puede arrebatárselas, pues es el Padre quien se las ha dado. Sus ovejas pueden sufrir ataques, pueden ser perseguidas, pueden andar entre peligros; pero, nadie podrá arrebatarlas de las manos de Jesús que las defiende. Estando con Jesús las ovejas no deben tener ningún temor. El Pastor es capaz de dar, incluso, la vida por salvar a sus ovejas.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Las ovejas de Jesús escuchan su voz, están atentas a lo que él les dice. No es un simple oír, es escuchar de manera activa. Implica acoger la palabra de Jesús, dejarse transformar por ella y ponerla en práctica. ¿Dedicas tiempo en tu vida diaria a escuchar la Palabra de Dios? ¿Te dejas transformar por ella? ¿Intentas ponerla en práctica?
  • ¿Procuras entrar en una relación íntima con Jesús cada día? ¿Te dejas guiar por la voz de Jesús?
  • ¿Intentas cada día seguir las huellas de Jesús o, por el contrario, encaminas tus pasos detrás de otras voces?
  • ¿Te abandonas en las manos de Jesús en los momentos de dificultad, con la seguridad de que Él nunca te deja solo?
  • ¿Cómo experimentas la presencia de Jesús en tu vida cotidiana?

VIDA – ORACIÓN

Siente como Jesús te acoge junto a sí en este momento de oración. Está aquí y ahora contigo: te cuida, te protege, te habla… Escúchalo y responde a su Palabra y a su amor con este salmo.

Salmo 23

El Señor es mi pastor; nada me falta.

En verdes praderas me hace reposar,
me conduce hacia las aguas del remanso

y conforta mi alma;
me guiá por los senderos de justicia, por amor a su nombre;

aunque vaya por un valle tenebroso,

no tengo miedo a nada, porque tú estás conmigo,

tu voz y tu cayado me sostienen.

Me preparas una mesa ante mis enemigos,

perfumas con un ungüento mi cabeza

y me llenas la copa a rebosar.


Lealtad y dicha me acompañan

todos los días de mi vida; habitaré en la casa del Señor por siempre jamás.