Ahora empieza la Navidad. Lectio Divina del Domingo del Bautismo del Señor. Tiempo de Navidad – Ciclo B

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Mc 1,7-11

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor y con ella, la Iglesia, pone fin al tiempo de Navidad. El bautismo marca un antes y un después en la vida de toda persona y también en la de Jesús.

Y, como ocurre en cualquiera de nuestras familias, su bautismo es anunciado; pero no por su familia, sino por un precursor excepcional: Juan, el Bautista, que no se cansa de gritar en el “desierto” y proclamaba: «detrás de mi viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la corre de sus sandalias».

A todos nos cuesta “agacharnos”, pero en la sociedad judía, era una práctica muy habitual entre los “siervos”; ellos tenían que descalzar a sus “señores” cuando llegaban de la calle. Juan se sabía tan pequeño ante Jesús, que no se sentía digno de desatarle ni la correa de su sandalia. Pero, además, nos cuenta algo novedoso, no conocido por los judíos hasta aquel momento. Y además, no entendible. Juan les dice: «Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo».

¿Cómo puede ser eso? Seguro que esta pregunta rondaban por la mente de quien lo escuchaba, como rondaría por la nuestra. Sólo conocían el bautismo de Juan y ese era con agua, un bautismo de conversión. Sin embargo, “el que vendrá”, nos bautizará «con Espíritu Santo» y el Espíritu es fuego que abrasa, que purifica. Por tanto, mientras que el bautismo de Juan es de conversión, el de Jesús es de purificación; no sólo se trata de que el hombre reconozca sus miserias, se arrepienta, sino que lo  deja limpio, lo devuelve al estado original, como Dios lo creó en un principio.

Otra pregunta que se harían los judíos sería: ¿de quién habla, a quién se refiere Juan, quién es ese que nos bautizará con Espíritu Santo? El evangelista nos lo cuenta: Jesús, el de Nazaret de Galilea que llegó «por aquellos días y fue bautizado por Juan en el Jordán». Muchos eran bautizados por Juan pero no con todos sucedía aquello que vieron en el cielo cuando salió Jesús del agua. Se rasgaron los cielos y el Espíritu bajó, hacia Él, en forma de paloma, mientras «se oyó una voz desde los cielos: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”». Aquello fue una imagen insólita, nunca vista por los judíos que estaban alrededor de Juan, por los ya bautizados, y por aquellos que esperaban su momento para ser bautizados. Dios, en su Trinidad se hace presente. Es la Teofanía, la manifestación de Dios a todos los presentes. Una “segunda Epifanía”. Jesús, se manifestó en el pesebre como Hombre, como Rey de reyes. Ahora, se manifiesta como Dios. En Él lo humano y lo divino están unidos.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?
  • ¿Cómo has vivido esta Navidad?
  • ¿Has celebrado que es Dios mismo quien se ha hecho hombre o te has centrado sólo en pensar que, como consecuencia de la pandemia, no podías celebrar estas fiestas con tus seres queridos?
  • Termina el tiempo de Navidad con el bautismo de Jesús. Pero Dios se sigue encarnando en cada hombre que quiere recibirlo. ¿Te has parado a pensarlo?
  • ¿Sabes que Dios se encarna en ti cuando tú quieres vivir con Él?
  • ¿Puedes decir que la Navidad se ha terminado o debes decir que es ahora cuando tú tienes que ser Navidad para los demás?
  • ¿Recuerdas el día de tu bautismo?
  • La mayoría fuimos bautizados siendo muy pequeños. ¿Sabemos qué día nos bautizaron?, ¿celebramos nuestro bautismo?

VIDA – ORACIÓN

Gracias, Señor, por haberte encarnado y hacerlo en la humildad de un pesebre. Ser rico es muy fácil. Ser pobre, a nadie nos gusta. Gracias porque nos has enseñado que te encarnas donde menos lo esperamos; gracias porque siempre nos sorprendes. Y además, desde el principio, nos has querido como el Padre nos creó. De ahí que no cesas de inventarte una y mil cosas por devolvernos al estado primero, por salvarnos, por tu bautismo de fuego, de purificación. Ahora nos toca a nosotros ser manifestación de lo que Tú has venido a enseñarnos. Gracias, Señor, porque ahora comienza nuestra navidad. Es ahora cuando nos toca gritar al mundo, proclamar en el “desierto” que Dios nos ama, que está enamorado de nosotros y nos brinda millones de oportunidades para que volvamos a Él.

LECTIO DIVINA DE LA PRIMERA LECTURA – FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO B)

VERDAD – LECTURA

Isaías 42,1-4.6-7

Esto dije el Señor: “Aquí está mi siervo a quien protejo; mi elegido, en quien mi alma se complace. He puesto en él mi espíritu, para que traiga la justicia a las naciones. No gritará, no alzará el tono, no hará oír por las calles su voz. No romperá la caña cascada, ni apagará la mecha humeante. Traerá con toda seguridad la justicia. No desistirá, no desmayará hasta que implante en la tierra la justicia. En su ley esperan las islas.

Yo el Señor, te he llamado para la justicia, te he tomado de la mano y te he formado, te he puesto como alianza del pueblo y luz de las naciones, para abrir los ojos a los ciegos, para sacar a los presos de la cárcel, del calabozo a los que viven en tinieblas”.

Con este cántico, que nos ofrece hoy la liturgia, comienzan los llamados cuatro cánticos del siervo de Yahveh (Is 42,1-9; 49.1-6; 50,4-11; 52,13-53,12). En el que hoy meditamos podemos encontrar la presentación y la vocación o llamada del Siervo de Yahveh. No sabemos, exactamente, quien es el personaje al cual se refiere, aquel que deberá cargar con los pecados de todo el pueblo. Esto al menos en principio. Desde una perspectiva cristiana y visto desde la figura de Jesús, sabemos perfectamente quien es el Siervo del Señor. Pero continuemos con el comentario del fragmento.

Aquí, el siervo viene presentado como un elegido divino al estilo de Moisés, David o Israel. Las funciones que Dios le confía para él son las mismas que tenía reservadas para el gran rey davídico (2Sam 3,18); y cuyo carácter mesiánico nadie se atreve a discutir.

Nos encontramos en la época del rey Ciro de Persia. Éste será quien de la libertad al pueblo judío de la cautividad y el exilio en Babilonia. Sin embargo, el nuevo rey, que vendrá, y que aquí está identificado con el Siervo, implantará la justicia definitiva. Él será quien acabe con toda forma de opresión e instaurará una nueva era de libertad para los presos, de luz para los ciegos y de claridad para los que viven en tinieblas.

A pesar de las dificultades que pueda estar pasando el pueblo de Israel, Dios por medio del profeta quiere infundirle confianza, esperanza, ilusión. Dios sigue guiando los pasos de su pueblo, Dios le sigue acompañando, Dios sigue estando a su lado. Dios  con mimo exquisito guía sus pasos. Pero deja libertad al Pueblo para dejarse encontrar por Dios o no. Si Israel también sale al encuentro de Dios, podrá disfrutar de su compañía.

Esta alianza, que Dios quiere ofrecer a su pueblo, será eterna. Basta que el pueblo abra su corazón al amor de Dios y lo acoja. Basta sentirse necesitado de Dios, abandonarse en él y acogerlo en lo más intimo de nuestro ser para que sea nuestro guía por el camino.

Ahora bien este mesías, este salvador, no vendrá de manera esplendorosa, de manera grandiosa, sino en forma humilde, sencilla; sus armas serán la paz. Y su misión será la de librarnos del mal.

Como decíamos más arriba no podemos dejar de ver, desde una perspectiva cristiana, una clara alusión a Jesús de Nazaret que será quien traiga la paz a la tierra, nos libre de todo mal y nos regale la vida eterna.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • Dios también a ti te está llamando para la misión de llevar amor, esperanza, ilusión a su pueblo, ¿cómo acoges esta llamada?
  • ¿De qué manera, en estos tiempos de incertidumbre, puedes difundir esperanza, ilusión, luz a tu alrededor?
  • ¿Sientes cómo Dios te acompaña en tu caminar diario? ¿Qué señales percibes? ¿De qué forma das testimonio de ello?
  • ¿Cuál es la imagen que tienes de Jesús? ¿Un rey majestuoso, poderoso, esplandoroso, guerrero? O por el contrario, ¿es un niño pequeño envuelto en pañales, alguien que trae la paz, que te acompaña desde la humildad y la mansedumbre?

VIDA – ORACIÓN

Salmo 91

1Tú que vives bajo la protección del Dios altísimo y moras a la sombra del Dios omnipotente,

2 di al Señor: «Eres mi fortaleza y mi refugio, eres mi Dios, en quien confío».

3 Pues él te librará de la red del cazador, de la peste mortal;

4 te cobijará bajo sus alas y tú te refugiarás bajo sus plumas; su lealtad será para ti escudo y armadura.

[…]

10 A ti no te alcanzará la desgracia ni la plaga llegará a tu tienda,

11 pues él ordenó a sus santos ángeles que te guardaran en todos tus caminos;

12 te llevarán en sus brazos para que tu pie no tropiece en piedra alguna;

13 andarás sobre el león y la serpiente, pisarás al tigre y al dragón.

14 Porque él se ha unido a mí, yo lo liberaré; lo protegeré, pues conoce mi nombre;

15 si me llama, yo le responderé, estaré con él en la desgracia, lo libraré y lo llenaré de honores;

16 le daré una larga vida, le haré gozar de mi salvación.

“En el principio existía la Palabra”. Lectio Divina Domingo II de Navidad – Ciclo B (Jn 1,1-18)

VERDAD – LECTURA

            Hoy la liturgia nos ofrece para nuestra consideración, el pasaje conocido como el prólogo del evangelio de Juan. Un pasaje muy rico en valor y profundidad teológica y, a la vez, de una gran riqueza literaria. Podríamos decir que es el resumen o sumario de todo el evangelio de Juan.

Con un exquisito lenguaje poético, el autor del cuarto evangelio nos transporta al mismo corazón de Dios y a la esencia de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. El cual, a pesar de ser Dios quiso hacerse uno de nosotros en todo, excepto en el pecado.

            El evangelio de Juan comienza de la misma manera que el Antiguo Testamento: “En el principio”. En el principio Dios creo todo lo que existe. Pero antes, incluso que en el principio existía la Palabra, y ella estaba junto a Dios y es Dios. Todo lo creado fue hecho por él y todo lo que existe, es gracias a él.

            Él es vida y es luz. Luz que alumbra en las tinieblas a todas las criaturas. Aquel que es la Luz está presente en todos los acontecimientos de nuestra vida, en todos los momentos, en todas las circunstancia. Él está con nosotros, vive entre nosotros, nos acompaña siempre. El ser humano ya nunca más caminará en tinieblas; porque aquel que es la Vida, es luz para los hombres. Y esa luz alumbra en las tinieblas, en las dificultades, en las oscuridades, en los obstáculos, en las contrariedades… Eso sí, es muy importante que estemos atentos para poder descubrir la luz, pues las tinieblas, la oscuridad, la noche tratarán de ocultárnosla pero nunca podrán sofocarla.

            Precisamente, Juan será enviado por Dios para ayudar a los seres humanos a descubrir la luz, a encontrarse con ella en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida. Él no era luz, sino el medio para vislumbrar la luz y testimoniarla. Era el testigo de la Luz. Una luz que vino para salvación de todos.

            Sin embargo, el hombre no fue capaz de reconocer y acoger la luz, de descubrirla y recibirla. El ser humano no fue capaz de descubrir la luz que se manifestaba en su propia vida, en su propia historia, en su día a día. No hemos sido capaces de abrirnos y vaciarnos totalmente para acoger y llenarnos de la Luz.

El mundo no lo reconoció.

            Pero quienes lo reciben, quienes lo acogen, quienes creen en Él y se dejan transformar por Él son hijos de Dios. No por sus méritos, no por sus muchos esfuerzos, sino por pura gratuidad de Dios, por pura gracia de Dios, por su infinita bondad y misericordia. Dios es quien verdaderamente acoge y nos transforma.

            Y aquel que es la Palabra, aquel que es la Luz, aquel que existía desde el principio se hizo carne y habita entre nosotros. El Dios cristiano no es un Dios lejano, ausente, despreocupado. Dios se ha hecho uno de nosotros. Dios se hizo ser humano. Gracias a lo cual hemos visto su gloria, hemos visto quién es, hemos visto su esencia. Hemos descubierto el corazón y la misericordia de Dios. Y todo ello por pura gracia, por puro don, gratuitamente.

            Ahí es donde reside la diferencia esencial con la Ley de Moisés. La salvación es pura gracia, puro don, es gratuita, es un regalo de Dios. La plenitud de la Ley es Jesucristo. La salvación nos viene precisamente por la fe en Jesús. Y esa fe es la que nos impulsa y nos lleva a actuar según la Ley de Dios y a llevar el amor y la misericordia de Dios todos los demás; esa fe nos lleva a comprometernos con nuestros hermanos más necesitados, nos lleva a dar a conocer la Luz y a llevar su alegría a todas las criaturas.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿De qué manera eres capaz de descubrir la Luz en tu vida cotidiana? ¿Cuándo aparece? ¿Cuáles son los signos de que está presente?
  • ¿De qué forma descubres la luz en las tinieblas de tu vida, en las dificultades, en tus oscuridades?
  • ¿Eres consciente de que las tinieblas nunca podrá apagar la Luz?
  • Juan era testigo de la Luz, ¿Y tú, además de intentar descubrir la Luz en tu vida, llevas la Luz a los demás, les ayudas a descubrirla?

VIDA – ORACIÓN

Lámpara es tu palabra para mis pasos,

luz en mi sendero;

lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos;

¡estoy tan afligido!

Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio, enséñame tus mandatos;

mi vida está siempre en peligro, pero no olvido tu voluntad;

los malvados me tendieron un lazo, pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón;

inclino mi corazón a cumplir tus leyes, siempre y cabalmente.

LECTIO DIVINA DE LA PRIMERA LECTURA – SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD (CICLO B)

VERDAD – LECTURA

Eclesiástico 24,1-4.8-12

La sabiduría se alaba a sí misma y se gloría en medio de los suyos. En la asamblea del Altísimo abre su boca y se gloría en presencia de su corte celestial. Yo salí de la boca del Altísimo y cubrí la tierra como una niebla. Habité en las alturas, y mi trono fue columna de nube.

Entonces me ordenó el Creador de todas las cosas, mi Hacedor fijó el lugar de mi morada, y me dijo: “Pon tu tienda en Jacob, y en Israel ten tu heredad”. Desde el principio y antes de los siglos me creó, y existiré eternamente. En su santa tienda, en su presencia, ejercí el ministerio, y así en Sión me instalé. En la ciudad amada he hallado descanso, y en Jerusalén tuve la sede de mi imperio. En el pueblo glorioso eché raíces, en la porción del Señor, en su heredad.

La liturgia de este segundo domingo después de navidad nos ofrece una bella lectura sapiencial en la que se nos ensalza la sabiduría divina, que Dios comparte con la humanidad y es capaz de renovarnos totalmente.

La misma sabiduría de Dios, en primera persona, es la que nos revela su verdadera esencia en la presencia de Dios. Ella está totalmente unida a Dios, salió de la boca del Altísimo y cubre toda la tierra.

La sabiduría es la Palabra de Dios, la cual existía antes que todo, pues tenía su morada en Él, y es eterna.

La sabiduría fijó su morada en Israel, se estableció en Sión, se instaló en el mundo y echó en él su raíces, convirtiéndola en la heredad de Dios.

No podemos dejar de establecer un paralelismo entre la sabiduría y Jesús, sobre todo hoy, que en el evangelio escucharemos el prólogo del evangelista Juan. La Sabiduría de Dios, la Palabra, el Verbo se ha hecho carne y habita entre nosotros. Él es la Sabiduría definitiva. Él es quien nos vivifica y salva. Él es la Palabra última y definitiva del Padre.

La Sabiduría, que es Jesús, existía desde el principio y ha establecido su morada entre nosotros.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado la atención, te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • La Sabiduría de Dios quiere establecer su morada junto a ti, ¿Cómo estás acogiendo, durante estás fiestas de Navidad, la sabiduría de Dios que es su Palabra y son nuestros hermanos más necesitados?
  • Dios sale a tu encuentro cada día, ¿Estás abierto a descubrir la presencia de Dios a tu alrededor?
  • Dios quiere convertirte en su heredad, quiere que seas hijo en su Hijo Jesucristo, sale a tu encuentro. ¿estás dispuesto para recibir a Dios? ¿Para dejarle actuar en tu vida? ¿Para aceptar la felicidad plena y la salvación total que te trae?

VIDA – ORACIÓN

Nuestro Señor es grande y todopoderoso, su inteligencia es infinita.

El Señor sostiene a los humildes y humilla hasta el polvo a los malvados.

Cantad al Señor la acción de gracias, tocad el arpa para nuestro Dios.

Él cubre de nubes el cielo, prepara la lluvia para la tierra y hace brotar hierba en los montes;

él da el alimento a los ganados y a las crías del cuervo cuando chillan.

No tiene en cuenta el brío del caballo ni se complace en los músculos del hombre;

el Señor se complace en sus amigos, en aquellos que confían en su amor.

 Glorifica al Señor, Jerusalén; alaba a tu Dios, Sión.

[…]

Él anuncia su palabra a Jacob, sus leyes y sus decretos a Israel.

Esto no lo ha hecho con ningún otro pueblo, no les dio a conocer sus mandamientos. ¡Aleluya!

Lectio Divina del Evangelio de la fiesta de la Sagrada Familia – Ciclo B

Verdad – Lectura

Lc 2,22-40

            El texto del evangelio con el que vamos a orar hoy, podemos dividirlo en dos partes: la presentación de Jesús en el Templo y la subida a Jerusalén, cuando Jesús tenía doce años, con motivo de la pascua.

            La primera parte del relato comienza narrándonos la purificación de María y la consagración de Jesús. Ambos acontecimientos fueron llevados a cabo por los padres de Jesús para cumplir la Ley de Moisé. El libro del Levítico ordenaba que a los cuarenta días del alumbramiento, si la criatura era niño, debía de realizarse el rito de purificación en el templo, a los ochenta días si era niña (Lev 12,1-8). Para dicho rito había que ofrecer un cordero, pero a los pobres les estaba permitido ofrecer dos tórtolas o dos pichones; uno de ellos era ofrecido como holocausto y el otro como sacrificio por el pecado.

            Pero además, el libro del Éxodo ordenaba que todo primogénito del Pueblo de Israel debía ser consagrado a Dios (13,2.11-16; 34,20), aunque podía ser rescatado pagando cinco ciclos de plata (Núm 18,15; 1Sam 1,24-28).

            El evangelista Lucas, con la narración de estos dos hechos quiere destacar la fidelidad de los padres de Jesús a la Ley. Y dichos acontecimientos tendrán lugar en Jerusalén, en el Templo de Dios. La Ciudad Santa es el centro neurálgico del plan divino de salvación, aunque haya muchos que quieran impedirlo: allí murió Jesús, allí resucitó, de allí partió la proclamación del evangelio a todos los confines del mundo.

            El relato continúa con el testimonio de Simeón y Ana.

            A él se refiere el evangelista como un hombre justo, piadoso, que esperaba al Mesías y que el Espíritu Santo estaba con él.

            Justo y piadoso significa que era una persona integra sobre todo en el campo religioso. La expresión «que esperaba al Mesías» significa que era un hombre de fe que esperaba la salvación prometida por Dios a Israel mediante los profetas. Y el que el Espíritu Santo estaba con él quiere decir, que según la tradición bíblica, era profeta (cf. Is 11,2).

            Simeón había recibido la revelación de Dios de que no moriría son haber visto al Salvador; por lo que impulsado por el Espíritu, va al Templo y allí toma al niño en sus brazos y bendice a Dios por haberle dado este regalo. Los padres de Jesús están admirados por las palabras de Simeón. A ellos les refiere que Jesús será signo de contradicción, unos le acogerán y otros lo rechazarán. Y a María una espada le atravesará el alma. María participará de la pasión, muerte y resurrección de Jesús por lo que se convertirá en corredentora de la humanidad.

            Por su parte, el testimonio de Ana, sirve para completar la imagen de los profetas, hombres y mujeres que han sido enviados por Dios para ser testigos de la venida del Mesías. Ana estaba totalmente consgrada a Dios, por lo que no se apartaba en ningún momento del Templo, dedicándose al ayuno y la oración. De ella, se nos ofrecen dos notas características: estuvo casada siete años, número que indica la perfección; y al quedar viuda, hasta los ochenta y cuatro años no se apartaba del Templo, que es siete veces doce. También ella esperaba la venida del Mesías.

            De esta manera, se cumplen las prescripciones recogidas en la Ley. Y entonces, la familia de Jesús regresa a Nazaret, en la región de Galilea. Allí, «Jesús crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él» (Lc 2,40). Con lo cual se iba desarrollando como ser humano, la sabiduría de la que está lleno no es la sabiduría de los hombres, sino la sabiduría de Dios, pues la gracia, el amor de Dios estaba con él.

Camino – meditación

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimiento, emociones, inquietudes… despierta en ti?
  • ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?
  • ¿Cuál es tu postura ante los testigos del evangelio?
  • También tu has sido llamado para ser testigo de la presencia de Jesús en el mundo, ¿estás  dispuesto, lo mismo que Simeón y Ana?
  • ¿Qué sientes al saber que Jesús era miembro de una familia como cualquier otra persona?
  • ¿Qué puedes hacer para consolidar tus vínculos familiares para que se parezca más a la familia de Nazaret?

Vida – Oración

Oración a María por la familia

Ven, María, entra y habita en esta casa que nosotros te ofrecemos y consagramos a ti.

Sé bienvenida: Te recibimos con alegría de hijos. Nos sentimos, pequeños, humildes e indignos, pero tú eres todo bondad y quieres establecer tu morada y la de la Sagrada Familia de Nazaret con y en tus hijos más necesitados.

Te acogemos a Ti, a José y a Jesús para que viváis entre nosotros. Concédenos las gracias que sabes más necesitamos, tanto materiales como espirituales.

Sé instrumento de luz, gozo y santificación en nuestra familia, como lo fuiste en la Familia de Nazaret,

Aumenta en nuestra familia la fe, la esperanza y el amor. Infúndenos el espíritu de oración.

Que la Sagrada Familia esté siempre presente en la nuestra, concédenos el don de la felicidad plena y que todos podamos reunirnos un día contigo en el cielo.

Verdad, Camino y Vida: Lectura orante con la Palabra de Dios

Aunque no suelo publicar más de una entrada a la semana con la Lectio Divina del evangelio del domingo, algunas personas, me habéis pedido que escribiera alguna cosa acerca del método que se expone en este blog para realizar la Lectio Divina; y que utilizamos cada semana para orar con el evangelio del domingo. Eso me ha movido a colgar esta semana una entrada más tratando este tema.

Dicho método tiene su origen en el pensamiento y la obra del Beato Santiago Alberione, Fundador de la Familia Paulina, aunque hunde sus raíces en la tradición de la Iglesia. No voy aquí a exponer la intensa historia de la Lectio Divina, podríamos dedicar en el futuro una entrada a ello. Pero sí que me vas a permitir, querido internauta, que te explique como comenzó este método de Lectura orante con la Palabra de Dios

En la noche que dividía el siglo XIX del XX, el P. Alberione tuvo la intuición, siendo joven seminarista, de hacer algo por los hombres y mujeres del siglo XX. Se había empapado totalmente de la doctrina del Papa León XIII, que impulsaba a la lectura y al estudio de la Biblia. Conocía perfectamente la preocupación de Pío X acerca de la falta de una base firme entre los creyentes católicos, pues les faltaba el alimento primordial de la eucaristía y la Biblia. Todo esto le llevó a fundar en 1914, la Familia Paulina, que tiene en el centro de su misión la Biblia. Pero no quedó ahí la cosa, en 1924, funda la Sociedad Bíblica Católica Internacional (SOBICAIN), con el anhelo y el deseo de que en cada familia hubiese un texto de la Sagrada Escritura.

Aunque su amor por la Biblia no se limitó a su edición y difusión; a sus hijos e hijas nos quiso dejar un gran regalo, enraizado en una honda espiritualidad bíblica, la hora diaria de adoración ante el Santísimo Sacramento, conocida comúnmente en la Familia Paulina como la Visita Eucarística, la cual está articulada en tres partes: lectura bíblica, revisión de vida y dialogo oracional. Al fin y al cabo un método de Lectura orante de la Palabra de Dios.

Hoy desde el Centro Bíblico San Pablo, presente en varios países del mundo, queremos continuar con ese legado que nos dejo el P. Alberione de difundir la Palabra de Dios y acercarla a todas la humanidad, y para ello realizamos diversas actividades, cursos y encuentros a lo largo y ancho de la geografía española.

El método verdad, camino y vida

Después de este mini repaso histórico y de concretar de dónde proviene el método de Lectio Divina que proponemos, habitualmente, en nuestro blog, permíteme que intente explicarte en qué consiste el mismo.

Como ya sabes el método consta de tres partes, que se corresponden a su vez con las tres partes tradicionales de la Lectio Divina: lectura, meditación y oración.

Pero antes de comenzar a orar con la Palabra, me parece que, son necesarios algunos  preparativos.

Preliminares

Busca un lugar tranquilo, donde nadie te moleste. Es importante hacer silencio. También es importante el ambiente. Puedes disponer una Biblia abierta, adornada con flores, acompañada por la luz de una vela, un icono…

Es decir, preparar el lugar de tal modo que te invite y ayude a orar. Tómate tu tiempo, te aconsejo que dediques a la lectura orante una hora, pero si te resulta demasiado, puedes utilizar media hora.

Desde un punto de vista pedagógico y, sobre todo al principio, vamos a dividir cada momento de la Lectura Orante en períodos de tiempo de veinte minutos cada uno, si es que le dedicamos una hora, si no pues la mitad.

El paso de un momento a otro, sobre todo en la Lectura orante comunitaria, lo podemos señalar con un canto, una oración, una invocación…

Nos podemos ayudar de una música de fondo, una canción, una imagen… si lo vemos conveniente.

Comienza por invocar al Espíritu Santo. Que sea Él quien guíe tu itinerario. Recuerda que la Sagrada Escritura es escritura inspirada. El Espíritu Santo es quien abre nuestro oídos, nuestro entendimiento y nuestro corazón a la Palabra, que hoy se cumple ante nosotros. Él es el único que nos puede ayudar a entender mejor el texto sagrado.

a.- Invocación al Espíritu Santo.

Esto puede hacerse de diversas maneras: un canto, una oración, un momento de silencio. Lo importante es hacerse consciente de su presencia y invocarlo, para que Él te ayude a comprender el pasaje que vas a leer y sepas actualizarlo al hoy que estas viviendo, a tus necesidades concretas, a tu vivir cotidiano.

b.- Verdad. Lectura. ¿Qué dice el texto?

La pregunta que has de tener presente, en este primer momento es: ¿qué dice el texto?

Para ello es necesaria la lectura atenta, pausada, sin prisa de la Palabra. Puedes leer el texto en voz alta, de modo que participen más sentidos.

Es el momento de «masticar» lentamente la Palabra, de trillarla, de desmenuzarla.

Una vez que hemos leído el texto tal como hemos indicado anteriormente, lo primero que haremos será enmarcar el texto dentro de su contexto. Para ello, puede resultar muy útil leer la introducción al libro que contiene la lectura con la que estamos orando. La mayoría de las biblias tienen esplendidas introducciones que nos pueden ayudar en este momento. Al leer fíjate, sobre todo, en el ambiente socio cultural en el que se desarrolla: tiempo y lugar en que fue escrito el libro, a qué necesidad concreta del Pueblo de Israel o de la Iglesia hace frente.

Lee, también, las notas a pie de página, te ayudaran a entender mejor el texto, por último lee los texto paralelos. Todo ello, te dará una visión global del pasaje.

Vamos a continuar desmenuzando el texto, sin ninguna otra ayuda, mas que la de nuestra Biblia.

Yo aconsejo a partir de ahora contar con un lápiz, si es posible bicolor para ir señalando o subrayando algunas palabras o frases del pasaje. Aquello, que por lo que sea capta tu atención.

Puedes continuar intentando responder a alguna de estas preguntas:

  • ¿Es posible estructurar o dividir el texto en partes? Inténtalo.
  • Si conoces algo acerca de lo géneros literarios, ¿dentro de que género podemos enmarcarlo?¿De qué modo debemos leerlo? ¿Cómo debemos entenderlo?
  • ¿Hay palabras o expresiones que se repitan? ¿Cuáles?
  • Es posible que no haya palabras que se repitan, pero, ¿encontramos algún sinónimo?
  • Si es que aparecen, ¿qué personajes intervienen? ¿qué hacen? ¿hablan? ¿permanecen callados? ¿son destinatarios de una acción? ¿quién o quiénes son los protagonistas?
  • Intenta relacionar el pasaje con el resto del libro al que pertenece o con el resto de la Sagrada Escritura.
  • Por último, pregúntate ¿cuál es la palabra o palabras fundamentales del texto? Subráyala, acógela, tómala contigo.

c.- Camino. Meditación. ¿Qué me dice el texto?

Pasamos a la segunda parte de nuestro itinerario. Ahora, la pregunta a responder sería: ¿Qué me dice el texto?

En este momento concreto de tu vida, en las circunstancias propias que estás viviendo, en tu propio contexto particular, ¿qué quiere decirte Dios?

Ha llegado la hora de «saborear» la Palabra. Tal vez, alguna de estas preguntas te puedan ayudar en el desarrollo de esta segunda parte.

  • ¿Qué te dice el texto acerca de tu situación actual? ¿Tiene algo que ver con tu vida?
  • ¿Qué quiere decirte Dios con este pasaje?
  • ¿Qué te dice el texto acerca del comportamiento de Jesús?
  • ¿Qué tienes que cambiar en tu vida para que ésta se asemeje más a la de Jesús?
  • ¿Qué te exige, en concreto, esta Palabra? ¿Qué te pide hoy?

Y luego para que la Palabra te acompañe durante todo el día puedes utilizar la llamada «rumia». Es decir, toma esa palabra o frase fundamental del texto que tocó tu corazón, en la primera parte de nuestro itinerario, y ve repitiéndola durante tu jornada: mientras esperas el autobús, cuando vas caminando por la calle, en un atasco, al hacer la fila del pan…

d.- Vida. Oración. ¿Qué le digo a Dios a partir del texto?

Ya hemos llegado a la tercera y última parte de nuestro itinerario. De la escucha y la meditación de la Palabra es muy posible que surja de forma espontánea la oración de petición, súplica, alabanza, acción de gracias, ofrecimiento, adoración… Esa es tu respuesta a Dios desde la experiencia vivida en este momento de oración.

Pero la respuesta a Dios no puede quedarse ahí únicamente, la oración ha de llevarnos al compromiso. Por ello, es necesario que asumas una acción concreta en tu vida a favor de los hermanos y para que el Reino de Dios y su justicia sea cada vez más una realidad en nuestro mundo.

Conclusión

Pues ya hemos llegado al final de nuestro itinerario. Espero que esta entrada del blog Biblia y Comunicación te haya resultado interesante y te ayude a profundizar en tu oración con la Palabra de Dios. Si necesitas más información te invito a dirigirte a: centrobiblico@sanpablo.es Te invito también a visitar la página de Facebook del Centro Bíblico San Pablo: https://www.facebook.com/centrobiblico.es En ella te ofrecemos un acercamiento diario a la Palabra de Dios. Y la página web de la Revista Biblia Viva en la que te ofrecemos, entre otras cosas, artículos y materiales interesantes para acercarte a la Palabra de Dios: https://www.bibliaviva.sanpablo.es/

Como siempre muchas gracias por seguir nuestro blog y por compartir con otras personas nuestras entradas. Dios te bendiga.

¡TODO ESTÁ POR COMENZAR! LECTIO DIVINA DE LA SOLEMNIDAD DEL BAUTISMO DEL SEÑOR – CICLO C

bautismo

VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 3,15-16.21-22)

En aquel tiempo, la gente estaba expectante, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

 

– ¿Ya se acabó todo?

– ¿A qué viene esta pregunta?

– Pues en relación a haber comenzado un año civil nuevo, a haber terminado las fiestas navideñas, y a concluir con la solemnidad de hoy, el Bautismo del Señor, el tiempo litúrgico de Navidad.

– Pues no, no ha concluido nada; al contrario, todo está por comenzar. O al menos a eso nos invita la liturgia de hoy. Lo mismo que el pueblo, que la gente de la época de Jesús, también nosotros estamos o deberíamos estar expectante ante la novedad del evangelio.

– Pero, ¿qué significa eso de estar expectantes?

– Estar expectante es mantener la esperanza, es desear, anhelar, aguardar, esperar con intensidad y con una actitud activa.

– Y, ¿qué tenemos que esperar?

– Encbautismo iconoontrarnos con Jesús cada día. Los contemporáneos de Jesús lo deseaban con tanta intensidad que en lo más profundo de su ser se preguntaban, si aquel extraño personaje que había aparecido en el Jordán predicando un cambio de vida, no sería el Mesías esperado, el Salvador del mundo.

Y, es el mismo Juan quien tiene que aclararlo: No, yo no soy el Mesías. Yo estoy preparando su venida. Yo os invito a la conversión, a cambiar vuestro modo de vivir y vuestro modo de ver la vida. Pero, el Mesías es otro.

– Entonces, para esperar a Jesús, hay que convertirse ¿no?

– Pues, no vale únicamente con eso; además, hemos de acoger al Mesías en nuestra vida, al igual que hizo el Bautista y tantas otras personas a lo largo de la historia. Aunque es necesario acogerlo con la misma actitud que Juan: desde la pequeñez, con humildad, con corazón agradecido por el regalo que Dios nos hace.

El Mesías que viene ya no trae un bautismo de conversión, su bautismo es un bautismo de Espíritu Santo y fuego. El bautismo de Jesús símbolo de una vida nueva, nos transformará porque nos dará la fuerza del Espíritu de Dios, sobre nosotros reposará su propia vida. Un bautismo de fuego, del fuego de Dios, que purifica, calienta, nos impulsa, nos anima, nos desarrolla y potencia.

Al ser bautizado Jesús en el Jordán y al descender sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma, aquel es consagrado para llevar a cabo la misión encomendada por el Padre: manifestar a la humanidad y mostrarle la misericordia y el amor de Dios: “Tú eres mi hijo amado, mi predilecto”.

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CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • El pueblo estaba expectante, y tú ¿estás, también deseoso, a la espera, aguardando impaciente la llegada de Jesús a tu vida? ¿Quieres descubrirlo presente en la misma?
  • ¿Cómo te dispones para acoger a Jesús? ¿para descubrir su presencia en los acontecimientos cotidianos? ¿Estás dispuesto a cambiar de vida?
  • Al igual que Juan el Bautista, tú eres enviado por Dios para anunciar su presencia entre los demás, eres enviado para anunciar que Jesús vive entre nosotros. Juan es capaz de dar el primer puesto a Jesús y, con humildad, pasar a un segundo plano. Y tú, ¿estás dispuesto a ello?
  • ¿Quieres acoger el bautismo que Jesús nos trae, un bautismo que va más allá de un simple cambio de actuar, un bautismo que te transforma y te cambia totalmente, un bautismo que te da, además, la fuerza para ser testigo de la salvación de Dios?

 

VIDA – ORACIÓN

Él es Siervo de Dios, el Hijo amado,

Ungido del Espíritu, Mesías;

su bautismo, de muerte profecía,bautismo3

ya sepulta en el agua los pecados.

Pero sale del agua transformado,

arco iris de paz y de alegría,

verdor de primavera, teofanía,

y un gran himno pascual recién cantado.

Ruiseñor que armoniza la victoria,

los campos, amapola y azucena,

y el árbol con los frutos de la gloria;

el Viento vivifica y oxigena,

el ungido es el centro de la historia,

y la muerte vencida con su pena.

(R. Priero Ramiro, en Jubileo en la tierra, júbilo en el cielo. Adviento y Navidad 1999, Caritas Española, Madrid 1999, pág. 202).

LECTIO DIVINA DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA (Ciclo B)

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Lc 2, 22-40)

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor.

Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Ya ti, una espada te traspasará el alma.»

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

El relato evangélico con el que hoy oramos nos narra el viaje de la Sagrada Familia a Jerusalén con motivo de la presentación del Niño Jesús en el Templo y la purificación de María después de dar a luz. Ambos acontecimientos fueron llevados a cabo por los padres de Jesús para cumplir la Ley de Moisés. El libro del Levítico ordenaba que a los cuarenta días del alumbramiento, si la criatura era niño, debía de realizarse el rito de purificación de la mujer en el templo, el mismo rito se debía cumplir a los ochenta días si era niña (Lev 12,1-8). Para dicho rito había que ofrecer un cordero, pero a los pobres les estaba permitido ofrecer dos tórtolas o dos pichones; uno de ellos era ofrecido como holocausto y el otro como sacrificio por el pecado. Pero además, el libro del Éxodo ordenaba que todo primogénito del pueblo de Israel debía ser consagrado a Dios (13,2.11-16; 34,20), aunque podía ser rescatado pagando cinco ciclos de plata (Núm 18,15; 1Sam 1,24-28).B5rdoNNIgAAnFic

El evangelista Lucas, con la narración de estos dos hechos quiere destacar la fidelidad de los padres de Jesús a la Ley. Dichos acontecimientos tendrán lugar en Jerusalén, en el Templo de Dios. La ciudad santa es el lugar central del plan divino de salvación, aunque haya muchos que quieran impedirlo. En Jerusalén murió Jesús, allí resucitó, de allí partió la proclamación del evangelio a todos los confines del mundo.

El relato continúa con el testimonio de Simeón. A él se refiere el evangelista como un hombre justo, piadoso, que esperaba al Mesías y que el Espíritu Santo estaba con él. Justo y piadoso, en el lenguaje bíblico, significa que era una persona íntegra sobre todo en el campo religioso. La expresión «que esperaba al Mesías» significa que era un hombre de fe que esperaba la salvación prometida por Dios a Israel mediante los profetas. Y que el Espíritu Santo estaba con él quiere decir, que según la tradición bíblica, era profeta (cf. Is 11,2).

Simeón había recibido la revelación de Dios de que no moriría sin haber visto al Salvador; por lo que, impulsado por el Espíritu, va al Templo y allí toma al niño en sus brazos y bendice a Dios por haberle dado este regalo. Los padres de Jesús están admirados por las palabras de Simeón. A ellos les refiere que Jesús será signo de contradicción, unos le acogerán y otros lo rechazarán; y a María una espada le atravesará el alma. María participará de la pasión, muerte y resurrección de Jesús por lo que se convertirá en corredentora de la humanidad.

Por otro lado, a continuación, nos encontramos con el testimonio de Ana; el cual sirve para completar la imagen de los profetas, hombres y mujeres que han sido enviados por Dios para ser testigos de la venida del Mesías. Ana estaba totalmente consagrada a Dios, por lo que no se apartaba en ningún momento del Templo, dedicándose al ayuno y la oración. De ella, se nos ofrecen dos notas características: estuvo casada siete años, número que indica la perfección, y al quedar viuda, hasta los ochenta y cuatro años no se apartaba del Templo, que es siete veces doce. También ella esperaba la venida del Mesías.

Después de esto, la familia de Jesús regresa a Nazaret, en la región de Galilea. Allí, «Jesús crecía y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él» (Lc 2,40), con lo cual se iba desarrollando como ser humano; la sabiduría de la que está lleno no es la sabiduría de los hombres, sino la sabiduría de Dios, pues la gracia, el amor de Dios estaba con él.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué sentimiento, emociones, inquietudes… despierta en ti?

• ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• ¿Cómo acoges en tu vida a aquellos que dan testimonio del evangelio?

• También tú has sido llamado/a para ser testigo de la presencia de Jesús en el mundo, ¿estás dispuesto/a a serlo, al igual que Simeón y Ana?

• ¿Qué sientes al saber que Jesús creció al igual que tú en una familia? ¿Qué características destacarías de la familia de Nazaret? ¿Qué pasos te está invitando Dios a dar para consolidar tu vida familiar, haciendo que se parezca cada vez más a la Sagrada Familia?

• ¿De qué manera estás preparando y aguardando la presencia del Salvador en tu vida?

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VIDA – ORACIÓN

Consagración a la Sagrada Familia

Señor Jesucristo, quien con María y José consagraste la vida doméstica con tus inefables virtudes, concede que nosotros, con la asistencia de los dos, podamos aprender con el ejemplo de la Sagrada Familia y podamos atender a su eterna fraternidad. Por quien vive y reina por los siglos de los siglos. Amén. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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VERDAD – LECTURA

15Como la gente estaba expectante y se preguntaban, en sus corazones, si no sería Juan el mesías, 16él declaró públicamente: “Yo os bautizo con agua, pero ya viene el que es más fuerte que yo, y a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”.
21 Aconteció que cuando Juan estaba bautizando al pueblo, también Jesús fue bautizado; y mientras éste estaba orando, se abrió el cielo, 22descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como una paloma, y se oyó una voz del cielo: “Tú eres mi hijo amado, mi preferido”.
Este domingo la liturgia nos invita a orar con el relato del bautismo de Jesús contado por el evangelista Lucas. En primer lugar, éste nos pone en situación y nos enmarca el relato. El pueblo de Dios estaba expectante, es decir estaba deseoso, con esperanza, esperando la venida del Mesías, del Salvador. Tal era el profundo anhelo que el pueblo tenía, que en lo más íntimo de su ser, en su corazón, se preguntaban, si aquel extraño personaje que invitaba a un cambio de vida a orillas del Jordán, no sería el Mesías esperado, el Salvador, el Esperado de las naciones.
Pero, Juan no es el Mesías, él es la voz que grita en el desierto, el es el último profeta del Antiguo Testamento, el es quien prepara la venida de Jesús.
En el texto, podemos apreciar como existen dos declaraciones, la primera de Juan. La segunda proviene del cielo. Conviene que nos detengamos precisamente, en estas palabras.
Dentro del contexto apuntado más arriba, Juan declara públicamente: “Yo os bautizo con agua, pero ya viene el que es más fuerte que yo, y a quien no soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”.
“Yo os bautizo con agua”. Es decir, mi bautismo es un bautismo que invita a la conversión, al cambio de vida, ante la inmediata aparición de otro “que es más fuerte que yo”. Ese otro anunciado por los profetas del Antiguo Testamento. Juan está afirmando que él no es el Mesías. El Mesías está por venir y su llegada es inminente. Por eso es necesaria la conversión.
La fuerza, a la que se refiere el Bautista, es, precisamente, uno de los atributos de Yahveh y de su Mesías: “el Dios fuerte”. Ya Isaías lo anunció: “El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz […] Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; sobre sus hombros el imperio, y su nombre será: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz” (Is 9,1.5). La fuerza que Dios emplea en favor de la humanidad, precisamente para ofrecerles la paz, la prosperidad, la salvación.
Tal es la fuerza y el poder del Mesías, que Juan no es digno siquiera de desatarle la correa de sus sandalias. Desatar las correas de las sandalias era acción propia de los esclavos. Ante aquel, el Bautista se siente tan pequeño, tan humilde, tan indigno, que es incapaz incluso de realizar un gesto que únicamente realizan los esclavos. Con esta actitud hemos de acoger al Salvador. No como esclavos, pero si con disposición humilde y sabiéndonos indignos de tal regalo por parte de Dios.
El Mesías que viene, ya no trae un bautismo de conversión, su bautismo es un bautismo de Espíritu Santo y fuego. El bautismo de Jesús símbolo de una vida nueva, nos transformará porque nos dará la fuerza del Espíritu de Dios, sobre nosotros reposará su propia vida. Un bautismo de fuego, del fuego de Dios, que purifica, calienta, nos impulsa, nos anima, nos desarrolla y potencia.
Ahora detengámonos en las palabras procedentes del cielo: “Tú eres mi hijo amado, mi preferido”. Veamos un poco el entorno en el que se desarrolla la escena. Juan estaba bautizando al pueblo y Jesús, también, es bautizado. En aquel momento, mientras Jesús está orando, el cielo se abrió y “descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como una paloma”. La paloma es el símbolo del Espíritu de Dios y así nos lo apunta el texto, sobre él descendió, en forma corporal, como una paloma. El Espíritu desciende en plenitud sobre Jesús, tal y como había predicho Isaías (11,2). Jesús es consagrado para llevar a cabo la misión encomendada por el Padre: revelar a los hombres la misericordia de Dios.
“Tú eres mi hijo amado, mi preferido”. Estas palabras nos traen los ecos del Antiguo Testamento. El primer eco es del salmo 2: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy” (Sal 2,7). El Mesías es Hijo del Padre, el mismo lo ha engendrado. Pero no es únicamente su hijo, es su hijo amado, su predilecto. Todo nosotros somo hijos de Dios en el Hijo. Jesús es su Hijo unigénito, su hijo único. Los demás somos hijos de Dios porque él nos ha creado y porque Jesús nos ha hecho hijos de Dios en plenitud, gracias a que nos ha dado la salvación. El segundo eco del Antiguo Testamento, evocado por estas palabras provienen del profeta Isaías: “Aquí está mi siervo, a quien protejo, mi elegido, en quien mi alma se complace. He puesto sobre él mi espíritu”. Sobre Jesús, el Padre ha puesto su Espíritu, es el elegido por él para la salvación definitiva, es su hijo amado, su preferido. Aquel por el que Dios se ha hecho visible para todos lo hombres, aquel que se ha hecho presente en la vida de la humanidad, para que la humanidad pueda acercarse a Dios y acoger la salvación.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • El pueblo estaba expectante, y tú ¿estás, también deseoso, a la espera, aguardando impaciente la llegada de Jesús a tu vida? ¿Quieres descubrirlo presente en la misma?
  • ¿Cómo te dispones para acoger a Jesús? ¿para descubrir su presencia en los acontecimientos cotidianos? ¿Estás dispuesto a cambiar de vida?
  • Al igual que Juan el Bautista, tú eres enviado por Dios para anunciar su presencia entre los demás, eres enviado para anunciar que Jesús vive entre nosotros. Juan es capaz de dar el primer puesto a Jesús y, con humildad, pasar a un segundo plano. Y tú, ¿estás dispuesto a ello?
  • ¿Quieres acoger el bautismo que Jesús nos trae? ¿Un bautismo que va más allá de un simple cambio de actuar? ¿Un bautismo que te transforma y te cambia totalmente? ¿Un bautismo que te da, además, la fuerza para ser testigo de la salvación de Dios?

VIDA – ORACIÓN

Él es Siervo de Dios, el Hijo amado,
Ungido del Espíritu, Mesías;
su bautismo, de muerte profecía,
ya sepulta en el agua los pecados.

Pero sale del agua transformado,
arco iris de paz y de alegría,
verdor de primavera, teofanía,
y un gran himno pascual recién cantado.

Ruiseñor que armoniza la victoria,
los campos, amapola y azucena,
y el árbol con los frutos de la gloria;

el Viento vivifica y oxigena,
el ungido es el centro de la historia,
y la muerte vencida con su pena.

(R. Priero Ramiro, en Jubileo en la tierra, júbilo en el cielo. Adviento y Navidad 1999, Caritas Española, Madrid 1999, pág. 202).

«Mi hijo amado, mi preferido». Lectio Divina Bautismo del Señor (Lc 3,15-16.21-22)

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VERDAD – LECTURA

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En el principio existía aquel que es la Palabra, y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todo fue hecho por él y con él nada se hizo. Cuanto ha sido hecho en él es vida, y la vida es la luz de los hombres; la luz luce en las tinieblas y las tinieblas no la sofocaron. Hubo un hombre enviado por Dios, de nombre Juan. Este vino como testigo, para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran e él. No era la luz, sino testigo de la luz. Existía la luz verdadera, que con su venida a este mundo ilumina a todo hombre. Estaba en el mundo; el mundo fue hecho por él, y el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. A todos los que lo reciben, a los que creen en su nombre, les da el ser hijos de Dios; él que no nació ni de sangre ni de carne, ni por des de hombre sino de Dios. Y aquel que es la Palabra se hizo carne y habitó ente nosotros, y nosotros vimos su gloria, gloria cual de unigénito venido del Padre, lleno de gracia y verdad. Juan daba testimonio de él y proclamaba: “Este es del que yo dije: El que viene detrás de mi ha sido antepuesto a mí, porque era antes que yo”. De su plenitud, en efecto, todos nosotros hemos recibido, y gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la fidelidad vinieron por Cristo Jesús. A Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único, que está en el Padre, nos lo ha dado a conocer.
Hoy la liturgia nos ofrece para nuestra consideración, el pasaje conocido como el prólogo del evangelio de Juan. Un pasaje muy rico en valor y profundidad teológica y, a la vez, de una gran riqueza literaria. Es el resumen o sumario de todo el evangelio de Juan. Con un exquisito lenguaje poético, el autor del cuarto evangelio nos transporta al mismo corazón de Dios y a la esencia de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. El cual, a pesar de ser Dios quiso hacerse uno de nosotros, en todo excepto en el pecado.
El evangelio de Juan comienza de la misma manera que el Antiguo Testamento: “En el principio”. En el principio Dios creo todo lo que existe, pero antes, incluso, en el principio existía la Palabra, estaba junto a Dios y es Dios. Todo lo creado fue hecho por él y todo lo que existe, es gracias a él.
Él es vida y es luz. Luz que alumbra en las tinieblas a todas las criaturas. Aquel que es la Luz esta presente en todos los acontecimientos de nuestra vida, en todos lo momentos, en todas las circunstancia. Él está con nosotros, viven entre nosotros, nos acompaña siempre. El ser humano ya nunca más caminará en tinieblas; porque aquel que es la Vida, es luz para los hombres. Y esa luz alumbra en las tinieblas, en las dificultades, en las oscuridades, en los obstáculos, en las contrariedades… Para ello hay que estar atentos para descubrir la luz, puesto que las tinieblas, la oscuridad, la noche, nunca podrá sofocarla.
Precisamente, Juan será enviado por Dios para ayudar a los seres humanos a descubrir la luz, a encontrarse con ella en los acontecimientos cotidianos de nuestra vida. Él no era luz, sino el medio para vislumbrar la luz y testimoniarla. Era el testigo de la Luz. Una luz que vino para salvación de todos.
Pero el hombre no fue capaz de reconocer y acoger la luz, de descubrirla y recibirla. El ser humano no fue capaz de descubrir la luz que se manifestaba en su propia vida, en su propia historia, en su día a día. No hemos sido capaces de abrirnos y vaciarnos totalmente para acoger y llenarnos de la Luz. El mundo no lo reconoció.
Pero quienes lo reciben, quienes lo acogen, quienes creen en Él y se dejan transformar por Él son hijos de Dios. Pero no por sus méritos, no por sus muchos esfuerzos, sino por pura gratuidad de Dios, por pura gracia de Dios, por su infinita bondad y misericordia. Dios es quien verdaderamente acoge y nos transforma.
Y aquel que es la Palabra, aquel que es la Luz, aquel que existía desde el principio se hizo carne y habita entre nosotros. El Dios cristiano no es un Dios lejano, ausente, despreocupado. Dios se ha hecho uno de nosotros. Dios se hizo ser humano. Gracias a lo cual hemos visto su gloria, hemos visto quién es, hemos visto su esencia. Hemos descubierto el corazón y la misericordia de Dios. Y todo ello por pura gracia, por puro don, gratuitamente.
Ahí es donde reside la diferencia esencial con la Ley de Moisés. La salvación es pura gracia, puro don, es gratuita, es un regalo de Dios. La plenitud de la Ley es Jesucristo. La salvación nos viene precisamente por la fe en Jesús. Y esa fe es la que nos impulsa y nos lleva a actuar según la Ley de Dios y a llevar el amor y la misericordia de Dios todos los demás, nos lleva a comprometernos a dar a conocer la Luz y a llevar su alegría a todas las criaturas

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿De qué manera eres capaz de descubrir la Luz en tu vida cotidiana? ¿Cuándo aparece? ¿Cuáles son los signos de que está presente?
  • ¿De qué forma descubres la luz en las tinieblas de tu vida, en las dificultades, en tus obscuridades?
  • ¿Eres consciente de que las tinieblas nunca podrá apagar la Luz?
  • Juan era testigo de la Luz, ¿Y tú, además de intentar descubrir la Luz en tu vida, llevas la Luz a los demás, les ayudas a descubrirla?

VIDA – ORACIÓN

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio, enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro, pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua, la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes, siempre y cabalmente.

La Luz está entre nosotros.Lectio Divina Domingo II de Navidad (Jn 1,1-18)