“Este es mi Hijo amado, escuchadlo” Lectio Divina II Domingo de Cuaresma – Ciclo B (Mc 9,2-10)

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO (Mc 9, 2-10)

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Estaban asustados, y no sabía lo que decía. Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos». Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

En este segundo domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a contemplar la experiencia que tienen algunos de los discípulos de Jesús, concretamente Pedro, Santiago y Juan, en el acontecimiento de la Transfiguración. Vamos a intentar comprender mejor este hecho.

«Seis días después». Esta expresión, sin duda, hay que entenderla en sentido cronológico, pero desde la perspectiva de la Pascua. Marcos relee este suceso a la luz de la resurrección. Seis después de la entrada triunfal en Jerusalén, consumada la pasión y muerte de Jesús, tiene lugar la resurrección. Desde aquí hemos de leer este relato, pues no deja de ser un anticipo de la consumación de la gloria de Jesús. En aquel momento, Jesús toma consigo a tres de sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Hemos de tener en cuenta que estos discípulos son, de alguna manera, los que abiertamente no han comprendido el significado de la pasión y muerte de Jesús. En el capítulo anterior, hemos podido comprobar cómo Pedro se ha enfrentado con Jesús, queriéndole disuadir del cumplimiento de su misión (8,33); en el capítulo posterior, veremos cómo Santiago y Juan pedirán a Jesús el puesto a su derecha y el puesto a su izquierda, es decir, los lugares de máximo honor y poder (10,35-40). Tampoco ellos comprenden verdaderamente el significado de la pasión y muerte de Jesús.

Los lleva a un monte alto. El monte es el lugar de encuentro con la divinidad, recordemos el encuentro de Moisés con Yahveh (Éx 24,15-16) o el de Elías en la misma montaña (1Re 19,8-9). En la montaña Dios entra en relación con el hombre. En aquel monte alto, Jesús se transfigura delante de ellos. El evangelista nos está mostrando el aspecto glorioso que adquiere la persona de Jesús, el cual les acaba de presentar el hecho ineludible de la cruz. Sus vestiduras se volvieron de un blanco resplandeciente. Tan blanco que ningún tintorero del mundo sería capaz de blanquear, con lo cual Marcos nos está indicando un resplandor indescriptible, un color que apunta hacia las realidades celestiales, hacia la luz de Dios.

Se aparecen Elías y Moisés y comienzan a hablar con Jesús, los dos entran en diálogo con él, el cual hace las veces de Yahveh; el primero representa a la profecía, es quien debía de aparecer en el tiempo escatológico para anunciar la llegada inminente del Mesías; el segundo representa a la Ley, es a quien Yahveh le entregó las Tablas de la Ley. Los Profetas y la Ley dan testimonio de Jesús. Ambos encuentran su cumplimiento y su plenitud en Cristo.

Los discípulos presentes en el lugar no saben cómo reaccionar, estaban atemorizados, de alguna forma lo antiguo está dando testimonio de lo nuevo y ceden, de alguna manera, su «puesto» a Jesús; aunque, eso sí, allí se debía estar bien, de tal manera que Pedro quiere parar el tiempo, quiere permanecer en un lugar que no le traiga problemas, no quiere que aquel instante de gloria concluya.

De repente, se ven envueltos en una nube (Éx 24,16). Se hace presente la persona del Espíritu Santo y se oye la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado». El Padre se complace en Jesús, el Padre afirma la filiación de Jesús, lo presenta como su Hijo único. El término «amado» acentúa más si cabe la relación afectuosa, amorosa, filial de Jesús con el Padre.

Por último, la voz del Padre les impone escuchar a Jesús; el cual es el único interprete del Padre, el único que nos puede presentar el verdadero rostro de Padre, nuestro único Maestro. Jesús es la voz del Padre.

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CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Cómo vives tu séptimo día, momento de la manifestación de la gloria de Jesús, sobre todo en este tiempo de Cuaresma, que es preparación para el gran acontecimiento pascual?

• Imagínate, que Jesús te toma consigo, te lleva a un monte alto y te muestra de alguna manera su gloria… ¿Qué sientes en este momento? ¿Cuál es tu diálogo con Jesús? ¿Qué conclusión sacas de ello?

• ¿Qué significado puede tener para ti la presencia de Elías y Moisés? ¿Cuáles son tus profetas y tus leyes, que debe acercarte a Jesús para que Él les de su pleno cumplimiento, les de su plenitud? ¿Qué debes ir cambiando en tu vida en este tiempo de Cuaresma?

• ¿Cómo reaccionas ante el imperativo del Padre de escuchar a Jesús? ¿Verdaderamente, te acercas a la Palabra con actitud de escucha?

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VIDA – ORACIÓN

• Adora al Padre y glorifícalo por el misterio de la Santísima Trinidad y por hacerte experimentar su grandeza y plenitud y a la vez su cercanía.

• Da gracias a Jesús por hacerse presente en tu vida y mostrarse como la presencia amorosa del Padre.

• Pide la luz y la sabiduría del Espíritu Santo para poder escuchar la Palabra de Jesús, comprenderla y llevarla a la práctica en tu vida cotidiana.

• Tómate como compromiso de esta Cuaresma esforzarte por acercarte a la Palabra con actitud de escucha y acogida.

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Adéntrate en tu propio desierto. Lectio Divina Domingo I de Cuaresma (Mc 1,12-15)

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VERDAD – LECTURA

Evangelio (Mc 1, 12-15)

En aquel tiempo, el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas, y los ángeles le servían. Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio».

Hoy la liturgia nos ofrece, para orar, un breve pero sustancioso texto. En él se nos relata el comienzo del ministerio público de Jesús. Dicho comienzo es una síntesis de lo que sería su misión evangelizadora.

Para una mejor comprensión del texto, vamos a dividirlo en dos partes.

1.- Jesús llevado por el Espíritu al desierto (12-13)

Marcos sitúa este pasaje a continuación del bautismo de Jesús. Después de este hecho el Espíritu conduce a Jesús hacia el desierto; de la misma manera, que condujo a su pueblo o a parte de su pueblo en la tradición veterotestamentaria.

El desierto, podemos decir, que no es únicamente, un lugar físico; El desierto está dentro de cada uno de nosotros. Es lugar de soledad, tentación, prueba… pero también es lugar de encuentro con el Dios protector que camina junto a su pueblo. Recordemos algunos de estos casos: Agar e Ismael, a ellos les envía a una misión nueva (Gén 16,7; 21,14), la experiencia del éxodo (Éx 15,22-ss.), Elías se encuentra con Dios (1Re 19). Por tanto, Marcos nos está advirtiendo acerca de las dificultades que Jesús tendrá en su misión, pero también de cómo el Padre nunca le abandonará: vivía entre las fieras, los ángeles le servían (Mc 1,13).

2.- La predicación de Jesús

Después de que Juan sea entregado, Jesús comienza su nuevo ministerio, su misión: el tiempo se ha cumplido (Mc 1,15). El inicio de su misión tendrá lugar en Galilea, un lugar un poco extraño, allí conviven judío y paganos. A ambos se dirigirá Jesús, ya no habrá distinciones. Y lo que les anunciará será la Buena Noticia de Dios, la buena noticia de la bondad de Dios, la buena noticia del amor de Dios.

El Reino de Dios ya se ha hecho presente entre nosotros, Dios ya ha comenzado a reinar. Nosotros hemos de acoger este Reino y adherirnos al mensaje que Jesús nos trae. Pero para ello es indispensable que nos convirtamos. Este proceso de conversión, de cambio de mentalidad y de corazón, es un camino que hemos de recorrer a medida que vamos conociendo e identificándonos más con Jesús.

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CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué versículo, frase o palabra ha llamado especialmente tu atención? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?

• En el desierto no tienes que hacer nada, simplemente estar, simplemente acompañar a Jesús; esto significa encontrarte con la soledad, encontrarte con tu propio yo y con tus miserias, con tu debilidad, con tus carencias y con todo aquello que no te gusta, con tu no saber qué hacer… Es encontrarte con todo aquello que quieres cambiar en tu vida y que tanto te cuesta; es salir de tu «zona de confort». Hazte consciente de ello, presentáselo a Dios y comienza a trabajar para cambiar todo aquello que en tu vida es un obstáculo para cumplir la voluntad de Dios.

• En un momento dado de la travesía del desierto te darás cuenta que los ángeles te sirven, te darás cuenta que la luz se hace presente, te darás cuenta del camino nuevo que debes emprender… Acoge este nuevo camino y ponte en marcha.

• Todo comenzó en Galilea. Seguramente, tienes tu propia galilea, esos lugares en los que de alguna u otra manera cada te has encontrado con Jesús, has hecho experiencia de Él. Nombra esos lugares. Saca las consecuencias necesarias de estas experiencias para integrarlas dentro de ese nuevo camino que quieres emprender.

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VIDA – ORACIÓN

• Adora a Dios en el desierto de tu propia vida por haberte conducido allí, para purificarte y encaminarte a cambiar tu estilo de vida.

• Da gracias porque en el desierto de tu vida, Dios envía a sus «ángeles» para que te acompañen y te sirvan.

• Ofrécele tu propio desierto y tu galilea para que Él transforme tu manera de estar en el mundo y te ayude a integrar las experiencias vividas.

• Pídele al Espíritu Santo que te ayude a conocer mejor a Jesús y adherirte a su manera de ver la vida desde el punto de vista del Evangelio.

“Verdaderamente este era Hijo de Dios”

Lectura orante de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (Mt 27,11-54)

 

VERDAD – LECTURA

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Jesús compareció ante el gobernador, quien le preguntó: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús respondió: «Tú lo dices». Pero nada respondió a las acusaciones que le hacían los sumos sacerdotes y los ancianos. Pilato le dijo: «¿No oyes todo lo que dicen contra ti?». Pero él no le respondió nada, hasta el punto de que el gobernador se quedó muy extrañado. Por la fiesta el gobernador solía conceder al pueblo la libertad de un preso, el que ellos quisieran. Había entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Pilato preguntó a todos los que estaban allí: «¿A quién queréis que os deje en libertad? ¿A Barrabás o a Jesús, a quien llaman el mesías?». Pues sabía que lo habían entregado por envidia. Estando en el tribunal, su mujer mandó a decirle: «No resuelvas nada contra ese justo, porque he sufrido mucho hoy en sueños por causa de él». Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente de que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús. Y al decirles el gobernador: «¿A quién de los dos queréis que os suelte?», ellos respondieron: «A Barrabás». Pilato les dijo: «¿Qué haré entonces con Jesús, a quien llaman el mesías?». Todos dijeron: «¡Que lo crucifiquen!». Él replicó: «Pues, ¿qué mal ha hecho?». Ellos gritaron más fuerte: «¡Que lo crucifiquen!». Viendo Pilato que nada conseguía, sino que aumentaba el alboroto, mandó que le trajeran agua y se lavó las manos ante el pueblo, diciendo: «Soy inocente de esta sangre. ¡Vosotros veréis!». Y todo el pueblo respondió: «Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos». Entonces puso en libertad a Barrabás, y les entregó a Jesús, después de azotarlo, para que fuera crucificado.

Luego los soldados del gobernador llevaron a Jesús al pretorio y reunieron en torno de él a toda la tropa. Lo desnudaron, le vistieron una túnica de púrpura, trenzaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza, y una caña en su mano derecha; y, arrodillándose delante, se burlaban de él, diciendo: «¡Viva el rey de los judíos!». Le escupían y le pegaban con la caña en la cabeza. Después de haberse burlado de él, le quitaron la túnica, le pusieron sus ropas y lo llevaron a crucificar.

Cuando salían, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y le obligaron a llevar la cruz. Al llegar a un lugar llamado Gólgota (que significa la Calavera) dieron de beber a Jesús vino mezclado con hiel; pero él lo probó y no lo quiso beber. Los que lo crucificaron se repartieron sus vestidos a suertes. 36 Y se sentaron allí para custodiarlo. Sobre su cabeza pusieron la causa de su condena: «Éste es Jesús, el rey de los judíos». Con él crucificaron a dos ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban por allí le insultaban moviendo la cabeza y diciendo: «¡Tú que destruías el templo y lo reedificabas en tres días, sálvate a ti mismo si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!». Del mismo modo los sumos sacerdotes, los maestros de la ley y los ancianos se burlaban de él y decían: «Ha salvado a otros y no puede salvarse a sí mismo. ¡Es rey de Israel! ¡Que baje de la cruz y creeremos en él! Confiaba en Dios. Que lo libre ahora, si es que lo ama, puesto que ha dicho: Soy hijo de Dios». Los ladrones crucificados con él también lo insultaban.

Desde el mediodía se oscureció toda la tierra hasta las tres de la tarde. Hacia las tres de la tarde Jesús gritó con fuerte voz: «Elí, Elí, lemá sabactani?» (que quiere decir: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: «¡Éste llama a Elías!». En aquel momento uno de ellos fue corriendo a buscar una esponja, la empapó en vinagre, la puso en una caña y le dio de beber. Los otros decían: «¡Deja! A ver si viene Elías a salvarlo». Y Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, expiró. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló y las piedras se resquebrajaron; se abrieron los sepulcros y muchos cuerpos de santos que estaban muertos resucitaron y, saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de Jesús, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos. El centurión, por su parte, y los que con él estaban custodiando a Jesús, al ver el terremoto y las cosas que ocurrían, tuvieron mucho miedo y decían: «Verdaderamente éste era hijo de Dios».

 

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Estamos al comienzo de la semana más importante del año: la Semana Santa: la semana en la que recordamos (pasamos por el corazón) la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador.

Silencio, recogimiento, contemplación. Ante el gran misterio de la pasión y muerte de Jesús, sólo caben estas actitudes. Te invito a que, durante esta Semana Santa, ellas estén presentes en tu oración. Acoge la Palabra en lo más profundo de tu ser, pregúntate qué quiere decirte Dios Padre Misericordioso en este momento concreto de tu vida: ¿Qué quiere de ti? ¿A qué te está llamando? Lee y relee el texto, rúmialo, hazlo vida.

La Pasión según san Mateo es un texto en el que se nos presenta a Jesús, como el Hijo amado de Dios, como el Mesías esperado por los siglos, en el que se cumplen las profecías.

Toda la narración hay que leerla a la luz de las antiguas profecías, que Mateo nos irá presentando, pues para este evangelista, Jesús «lleva a perfecto cumplimiento lo que han dicho la Ley y los Profetas» (Mt 5,17).

Jesús, en la cruz, se siente solo, desamparado, abandonado…

El juicio religioso busca en todo momento condenar a Jesús por las obras que había hecho: curaciones en sábado, blasfemias, incumplimiento de la Ley, según el criterio de los fariseos…

El juicio político es un verdadero contraste entre los que están a favor de Jesús y los que están en contra, que al fin y al cabo son únicamente los miembros del Sanedrín y que han instigado al pueblo para obligar a Pilato a crucificar a Jesús.

La culminación de la obra de Jesús es la crucifixión. Pero no es el final. El Padre lo resucitará al tercer día. Una vida que se entrega por la salvación de todos y que culmina en la Resurrección. En ningún momento nos debe invadir la desesperanza.

Para quien tiene fe y acoge el mensaje final, que es el de la Resurrección, comienza una vida nueva.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Te invito a observar detenidamente cada uno de los personajes que aparecen en el relato de la Pasión. ¿Con cuál de ellos te sientes identificado? ¿Por qué?
  • ¿Quién es para tí el Jesús de la Pasión de Mateo? ¿Qué significado tiene para tu vida?
  • ¿Cómo vives tus momentos de soledad, tus momentos de dificultad, las contrariedades?
  • ¿Cómo das testimonio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús?

 

VIDA – ORACIÓN

  • Ponte en la presencia del Espíritu Santo y pídele que te ayude a contemplar en silencio este relato.
  • Ora junto a Jesús crucificado el salmo 22.
  • Da gracias a Dios Padre por el gran regalo de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús.

“Yo soy la resurrección y la vida”

Lectio Divina para el domingo V de cuaresma

(Jn 11,3-7.17.20-27.33b-45)

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VERDAD – LECTURA

3En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron decir al Señor: “Aquel a quien tú amas está enfermo”.

4Jesús al enterarse, dijo: “Esta enfermedad no es de muerte, sino para que resplandezca la gloria de Dios y la gloria del hijo de Dios”.

5Jesús era muy amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro. 6Y aunque supo que estaba enfermo, se entretuvo aún dos días donde estaba. 7Sólo entonces dijo a sus discípulos: “Vamos a Judea”.

17A su llegada. Jesús se encontró con que hacía cuatro días que Lázaro estaba muerto.

20En cuanto Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras que María se quedó en casa. 21Marta dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero yo sé que Dios te concederá todo lo que le pidas”. 23Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. 24Marta le respondió: “Sé que resucitará cuando la resurrección, el último día”. 25Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. 26El que cree en mí no morirá para siempre. 27¿Crees esto?” Le contesto: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que tenía que venir al mundo”.

33Jesús se conmovió por dentro, se estremeció y, profundamente emocionado, 34preguntó: “¿Dónde lo habéis puesto?” Le contestaron: “Ven a verlo, Señor”. 35Jesús se echó a llorar, 36por lo que los judío decían: “Mirad cuánto lo quería”. 37Pero algunos dijeron: “Este, que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que Lázaro muriese?”

38Jesús volvió a estremecerse profundamente al llegar al sepulcro, que era una cueva con una gran piedra puesta en la entrada. 39Jesús dijo: “Quitad la piedra”. Marta, la hermana del difunto, le dijo: “Señor, ya huele, pues lleva cuatro días”. 40Jesús le respondió: “¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?” 41Entonces quitaron la piedra. Jesús levantó lo ojos al cielo y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; 42yo sé que tú me escuchas siempre, pero lo dio por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. 43 Y dicho esto: gritó muy fuerte: “¡Lázaro, sal fuera!”. 44Y el muerto salió atado de pies y manos con vendas, y envuelta la cara en un sudario: Jesús les dijo: “Desatadlo y dejadlo andar”.

45Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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1.- Fíjate en los personajes que aparecen en este relato:

  • Lázaro: abreviatura de Eleazar, que significa “Dios ayuda”. Nombre frecuente en la época del NT. Eleazar aparece en el AT como tercer hijo de Aarón, hermano de Moisés (Núm 3,2); al que éste instituyó sacerdote (Lev 8).
  • Marta y María: hermanas de Lázaro, que aparecen también en la tradición sinóptica (Lc 10,38-42).
  • Los judíos: en diversos pasajes del evangelio de Juan aparecen como los adversarios de Jesús. Aunque aquí no parece que tengan una acepción peyorativa. Es más al final del pasaje se nos dice que muchos de ellos creyeron en Jesús.
  • Jesús: el Maestro, el Mesías, la resurrección y la vida.

2.-  Un breve apunte para distinguir resurrección de revivificación. Revivificar significa devolverle a alguien la vida, pero teniendo en cuenta que esa persona vuelve al mimo estadio previo a su muerte y que volverá a morir. Resucitar, por su parte, es volver a la vida para siempre. Jesús es el primer resucitado y todos nosotros resucitaremos con él.

3.- Entrando, un poco en el comentario del relato, con lo primero que nos encontramos es con la frase: “Aquel a quien tú amas está enfermo” (v. 3). Lázaro es una persona con la que Jesús tiene una fuerte amistad, un amigo entrañable. También los amigos de Jesús enferman. En Lázaro podemos personificar a todos los enfermos. La frase, no es una petición en sí, sino más bien una información.

Jesús se da por enterado. Sin embargo, la enfermedad no tiene porqué concluir con la muerte, puesto que la verdadera muerte es el cese de la vida que produce el pecado, aquel que cada día, se dejan transformar para configurarse con Jesús tienen vida y la tienen en abundancia (cf. Jn 10,10).

Marta, María y Lázaro, una comunidad de creyentes.

Dos días más permanece Jesús con sus discípulos allí donde se encontraba. Al tercer día regresó a Judea. Alusión clara a la resurrección de Jesús. Este signo es un preanuncio de la misma.

Al llegar a Betania, aldea cercana a Jerusalén, constata que Lázaro lleva cuatro días muerto. El número cuatro en la cultura judía significaba totalidad; por lo que el evangelista nos está diciendo que estaba bien muerto.lazaro01

Marta al enterarse de que Jesús está allí, sale corriendo a su encuentro. Si Jesús hubiese estado allí, podría haber curado a su hermano. Pero, ha de ser consciente de que la muerte de su hermano no es definitiva. Sí, Marta, ya lo sabe; su hermano resucitará en el último día. Jesús le dice una frase, algo desconcertante: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?” (vv. 25ss.). Jesús no es un milagrero, Jesús no viene a prolongar la vida de manera indefinida, no viene a suprimir las leyes de la naturaleza, viene a darnos plenitud, viene a darnos y regalarnos su propia vida, una vida que es su presencia, su permanencia entre nosotros. La resurrección, la vida eterna, no es algo lejano; aquel que es la vida está presente aquí y ahora, por lo que podemos pregustar la vida eterna. Pero para ello, hemos de adherirnos a él, de la misma manera que una cinta de velcro se adhiere a una prenda de vestir. La muerte no existe es un paso hacia la vida eterna. Marta lo ha entendido por eso hace profesión de fe: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que tenía que venir al mundo” (v. 27). Jesús es la presencia del Padre entre nosotros.

Jesús se conmueve ante el dolor de sus amigos, Jesús se conmueve ante el dolor del género humano. Pero, no quiere permanecer ahí, no puede; Jesús ante el dolor pasa a la acción: “¿Dónde le habéis puesto?” “Ven a verlo” (v. 34).

Jesús, a pesar de todo, siente la ausencia del amigo. El dolor, el recuerdo, la nostalgia son inevitables. Pero, en la vida del cristiano, la esperanza ha de estar siempre presente. Jesús va al sepulcro, no a hacer duelo, sino precisamente a manifestar la gloria de Dios, la presencia y el amor que Dios siente por el ser humano.

Quitad la losa y despojaos de la falsa creencia de que la muerte es definitiva. Nuestra percepción de la realidad, sobre todo en momentos de dificultad, dolor, sufrimiento, puede ser errónea. Quedarnos mirando al árbol, puede impedirnos ver el bosque.

Jesús, entonces, ora al Padre. Pero no pide, da gracias. No necesita pedir, el Padre sabe lo que nos hace falta.

“Lázaro, sal fuera”. El creyente, aunque muera, sigue vivo. Sigue vivo a pesar de las vendas y el sudario. Hemos de despojarnos de la cultura de muerte, de todo lo que nos impide vivir la vida en plenitud. Jesús viene a darnos nueva vida.

Ante la magnitud del signo, ante el misterio de la vida plena, sólo nos queda creer y adorar. Sí, la muerte biológica está presente en nuestra existencia, la debilidad humana se constata a cada paso. Pero la muerte no tiene la última palabra. La última palabra la tiene la vida.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Con que personaje te identificas: Marta, María, Lázaro, los judíos…? ¿Por qué?
  • Seguramente, en algún periodo de tu vida has pasado por momentos de dificultad, de desesperación, de muerte… ¿Cuál ha sido tu actitud? ¿Qué ha sostenido tu fe?
  • ¿Qué creencias y actitudes has de eliminar de tu existencia para abrirte a la vida en plenitud?
  • ¿Qué acciones puede realizar para llevar la cultura de la vida a la gente que te rodea?

 

VIDA – ORACIÓN

  • Da gracias a Dios, como lo hace Jesús, por todos los beneficios que cada día te regala y sobre todo, por habernos dado vida y vida en abundancia.
  • Pide al Padre que te conceda las fuerzas necesarias para hacer frente a los momentos de dificultad, de dolor, de desesperación, de muerte.
  • Comprométete a ser anunciador y portados de esperanza y de vida entre las personas de tu entorno.
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el-hijo-prodigo_270x250VERDAD – LECTURA

En aquellos días, los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírlo. Y los fariseos y los maestros de la ley lo criticaban: “Éste acoge a los pecadores y come con ellos”. Entonces les propuso esta parábola:

          “Un hombre tenía dos hijos. Y el menor dijo a su padre: Padre dame la parte de la herencia que me corresponde. Y el padre les repartió la herencia. A los poco días el hijo menor reunió todo lo suyo, se fue a un país lejano y allí gastó toda su fortuna llevando una mala vida. Cuando se lo había gastado todo, sobrevino una gran hambre en aquella comarca y comenzó a padecer necesidad. Se fue a servir a casa de un hombre del país, que le mandó a sus tierras a guardar cerdos. Tenía ganas de llenar su estomago con las algarrobas que comían los cerdos y nadie se las daba. Entonces, reflexionando, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobre y yo aquí me muero de hambre! Volveré a mi padre y le diré: Padre he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo: tenme como a uno de tus jornaleros. Se puso en camino y fue a casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, conmovido, fue corriendo, se echó al cuello de su hijo y lo cubrió de besos. El hijo comenzó a decir: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Sacad inmediatamente el traje mejor y ponédselo; poned un anillo en su mano y sandalias en sus pies. Traed el ternero cebado, matadlo y celebraremos un banquete, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado. Y se pusieron todos a festejarlo.

          El hijo mayor estaba en el campo y, al volver y acercarse a la casa, oyó la música y los bailes. Llamó a uno de los criados y le preguntó qué significaba aquello. Y este le contestó: Que ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano. Él se enfadó y no quiso entrar. Su padre salió y se puso a convencerlo. Él contestó a su padre: Hace tantos años que te sirvo sin desobedecer jamás una orden tuya, y nunca me has dado ni un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. ¡Ahora llega ese hijo tuyo, que ha gastado toda su fortuna con malas mujeres, y tú le matas el ternero cebado! El padre le respondió: ¡Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo! En cambio, tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado. Convenía celebra una fiesta y alegrarse”.

 

 

 

 

La liturgia de este domingo IV de cuaresma nos regala la lectura del pasaje evangélico conocido como la parábola del hijo pródigo, aunque creo que sería más indicado llamarla la parábola del padre misericordioso. Lo iremos viendo al profundizar en ella.

El motivo por el que Jesús pronunció esta parábola, según nos dice el texto, es a causa de la murmuración de los fariseos y de los maestros de la ley, que le criticaban porque acogía a los pecadores y comía con ellos. Algo, que por otro lado, estaba prohibido por la ley. Aunque esta ley era bastante injusta e inmisericorde. La misericordia es una de las características principales de Dios. Y también a nosotros nos pide que nos acerquemos a los demás con misericordia, sobre todo a los más necesitados de perdón y conversión. Esta imagen de Dios misericordioso no es ajena al Antiguo Testamento: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad, conserva su fidelidad por mil generaciones y perdona la iniquidad, la infidelidad y el pecado”. (Éx 34,6s). “Yo soy el Señor, lento a la cólera y rico en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebeldía” (Núm 14, 18). “Soy un Dios que muestro misericordia por mil generaciones a los que me aman y guardan mi alianza” (Dt 5,10). “El Señor es compasivo y misericordioso, el Señor es paciente y todo amor; no está siempre acusando ni guarda rencor eternamente” (Sal 103,8). Por supuesto, algunos de estos textos tienen una segunda parte en la que se nos dice que no deja nada impune y castiga la maldad de los padres en los hijos en en los nietos; pero porqué quedarnos únicamente con esta última parte. Los fariseos y maestros de la ley lo hacían así porque ellos se consideraban justos ante Dios pues cumplían a rajatabla todos los preceptos de la ley, por pequeños que fueran, llegando incluso a una casuística extrema.

Jesús viene a decirnos que el único justo es Dios. Y este Dios justo trata a las personas con entrañas de misericordia. Por eso, contó esa parábola y hoy nos la presenta a nosotros.

En ella, nos encontramos con tres personajes protagonistas: el hijo menor, el hijo mayor y padre.5da0d8f2262b553cb19f33a20683e82e

El hijo menor comienza reflexionando acerca de la situación en la que se encuentra conviviendo en la casa de su padre, parece que no está contento; por lo que le pide a su padre que le de la parte de la herencia que le corresponde. Quiere ir a experimentar otros mundos, otras situaciones, otro contexto vital. Por lo que, una vez que el padre le entrega su herencia, marcha a un país lejano, allí derrocha toda su fortuna y, a un cierto momento, se encuentra con lo puesto. Decide entonces, trabajar para una persona de aquellas tierras, que lo coloca cuidando cerdos. Una labor, por otro lado, bastante deshonrosa para un judío, pues recordemos que el cerdo es un animal impuro para la cultura y la religión judía (Lev 11,7). Pero, pasa hambre, tiene miedo. Entra dentro de sí y reflexionando, cae en la cuenta de que la vida que llevaba en casa de su padre era más beneficiosa que su situación actual: al menos, allí no pasaba hambre, al menos allí podría llevar una vida más feliz, aunque fuera como jornalero de su padre.. Entonces decide volver a la casa de su padre. No le mueve el amor, no le mueve el arrepentimiento, ni siquiera el hecho de volver al seno de su familia, le mueve el egoísmo y el miedo.

Ahora entra en escena, como protagonista el padre. Al verlo de lejos, se conmovió. En el padre se produce una emoción interna que le hace volverse hacia el hijo y compartir su desgracia, sus problemas, sus inquietudes, sin necesidad, siquiera de que éste pronuncie palabra alguna.

El padre lo abraza, lo cubre de besos, le transmite amor. No le deja, siquiera acabar el discurso que tenía preparado. El amor del padre es un amor incondicional que no espera nada a cambio. Le dice a los criados que le vistan de gala, que van a celebrar una fiesta, porque su hijo había muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido encontrado. El padre desborda de gozo ante el regreso de su hijo. No le pide cuentas, no le reprocha nada, no le recrimina… Le trata con inmenso amor. Y ese amor desbordante del padre y la felicidad por el encuentro se convierte en fiesta.

Mientras tanto, entra en escena el hijo mayor, que estaba trabajando en el campo. Se sorprende de que en su casa haya una fiesta y él no se haya enterado. Los jornaleros le informan del gran acontecimiento: Que ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado porque lo ha recobrado sano. ¿Cómo? ¿qué ese ingrato ha vuelto y mi padre ha preparado una fiesta? ¿Cómo es posible? El proceder del padre no entra dentro de su lógica. Como no entra dentro de nuestra lógica el proceder de Dios. Se enfada, se enfurece, se irrita ante el comportamiento de su padre. Es tal el rencor que lleva dentro que es incapaz siquiera de preguntar cómo está su hermano. Su única preocupación es que él ha sido “fiel”, ha cumplido con todo lo que el padre le ha ordenado, y no ha recibido recompensa alguna. Tampoco él ha entendido el significado del amor incondicional, a pesar de estar siempre al lado de su padre. No se ha dado cuenta de que todo lo que tiene el padre es suyo. Que en realidad, el padre no tiene nada propio. Porque incluso el amor es para darlo a los demás. El padre trata de explicarle su actuar, trata de explicarle en qué consiste el amor incondicional. Pero para ello, es necesario que entre en la dinámica de la misericordia y del amor que no espera nada a cambio.

El-hijo-prodigo

El relato concluye de una manera abrupta. En realidad, no sabemos el final. Es posible, querido lector que el final debamos construirlo tú y yo. Tal vez, es necesario que tomemos posición y nos pongamos en la piel de cada uno de los personajes, para ver cual es nuestro papel, para descubrir si nosotros hemos entrado en la dinámica del amor incondicional y de la misericordia de Dios nuestro Padre.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

 

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Es para tí motivo de escándalo saber que Jesús compartía su vida con pecadores, indigentes, prostitutas, gente de mal vivir?
  • ¿Con cuál de los personajes de la parábola te sientes más identificado? ¿Con el hijo menor? ¿Con el padre? ¿Con el hijo mayor?
  • Tal vez, has caído en la cuenta de que en muchas ocasiones te alejas de nuestro Padre Dios, ¿Qué sentimientos despierta esto en ti? ¿Has percibido que en esas ocasiones no eres plenamente feliz? ¿Por qué? ¿Qué es lo que te causa esa infelicidad? ¿Tienes miedo y por eso vuelves a la casa del Padre o te mueve el amor?
  • ¿Qué significa para ti entrar en la dinámica del amor incondicional, que no espera nada a cambio, de la misericordia (sentir en el corazón las miserias del otro)?
  • También es posible que seas un cristiano intachable, justo, cumplidor… que no se ha separado nunca de la casa del Padre. ¿Qué te mueve a ello? ¿Siente como tuyas las cosas de Dios? ¿Sientes que haces las cosas que le gustan al Padre por amor y no por cumplimiento? ¿Estas dispuesto a entrar en la fiesta?

 

 

 

 

VIDA – ORACIÓN

 

  • Te invito a volver a leer la parábola, a caer en la cuenta de las actitudes del padre, a que intentes hacerlas tuyas, a contemplar y dejarte contemplar por Dios rico en misericordia, a entrar en su dinámica de amor incondicional. Déjate mirar por Él y miralo. Deja que su amor te inunde.
  • Entonces, sal fuera y desparrama todo ese amor hacia todas aquellas personas con las que te encuentres, especialmente los más necesitados de misericordia: los pobres, los excluidos, los pecadores…

“La misericordia entre nosotros” Lectio Divina Domingo IV de Cuaresma (Lc 15,1-3.11-32)

“Convertirse y dar fruto” Lectio Divina Domingo III de Cuaresma (Lc 13,1-9)

VERDAD – LECTURAvhg7yg

En aquel momento, llegaron algunos anunciándole a Jesús que Pilato había matado a unos galileos, mezclando su sangre con la de las víctimas que ofrecían en sacrificio. Jesús les dijo: “¿Pensáis que esos galileos eran los más pecadores de todos los galileos porque sufrieron eso? Os digo que no y, si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. ¿Creéis que aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató eran los únicos culpables entre todos los vecinos de Jerusalén? Os digo que no. Todos pereceréis igualmente si no os arrepentís”.
Les contó esta parábola: “Un hombre tenía una higuera plantada en su viña; fue a buscar higos en ella, y no los encontró. Dijo al viñador: Hace ya tres años que vengo a buscar higos en ella no los encuentro. Córtala. ¿Por qué va a ocupar un terreno inútilmente? El viñador dijo: Señor, déjala también este año; yo cabaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da higos; si no los da, la cortas”.

 

El evangelio que nos ofrece la liturgia en este tercer domingo de cuaresma, podemos dividirlo en dos partes. En la primera parte, Jesús comenta dos acontecimiento de la vida cotidiana y aprovecha para invitar a sus contemporáneos, también a nosotros, a la conversión; dichos acontecimientos son la masacre que protagonizado Pilato y el accidente acaecido en la torre de Siloé. La segunda parte es la parábola de la higuera estéril.
Para situarnos adecuadamente en el contexto de este pasaje, hemos de decir que nos encontramos camino de Jerusalén. Algunas personas se acercan a Jesús para contarle el acontecimiento acerca de la masacre perpetuada por Pilato en contra de algunos galileos y como éste mezclo la sangre derramada por aquellos con la sangre de los sacrificios, lo cual aprovecha Jesús para comentar el hecho. Para la mentalidad judía de la época, la ausencia de catástrofes, males o incidentes desagradables era señal de la aceptación, aprobación o beneplácito de Dios. Jesús quiere dejar claro que Dios no es un Dios tapa-agujeros, guardián del orden público o adversario del hombre, el Dios cristiano es un Padre misericordioso que ama al ser humano, que quiere lo mejor para él y le otorga libertad para actuar, pensar y ser. Ni aquellos hombres, ni Dios son responsables de la catástrofe acontecida. Ahora bien, como cualquier ser humano puede alejarse de Dios, hecho que no lleva implícito en ningún momento el castigo, pero si lleva implícita la conversión. De ahí, la pregunta de Jesús: “¿Pensáis que esos galileos eran los más pecadores de todos los galileos porque sufrieron eso?” y su respuesta: “ Os digo que no”. E invita a los que lo escuchan a la conversión.
Reforzando esta idea, Jesús cuenta una parábola: la parábola de la higuera estéril. En ella, el dueño de la viña simboliza a Dios, la higuera es el Pueblo de Israel y el viñador es Jesús. Dios “se ha cansado” de las infidelidades del Pueblo; el viñador pide al dueño que le de un poco más de tiempo y cuidará más y mejor a la viña. Jesús siempre querrá darnos una segunda oportunidad y nuestro Padre Dios siempre nos está esperando. Nuestra conversión, cambio de vida, nos llevará también a dar testimonio.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Cuál es la imagen que tienes de Dios? ¿Un dios lejano, el dios relojero del universo que interviene en todo momento, el dios policía, el dios tapa-agujeros? ¿El Dios de Jesús y del Evangelio?
  • Jesús invita a tus contemporáneos a leer los signos de los tiempos. Y tú, ¿cómo sigues esta invitación?
  • Jesús nos llama continuamente a la conversión, a cambiar nuestra vida, a cambiar nuestra perspectiva. ¿Cómo acoges esa llamada? ¿Qué acciones pones en práctica?

VIDA – ORACIÓN

  • Bendito y alabado seas, Padre, por mostrarte siempre paciente con nosotros y por regalarnos cada día tu misericordia.
  • Gracias, Jesús, por invitarme cada día a la conversión.
  • Gracias Espíritu Santo por ayudarme a interpretar los signos de los tiempos.
  • Ayúdame, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo a purificar mi imagen de Dios, a iniciar mi camino de conversión y a ser testigo de tu misericordia.