“A ti te digo: ¡levántate! Lectio Divina del XXIII Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B

VERDAD – LECTURA  

Evangelio: Mc 5, 21-43

Acoger a Dios, es acoger al Señor de la vida. Es acoger a Aquel que es capaz de transformarnos, al que es capaz de cambiar nuestra existencia, al que es capaz de llevarnos a la plenitud de la vida. Eso sí, antes de acoger a Dios en nuestro corazón, en nuestra vida, es imprescindible confiar totalmente en él y salir de nuestra comodidad para buscarle.

Jesús es Señor de la vida y de la muerte. Y quiere hoy invitarnos a levantarnos, a no quedarnos tirados en el suelo después de la caída, a no quedarnos al borde del camino; nos invita a caminar a su lado.

En el evangelio de hoy, nos encontramos con dos historias en una. Y el evangelista Marcos utiliza la técnica llamada de bocadillo, intercalando en medio de un relato otro diverso, pero que está muy relacionado. Y lo que el evangelista acentúa es la fe de los personajes que allí aparecen: Jairo y la mujer hemorroisa.

Jesús, para poder actuar en nuestra vida, nos pide total confianza, nos pide levantarnos, superar los obstáculos e ir a su encuentro.

Si salimos al encuentro de Jesús, él se acercará a nosotros, nos acogerá, nos abrazará y nos mostrará el amor del Padre, sin importarle nada, sin importarle las convicciones sociales, lo sagrado o lo profano, lo puro o lo impuro. Eso le pasa tanto con la hija de Jairo, como con la hemorroisa. Jesús se deja tocar por esa mujer cuando sabía, perfectamente, que ella podía hacerle caer en impureza, pues tenía flujos de sangre (Lv 15,25-27). Jesús toca el cadáver de la hija de Jairo sabiendo también que tocarla le hacía caer en impureza (Nm 19,11). A Jesús lo que le importa es la persona y no las reglas, las normas o las convicciones establecidas por los hombres. Y, por encima de todo eso, está el salvar al ser humano. Jesús quiere contagiarnos la vida y la vida en plenitud, inaugurando un tiempo nuevo, en el que las dificultades, los problemas, los momentos de oscuridad no tienen la última palabra. La experiencia que podemos hacer de Jesús resucitado nos dice, que la última palabra la tiene la vida y nosotros hemos de ser, precisamente, testigos de luz, de la superación, de la esperanza y de la vida.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué versículo, frase, palabra ha llamado especialmente tu atención? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?
  • ¿Estás dispuesto a acoger a Dios en tu vida? ¿Qué acciones vas a emprender para ello?
  • ¿Cómo andas de confianza en Dios?
  • ¿Cómo mantienes la esperanza en los momentos de incertidumbre, de dificultad?
  • ¿Qué cosas o qué personas consideras impuras, profanas?
  • Para Jesús, lo más importante son las personas. ¿Y para ti?
  • ¿Cómo puedes ser testigo de la luz, de la esperanza, de la vida?

VIDA – ORACIÓN

Oración al Dios de la vida

Señor Jesús,

¡gracias por la vida, el don más preciado e incalculable!

¡Gracias porque cada día nos das una nueva oportunidad

para amar, para confiar para esperar, ara perdonar!

Dios nuestro, ¡llena nuestros corazones con la alegría de vivir

y con la generosidad que hace la vida más agradable

a todas las personas que tenemos cerca!

¡Ayúdanos a amar la vida

desde la concepción hasta la muerte natural,

en todos los momentos de la evolución de la persona!

¡Haz que tengamos más confianza

en todo lo que tú Señor, has pensado para cada uno de nosotros!

¡Envíanos tu Espíritu, buen Dios,

e invádenos con tu Gracia revitalizadora,

para que podamos difundir la cultura de la vida

allí donde predomina la cultura de la muerte!

¡Concede a nuestros dirigentes políticos, económicos y sociales

la fuerza para promover iniciativas positivas que defiendan la vida!

¡Levántanos en aquellos momentos de debilidad

en los que llegamos a creer que vivir no tiene sentido!

¡Envíanos a compartir este gran don con todo el mundo!

Ignasi Miranda, Oraciones de tú a tú.

¡Que el miedo no te paralice! ¡Jesús ha resucitado! Lectio Divina II Domingo de Pascua – Ciclo A

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Jn 20,19-31

Ufff. Que dicen por ahí, que está vivo. Que algunos comentan que le han visto y les ha hablado. Que otros han sentido no se qué cosas… Y todo esto, con la que está cayendo.

Todos nosotros sabemos cómo murió; algunos incluso lo vieron pendiendo de una cruz; todos estábamos presentes cuando lo apresaron. Y ahora esto.

Seguramente, es una estratagema de los seguidores de Herodes para prendernos a nosotros también, o de los fariseos… O vete tú a saber, igual están involucrados hasta los romanos. No. Lo mejor es permanecer aquí juntos, sin salir, cerremos bien las puertas y asegurémonos bien quién es antes de abrir la puerta a nadie.

En esta situación se encontraban los discípulos de Jesús. Ellos sabían verdaderamente la suerte que había corrido el Maestro. Alguno incluso lo había presenciado. Y, era lógico que pensaran: ¡Y ahora viene María de Magdala a decirnos que está vivo! Si, si… Pedro y algún otro discípulo han ido al sepulcro y allí no había nadie. Dos que iban camino de Emaús, dicen que lo han visto… Pero es tan difícil de creer todo esto.

Ante una comunidad insegura, vacilante, titubeante, paralizada por el miedo, Jesús se hace presente. Posiblemente, una situación, sino similar o parecida, cercana a la que podemos estar viviendo en estos días. Sí, queridos hermanos. Estamos encerrados en nuestras casas. Todos vamos a recordar esta primavera del 2020. Y en diversos momentos, incluso, nos invade el miedo. El miedo, que, en principio, no es ni bueno ni malo. Sirve para defendernos ante los peligros, los ataques, las amenazas. Sin embargo, todo va a depender de cómo gestionamos ese miedo. O nos quedamos inmóviles, quietos, pasivos, sin hacer nada; o, por el contrario, intentamos superar la situación y nos preguntamos: ¿qué puedo yo hacer frente a estas circunstancias que estoy viviendo en este momento?

Porque, precisamente, Jesús es lo que viene a traer a los apóstoles. Viene a zarandearlos, a moverlos de la situación en la que se encuentran y que los tiene inmovilizados. Y lo primero que les trae es la paz. La paz que no quiere decir ausencia de conflictos, ausencia de dificultades, ausencia obstáculos. La paz que trae Jesús es calma, equilibrio, estabilidad; es pararse y observar, es acoger, es ver posibilidades con serenidad. Y todo ello desde el amor. Un amor que se muestra en los signos de la pasión que Jesús lleva en su cuerpo y que muestra a los apóstoles. Signos que, a su vez, son las señales de su victoria, ante lo que más teme el ser humano: la muerte. Así es, Jesús ha vencido al enemigo más peligroso, al mas temido: la muerte. Jesús ha sido el primero en resucitar de entre los muertos y gracias a él, a la misericordia del Padre y a la fuerza del Espíritu Santo todos resucitaremos con Él y en Él. La manera y el momento, sólo el Padre lo sabe.

Ahora sí, ahora la comunidad ha hecho experiencia del Resucitado. Y entonces, cuando la comunidad está preparada, es cuando puede dar testimonio de Jesucristo. Ahora es el momento, después de realizar la experiencia del Resucitado cuando podemos, con la paz que el nos trae, y con la fuerza del Espíritu, preguntarnos: ¿qué voy yo a hacer para dar testimonio de esta experiencia? ¿qué acción voy a emprender, para no quedarme paralizado por el miedo? ¿Qué voy a hacer para que otros puedan tener la misma experiencia? ¿De qué manera puedo salir de esta situación reforzado, fortalecido, con más vitalidad y resistencia?

Posiblemente, ocurra que haya personas como Tomás. Probablemente, incluso, nosotros podamos comportarnos como Tomás. Claro que sí. Es totalmente comprensible. Jesús no reprocha nada a Tomás, al contrario, lo lleva y lo atrae hacia Él para que haga la experiencia. Para que experimente lo mismo que experimentaron los demás discípulos. ¡Ven y haz tu propia experiencia personal! Eso es lo que Jesús le dice con su presencia, con sus actos, con sus gestos.

Y eso, precisamente, es lo que tenemos que hacer cada uno de nosotros, experimentar a Jesús Resucitado en nuestra vida y ayudar a otros a tener esa misma experiencia con sus circunstancias propias, con sus situaciones, con su ambiente propio.

La invitación de Jesús hoy es a no quedarnos paralizados por el miedo; al contrario, que pongamos en marcha todas nuestras capacidades para experimentarle a Él como Resucitado y desde ahí ser testigos de su misericordia y de su amor, emprendiendo acciones en favor de los demás, que puedan acercarles a ellos a realizar esa misma experiencia del Resucitado.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué versículo, frase, palabra ha llamado especialmente tu atención? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?
  • ¿Cuál es tu respuesta ante situaciones de dificultad, de inseguridad, de incertidumbre?
  • ¿Ante ciertos acontecimientos que se escapan a tu entendimiento pides a Dios una señal?
  • ¿Estás dispuesto a experimentar la presencia de Jesús Resucitado en tu vida? ¿Qué acciones vas a emprender para ello? ¿De qué manera le experimentas en tu día a día?
  • ¿Vives dicha experiencia en comunidad?
  • ¿Dejas a Jesús que tome la iniciativa en tu vida?

VIDA – ORACIÓN

  • Pide perdón a Dios por las veces que te niegas conscientemente a ver los signos que Él te va mostrando y le pides pruebas personales.
  • Guarda silencio, repasa este fragmento del evangelio, adora.
  • Repite durante la jornada la jaculatoria pronunciada por Tomás, reconociendo que Jesús resucitado es tu único Señor: «Señor mío y Dios mío».

Bartimeo dispuesto a salir de su “zona de comodidad”. Lectio Divina del domingo XXX del T.O. (Mc 10,46-52)

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VERDAD – LECTURA

EVANGELIO

Después de esto, llegaron a Jericó. Y cuando Jesús salía de la ciudad seguido de sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego llamado Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino. Al oír que pasaba Jesús, el Nazareno, comenzó a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”. Muchos le reprendían para que se callase, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten misericordia de mí!” Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo”. Llamaron al ciego y le dijeron: “Ánimo, levántate, que te llama”. Él arrojando su manto, dando un salto se acercó a Jesús. Éste le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?” El ciego contesto: “Rabbuní [Maestro], que vuelva a ver.” Jesús, entonces, le dijo: “Vete, tu fe te ha curado”. Al instante recobró la vista y siguió a Jesús por el camino.

 

En los domingos precedentes, la liturgia nos ha ido presentando, cómo Jesús instruía a sus discípulos acerca de lo que verdaderamente significa seguir al Mesías. Los apóstoles están algo desconcertados, pues continúan aferrados al poder, los privilegios, los primeros puestos, etc. (Cf. Mc 10,35ss) No comprenden la novedad del estilo mesiánico de Jesús: pequeñez, humildad, servicio, entrega, amor incondicional… Teniendo en cuenta esto, y como colofón del capítulo 10, podemos ver este pasaje como una llamada para dar el primer paso en el seguimiento de Jesús. Bartimeo, el ciego, el mendigo, el apartado del camino… se convierte en modelo de seguimiento y discipulado para todos aquellos que quieran seguir al Maestro por el camino.

dolomites-2630274_640Pero analicemos un poco a este personaje. ¿Cuál es el primer paso que tenemos que dar en el seguimiento del Maestro? Bartimeo se encuentra al borde del camino, es decir, junto a él, fuera del mismo. Pero, es más, se encuentra quieto, inmóvil, estático… No es que esté caminando, aunque sea fuera del camino. Está sentado, lo cual acentúa más su inmovilidad. Se encuentra, en lo que hoy llamaríamos su “zona de comodidad”. Esa zona en la que uno se encuentra más o menos cómodo, más o menos seguro, dónde va viendo pasar la vida sin pena ni gloria, donde no se arriesga, donde permanece pasivo ante los diversos acontecimientos… Una zona en la que uno no es que sea feliz; pero de la que cuesta salir, porque requiere esfuerzo, compromiso, responsabilidad. Y muchas veces, preferimos quedarnos como estamos, para evitar “problemas”.

Sin embargo, Bartimeo no estaba dispuesto a permanecer en esa situación. A pesar de todas las dificultades, de la marginación que sufre, de la exclusión que padece, no quiere permanecer allí. Quiere ponerse en marcha, quiere crecer, quiere desarrollarse. Aunque la sociedad quiera obligarle a permanecer allí: ¡Cállate!

Nadie había reparado en él hasta que se pone a gritar. Nadie se había percatado de su presencia hasta entonces; hasta que da el primer paso para salir de su “zona de comodidad”. A la gente, a los mismos discípulos probablemente, les molesta esto: ellos, a su manera y con sus circunstancias particulares, también se encuentran en esta zona. Para la gente y para los discípulos era más fácil seguir creyendo en un mesianismo de poder, de privilegios, de autoridad… Es más fácil que alguien venga a solucionar nuestros problemas: el Mesías. A pesar de que Jesús, continuamente, les está diciendo que aquel que quiera seguirle debe implicarse en la construcción del Reino.zona-de-confort-pez

Bartimeo no está dispuesto a rendirse. Todos quieren hacerlo callar. Él, sin embargo, no se da por vencido y grita aún más fuerte: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! Trayéndolo a nuestros días podríamos traducirlo por ¡Jesús, ayúdame! ¡Jesús, quiero salir de esta situación! ¡Jesús, no estoy contento con mi vida! ¡Jesús quiero salir de este atasco en el que me encuentro! Quiero desarrollarme humanamente, espiritualmente, cristianamente… Quiero poder seguirte por el camino. Pero solo no puedo salir de esta situación en la que me encuentro. Necesito ayuda. El ciego del camino ha dado el primer paso: Grita. Busca una posibilidad. A base de gritar, obliga a Jesús a detenerse y a llamarlo; obliga a Jesús a prestarle atención: ¿Qué quieres que haga por ti? Ahora bien, antes ha dado un salto, ha arrojado su manto, símbolo de su seguridad, de sus certezas, de sus convicciones… Ha decidido cambiar de vida.

El diálogo entre ambos es brevísimo: «¿Qué quieres que haga por ti?», «Maestro, que vuelva a ver». «Anda, tu fe te ha curado». Bartimeo depositó toda su confianza en Jesús, se abandonó totalmente a él. E, inmediatamente, recobró la vista. Inmediatamente cambio su perspectiva, inmediatamente cambio su modo de mirar, inmediatamente cambio su modo de ver la vida. A partir de ahora ve los acontecimientos, las situaciones, las circunstancia, la vida… con la mirada de Jesús. Cuando demos el primer paso y comencemos a ver con los ojos de Jesús, a sentir de la manera como sentiría Jesús, a pensar como pesaría Jesús, a amar al modo de Jesús… entonces podemos emprender el camino de seguimiento del Maestro.

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CAMINO – MEDITACIÓN 

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • Es muy probable, que no te falte el sentido de la vista, pero ¿eres capaz de descubrir el paso de Dios en tu vida? ¿Eres capaz de reconocer la mano de Dios en los acontecimientos diarios? ¿Te fías incondicionalmente de Dios y te abandonas a su amor y misericordia?
  • ¿Te encuentras al borde del camino o en el sendero del seguimiento de Jesús?
  • ¿Sigues posicionado en tu “zona de comodidad”? ¿Sigues aferrado, como los discípulos, a tus seguridades, a tus certezas, a tus convicciones? ¿Qué te impide dejar a un lado tu manto?
  • ¿Eres capaz de gritar desgarradamente, de alzar tu voz por encima de las demás, de hacerte oír, aunque existan circunstancias que te lo quieran impedir? ¿Eres capaz de dar el primer paso para salir de esa “zona de comodidad” y seguir a Jesús por el camino? ¿Cuál tendría que ser este primer paso?
  • ¿Qué necesitarías cambiar en tu vida para emprender verdaderamente el camino del seguimiento de Jesús?

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VIDA – ORACIÓN

La oración del ciego Bartimeo, algo desconocida para nuestro contexto cristiano occidental, es sin embargo muy conocida y apreciada por nuestros hermanos de rito oriental (católicos y ortodoxos): la oración de Jesús u oración del corazón. En la obra El Peregrino ruso podemos descubrir la dulzura, importancia y dimensión de esta oración, con la que muchos de esto hermanos nuestros oran a modo de jaculatoria: «¡Señor Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!». Mi invitación es que profundices en esta oración y en su práctica. Y repitas despacio esta invocación en distintos momentos del día y luego continúes practicándola.

Pero esa oración, en realidad debe ser un estímulo, una motivación, un incentivo para comenzar a salir de tu “zona de comodidad”, con la ayuda de Jesús, de la misma manera que hizo el ciego Bartimeo.

 

«No tengáis miedo» Lectio Divina del Domingo XII del Tiempo Ordinario (Mt 10,26-33)

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VERDAD – LECTURA

26 En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: No tengáis miedo a los hombres, pues no hay nada encubierto que no se descubra, ni nada escondido que no llegue a saberse. 27Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz del día, y lo que escucháis al oído, pregonadlo desde las azoteas. 28No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden quitaros la vida; temed más bien al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en el fuego. 29¿No se venden dos gorriones por un cuarto? Y, sin embargo, ni uno de ellos cae al suelo sin que lo disponga así vuestro Padre. 30Y en cuanto a vosotros, hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. 31Por eso no tengáis miedo; vosotros valéis más que muchos gorriones.

32 Todo aquel que ante los hombres declare su adhesión a mí, también yo declararé mi adhesión a él ante mi Padre que está en los cielos; 33pero aquel que me niegue a mí ante los hombres, también yo lo negaré a él ante mi Padre que está en los cielos.

 

Una expresión que resuena, porque se repite tres veces, en el texto que hoy la liturgia nos ofrece para nuestra oración es: No tengáis miedo. Creo que es un hecho que no podemos pasar por alto. No únicamente para el tiempo de Jesús, sino también para nuestro tiempo. Dicha frase no aparece sólo en este pasaje; ya en Mt 6,25-34, aparecen estas palabra, u otras similares, siete veces.

Si tenemos fe y confianza absoluta en Jesús, ¿A qué podemos temer? ¿Tememos lo que puedan pensar de nosotros cuando proclamamos el evangelio? ¿Miedo a que nos maten por ser seguidores de Jesús? ¿A qué tenemos miedo, si Dios está con nosotros, si Dios no permitirá que nos ocurra ningún mal? Nosotros valemos más que los lirios del campo y los pájaros del cielo: somos hijos de Dios. ¿Miedo al sufrimiento, a la dificultad, a los problemas, a nuestras debilidades, a la muerte? Cristo padeció, sufrió, murió y resucitó por nosotros. Estamos salvados. Ahora, bien es verdad, que nosotros podemos rechazar esa salvación desde nelitefon.ru_31909uestra libertad.

Si estamos dispuestos a asumir y cumplir la misión que nos ha encomendado Dios, no tenemos motivo para el miedo; pues, si nosotros declaramos nuestra adhesión a Jesucristo ante los hombres, Él declarará nuestra adhesión a nosotros ante el Padre.

El miedo paraliza, nos inmoviliza, nos aísla, distorsiona la realidad. Por tanto, no tengamos miedo. Sí prudencia, sí cautela, sí moderación, sí discernimiento… pero nunca miedo. Nuestra única preocupación debe ser la de testimoniar a Jesús ante todos los hombres.

No tengamos miedo, siquiera de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden quitarnos la vida. Siguiendo a Mario Galizzi en su comentario al evangelio de Mateo, hemos traducido vida en lugar de alma. El cuerpo para un judío es el ser humano al completo, el ser que vive su materialidad aquí en la tierra, el ser visible que se relaciona con los demás. Esta realidad visible en su totalidad y en la medida en que manifiesta su relación con Aquel que es la fuente de la vida en hebreo se denomina nefesch, una palabra que en griego se dice psyché y que a nuestra lengua se traduce por alma o vida. Y esa vida que es relación con Dios no puede ser eliminada totalmente ni definitivamente.

Quien mantiene su relación con Dios, quien mantiene su adhesión a Jesús, quien se deja cada día transformar y configurar a Cristo por el Espíritu Santo, podrá morir materialmente, podrán arrebatarle su existencia, pero nadie podrá quitarle la vida, que es su relación con Dios, nadie podrá romper ese vínculo. Ese vínculo será roto únicamente por aquel que no quiera ser amigo de Dios, por aquel que no quiera relacionarse con Él, por aquel que niegue a Jesús ante los ddonde-encontrar-fotos-gratis-libres-de-derechos-de-autor-gratisemás.

Dios está siempre cerca de aquellos que lo invocan con sincero corazón, de aquellos que lo buscan, de aquellos que claman y lo llaman. Dios se preocupa por todos y cada uno de nosotros, sabe nuestras necesidades, conoce nuestras inquietudes, entiende nuestras dificultades. Nuestro padre siempre nos acompaña, siempre nos protege, siempre nos ayuda. Y si de algo hemos de tener miedo, no ha de ser a ser condenados (actitud del esclavo, que diría san Agustín), sino a ofender, a disgustar, a desagradar a nuestro Padre que únicamente nos ofrece amor. Ese es el verdadero temor de Dios. Miedo y temor a perder esa relación vital con Él, que nos amó primero desde toda la eternidad y nos seguirá amando durante toda la eternidad.

Si nosotros hemos reconocido a Jesús ante los demás, Él no reconocerá ante el Padre. Si nosotros hemos dado testimonio de Jesús delante de los hombres, Él dará testimonio de nosotros ante el Padre. Jesús quiere reconocernos como suyos ante el Padre, quiere salvarnos. Dios quiere nuestra salvación, Jesús nos busca para ofrecernos la salvación, el Espíritu Santo nos fortalece para que alcancemos la salvación.

Con esta certeza, en el corazón, en nuestra alma, en nuestro cuerpo incluso, en todo nuestro ser, estamos llamados a vivir nuestra existencia cotidiana; pero, teniendo en cuenta la importancia de ser testigos del amor de Dios, que se hace visible en Jesús, ante todos aquellos que se cruzan en nuestro camino, ante aquellos que conozcan o no a Dios, ante aquellos que acojan nuestras palabras o ante aquellos que las rechacen. Salgamos fuera y transmitamos a todo el mundo la alegría del evangelio.

 

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CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Cuáles son tus temores, tus miedos? ¿Qué es aquello que te turba, que te sobresalta, que te paraliza?
  • Reconoce ese temor, afróntalo, ¿Qué es lo peor que te puede pasar ante ese temor? Plántale cara, intenta poner en juego todas tus facultades para vencerlo. Ponlo todo en las manos amorosas de Dios, en el corazón de Jesús, a los pies de María su Madre, tu Madre y nuestra Madre. ¡Abandónate!
  • ¿Eres capaz de arriesgarte por Jesús? (Él se arriesga por ti). ¿Eres capaz de reconocer a Jesús ante los demás? (Él te reconoce ante el Padre) ¿Eres capaz de dar testimonio de Él? (Él da testimonio de ti).

 

 

VIDA – ORACIÓN

Acto de abandono

Padre, ignoro lo que hoy me va a ocurrir.
Pero sé que nada sucederá sin que tú lo hayas previsto y dispuesto,
desde toda la eternidad, para que redunde en bien mío.
Y esto me basta.

Adoro tus designios eternos e inescrutables;
por tu amor los acepto con todo el corazón;
en comunión con el sacrificio de Jesús, mi Salvador,
te ofrezco todo mi ser.

En su nombre y por sus méritos infinitos,
te pido firmeza en las contrariedades y aceptación sin reservas,
para que todo lo que dispongas o permitas,
sirva para tu mayor gloria y para mi santificación.
(Beato Santiago Alberione).

Como último recurso para que nos ayude a nuestra oración de hoy os dejo el enlace a un video estupendo de la Hna. Glenda: ¿Por qué tengo miedo?