“YO SOY EL BUEN PASTOR” Lectio Divina Domingo IV de Pascua – Ciclo A

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VERDAD – LECTURA

Evangelio: Jn 10,1-10

Carmine Gallo, en su libro Hable como en TED, nos presenta las características que debe tener una buena presentación para ser estimulante: emocionante, original y memorable. Es decir, las historias que contamos deben tocar el corazón de nuestro interlocutor, deben enseñarle algo nuevo y el público debe ser capaz de recordar dicha historia. No voy aquí a realizar un estudio acerca de los relatos, de las historias o de los procesos comunicativos. Si es el lugar, pero no creo que sea el momento. La causa por la que he traído a colación estas características es porque, desde mi punto de vista, el relato que hoy nos presenta el evangelio de Juan, de adecua perfectamente a las cualidades enunciadas por Carmine Gallo.

La imagen que nos presenta Jesús en este fragmento del evangelio de Juan, posiblemente, a nosotros pueda quedarnos un poco lejos; pero no así con sus contemporáneos, qué seguramente entendían perfectamente las metáforas, comparaciones o paradojas utilizadas en su discurso.

Os invito acercarnos al texto como si fuera la primera vez que lo escuchamos, con la curiosidad del principiante, y con la apertura que solemos adoptar ante la novedad. Os pido que intentemos acercarnos al texto evangélico esforzándonos por comprender la metáfora o la personificación que Jesús utiliza en el relato.

¿A quién se está refiriendo cuando nos habla del Pastor? ¿Quiénes son las ovejas? ¿Quién es el ladrón? ¿Qué significado puede tener la puerta?

Las ovejas, para el autor del cuarto evangelio, representan al pueblo de Israel dominado por sus propios dirigentes, a los cuales dirige este discurso y que, anteriormente, han vivido el episodio del ciego de nacimiento; es decir, está dirigiendo su discurso a los fariseos.

Jesús, por medio de una comparación, va mostrando a sus interlocutores que él es la única alternativa para la salvación. No salva el cumplimiento de unas normas absolutizadas por los fariseos, ni la institución, ni la pertenencia. Salva la persona de Jesús.

El aprisco es la representación de la institución judía, dentro de ella algunos individuos se han arrogado puestos para los que no tenían ningún derecho, por lo que en realidad son ladrones y bandidos que utilizan todas las «armas» a su alcance para someter al pueblo y seguir sumiéndolo en la miseria.

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Sólo existe una manera legítima para acercarse a las ovejas: entrando por la puerta. Todo aquel que no haya entrado por la puerta, se acerca a las ovejas de manera ilegítima, y según Jesús con la clara intención de explotarlas.

A los que no entran por la puerta, ladrones y bandidos, sino que entran en el aprisco saltando la valla, se oponen al pastor, el cual es reconocido por el guarda y las ovejas.

El pastor es Jesús. El personaje del pastor aparece ya como figura mesiánica sobre todo en los Profetas del Antiguo Testamento (p.e. Ez 34,23s). El pastor entra en el aprisco para cuidar de sus ovejas no para explotarlas o sacar algún beneficio de ellas. Por eso ellas reconocen su voz.

Pero, además, el pastor llama a cada una por su nombre, las conoce a todas y a cada una de ellas de forma personal e individual. Jesús llamando a cada una de las ovejas por su nombre, les ofrece la alternativa de salir de la institución judía para entrar en el camino de la libertad y de la vida, aunque este no esté exento de dificultades y obstáculos. Jesús llama a cada una de las ovejas a su seguimiento.

Una vez que las ovejas han reconocido la voz del pastor, es imposible que escuchen la voz de un extraño, lo más lógico es que huyan de él; porque es el pastor quien conduce a su rebaño a verdes pastos y no al matadero.

Ante la cerrazón de los dirigentes judíos, Jesús continúa con otra comparación: la puerta. El único lugar por el que se puede acceder a la salvación es por la puerta que es Jesús. Aquel que se adhiera a Jesús y le siga, aquel que atraviese la puerta, encontrará la salvación. Podrá entrar y salir libremente y encontrará pastos verdes, encontrará la vida.

Los ladrones únicamente vienen a robar y a quitar la vida a las ovejas. Jesús, sin embargo ha venido para dar vida plena y a darla en abundancia.

Espero, querid@ herman@, que, después de este acercamiento, que he intentado hacerte al relato, también para ti, esta narración resulte emocionante, original y memorable.

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CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué versículo, frase, palabra ha llamado especialmente tu atención? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?
  • ¿En qué momentos de mi situación actual, reconozco la voz del Pastor?
  • ¿Escucho la voz del Pastor, me dejo conducir por ella y le sigo?
  • ¿Facilito a los demás que puedan conocer la voz del Pastor?
  • ¿Soy yo, como Jesús, puerta por la que los demás pueden entrar y salir para encontrar verdes pastos o por el contrario soy muro que nadie puede atravesar?

VIDA – ORACIÓN

Oramos juntos con el Salmo 23:

El Señor es mi pastor;

nada me falta.

En verdes praderas me hace descansar,

a las aguas tranquilas me conduce,

me da nuevas fuerzas

y me lleva por caminos rectos,

haciendo honor a su nombre.

Aunque pase por el más oscuro de los valles,

no temeré peligro alguno,

porque tú, Señor, estás conmigo;

tu vara y tu bastón me inspiran confianza.

Me has preparado un banquete

ante los ojos de mis enemigos;

has vertido perfume en mi cabeza,

y has llenado mi copa a rebosar.

Tu bondad y tu amor me acompañan

a lo largo de mis días,

y en tu casa, oh Señor, por siempre viviré.

“Encontrarse con Jesús” Lectio Divina III domingo de Pascua – Ciclo A

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Lc 24,13-25

Al orar con este texto del evangelio de Lucas, me asaltó a la mente una pregunta: «¿Cómo ver y reconocer a Jesús resucitado en mi vida? Y, caí en la cuenta de que era necesario experimentar el mismo proceso de fe que vivieron las primeras comunidades cristianas, permitiendo que Jesús se manifieste en la comunidad, para llegar así a la adhesión personal.

Aquel mismo día, es decir, el domingo de la resurrección de Jesús. Dos de los discípulos van de camino. El evangelista nos los presenta totalmente derrumbados después de la muerte del Maestro. Tal es su decepción, que abandonan Jerusalén, dejando allí a sus hermanos reunidos: a la comunidad. Van camino a una aldea, llamada Emaús, de localización incierta; únicamente sabemos que distaba de Jerusalén unos 11 kilómetros. Van desilusionados, sin esperanza ninguna, totalmente decepcionados, encerrados en sus propios pensamientos y su propia idea de cómo tenía que ser el Mesías de Israel. Para ellos todo a concluido. Aquel profeta poderoso en obras y palabras ha muerto. Todo se ha acabado.

Mientras van de camino, Jesús se les aparece como un caminante más. Ellos no le reconocen. Están cerrados por el pesimismo.  Están tristes por los acontecimientos ocurridos en Jerusalén, totalmente desconocidos, al parecer, para este nuevo caminante que ha entrado en escena. Los dos discípulos callan. El caminante toma la iniciativa y les ofrece una relectura de todo el proyecto de Dios a través de la historia del Pueblo Elegido.

El cenit del relato llega cuando le reconocen al partir el pan. Invitan al caminante desconocido a quedarse con ellos, a compartir la mesa, Desean vivamente que se quede con ellos. Será al compartir el pan, cuando se caiga el velo de sus ojos y reconozcan a aquel personaje misterioso. Es en la eucaristía donde se manifiesta Jesús resucitado. Es en la escucha comunitaria de la Palabra y en la fracción del pan donde Cristo resucitado se hace presente.

Al hacer experiencia de Jesús Resucitado retornan a la comunidad para dar testimonio de lo que han visto y oído, de lo que han experimentado. La experiencia de Jesús resucitado sólo puede hacerse en comunidad nunca en solitario, en la celebración como Iglesia reunida. El resto de la comunidad, también, comparte de qué forma han experimentado al Maestro Resucitado. Cristo está vivo en medio de ellos. Cristo está vivo en medio de nosotros.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué versículo, frase, palabra ha llamado especialmente tu atención? ¿Qué sentimientos despierta en ti? ¿Qué querrá decirte Dios con ello en este momento concreto de tu vida?
  • ¿En algún momento te has sentido decepcionado por Jesús? ¿Por la Iglesia? ¿Cuál ha sido tu reacción?
  • ¿Cuál es tu comportamiento ante los signos que Jesús nos pone delante para que le reconozcamos como Cristo Resucitado?
  • ¿Eres consciente de que la comunidad es lugar imprescindible para hacer experiencia de Jesús Resucitado?
  • Toma el pulso a tu testimonio de Jesús Resucitado.

ORACIÓN – VIDA

  • Pide perdón a Dios, por las veces que has tirado la toalla en los momentos de decepción, de incertidumbre, de aparente oscuridad; por las veces que no estas atento, ni te abres a los signos que te muestra.
  • Da gracias a Dios por estar siempre presente en tu vida y por hacerte experimentar que Jesús está vivo.

Perdonando desde el amor. Lectio Divina del VII Domingo del T.O. – Ciclo A

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Mt 5,38-48

Continuamos reflexionando, meditando y orando con el llamado sermón del monte, que Mateo nos ofrece en su capítulo 5. Hoy, la liturgia nos regala un estupendo fragmento, en el que se nos habla del perdón; y que, concluye con las palabras que comentábamos en nuestro anterior post: “Vosotros sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (5,48).

En este momento, sin embargo, me gustaría que para orar con nuestra lectio divina semanal nos centráramos en el tema del perdón, visto desde la perspectiva del amor.

Nadie podrá negar que perdonar es complicado, necesita de un proceso, a veces, largo y difícil.

En muchas ocasiones, ni siquiera sabemos muy bien en qué consiste: “perdono, pero no olvido”; “yo le perdono, pero ojalá…” Es más, nos puede parecer un imposible. Y hay momentos en los que podemos, incluso, llegar a pensar que Jesús nos está pidiendo realizar ese imposible: “no hagas frente a quien te agravia; a quien te pide dale; ama a tu enemigo y reza por quien te persigue”. Aunque, también es muy posible, que Jesús nos esté desafiando a cambiar el mundo. ¿Qué actitud debo tomar ante una ofensa? ¿ante un insulto? ¿ante un menosprecio? ¿Qué hacer cuando alguien me hace daño?

La ley del talión, que era la que estaba vigente para los judíos en tiempos de Jesús, era clara: Si alguien hace daño, lo pagara “vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.” (cf. Ex 21,23ss). Esta ley ya era un adelanto con respecto a otras, para evitar la venganza extrema o desorbitada.

Jesús, sin embargo, está invitando a sus discípulos a ejercer la no violencia; o si preferimos, una cierta resistencia pasiva: no hacer frente a los ataques, no devolver mal por mal. La violencia, dice el dicho, engendra violencia. Pues, precisamente, Jesús quiere que sus discípulos no reaccionemos de manera instintiva, según lo “que nos pide el cuerpo”.

Tampoco es que Jesús esté aconsejando a sus discípulos permanecer impasibles o pasivos. No, al contrario, él nos invita a pasar a la acción, nos invita a ser proactivos, pero de manera distinta: buscando el diálogo; buscando el hacer caer en la cuenta al otro de su error; haciéndole ver su responsabilidad, su incoherencia, su equivocación. De esa manera, es posible que cambie. De la otra, devolviendo mal por mal, es muy posible que entremos en el bucle de la violencia, de la venganza, de la revancha y del ajuste de cuentas.

Para esto es necesario, como veíamos en nuestro anterior post, mucho amor.

Un amor que debe alcanzar, incluso, a quienes consideramos nuestros enemigos. Nuestro prójimo es todo ser humano, sin importar raza, lengua, pueblo, nación, condición social, o actos que haya realizado. Por supuesto, como decíamos más arriba ayudándole a que sea consciente de su error; pero sin juzgarlo, sin condenarlo, sin darlo por perdido.

Devolver amor ante la injusticia, haciéndole frente, denunciándola, pero sin hostilidad, incluso rezando por aquel que nos hizo daño, es la mejor manera enfrentarnos al mal.

El ideal es que nosotros seamos como nuestro Padre celestial que hace salir el sol sobre justos e injustos (Mt 5,45), que seamos santos como nuestro Padre que es santo (cf Lev 19,2).

A nivel práctico, el no perdonar, es adoptar un papel de víctima: “pobre de mí, que fulano me ha hecho esto o aquello”, “yo no me merecía esto” “con todo lo que yo he hecho por él”. Perdonando, adoptamos una actitud proactiva. A partir de este hecho, de esta circunstancia, de la injuria recibida… ¿Qué puedo hacer yo para acercarme a esa persona? ¿Qué puedo hacer yo para que esa persona caiga en la cuenta de su error? ¿qué puedo hacer yo para cambiar la situación?

Imprescindible para todo esto saber gestionar nuestro enfado y nuestra ira y entrar en diálogo con nuestro prójimo. Y, sobre todo, no dar nunca un caso por perdido. Lo que es imposible para el hombre es posible para Dios.

Y en todo caso, si la situación, la circunstancia, el momento o la persona para nosotros está resultando “tóxica”. Es mejor una retirada a tiempo (alejarse) que una venganza desproporcionada.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra de este pasaje evangélico te ha tocado especialmente el corazón? ¿Qué sentimientos se despiertan en ti al leer este pasaje?
  • ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento concreto de tu vida, con esa palabra, con ese sentimiento que se ha despertado en ti?
  • Toma el pulso a tu actitud ante una ofensa. ¿Eres de los que perdonas o eres de los que reaccionas de manera impulsiva?
  • Ante una ofensa, ¿eres capaz de entrar en diálogo con la otra persona para que sea consciente de haberte hecho daño? ¿o, por el contrario, buscas cierta “venganza”?
  • Ante una situación o un acto ofensivo, ¿adoptas el papel de víctima o intentas ser proactivo y sacar un aprendizaje de ello?

VIDA – ORACIÓN

Hoy te invito a que oremos con el Padrenuestro, haciendo especial hincapié en las palabras: perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

“No te canses nunca” Lectio Divina Domingo XXIX del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 18,1-8

En el relato evangélico que la liturgia de este domingo nos ofrece, Jesús nos presenta una parábola en la que quiere enseñarnos que es necesario orar siempre, sin desfallecer.

El tema de la oración constante aparece en varias ocasiones en la Nuevo Testamento, sobre todo en las cartas de Pablo (véase por ej.: Ef 6,8). Por lo que podemos decir que, muy posiblemente, era una de las preocupaciones de las primeras comunidades cristianas.

Para ilustrar este tema, Jesús cuenta a sus discípulos una parábola, en la que nos encontramos con dos personajes: un juez que ni temía a Dios ni le importaban las personas y una viuda, que en ningún momento desiste en defender sus derechos delante de aquel.

Gracias a la insistencia de la viuda y para evitar que lo continuara molestando, el juez accedió a su petición. Jesús aplica esta narración a nuestra vida cotidiana y más concretamente a nuestra vida de oración. La vida de oración que no es otra cosa sino la manera en la que nosotros entramos en relación directa con Dios, la forma en la que nos comunicamos con Dios. Y de ahí la insistencia de orar siempre, de estar en continua comunicación con Dios. Ahora bien, para entender bien esto, es necesario que tengamos en cuenta que la oración no es únicamente la repetición de fórmulas preestablecidas o la realización de una serie de ritos, que también. De la misma manera que no es necesario que estemos presentes físicamente o hablamos directamente para entrar en comunicación con nuestros seres queridos, de la misma manera no es necesario estar constantemente hablando con Dios para entrar en comunicación con Él. Muchas veces, basta un gesto, una mirada, un pensamiento, un recuerdo.

Pues a eso nos invita Jesús en esta parábola. A estar en continua comunicación con Dios, a estar en continua relación con El Padre, a estar continuamente vinculados a Él.

Pero a demás a que no desesperemos o nos desanimemos, cuando creamos que Dios no nos hace caso. No pensemos que Dios no nos escucha, el nos escucha siempre. En el tiempo de Jesús, como en el nuestro, el ser humano había desarrollado una característica, que si cabe hoy día está más agudizada, la impaciencia, la inmediatez, la urgencia. Hoy día todo lo podemos conseguir a un golpe de “click” e inmediatamente. Y la manera de actuar de Dios no se rige por la inmediatez; y no soy yo quien para enmendarle la plana. La manera de actuar de Dios se basa en lo necesario, en lo indispensable, en lo verdaderamente importante; y muchas veces nada de esto tiene que ver con lo inmediato. En más de una ocasión, de todo esto nos damos cuenta a posteriori.

De ahí la invitación de Jesús para no cansarnos de estar en continua comunicación, en continua relación con el Padre. Porque desde ahí encontraremos la respuesta a nuestras inquietudes, aspiraciones, a nuestros sueños. Porque ora no es sólo pedir, orar es confiar, es esperar, es fiarse, es abandonarse, es ilusionarse, es dar gracias. Orar es ir buscando el plan de Dios en mi vida, el proyecto de felicidad que Él tiene preparado para mí, el propósito que yo tengo en la vida acorde y coherente con mi vida de creyente.

No desistas, no te desanimes, no arrojes la toalla, cuando las cosas no salen como tú quieres, mantente en continua comunicación, relación, en continua unión con Dios y te digo que Él te “hará justicia sin tardar”. Él nos escucha siempre.

Ahora bien, la pregunta, continúa en el aire: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?, ¿encontrará personas que confíen y se fíen totalmente de Dios?, ¿encontrará personas que vivan su vida con esperanza? La respuesta esta en nuestras manos, en nuestro corazón.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Tómale el pulso a tu vida de oración. ¿Qué significa para ti orar? ¿dedicas tiempo en tu vida diaria para entrar en comunicación con Dios, para relacionarte con Él?, ¿de qué manera lo haces?, ¿oras con confianza, con fe, con esperanza?

• ¿Te desesperas, te desanimas, cuando crees que Dios no te escucha? ¿Cómo vives tu relación con Dios? ¿Desde la inmediatez, desde la impaciencia o desde la confianza y la esperanza?

• ¿Busco en mi vida lo verdaderamente importante (Buscad, primero el Reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura)?

• ¿Qué acciones puedo emprender para estar en continua comunicación, en continua relación con Dios?

VIDA – ORACIÓN

  • Bendice al Padre por todos los regalos que cada día te ofrece.
  • Da gracias a Jesús por enseñarte el verdadero sentido de la oración y la manera en la que tenemos que relacionarnos con el Padre.
  • Pide al Espíritu Santo el don de la paciencia, el arte del estar, del esperar, de confiar.

Nuestro Padre Dios te está buscando. Lectio Divina Domingo XXIV del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 15,1-32

En la lectura evangélica que la liturgia nos ofrece hoy, nos encontramos con tres parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido; precedidas de una introducción que nos pone en contexto respecto de las mismas.

A Jesús se le acercaban muchos pecadores para escucharlo, me imagino que alguno de ellos se convertiría y cambiaría de vida. Los escribas y fariseos, que eran quienes cumplían escrupulosamente los mandamientos y la ley de Dios, o al menos eso pensaban ellos, observaban aquello, se escandalizaban y murmuraban acerca de Jesús: «Este acoge a los pecadores y come con ellos».

Por supuesto, que la imagen de Dios que tienen estos dos grupos, fariseos y escribas por un lado y pecadores por otro, es muy distinta. Y por supuesto que, la imagen que Jesús tiene del Padre es totalmente diversa a la de ellos. Los escribas y fariseos creían en un Dios justiciero, que castiga nuestros pecados hasta la cuarta generación y al que hay que ofrecer sacrificios de expiación para que nos perdone. La imagen de los pecadores, posiblemente, era la de un Dios permisivo, que lo permite todo, que no le importa nada, que nos deja hacer lo que nos da la gana. Sin embargo, la imagen que nos ofrece Jesús en estas tres parábolas es bien distinta: un Padre que está atento a las necesidades de sus hijos, que cuida de ellos, que es capaz de salir a buscarlos cuando se extravían, que los espera ansioso para darles un abrazo cuando se marchan lejos, un Dios cercano, amigo, que siempre busca nuestra conversión. Un Dios que busca al hombre no para que le tema, sino para que lo ame. Y al amarlo de verdad y al sentirse amado por Dios, será cuando el ser humano sea incapaz de alejarse de Dios. Eso es lo que quiere ofrecernos Jesús, un Padre que nos ama y que lo único que nos pide es nuestro amor, porque desde el amor será más fácil no pecar.

Intenta, querido lector, entrar en el meollo de cada una de las parábolas. No son simples historias edificantes. A partir de ellas, y de su sencillez, podemos descubrir el amor que Dios nos tiene y el comportamiento que nosotros debemos tener con nuestros hermanos, como seguidores de Jesús.

Estas historias pueden sorprendernos: ¡un pastor que deja noventa y nueve ovejas por ir a buscar a una! ¡un padre que al marcharse su hijo de casa y derrochar su fortuna lo acoge como si nada hubiera pasado! ¡una mujer que es capaz de poner patas arriba su casa para encontrar una simple moneda! Pero es que Dios es así de sorprendente: Se alegra inmensamente, y con Él los ángeles del cielo, por un solo pecador que se convierta, que cambie de vida. Y para eso Dios no se cansará nunca de buscarnos y de esperarnos.

Querido amigo, querida amiga, si estás cerca de Jesús intenta no alejarte y disfruta de su compañía y de su amor. Si te has alejado un poco, recuerda que él ha salido a buscarte y te está esperando, sal a su encuentro, arrepiéntete de tus pecados, intenta cambiar de vida y ponte en camino para seguir a Jesús. En un caso como en el otro, nos encontraremos con la bondad, la misericordia y el amor de Dios que ama a todos y a cada uno de sus hijos incondicionalmente. Déjate inundar por ese amor.

Que en este camino de búsqueda y encuentro, María la Madre Buena te acompañe siempre.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Te acercas con frecuencia a la Palabra de Dios para encontrarte con Jesús? ¿Te acercas a la eucaristía con asiduidad?

• Tu relación con Dios, ¿En qué está basada? ¿En el temor? ¿En la permisividad? ¿En el servilismo? ¿O en el amor incondicional?

• ¿Qué crees que tienen en común las tres parábolas?

• ¿Te ocurre a ti como a los ángeles del cielo, que te alegras cuando ves que tu hermano se convierte?

• Si te has alejado de Jesús, ¿qué vas a hacer para salir a su encuentro?

VIDA – ORACIÓN

Hoy para responder con la oración a la Palabra de Dios, te invito a hacerlo con una canción de Kairoi: Oración del pobre.

Vengo ante Ti, mi Señor,

reconociendo mi culpa.

Con la fe puesta en tu amor,

que Tú me das como a un hijo.

Te abro mi corazón

y te ofrezco mi miseria,

despojado de mis cosas

quiero llenarme de ti.

Que tu Espíritu, Señor,

abrase todo mi ser.

Hazme dócil a tu voz,

transforma mi vida entera,

hazme dócil a tu voz,

transforma mi vida entera.

Puesto en tus manos, Señor,

siento que soy pobre y débil,

mas Tú me quieres así,

yo te bendigo y te alabo.

Padre, en mi debilidad

Tú me das la fortaleza.

Amas al hombre sencillo,

le das tu Paz y Perdón.

Si quieres puedes encontrarla aquí: https://www.youtube.com/watch?v=teZGmdEpTfs

TU HERENCIA MÁS PRECIOSA PONLA AL SEVICIO DE LOS DEMÁS Lectio Divina Domingo XVIII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 12,13-21

Nos encontramos hoy para orar con un texto que pertenece a un discurso más largo de Jesús acerca de la confianza en Dios y del abandono en su Providencia (Lc 12). Aproximadamente, en el centro de este discurso, el Maestro de Nazaret se ve interrumpido por uno de los oyentes; el cual, está preocupado por un tema de herencia. Sin embargo, aunque nos sorprenda, Jesús no quiere emitir juicio alguno acerca del tema; es más, ni siquiera quiere opinar acerca de quien lleva o no la razón en tal circunstancia. La cuestión económica para Jesús es superflua, no quiero decir con esto que no le preocupe. La enseñanza que Jesús quiere proponerle a su interlocutor, y que quiere también proponernos a nosotros, es más profunda: ¿Cuál es nuestra escala de valores? ¿Qué es lo que ocupa el primer puesto en esta escala?

La preocupación desmedida por la economía no es propia del cristiano. Fíjate bien, querido lector, que he dicho preocupación desmedida. Y esta preocupación resulta ser así, cuando nuestra conducta se ve condicionada por la adquisición de bienes materiales para agrandar nuestro patrimonio con el único fin de agrandarlo; esta preocupación es desmedida, cuando nuestra vida gira en torno a tener más y más, sin preocuparnos de otras cosas que también son importantes; esta preocupación es desmedida, cuando pensamos que todo depende de aquello que podamos poseer o no.

La vida de la persona no depende de sus bienes. Cuando lo que poseemos lo usamos de forma egoísta, para satisfacer nuestra ambición, nuestra avaricia, nuestra codicia, nos estamos apartando del proyecto de Dios, nos estamos alejando del hermano, nos estamos encerrando en nosotros mismo y en nuestro pequeño mundo; y entonces le estamos dando la espalda a las necesidades que puedan aparecer a nuestro alrededor. ¿De qué nos servirá todo eso al dejar este mundo?

Todo esto, Jesús quiere mostrarlo a los que lo escuchan con una parábola. Y la conclusión de la misma es clara: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?” (Lc 12,20).

Jesús no nos está diciendo que la riqueza sea mala o buena. Jesús quiere llamarnos la atención acerca de nuestra actitud ante los bienes materiales, y acerca del modo en que los usamos. Nuestros bienes materiales ¿están abiertos, también, a las necesidades de nuestros hermanos? ¿nuestros bienes materiales están destinados a hacer el bien, a ayudar a los demás? Y por bienes materiales no entendamos únicamente la cuestión económica, que también. Muchos de nosotros, posiblemente no tenemos una gran fortuna económica, pero guardamos en nuestros graneros: nuestro tiempo, nuestras capacidades, nuestros saberes, nuestras competencias, nuestras habilidades… Nuestra herencia más preciada, más que nuestro dinero. Y la cuestión no está en tenerla o no, sino en que nos guardemos de toda codicia con respecto a ella. De esta manera, seremos ricos ante Dios.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Volvemos a las preguntas del principio: ¿Cuál es tu escala de valores? ¿Qué es lo que ocupa el primer lugar en ella?

• ¿Tienes una preocupación desmedida hacia los bienes materiales? ¿Cómo podrías remediarlo?

• ¿Piensas excesivamente en ti y tus comodidades?

• ¿Compartes tu tiempo, tus habilidades, tus conocimientos, etc con los demás?

• ¿Qué puedes hacer en tu vida cotidiana para salir al frente de las necesidades de nuestros hermanos más desfavorecidos?

VIDA – ORACIÓN

Te invito a orar con el salmo 130.

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.

PIDE, BUSCA, LLAMA Lectio Divina Domingo XVII del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 11,1-13

De una manera, en cierto modo abrupta, Lucas nos introduce en un largo texto en el que se nos invita a los discípulos de Jesús a la oración. Aparentemente, nada tiene que ver con lo tratado en los textos precedentes. Sin embargo, ¿cómo nos vamos a ocupar de hacer el bien a nuestro prójimo como cristianos si no nos relacionamos con Dios? ¿Cómo vamos a estar atentos a las necesidades de los demás sin estar unidos a Jesús? La oración siempre es necesaria. No podemos olvidarnos de ella; y Jesús nos da ejemplo (Lc 11,1).

El texto con el que vamos a orar en este domingo podemos dividirlo del siguiente modo:

  • 1-4: Jesús nos enseña cómo debemos orar: el Padre nuestro.
  • 5-8: La parábola del amigo inoportuno.
  • 9-13: La eficacia de la oración.

La oración del Padre nuestro nos revela la relación que Jesús mantenía con el Padre. Una relación de cercanía, sencillez y confianza. La misma actitud, que deberíamos mantener nosotros con Él.

Me vais a permitir, que no me detenga tanto en la oración del Padre nuestro, de la cual podemos encontrar abundantes comentarios, cuanto en la segunda y tercera parte del texto con el que la liturgia nos invita a orar hoy.

La parábola del amigo inoportuno, nos sugiere precisamente que seamos insistentes, incansables, atrevidos en nuestra oración.

Llega a la casa de nuestro protagonista un viajero. La idea de la hospitalidad presente en el mundo oriental, de alguna manera, obligaba a acoger al viajero y ofrecerle alimento, después de una segura dura jornada de camino. Sin embargo, aquel no tiene con qué obsequiar a su huésped; por no tener, no tiene siquiera pan.

No queda otra que ir y pedir a algún vecino ayuda. Que al menos le preste tres panes para poder saciar un poco el hambre que el viajero pudiera traer. Pero, ojo, es de noche. Me imaginó que aquel hombre sopesaría la cuestión: No tengo qué ofrecer al viajero, es de noche y tengo que salir a pedirle a alguien que me ayude. No pensemos en tiendas ni cosa parecida. No existían en la época. El pan se amasaba en casa y, además, una vez a la semana. Por lo que podría ser, que si nos encontrábamos al final de la semana y el dueño de la casa no lo había previsto, se hubiese quedado sin pan. ¿Qué hago?, se preguntaría aquel hombre. No queda otra que ir a pedir a algún vecino que me preste algo de pan para poder ofrecer al menos eso al viajero. La “obligación” de la hospitalidad está por encima de la vergüenza, de lo embarazoso de la situación, de lo mal que pueda caerle al vecino o del que dirán. Hay que armarse de valor e ir a llamar a su puerta, a pesar de todo.

Imaginémonos esa situación. Es lógico, muy probablemente, si el vecino se levanta despertará a su familia, molestará a su mujer y/o a sus hijos, tendrá que buscar el pan… No deja de ser una situación, por lo menos embarazosa. Es normal que el vecino se niegue.

Sin embargo, Jesús nos pone de relieve, que este hombre no se rinde ante la dificultad y aunque el vecino se niegue insiste en su petición.

Al final, el vecino no le dará el pan por generosidad o por ayudar al vecino. Lo hará para evitar el escándalo. Si este hombre sigue llamando a mi puerta, se va a enterar el vecindario entero, imagino que pensaría. A la mañana siguiente podría estar en boca de todos no solo el amigo, por inoportuno, si no el mismo, por no atender a su petición de ayuda.

Gracias a la insistencia, al atrevimiento, a la audacia (el término griego utilizado por Lc, anaideian, puede incluso significar desvergüenza), de nuestro protagonista el amigo acaba socorriéndolo y, por tanto, él también podrá socorrer a su huésped.

Intentando actualizar un poco la parábola, me pregunto: ¿qué pasaría si nosotros actuáramos así en nuestra oración, ante una verdadera necesidad? Sobre todo, cuando estamos pidiendo no para nosotros, si no para otros. Tengamos en cuenta que nuestro Padre Dios es mucho más generoso que el vecino y sabe anticiparse a nuestras necesidades.

Por tanto, no nos importe ser inoportunos, atrevido, audaces, insistentes… en nuestra relación con Dios. No tengamos pudor alguno en pedir lo que necesitamos a Dios nuestro Padre.

E, incluso, no nos de ninguna vergüenza pedir ayuda a nuestro prójimo, cuando lo necesitemos. Tengamos la suficiente humildad, para ser consciente de nuestras debilidades y pidamos ayuda a la persona que pensamos que puede socorrernos.

A reglón seguido, Jesús nos invita a pedir. Pero no solo a eso, también a que nosotros nos pongamos manos a la obra: buscad y encontraréis; llamad y se os abrirá (11,9). No os quedéis pasivamente en el sillón de vuestra casa, sin hacer nada: “Ya le he pedido a Dios.” No, salid, buscad, llamad, poneos en camino e intentar hallar una solución, como el protagonista de la parábola. Salid de vuestra zona de confort. No os quedéis despreocupados, indiferentes, inoperantes. Además de pedir a Dios, intentad buscar una solución.

Si nos ponemos en camino, además de orar a Dios y con la confianza puesta en él, encontraremos lo que buscamos. Si llamamos insistentemente a la puerta, ésta se nos abrirá.

Y, luego, mucha confianza en la bondad de Dios como Padre. Si nosotros que somos débiles, que tenemos muchas miserias, que no nos comportamos como es debido, somos capaces de remover cielo y tierra para poder dar cosas buenas a nuestros hijos, cuánto más nuestro Padre.

¡Cómo no va Él a otorgar el Espíritu Santo a quien se lo pida!

Al final, ese es el don que tenemos que pedir insistentemente y que tenemos que buscar sin descanso: el Espíritu Santo, que será quien vaya transformándonos día a día en seguidores más auténticos de Jesús.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• La parábola nos invita a ser insistentes, atrevidos, audaces en nuestra oración al Padre, ¿qué piensas al respecto?

• ¿Qué crees que pasaría, si nosotros actuáramos de la misma manera que el protagonista de la parábola ante nuestras necesidades o las necesidades de los demás?

• ¿Cómo resuenan en ti las palabras de Jesús: pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá? ¿Qué repercusiones tienen para tu vida personal y comunitaria?

• Jesús, además nos invita, no sólo a orar, sino también a pasar a la acción, como diría san Agustín: “Ora como si todo dependiera de Dios, trabaja como si todo dependiera de ti”. ¿Qué te parece esta frase? ¿Qué conclusión puedes sacar para tu vida?

• Jesús nos anima a pedir con insistencia el Espíritu Santo. ¿Qué sueles pedir en tu oración diaria? ¿Oras frecuentemente para que Dios Padre te conceda el don del Espíritu Santo?

VIDA – ORACIÓN

Te invito a orar con la secuencia de Pentecostés.

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre, don, en tus dones espléndido, luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz, y enriquécenos. Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones, según la fe de tus siervos; por tu bondad y tu gracia, dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno. Amén.

LO NECESARIO Y LO IMPORTANTE: ESCUCHANDO SU PALABRA. Lectio Divina del domingo XVI del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 10,38-42

Nos encontramos en el texto evangélico, que nos ofrece la liturgia de este domingo con que Jesús se encuentra de visita en casa de Marta, la cual tenía una hermana que se llamaba María.

Seguimos en el contexto del largo viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén

Pues bien, nos encontramos ya en la casa. Jesús está sentado conversando con algunos de los presentes, entre los que se encuentra María. Marta se afana por atender como corresponde a los invitados. Las dos tareas son importantes, el servicio de la preparación de la comida y la conversación reposada. ¿Pero son ambas necesarias?

Dentro del contexto que nos ocupa, podemos percibir cómo Jesús quiere hacerle ver a Marta esta distinción. ¡Claro que es importante el servicio que ella esta prestando! ¡Faltaría más! Pero, posiblemente, ella se está preocupando en exceso. El texto evangélico nos dice que andaba muy afanada con los muchos servicios. Es más, se siente sola acometiendo las diversas tareas. Marta se agita y preocupa por muchas cosas. Seguramente, por ofrecer gran cantidad de viandas y bien preparadas a los invitados que tiene en su casa.

Jesús le hace ver que pocas cosas en esta vida son necesarias. No es necesario que prepare tantas cosas o que estén perfectamente preparadas. Pero si es necesario que, le dediquemos tiempo a las personas, y más si cabe a la persona de Jesús.

¿Cuántas veces nos afanamos por hacer, hacer y hacer y nos olvidamos que lo que más necesitan los otros es que estemos? Sí, que estemos presentes, que le escuchemos, que les sonriamos, que los abracemos, que permanezcamos junto a ellos que los apoyemos…. A veces, sin hacer nada; simplemente estando al lado con todo nuestro ser, como compañeros de camino.

Hacer cosas por los demás es importante, pero escucharlos es necesario. Realizar actividades por Jesús y por el Reino es importante, pero escuchar su Palabra es necesario. Curar enfermos, dar de comer a los pobres, visitar a los presos, predicar la Buena Noticia, todas ellas son acciones importantes; pero escuchar a Jesús es totalmente necesario. ¡Cómo vamos a curar enfermos al estilo de Jesús, cómo vamos a dar de comer a los hambrientos con espíritu evangélico, cómo vamos a acoger a los otros como los acogía el Maestro, si no nos alimentamos de Él, si no nos dejamos enseñar por Él, si no nos dejamos configurar por el Espíritu según Él!

Partiendo desde la escucha de Jesús, todas nuestras actividades apostólicas serán realizadas de una manera más satisfactoria y darán abundantes frutos.

No dejes de pasar un solo día sin estar un rato largo a los pies del Maestro escuchando su Palabra.

Oración y acción ambas deben ir de la mano. Contemplativos en la acción. Realizar siempre nuestras actividades con la mirada puesta en Jesús y bajo la mirada del Maestro.

Del Beato Santiago Alberione dijo el Papa Pablo VI en una audiencia en 1969, algo que nos puede ayudar a profundizar y a asimilar todo esto que estamos comentado: «Miradlo: humilde, silencioso, incansable, siempre alerta, siempre ensimismado en sus pensamientos, que van de la oración a la acción (según la fórmula tradicional: “ora et labora”), siempre atento a escrutar los “signos de los tiempos”, es decir, las formas más geniales de llegar a las almas, nuestro padre Alberione ha dado a la Iglesia nuevos instrumentos para expresarse, nuevos medios para vigorizar y ampliar su apostolado, nueva capacidad y nueva conciencia de la validez y de la posibilidad de su misión en el mundo moderno y con los medios modernos.»

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Eres capaz en tu día a día descubrir lo que verdaderamente es necesario?

• ¿Qué significado tiene para ti o como resuena en tu interior la invitación de ir de la oración a la acción

¿Parte tu acción siempre de la oración, de la escucha atenta de la Palabra de Dios?

• ¿Dedicas algún tiempo de tu día a día, no sólo a hacer cosas por los demás, si no a estar con ellos?

VIDA – ORACIÓN

• Bendice y alaba al Padre por el gran regalo de tener su presencia y visitarnos cada día.

• Da gracias a Jesús por ofrecernos a cada día su Palabra e invitarnos a escucharla.

• Pide al Espíritu Santo que te ayude a descubrir lo que es verdaderamente necesario en tu vida cotidiana.

“¿Qué puedo hacer para alcanzar la felicidad?” LECTIO DIVINA DEL DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 10,25-37

A partir de este post no voy a incluir el texto del evangelio en los mismos. La idea es que tomes tu biblia; sí, esa que tienes en la estantería de tu casa; y leas el texto en ella. Léelo dos o tres veces, antes de pasar a leer la reflexión que yo te ofrezco. Subraya, transcribe todo aquello que te llame la atención de la lectura, anota las conclusiones a las que llegas. Que la Sagrada Escritura se convierta en tu libro de cabecera. Así que manos a la obra.

Jesús se encuentra en camino hacia Jerusalén. Así nos lo ha hecho saber Lucas en el capítulo anterior (cf. Lc 9,51). Para el autor del Tercer Evangelio, la Ciudad Santa es muy importante, allí comienza su relato y allí concluirá.

Acaba de enviar a los setenta y dos a la misión de prepararle el camino. Estos han regresado. Él está conversando con ellos; seguramente había más gente, pues de entre ella, se levanta un maestro de la Ley para hacerle una pregunta. Sin embargo, Lucas ya nos advierte: “Le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba” (cf. Lc 10,25).

Como ocurre en muchas ocasiones, Jesús no responde directamente, ni entra al trapo para hacer frente a la actitud hostil de su interlocutor. El Maestro quiere hacerlo reflexionar, quiere que entre dentro de sí mismo, quiere que desde su propio conocimiento responda a la pregunta; por eso, lo que hace es cuestionar al maestro de la Ley: “¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”

Para un maestro de Israel tendría que ser relativamente fácil responder a la cuestión planteada.

Sin embargo, permíteme que me detenga por un momento en la pregunta que se le plantea a Jesús, porque creo que esta tiene miga, creo que es de suma importancia; es más, creo que cualquiera de nosotros nos la hemos hecho en alguna ocasión: “¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?” Me voy a tomar la libertad de transformarla un poquito: ¿Qué tengo que hacer para alcanzar la verdadera y plena felicidad? Si, porque la vida eterna no es únicamente algo futuro, la vida eterna hemos de comenzar a construirla aquí. Y la vida eterna no es otra cosa que la felicidad plena y verdadera de poder vivir en la presencia de Dios por toda la eternidad.

Yo siempre diferencio entre felicidad y alegría. Uno puede no estar alegre y ser feliz. Es imposible estar las 24 horas del día dando saltos de alegría. Pero si es posible alcanzar la felicidad y permanecer en ella. La felicidad consiste en una realización plena del ser; y es un proceso y una decisión consciente. Así es, uno elige ser feliz, elige no desmoronarse ante los acontecimientos, uno elige superarse ante las adversidades, uno elige aceptar frente a la resignación, uno elige dar y darse frente a la actitud egoísta del todo para mí. Como cristianos cuanto más nos dejemos transformar por el Espíritu, dejándolo que nos modele según el modelo de Jesús, más cerca estaremos de la felicidad.

Sí, a nivel mental lo tenemos claro, como lo tenía el maestro de la Ley. Para alcanzar la vida eterna únicamente tenemos que amar a Dios y al prójimo. Pero desde el corazón y desde nuestros actos no lo tenemos tan claro: ¿Quién es mi prójimo? Porque es imposible amar a Dios si no amamos a nuestro prójimo (Cf Sant 2,18).

Lejos de perderse en teorías, como haríamos muchos de nosotros, Jesús nos ofrece un relato, para dejarnos claro quién es nuestro prójimo y cómo tenemos que comportarnos con él.

Solo quiero detenerme por un instante en algunas cuestiones de la parábola, no voy a comentarla, creo que existen muy buenos comentarios sobre ella y allí te remito.

Pero quiero que caigas en la cuenta de que, el sacerdote y el levita no hacen otra cosa mas que cumplir con la Ley establecida para Israel en el libro del Levítico (Lv 21,1). Ellos no querían caer en impureza que les impidiera poder acercarse a celebrar la “liturgia” en el Templo. Jesús va más allá de la Ley; está dispuesto a quebrantarla si lo que está en juego es al amor al prójimo.

Y dos cuestiones más acerca de la parábola.

El samaritano se compadece. No quiere decir que sienta pena, que es el sentido que muchas veces damos a dicha palabra. El verbo compadecerse es un verbo de actividad. Lo que hace el samaritano es hacerse cargo de la situación en la que se encuentra el asaltado, compartirla y actuar en consecuencia.

¿Quién ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos? El que practico la misericordia. Otra palabra que muchas veces la utilizamos de manera poco adecuada. Misericordia: sentir en mi corazón las miserias del otro. Cuando yo verdaderamente siento en mi corazón las miserias de mi hermano, entonces no puedo hacer otra cosa, si no intentar que salga de esa situación.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• Pregúntate a ti mismo y responde en la presencia de Jesús a esta cuestión: ¿Qué puedo hacer para alcanzar la felicidad?

• ¿Dejas actuar al Espíritu Santo en ti para que poco a poco vaya transformándote en un mejor ser humano, en un mejor cristiano?

• Alcanzar la felicidad pasa por amar, amar a Dios y amar al prójimo. ¿Qué acciones vas a comenzar a poner en marcha para acrecentar ese amor?

VIDA – ORACIÓN

• Bendice y alaba al Padre por el gran regalo de su amor y por estar constantemente ofreciéndonos la felicidad.

• Da gracias a Jesús por poner a nuestro alcance los medios necesarios para lograr la felicidad.

• Pide al Espíritu Santo que te ayude a hacerte consciente de la situación de necesidad de las personas que te rodean, compartir su miseria y actuar en consecuencia.

“Dales tú de comer” LECTIO DIVINA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO – CICLO C (Lc 9,11b-17)

VERDAD – LECTURA

En aquel tiempo, Jesús hablaba a la gente del Reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación. El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado”. Él les contestó: “Dadles vosotros de comer”. Ellos replicaron: “No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente”. Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: “Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno”. Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos. Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que le había sobrado: doce cestos llenos de las sobras.

El texto evangélico, con el que hoy se nos invita a orar, hemos de enmarcarlo, como siempre hacemos en nuestra Lectio, dentro de un contexto más amplio. El capítulo 9 del evangelio de Lucas, comienza con el envío de los Doce “anunciando la Buena Nueva y haciendo curaciones por todas partes” (cf. Lc 9,1-6); a continuación, vemos como el virrey Herodes está sorprendido de todo lo que se cuenta acerca de Jesús, pues piensa que es Juan Bautista resucitado, a quien él cortó la cabeza (cf. Lc 9,7-9). Entonces los discípulos regresan de la misión y comienzan a contarle a Jesús todo lo que habían hecho, éste les invita a retirarse juntos a un lugar tranquilo, en dirección a un pueblo llamado Betsaida. La gente al saberlo lo siguió. Aquí es donde arranca nuestro relato.

El texto nos narra uno de los signos realizados por Jesús, el conocido como la multiplicación de los panes y los peces.

A mi parecer, es interesante relacionar este texto con el Antiguo Testamento. Pues los judíos del tiempo de Jesús esperaban impacientes la llegada del Mesías; un Mesías que tenía, por así decir, su modelo en Moisés, el gran liberador del Pueblo de Israel; por lo que dicho Mesías, de alguna manera debía realizar los prodigios que se le atribuían a Moisés: conducir a su pueblo y alimentarlo; de la misma manera que él lo hizo en el desierto.

Sin embargo, nos encontramos dentro de un contexto histórico mucho más amplio: la comunidad de Lucas. Ésta hemos de constatar que no es predominantemente de cultura judía, es una comunidad más bien de origen griego, en la que se comienza a celebrar la eucaristía. Su objetivo, no es tanto la justificación del mesianismo de Jesús, como el de afianzar a su comunidad en la fe en la eucaristía y el significado que para ellos debería tener. Aunque eso no quiere decir que Lucas no enraíce su relato en la tradición de los grandes personajes del Pueblo de Israel.

El relato nos pone en situación con respecto al hecho que posteriormente nos va a contar. La muchedumbre ha venido a escuchar a Jesús y ser curada por él y comienza a anochecer. Están en despoblado. Habría que proveerles de alimento y, bueno, si fuera posible de alojamiento. La única solución, a simple vista, es enviarlos a las aldeas vecinas para, para al menos, tomar algo y recuperar fuerzas, para que puedan continuar camino hacia sus casas.

Jesús, lejos de amedrentarse, les dice a sus discípulos: “Dadles vosotros de comer”. Me imagino la reacción de estos. ¿Cómo? ¿Pero el Maestro está en su sano juicio? ¿Cómo vamos a dar nosotros de comer a tal cantidad de gente con los medios que tenemos? Imposible. Solo tenemos cinco panes y dos peces. La primera reacción de los discípulos es “echar balones fuera”. Que sean otros los que solucionen el problema. La solución del problema está fuera. Pero no. Eso no es cierto. Y no es cierto nunca. La solución está dentro de nosotros mismos y dentro de la comunidad. Lo único que tenemos que hacer es ser conscientes de nuestros recursos, de nuestras fortalezas, de nuestro potencial y ponernos manos a la obra. El resto lo hará Jesús. Como diría San Ignacio de Loyola: Actúa como si todo dependiera de ti, sabiendo que en realidad todo depende de Dios. Pero actúa.

Jesús hace que se sienten en grupos de cincuenta personas. Entonces, Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, alzó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y los dio a sus discípulos para que los distribuyeran. ¿A qué te suena, querido lector? A ti no sé, pero a mí inmediatamente me evoca la eucaristía.

Dejando un poco a parte el milagro, que en ningún momento me atrevería a negar. Lucas le está diciendo a su comunidad y nos dice a nosotros hoy, que la Eucaristía es compartir. La eucaristía nos tiene que llevar a estar atentos a las necesidades de nuestro prójimo, intentar salir al paso de las carencias, de las penurias, de la miseria, de los problemas de todos aquellos con los que nos encontramos a diario. Y no con grandes medios o impresionantes acciones; con nuestra propia pobreza, con lo poquito que podemos tener, pero que estamos dispuestos a aportar y a entregar para que Jesús lo transforme en abundante. Una abundancia tal, que es capaz de saciar a una muchedumbre y llenar doce canastos de sobra.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?

• ¿Cómo acoges el don de la vida plena que Jesús te ofrece en cada eucaristía?

• ¿Al asimilar el cuerpo y la sangre de Jesucristo eres consciente de que poco a poco se tiene que producir en tu vida un cambio radical?

• En la celebración eucarística, te alimentas de la doble mesa de la Palabra y la Eucaristía, ¿Eres consciente de ello? ¿Son ambos importantes para ti? ¿Cómo vives estos momentos?

• También a ti, Jesús te dice: “Dales tú de comer” ¿Cómo acoges esa invitación? ¿Estás dispuesto a poner en marcha todos los recursos a tu alcance para salir al frente de las necesidades de los que te rodean?

VIDA – ORACIÓN

Te doy gracias, Maestro y verdad, por haberte dignado venir a mí, ignorante y débil.

En unión con María te ofrezco al Padre: contigo, por ti y en ti, sea por siempre la alabanza, la acción de gracias y la súplica por la paz de los hombres.

Ilumina mi mente, hazme discípulo fiel de la Iglesia; que viva de fe; que comprenda tu palabra; que sea un auténtico apóstol. 

Haz, Maestro divino, que la luz de tu Evangelio llegue hasta los últimos confines del mundo.

(Beato Santiago Alberione)