“De los que son como ellos es el Reino de los cielos”. Lectio Divina del domingo XXVII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Mc 10,2-16

En el evangelio de hoy, Jesús aborda uno de los aspectos de la vida matrimonial de su tiempo: ¿qué capacidad tiene el ser humano de disolver por cuenta propia el vínculo del matrimonio?

En la época de Jesús, la ruptura del vínculo matrimonial por parte del marido era de lo más normal y solía argumentarse con textos de la propia Escritura. En Dt 24,1 podemos encontrar la siguiente afirmación: “Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le escribirá un acta de divorcio, se la pondrá en su mano y la despedirá de su casa.” Este enunciado era interpretado de forma diversa por las distintas escuelas rabínicas de Israel.

Jesús por su parte, distinguirá entre lo que es la voluntad de Dios y la ley de Moisés. Éste permitió el divorcio a causa de la dureza de corazón del Pueblo de Dios. La dureza de corazón se refiere a no querer aceptar lo bueno, a ser egoísta, a no mostrar amor, ni misericordia, a querer salirse siempre con la suya aunque no se lleve razón, a cerrarse sobre uno mismo, es resistirse a acoger el amor de Dios y de los hermanos.

El fundamento y pilar más importante del matrimonio es el amor; y el amor es lo que hace que el hombre y la mujer sean una sola carne; dejan de ser dos para convertirse en uno. El amor entre el hombre y la mujer es expresión del amor de Dios. Y al igual que el amor de Dios es eterno, así debe ser el amor en el matrimonio. Este es la base, la esencia de la cuestión que nos plantea el evangelio de hoy, sin entrar en los problemas de tipo social, convivencial o de relación que puedan surgir y en los que no voy a entrar, pues no me parece el lugar, ni el momento más oportuno. Al igual que Jesús, yo tampoco voy a entrar en la casuística del asunto.

Los discípulos de Jesús, por su parte, quedan sorprendidos de la afirmación de Jesús. Sin embargo, Jesús vuelve a reafirmarse en lo mismo.

A continuación, les acercan a unos niños para que los toque. En el momento en el que están hablado de cosas serias, de asuntos de adultos, de cuestiones importantes, le presentan a Jesús unos niños para que los toque. La reacción de los discípulos, desde la lógica humana, es totalmente normal: se indignan y les regañan. Cuando Jesús se da cuenta de aquello regaña a los discípulos, porque de los que son como niños es el reino de Dios. De los que son bondadosos, inocentes, dependientes, de los que tienen un corazón rebosante de amor, de los que acogen la Palabra, el amor de Dios y de los hermanos, de los que están dispuestos a entregar amor sin esperar nada a cambio, de abandonar sus seguridades, de esos es el reino de los cielos.

Jesús los abraza y los bendice, los acoge, se identifica con ellos, se hace uno con los más pequeños, los más humildes, los más necesitados. Una importante lección para todos nosotros.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?
  • ¿Qué significado tiene para ti la palabra amor? ¿Qué entiendes por amor incondicional, gratuito?
  • Sin entrar la cuestión matrimonial, tu vida ¿está fundamentada sobre el amor?
  • ¿Cómo acoges a los demás, especialmente a los débiles y más necesitados?
  • ¿Está tu corazón rebosante de amor o al menos, lo intentas?
  • ¿Está tu corazón abierto a la Palabra y a las personas de tu entorno?

VIDA – ORACIÓN

  • Adora al Padre y glorifícalo por habernos regalado un corazón de carne, semejante al suyo.
  • Da gracias a Jesús por enseñarte a amar a los demás sin esperar nada a cambio, sin condiciones.
  • Pide al Espíritu que te ayude a conservar tu corazón inocente, humilde, sencillo, acogedor.
  • Pide perdón a Dios por las veces en que conviertes tu corazón en un corazón de piedra que no es capaz de amar, acoger y comprender al hermano.

Un comentario el ““De los que son como ellos es el Reino de los cielos”. Lectio Divina del domingo XXVII del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

  1. El texto evangélico de hoy puede inducir a una lectura ambivalente, unos creen que debe ser materia de debate dada la repercusión en el ámbito social, familiar y eclesial, en cambio la mayoría acepta la ruptura como algo obvio, consensuado. Era lo que prevalecia en tiempo de Jesús, solo las escuelas más influyentes Shemai rigorista y Hillel aperturistas se enzarzaban en disputas estériles porque el pueblo tenía asumida la licitud del divorcio, acaso no contaba con la autoridad de Moisés? Hoy los tiros van en otra dirección, qué herramientas usar para combatir esta lacra y se apela al diálogo como panacea sanadora. Cierto, el diálogo puede ser disuasorio y reconducir la relación pero se me antoja insuficiente si no abordamos el problema desde la raíz que no es otra que el amor. No basta ser creyentes y pedir el sacramento pensando que el rito subsanará las heridas que van dentro. Hay que asegurarse antes que acompaña un amor verdadero. Por desgracia esta palabra hoy está tan manoseada que puede tener varios significados. La pasión, el instinto, las reacciones, los sentimientos son acciones humanas buenas tras las cuales puede enmascarse el falso amor. En el puebo judío era comprensible que se produjera este desfase entre los contrayentes pues se trataba de un pacto entre familias en el cual los novios no participaban y donde prevalecian otros intereses ajenos al amor. A nosotros esto nos provoca cierta conmoción e hilaridad pero si examinamos el núcleo de la cuestión veremos que no estamos tan lejos de aquella tradición secular. Partimos del exponente de que es el amor sincero el Pilar esencial que sostiene el edificio del matrimonio y familia pero no cualquier amor fundado en sentimientos, cualidades físicas, Morales incluso espirituales del tu, sino apoyado en la firme decisión de entrega total a ese tú como ayuda para que se ralice como persona sin esperar nada en contrapartida incluidos los reveses y deficiencias del cónyuge. Obrando así se experimenta de retrueque un crecimiento personal compensatorio. Por eso creemos que la palabra divorcio no debería figurar en el vocabulario eclesial, o si, para no confundir al vulgo, ni tampoco ingresar en los tribunales a no ser por no quebrantar normas pues está claro que donde no hubo amor no se consumó el Sacramento. Es falso el argumento de que se ha apagado el amor y no procede seguir la relación, el amor nunca muere se traslada de una persona a otra que crees colma tu ego pero en el fondo es éste el que prevalece. El matrimonio cristiano es bien sabido que busca reflejar el amor de Cristo a su Iglesia y ese amor es fiel, eterno, no se retrae por muy feo rugoso y mancillado que encuentre ese rostro. Jesús en el final de este evangelio indica el camino que nos guiará a la meta del auténtico amor, copiar las cualidades de los niños en los cuales el egoísmo brilla por su ausencia. También una bienaventuranza va en esta dirección: los limpios de corazón verán a Dios “

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