El Espíritu Santo es nuestra alegría y nuestro gozo para contar las hazañas del Señor. Lectio Divina del II Domingo de Pascua – Ciclo B

VERDAD – LECTURA

Evangelio: Jn 20,19-31

Los judíos celebraban el día de Yahveh el sábado. Para ellos, el domingo daba inicio a la semana. Y de ese día, «el primero de la semana» nos habla el evangelista san Juan. Nos cuenta qué hacían los discípulos ese día: estar «en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos». Su Maestro acababa de morir, estaban asustados, por dos motivos: 1-El cuerpo de su Señor había desaparecido del sepulcro. Pensaban que lo habían robado; sin embargo, algunos decían que lo habían visto. 2-Por si los judíos les hacían correr la misma suerte que a su Señor. Ellos estaban en el ojo de mira del pueblo judío y, como dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, los creyentes, «tenían un solo corazón y una sola alma», «pues lo poseían todo en común» (cf. Hch 4,32-35). El temor les paraliza, les hace perder la paz. De ahí que Jesús se ponga en medio de ellos y los salude así: «Paz a vosotros». Para serenarlos y que crean que es Él, «les enseñó las manos y el costado».

«Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor», pero Jesús no se conforma con verlos alegres y encerrados en una casa. Por eso les sigue diciendo: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». ¿Cómo quitarles a los discípulos el miedo para ser enviados? Enviados… ¿a dónde y para qué? «Sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”».

No estaban todos. Faltaba uno de los Doce cuando se apareció Jesús, Tomás, «llamado el Mellizo». Él no lo podía creer si no veía «la señal de los clavos» y metía «el dedo en el agujero de los clavos» y «la mano en su costado». Es el reflejo de cada uno de nosotros cuando no nos fiamos de aquello que se nos dice. Pedimos señales. De ahí que, «a los ocho días», Jesús se aparezca de nuevo en medio de ellos y les salude del mismo modo: «Paz a vosotros» y dirigiéndose a Tomás, le pida su mano para meterla en el costado. En ese momento, Tomás torna su incredulidad en fe y contesta: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Imagen de Jeff Jacobs en Pixabay

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón?
  • ¿He sentido miedo alguna vez por creer en Jesús?
  • ¿Cuál es mi reacción ante el miedo?
  • ¿Pido “señales” al Señor?
  • ¿A qué me envía el Señor?, ¿cuál es mi misión en este mundo?
  • ¿Soy capaz de reconocer que es el Espíritu Santo quien me empuja e impulsa?
  • ¿Qué miedo he de abandonar de mi vida y que aún no he sido capaz?
Imagen de jstylez en Pixabay

VIDA – ORACIÓN

Qué tu Espíritu Señor descienda sobre mí y aparte mis temores, que impulse a hacer aquello que Tú quieres que haga. Qué sea capaz de contar a todo el mundo que mi Señor ha muerto, pero ha resucitado y por eso estamos alegres. Así sea.

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