“Que no se me acostumbre, Señor, el corazón” Lectio Divina Domingo XXVI del Tiempo Ordinario – Ciclo C

VERDAD – LECTURA

Evangelio Lc 16, 19-31

La liturgia de este domingo nos ofrece para nuestra oración un conocido pasaje del evangelio de Lucas: La parábola del pobre Lázaro. Un fiel reflejo de la sociedad del tiempo de Jesús y también de nuestra sociedad actual. Es muy interesante hacernos eco del diálogo que se produce entre el rico y Abrahán.

Pero vayamos por parte. La parábola está dirigida a los fariseos, los cuales se consideraban a sí mismos “perfectos” por su escrupuloso cumplimiento de las normas de la Ley. Jesús quiere hacerles ver que para alcanzar la santidad no basta con cumplir la Ley, es necesario también saber ver las necesidades de nuestros hermanos, abrir nuestro corazón y actuar en consecuencia como verdaderos seguidores de Jesús ante la injusticia social.

En la parábola aparecen tres personajes. El rico, el cual no tiene nombre y es quien más habla en ella. El segundo personaje que aparece es un pobre que si tiene nombre: Lázaro; pero no habla y el tercer personaje es Abrahán, Padre de los otros dos personajes.

Nos encontramos con el pobre a la puerta del rico. El primero cubierto de llagas, con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico y que la única compañía que tiene es la de los perros que le lamen las llegas. El segundo vestido de purpura y lino que banqueteaba cada día. Lo único que separa al uno del otro es la puerta del rico; por supuesto cerrada.

El pobre murió antes que el rico. Y a mí, me viene a la cabeza ese dicho que dice: “En vida hermano, en vida”. Porque una vez que el pobre se encuentra en el seno de Abrahán es imposible que podamos de alguna manera rectificar nuestra conducta con él. Nos da a entender que el rico, en ningún momento mostro misericordia, ni caridad hacia él. Pero cuando muere, eso sí, quiere que el pobre se compadezca de él. Sin embargo, ya es demasiado tarde. Un gran abismo se encuentra entre ellos. El abismo del egoísmo, de la ingratitud, de la despreocupación por el otro.

Ambos son hijos de Abrahán, ambos son amados por Dios, ambos pueden alcanzar la salvación. No es Dios quien cierra la puerta. Quien tiene la puerta cerrada es el rico. Para salvarse basta que abra la puerta de su casa y entre en contacto con la realidad de la pobreza. Querido lector basta que abramos la puerta de nuestro corazón para dejar entrar al hermano necesitado, seguramente algo podremos ofrecerle, aunque sea únicamente nuestra compañía, nuestro cariño, nuestra comprensión. Y al hablar de ricos o de riquezas no pensemos únicamente en la cuestión económica, que también. Hay muchas maneras de ayudar a nuestros hermanos más necesitados. A veces, basta únicamente con estar, darle la mano, acompañarlo y respetarlo, pero intentando por todos los medios que salga de su situación de desamparo. Esa es la única manera de salvar el gran abismo que puede separarnos de nuestro hermano necesitado.

En el segundo diálogo del rico con Abrahán (Lc 16,27-29), sigue sin preocuparse de los pobres, únicamente se preocupa de los suyos. Pero los suyos son también lo pobres, los nuestros son también los pobres. Solo hemos de abrirnos a ellos y desde ellos leer el evangelio. Seguramente, eso nos dará también la clave para cambiar nuestro modo de ver la vida y actuar en consecuencia.

En el tercer diálogo (Lc 16, 30-31), el rico pide un milagro. Pero, qué mayor milagro que amor desinteresado de Dios por cada una de sus criaturas y de Jesús al entregar su vida por nosotros. Y el relato de ese milagro lo encontramos en la Biblia. Aunque, tal vez, tenemos que cambiar nuestra mirada, nuestro pensamiento, nuestro corazón y nuestros actos, para hacer de la Escritura nuestro modo de vida y darnos cuenta que la clave para leerla y vivirla es desde la perspectiva del pobre Lázaro que está sentado a nuestra puerta.

Que no se nos acostumbre nunca nuestro corazón a pasar al lado del hermano ignorándole, juzgándole o reprochándole. Que no nos acostumbremos nunca a tener nuestra puerta cerrada al hermano necesitado. Que sepamos leer el evangelio con los pobres y desde los pobres. Y no pensemos únicamente, como siempre digo, en el pobre económico; en nuestra sociedad hay muchas clases de pobreza.

CAMINO – MEDITACIÓN

• ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha llamado más la atención, te ha gustado más, te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios aquí y ahora, en este momento, con ello?

• ¿Qué ideas, sentimientos, acciones te separan de la vida de los pobres? ¿Qué puertas has de abrirles?

• ¿Desde qué clave de lectura te acercas a la Escritura? ¿Desde la despreocupación, desde la creencia de ser buen cristiano por cumplir escrupulosamente las normas? ¿O desde la clave de la apertura al otro, de la preocupación por el hermano, del amor al prójimo?

• ¿Cómo utilizas tus bienes, no solamente económicos? ¿Tu tiempo, tus conocimientos, tus capacidades?

• ¿Pides a Dios “milagros” para que se acabe la pobreza en el mundo o te comprometes para que desde tu situación y circunstancias particulares ésta pueda disminuir?

VIDA – ORACIÓN

Que no se me acostumbre, Señor, el corazón, al ver hombres y mujeres sufriendo en situación injusta. Que no me acostumbre a un mundo como el que hemos construido, en el que unos tenemos de todo y a otros le falta todo.

Por ternura, Señor, en mi mirada y caricia en mi mano que saluda. Pon misericordia en mi mente que hace juicios. Pon escucha en mis oídos al recibirlos y sabiduría en mi hablar. Que no se me acostumbre el corazón, Señor, al dolor del hermano, que sepa comprender con ternura su historia y su situación.

Que el encuentro con él sea el encuentro de dos hijos tuyos. Amén.

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