Lectio Divina Solemnidad de San Pedro y San Pablo

VERDAD – LECTURA

El evangelio, con el que vamos a orar hoy, hemos de situarlo dentro del contexto de la solemnidad de San Pedro y San Pablo, columnas de la Iglesia. Dado que este únicamente nos habla acerca de Pedro, me voy a permitir la licencia de comentar también el pasaje de 2Tim 4,6-8.17-18.
En el evangelio nos encontramos con dos preguntas clave acerca de la identidad de Jesús: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» «¿Quién decís que soy yo?»
Nos situamos en Cesarea de Filipo, una ciudad pagana del norte en la frontera de Israel. Allí es donde Jesús lanza sus dos preguntas. Ante la cuestión: «¿Quién dice la gente que es el Hijo de Hombre?», hemos de aclarar precisamente el significado de ese título: «Hijo del Hombre». En el pensamiento del Pueblo Judío resonaba esa figura mesiánica que debía de venir al final de los tiempos para restaurar la armonía en medio de su pueblo. Pero por la respuesta que dan los discípulos podemos concluir que nadie identificaba a Jesús con ese Hijo del Hombre, nadie pensaba que habían empezado los últimos tiempos. El Pueblo identificaba al Hijo del Hombre con Juan el bautista, con el profeta Jeremías, con el profeta Elías o con algún otro profeta que debía volver, pero, en ningún caso con Jesús de Nazaret. La gente seguía esperando. Para ellos Jesús no era el que ha de venir.
Menos mal que, al parecer los discípulos no pensaban de la misma manera. Para ellos el Hijo del hombre es el mismo Jesús. Al menos eso es lo que podemos deducir de la confesión de Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Es decir, Jesús es el enviado del Padre, el Hijo de Dios. Los discípulos han escuchado las palabras del Maestro y parece ser que entiende el alcance de las misma. Identificando a Jesús como aquel que ha de venir y que es el Hijo de Dios. Pero, estas palabras no nacen de la debilidad humana, de la carne o de la sangre, nacen de la fe; y la fe es un don del Padre.
Inmediatamente Jesús pasa del discurso acerca del Hijo del Hombre al discurso acerca de la Iglesia. Jesús e Iglesia van unidos. No se puede hablar de Jesús sin hablar de la Iglesia, ni de la Iglesia sin hablar de Jesús.
Gracias a la confesión hecha, Pedro se convierte en Piedra, en fundamento, no se convierte en piedra por su propia persona o iniciativa. Si no gracias al don del Padre de la fe.
La piedra sobre la que se apoya la Iglesia no es una piedra cualquiera, ella está apoyada sobre roca. La roca firme y sólida que da seguridad a la Iglesia. No por ella misma, sino por estar fundamentada en Jesucristo. Por eso, La Iglesia, representada por Pedro tiene poder para atar y desatar, para prohibir o permitir. Y esto no según el criterio humano, sino de acuerdo con lo que Jesús ha enseñado.
Jesús en todo momento está al lado de la Iglesia, camina con ella, continúa anunciando su Palabra y el Reino de Dios por medio de ella. Jesús está siempre presente en su Iglesia como cabeza de la misma, sirviéndose de todos sus miembros para la expansión y el anuncio del Reino.
Dentro de este contexto de anuncio y expansión del Reino hemos de situar el fragmento de la Segunda Carta a Timoteo. Pablo se encuentra en la cárcel, pero no se siente angustiado, al contrario, siente que ha cumplido con lo que debía hacer, que ha cumplido con su misión: anunciar el Reino allá donde el Espíritu le ha ido conduciendo. Ahora le espera la «corona merecida». No por su propios méritos, sino porque Dios le concedió el don de la fe y el Espíritu le ha ido configurando con el modelo que es Jesucristo. Todo ello le ha impulsado a anunciar integro el mensaje de la salvación sobre todo entre los gentiles. Jesús ha seguido estando presente en la Iglesia y la ha ido conduciendo. Pero todo el mérito es de Dios. «A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Quién es Jesús para nuestros contemporáneos?
  • ¿Quién es Jesús para mí?
  • ¿Soy dócil al Espíritu para que el pueda transformarme en apóstol anunciador del Reino de los cielos?
  • ¿Cómo confieso y anuncio yo a Jesús entre aquellos que me rodean? ¿Doy testimonio de mi fe? ¿De qué modo?

VIDA – ORACIÓN

  • Doy gracias a Dios por haberme regalado el don de la fe.
  • Me comprometo a conocer más y mejor a Jesús, dejándome modelar por el Espíritu Santo según el modelo que es Jesús.
  • Pido a Dios que me de fuerza para anunciar la Palabra de Jesús y el Reino en todo momento y circunstancia.
  • Alabo a Dios con el apóstol Pablo: «A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén»

Lectio Divina solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

VERDAD – LECTURA

Jesús es el pan vivo bajado del cielo. Pan vivo que se encuentra en contraposición con el Maná y con la Ley. El primero no consiguió llevar al pueblo de Israel a la Tierra Prometida; el segundo que no daba vida en plenitud a quien se adhería a ella. Es Jesús quien comunica la verdadera y plena vida. Pan que ha bajado del cielo, es decir que procede del Padre, el cual es fuente de la vida. Aquel que coma de este pan, el que lo haga suyo, tendrá el don de la Vida. Comer el pan de la vida, que es verdadera carne de Jesús, es asimilar el Espíritu manifestado en la realidad humana de Jesús. Comiendo de este pan el hombre llegará a adquirir la vida plena.
Para los judíos estas palabras de Jesús eran inconcebibles. No podían asimilar el hecho de la Encarnación de Dios. No podían asimilar que Dios quisiera entrar en comunión plena con el hombre. No entienden el significado de comer su carne.
Comer la carne de Jesús y beber su sangre es poder llegar a asimilarse con él, es hacer propio el amor incondicional y extremo de Jesús; el cual mediante su pasión muerte y resurrección nos libera definitivamente de la muerte y nos comunica la vida definitiva. Si el hombre no asimila totalmente a Jesús no puede alcanzar la vida plena y definitiva.
El discípulo de Jesús ha de ser capaz de identificarse con él, ha de dejarse modelar por el Espíritu para llegar a ser otro Jesús en sus actitudes vitales y amar a los demás como él ama.
El pan y el vino que en cada eucaristía se nos ofrece como alimento son Jesús mismo. Estas especies nos dan la fuerza necesaria para que las actitudes vitales de Jesús se conviertan en las nuestras y de este modo lograremos que nuestro modo de vivir cambien radicalmente. La asimilación del estilo de vida de Jesús y de su entrega acontece comiendo su carne y bebiendo su sangre.
Esta es la única manera de hacer propia la vida que Jesús nos propone. Es la única manera de entrar en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Cómo acojo yo el don de la vida plena que Jesús me ofrece en cada eucaristía?
  • ¿Cómo vivo en mi vida cotidiana la asimilación del cuerpo y la sangre de Jesucristo?
  • ¿Al asimilar el cuerpo y la sangre de Jesucristo soy consciente de que poco a poco se tiene que producir en mi vida un cambio radical?
  • En la celebración eucarística, me alimento de la doble mesa de la Palabra y la Eucaristía, ¿soy consciente de ello? ¿son ambos importantes para mí?¿cómo vivo estos momentos?
  • ¿Soy consciente de que comer la carne de Jesús y beber su sangre me deben llevar a un compromiso mayor en favor de mis hermanos? ¿Que estoy siendo llamado a ser yo también transmisor de vida?

VIDA – ORACIÓN

Te doy gracias, Maestro y verdad,
por haberte dignado venir a mí,
ignorante y débil.

En unión con María te ofrezco al Padre:
contigo, por ti y en ti,
sea por siempre la alabanza,
la acción de gracias y la súplica
por la paz de los hombres.

Ilumina mi mente,
hazme discípulo fiel de la Iglesia;
que viva de fe;
que comprenda tu palabra;
que sea un auténtico apóstol.

Haz, Maestro divino,
que la luz de tu evangelio llegue
hasta los últimos confines del mundo.

(Oraciones de la Familia Paulina)

Lectio Divina Solemnidad de la Santísima Trinidad

VERDAD – LECTURAtrinidad07

Nos encontramos dentro del contexto del diálogo con Nicodemo, un diálogo que entendido desde la luz pascual, presenta como interlocutores a la comunidad cristiana y al judaísmo; y dónde el evangelista nos explica que la «conversión» del judaísmo al cristianismo, es obra del Espíritu Santo.
Pero además, hemos de entender que quien conoce y revela al Padre es Jesús. Y en este pasaje nos va a mostrar el verdadero rostro del Padre.
El evangelio con el que oramos hoy, a pesar de los pocos versículos que nos ofrece la liturgia, es uno de los textos más ricos y densos acerca del amor de Dios por el ser humano. Dios ama tanto a la humanidad que ha llegado al extremo de entregar a su propio Hijo para que el hombre llegue a obtener la vida plena. ¿Hay una prueba de amor mayor que ésta?
Ahora bien, para que el hombre llegue a obtener y disfrutar de la vida plena, ha de prestar su adhesión a Jesús, ha de unirse a la persona de Jesucristo. De esta forma hombre vivirá todo lo más noble de la condición humana y en su vida reinará el amor. Que al fin y al cabo es el deseo de Dios. Sí, el Dios cristiano no es un Dios vengativo, ni airado, ni sentenciador; el Dios de Jesús es un Dios amor, que ama con locura al ser humano y que su único deseo es ofrecerle la salvación. Una salvación que llega incluso a vencer a la muerte.
Dentro de ámbito de la Solemnidad de la Santísima Trinidad, que hoy celebramos, encontramos en este evangelio aunque de forma un poco velada la alusión a la Trinidad. El Espíritu Santo es el que hace posible que podamos nacer de nuevo, es quien nos puede modelar según el modelo de Jesús, puesto que es la única manera de acoger, aceptar y comprender este misterio del amor de Dios; es, precisamente, Jesús quien nos prepara y habilita para que el Espíritu pueda realizar esta transformación; y en el origen de todo se encuentra el Padre.
Esta Trinidad, que es un Dios único, tiene una característica esencial, sustancial, constitutivo de su propio ser: el amor.
Sin embargo, el hombre es libre para aceptar la salvación o no. El hombre puede rechazar este regalo de Dios. En nuestras manos está.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Cómo es mi vivencia de la Trinidad, aunque no llegue a comprender este misterio?
  • ¿Acojo con todo mi ser el amor que Dios me ofrece y me regala?
  • ¿Estoy dispuesto/a a dejar actuar al Espíritu Santo en mí para llegar a «nacer de nuevo»?
  • ¿Qué acciones podría yo emprender para mostrar el amor de Dios en mi propio ambiente?

VIDA – ORACIÓN

  • Gracias, Señor, por amarme hasta llegar a entregar a tu propio Hijo para que pueda alcanzar la vida plena.
  • Te alabo, Dios Uno y Trino, por hacerte presente en mi vida y transformarla para que llegue a configurarme con Jesucristo.
  • Ayúdame a tener una actitud de servicio y entrega a mis hermanos en la que les muestre el gran amor que nos tienes.

Lectio Divina del Domingo de Pentecotés

VERDAD – LECTURA 1301200190780-espiritu-santo

El primer día de la semana, el día de la nueva creación para el autor del evangelio de Juan, el día de la nueva pascua, el día en el que se conmemora la resurrección de Jesús. Ese día, el Maestro resucitado se presenta ante los discípulos; encontrándose éstos en un lugar con las puertas cerradas a cal y canto, debido al miedo que le tenían a las autoridades judías; hasta ahora no han hecho experiencia de Cristo Resucitado, aún no siente su presencia en medio de la comunidad, no perciben su fuerza, se siente decepcionados y abandonados, están aterrorizados.
Jesús se hace presente en medio de la comunidad; por dos veces, les saluda: paz a vosotros. Una tercera vez les saludará de esta manera cuando vuelva a encontrarse con sus discípulos en presencia de Tomás. Al final, con la comunidad al completo, permanecerá con ellos la paz plena y total.
En este encuentro con sus discípulos, Jesús les muestra las manos y el costado. La resurrección no ha borrado las señales de la pasión. Pasión, muerte y resurrección no pueden separarse.
Al ver a Jesús, los discípulos desbordan de alegría. Y en esta nueva situación, Jesús los envía a la misión. Sin embargo, todavía no están preparados para enfrentarse a ella. Necesitan la fuerza del Espíritu. Jesús, lo mismo que Dios en la creación de la persona humana le insuflo el hálito de vida para que fuera un ser viviente, les infunde el Espíritu Santo. Ahora están preparados para la misión: anunciar la Buena Nueva en todos los confines de la tierra y todas las personas.
Los discípulos, además, ahora tienen potestad para perdonar o no los pecados. El pecado es todo aquel mal que nos impide la relación plena con Dios. Estar en plena comunión con Dios, en la mayoría de las ocasiones pasa por estar en plena comunión con el hermano. Al entrar en plena comunión con el hermano el pecado se acaba. La comunidad tiene el poder de reconciliar y superar las barreras que nos impiden entrar en plena comunión con Dios y con el hermano. La comunidad de los discípulos tiene el poder de dar vida divina.

 

CAMINO – MEDITACIÓN

  • ¿Qué pasaje, versículo, frase o palabra te ha tocado el corazón? ¿Qué quiere decirte Dios, aquí y ahora, en este momento con ello?
  • ¿Cuál es mi experiencia de Jesús resucitado?
  • Les insufló el Espíritu Santo. ¿Qué sentimientos despierta es ti? ¿Cómo es tu relación con la Tercera Persona de la Santísima Trinidad? ¿Dejas que él trabaje en tu vida?
  • ¿Qué significado tiene para ti la expresión, paz a vosotros?
  • ¿De qué forma puedo incrementar la paz a mi alrededor?
  • Jesús, me envía a la misión. ¿Estoy dispuesto/a a emprenderla y dejarme modelar por el Espíritu para llevarla a cabo?

VIDA – ORACIÓN

  • Doy gracias a Dios por el don del Espíritu Santo.
  • Pido a Jesús que insufle en mí el Espíritu Santo.
  • Siente como Jesús te regala su paz, déjate invadir por ella.